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Frankenstein
Por
Mary Shelley
VOLUMEN I
CARTA I
A la señora SAVILLE, Inglaterra.
San Petersburgo, 11 de diciembre de 17**
Te alegrará saber que no ha ocurrido ningún percance al principio de una
aventura que siempre consideraste cargada de malos presagios. Llegué aquí
ayer, y mi primera tarea es asegurarle a mi querida hermana que me hallo
perfectamente y que tengo una gran confianza en el éxito de mi empresa.
Me encuentro ya muy al norte de Londres y, mientras camino por las
calles de Petersburgo, siento la brisa helada norteña que fortalece mi espíritu
y me llena de gozo. ¿Comprendes este sentimiento? Esta brisa, que llega
desde las regiones hacia las que me dirijo, me trae un presagio de aquellos
territorios helados. Animadas por ese viento cargado de promesas, mis
ensoñaciones se tornan más apasionadas y vividas. En vano intento
convencerme de que el Polo es el reino del hielo y la desolación: siempre se
presenta a mi imaginación como la región de la belleza y del placer. Allí,
Margaret, el sol siempre permanece visible, con su enorme disco bordeando
el horizonte y esparciendo un eterno resplandor. Allí —porque, con tu
permiso, hermana mía, debo depositar alguna confianza en los navegantes
que me precedieron—, allí la nieve y el hielo se desvanecen y, navegando
sobre un mar en calma, el navío se puede deslizar suavemente hasta una tierra
que supera en maravillas y belleza a todas las regiones descubiertas hasta hoy
en el mundo habitado. Puede que sus paisajes y sus características sean
incomparables, como ocurre en efecto con los fenómenos de los cuerpos
celestes en estas soledades ignotas. ¿Qué no podremos esperar de unas tierras
que gozan de luz eterna? Allí podré descubrir la maravillosa fuerza que atrae
la aguja de la brújula, y podré comprobar miles de observaciones celestes que
precisan solo que se lleve a cabo este viaje para conseguir que todas sus
aparentes contradicciones adquieran coherencia para siempre. Saciaré mi
ardiente curiosidad cuando vea esa parte del mundo que nadie visitó jamás
antes y cuando pise una tierra que no fue hollada jamás por el pie del hombre.
Esos son mis motivos y son suficientes para aplacar cualquier temor ante los
peligros o la muerte, y para obligarme a emprender este penoso viaje con la
alegría de un muchacho que sube a un pequeño bote, con sus compañeros de
juegos, con la intención de emprender una expedición para descubrir las
fuentes del río de su pueblo. Pero, aun suponiendo que todas esas conjeturas
sean falsas, no podrás negar el inestimable beneficio que aportaré a toda la
humanidad, hasta la última generación, con el descubrimiento de una ruta
cerca del Polo que conduzca hacia esas regiones para llegar a las cuales, en la
actualidad, se precisan varios meses; o con el descubrimiento del secreto del
imán, lo cual, si es que es posible, solo puede llevarse a cabo mediante una
empresa como la mía.
Estas reflexiones han mitigado el nerviosismo con el que comencé mi
carta, y siento que mi corazón arde ahora con un entusiasmo que me eleva al
cielo, porque nada contribuye tanto a tranquilizar el espíritu como un
propósito firme: un punto en el cual el alma pueda fijar su mirada intelectual.
Esta expedición fue mi sueño más querido desde que era muy joven. Leí con
fruición las narraciones de los distintos viajes que se habían realizado con la
idea de alcanzar el norte del océano Pacífico a través de los mares que rodean
el Polo. Seguramente recuerdes que la biblioteca de nuestro buen tío Thomas
se reducía a una historia de todos los viajes realizados con intención de
descubrir nuevas tierras. Mi educación fue descuidada, aunque siempre me
apasionó la lectura. Aquellos libros fueron mi estudio día y noche, y a medida
que los conocía mejor, aumentaba el pesar que sentí cuando, siendo un niño,
supe que la última voluntad de mi padre prohibía a mi tío que me permitiera
embarcar y abrazar la vida de marino.
Esos fantasmas desaparecieron cuando, por vez primera, leí con
detenimiento a aquellos poetas cuyas efusiones capturaron mi alma y la
elevaron al cielo. Yo mismo me convertí también en poeta y durante un año
viví en un Paraíso de mi propia invención; imaginaba que yo también podría
ocupar un lugar en el templo donde se veneran los nombres de Homero y
Shakespeare. sabes bien cómo fracasé y cuán duro fue para aquel
desengaño. Pero precisamente por aquel entonces recibí la herencia de mi
primo y mis pensamientos regresaron al cauce que habían seguido hasta
entonces.
Ya han pasado seis años desde que decidí llevar a cabo esta empresa.
Incluso ahora puedo recordar la hora en la cual decidí emprender esta
aventura. Empecé por someter mi cuerpo a las penalidades. Acompañé a los
balleneros en varias expediciones al Mar del Norte, y voluntariamente sufrí el
frío, el hambre, la sed y la falta de sueño; durante el día, a menudo trabajé
más duro que el resto de los marineros, y dediqué mis noches al estudio de
las matemáticas, la teoría de la medicina y aquellas ramas de las ciencias
físicas de las cuales un marino aventurero podría obtener gran utilidad
práctica. En dos ocasiones me enrolé como suboficial en un ballenero
groenlandés, y me desenvolví bastante bien. Debo reconocer que me sentí un
poco orgulloso cuando el capitán me ofreció ser el segundo de a bordo en el
barco y me pidió muy encarecidamente que me quedara con él, pues
consideraba que mis servicios le eran muy útiles.
Y ahora, querida Margaret, ¿no merezco protagonizar una gran empresa?
Mi vida podría haber transcurrido entre lujos y comodidades, pero he
preferido la gloria a cualquier otra tentación que las riquezas pudieran
ponerme en mi camino. ¡Oh, ojalá que algunas palabras de ánimo me
confirmaran que es posible! Mi valor y mi decisión son firmes, pero mi
esperanza a veces duda y mi ánimo con frecuencia decae. Estoy a punto de
emprender un viaje largo y difícil; y los peligros del mismo exigirán que
mantenga toda mi fortaleza: no solo se me pedirá que eleve el ánimo de los
demás, sino que me veré obligado a sostener mi propio espíritu cuando el de
los demás desfallezca.
Esta es la época más favorable para viajar en Rusia. Los habitantes de esta
parte se deslizan con rapidez con sus trineos sobre la nieve; el desplazamiento
es muy agradable y, en mi opinión, mucho más placentero que los viajes en
las diligencias inglesas. El frío no es excesivo, especialmente si vas envuelto
en pieles, una indumentaria que no he tardado en adoptar, porque hay una
gran diferencia entre andar caminando por cubierta y quedarse sentado sin
hacer nada durante horas, cuando la falta de movilidad provoca que la sangre
se te congele prácticamente en las venas. No tengo ninguna intención de
perder la vida en el camino que va desde San Petersburgo a Arkangel.
Partiré hacia esta última ciudad dentro de quince días o tres semanas, y mi
intención es fletar un barco allí, lo cual podrá hacerse fácilmente si le pago el
seguro al propietario, y contratar a tantos marineros como considere
necesarios entre aquellos que estén acostumbrados a la caza de ballenas. No
tengo intención de hacerme a la mar hasta el mes de junio…, ¿y cuándo
regresaré? ¡Ah, mi querida hermana! ¿Cómo puedo responder a esa pregunta?
Si tengo éxito, transcurrirán muchos, muchos meses, quizá años, antes de que
podamos encontrarnos de nuevo. Si fracaso, me verás pronto… o nunca.
Adiós, mi querida, mi buena Margaret. Que el Cielo derrame todas las
bendiciones sobre ti, y me proteja a mí, para que pueda ahora y siempre
demostrarte mi gratitud por todo tu cariño y tu bondad.
Tu afectuoso hermano,
R. WALTON.
CARTA II
A la señora SAVILLE, Inglaterra.
Arkangel, 28 de marzo de 17**
¡Qué despacio pasa el tiempo aquí, atrapado como estoy por el hielo y la
nieve…! He dado un paso s para llevar a cabo mi proyecto. Ya he
alquilado un barco y me estoy ocupando ahora de reunir a la tripulación; los
que ya he contratado parecen ser hombres de los que uno se puede fiar y,
desde luego, parecen intrépidos y valientes.
Pero hay una cosa que aún no me ha sido posible conseguir, y siento esa
carencia como una verdadera desgracia. No tengo ningún amigo, Margaret:
cuando esté radiante con el entusiasmo de mi éxito, no habrá nadie que
comparta mi alegría; y si me asalta la tristeza, nadie intentará consolarme en
la amargura. Puedo plasmar mis pensamientos en el papel, es cierto; pero ese
me parece un modo muy pobre de comunicar mis sentimientos. Me gustaría
contar con la compañía de un hombre que me pudiera comprender, cuya
mirada contestara a la mía. Puedes acusarme de ser un romántico, mi querida
hermana, pero siento amargamente la necesidad de contar con un amigo. No
tengo a nadie junto a mí que sea tranquilo pero valiente, que posea un espíritu
cultivado y, al tiempo, de mente abierta, cuyos gustos se parezcan a los míos,
para que apruebe o corrija mis planes. ¡Qué necesario sería un amigo así para
enmendar los errores de tu pobre hermano…! Soy demasiado impulsivo en
mis actos y demasiado impaciente ante las dificultades. Pero hay otra
desgracia que me parece aún mayor, y es haberme educado yo solo: durante
los primeros catorce años de mi vida nadie me puso normas y no leí nada
salvo los libros de viajes del tío Thomas. A esa edad empecé a conocer a los
poetas más celebrados de nuestra patria; pero solo cuando ya no podía
obtener los mejores frutos de tal decisión, comprendí la necesidad de
aprender otras lenguas distintas a las de mi país natal. Ahora tengo veintiocho
años y en realidad soy más ignorante que un estudiante de quince. Es cierto
que he reflexionado más, y que mis sueños son más ambiciosos y grandiosos,
pero, como dicen los pintores, necesitan armonía: y por eso me hace mucha
falta un amigo que tenga el suficiente juicio para no despreciarme como
romántico y el suficiente cariño hacia como para intentar ordenar mis
pensamientos.
En fin, son lamentaciones inútiles; con toda seguridad no encontraré a
ningún amigo en esos inmensos océanos, ni siquiera aquí, en Arkangel, entre
los marineros y los pescadores. Sin embargo, incluso en esos rudos pechos
laten algunos sentimientos, ajenos a lo peor de la naturaleza humana. Mi
lugarteniente, por ejemplo, es un hombre de extraordinario valor y arrojo; y
tiene un enloquecido deseo de gloria. Es inglés y, a pesar de todos sus
prejuicios nacionales y profesionales, que no se han pulido con la educación,
aún conserva algo de las cualidades humanas más nobles. Lo conocí a bordo
de un barco ballenero; y cuando supe que se encontraba sin trabajo en esta
ciudad, de inmediato lo contraté para que me ayudara en mi aventura.
El primer oficial es una persona de una disposición excelente y en el
barco se le aprecia por su amabilidad y su flexibilidad en cuanto a la
disciplina. De hecho, es de una naturaleza tan afable que no sale a cazar (el
entretenimiento más común aquí, y a menudo, el único) solo porque no
soporta ver cómo se derrama sangre inútilmente. Además, es de una
generosidad casi heroica. Hace algunos años estuvo enamorado de una joven
señorita rusa de mediana fortuna, y como mi oficial había amasado una
considerable suma por sus buenos oficios, el padre de la muchacha consintió
que se casaran. Antes de la ceremonia vio una vez a su prometida y ella,
anegada en lágrimas, y arrojándose a sus pies, le suplicó que la perdonara,
confesando al mismo tiempo que amaba a otro, pero que era pobre y que su
padre nunca consentiría ese matrimonio. Mi generoso amigo consoló a la
suplicante joven y, tras informarse del nombre de su amante, de inmediato
partió en su busca. Ya había comprado una granja con su dinero, y había
pensado que allí pasaría el resto de su vida, pero se la entregó a su rival, junto
con el resto de sus ahorros para que pudiera comprar algún ganado, y luego él
mismo le pidió al padre de la muchacha que consintiera el matrimonio con
aquel joven. Pero el viejo se negó obstinadamente, diciendo que había
comprometido su honor con mi amigo; este, viendo la inflexibilidad del
padre, abandonó el país y no regresó hasta que no supo que su antigua novia
se había casado con el joven a quien verdaderamente amaba. «¡Qué hombre
más noble!», pensarás. Y es cierto, pero después de aquello ha pasado toda su
vida a bordo de un barco y apenas conoce otra cosa que no sean maromas y
obenques.
Pero no creas que estoy dudando en mi decisión porque me queje un
poco, o porque imagine un consuelo a mis penas que tal vez jamás llegue a
conocer. Mi resolución es tan firme como el destino, y mi viaje solo se ha
retrasado hasta que el tiempo permita que nos hagamos a la mar. El invierno
ha sido horriblemente duro, pero la primavera promete ser mejor, e incluso se
dice que se adelantará considerablemente; así que tal vez pueda zarpar antes
de lo que esperaba. No haré nada precipitadamente; me conoces lo suficiente
como para confiar en mi prudencia y reflexión, puesto que ha sido así
siempre que la seguridad de otros se ha confiado a mi cuidado.
Apenas puedo describirte cuáles son mis sensaciones ante la perspectiva
inmediata de emprender esta aventura. Es imposible comunicarte esa
sensación de temblorosa emoción, a medio camino entre el gozo y el temor,
con la cual me dispongo a partir. Me dirijo hacia regiones inexploradas, a «la
tierra de las brumas y la nieve», pero no mataré ningún albatros, así que no
temas por mi vida.
¿Te veré de nuevo, después de haber surcado estos océanos inmensos, y
tras rodear el cabo más meridional de África o América? Apenas me atrevo a
confiar en semejante triunfo, sin embargo, ni siquiera puedo soportar la idea
de enfrentarme a la otra cara de la moneda. Escríbeme siempre que puedas:
tal vez pueda recibir tus cartas en algunas ocasiones (aunque esa posibilidad
se me antoja muy dudosa), cuando más las necesite para animarme. Te quiero
muchísimo. Recuérdame con cariño si no vuelves a saber de mí.
Tu afectuoso hermano,
R. WALTON.
CARTA III
A la señora SAVILLE, Inglaterra.
Día 7 de julio de 17**
Mi querida hermana:
Te escribo apresuradamente unas líneas para decirte que me encuentro
bien y que he adelantado mucho en mi viaje. Esta carta llegará a Inglaterra
por un marino mercante que regresa ahora a casa desde Arkangel; es más
afortunado que yo, que quizá no pueda ver mi tierra natal durante muchos
años. En cualquier caso, estoy muy animado: mis hombres son valientes y
aparentemente fieles y resueltos; ni siquiera parecen asustarles los témpanos
de hielo que continuamente pasan a nuestro lado flotando y que nos advierten
de los peligros de la región en la que nos internamos. Ya hemos alcanzado
una latitud elevadísima, pero estamos en pleno verano y aunque no hace tanto
calor como en Inglaterra, los vientos del sur, que nos empujan velozmente
hacia esas costas que tan ardientemente deseo encontrar, soplan con una
reconfortante calidez que no esperaba.
Hasta este momento no nos han ocurrido incidentes que merezcan
apuntarse en una carta. Quizá uno o dos temporales fuertes, y la rotura de un
mástil, pero son accidentes que los marinos experimentados ni siquiera se
acuerdan de anotar; y me daré por satisfecho si no nos ocurre nada peor
durante nuestro viaje.
Adiós, mi querida Margaret. Puedes estar segura de que, tanto por
como por ti, no me enfrentaré al peligro innecesariamente. Seré sensato,
perseverante y prudente.
Da recuerdos de mi parte a todos mis amigos en Inglaterra.
Con todo mi cariño,
R.W.
CARTA IV
A la señora SAVILLE, Inglaterra.
Día 5 de agosto de 17**
Nos ha ocurrido un suceso tan extraño que no puedo evitar anotarlo,
aunque es muy probable que nos encontremos antes de que estas cuartillas de
papel lleguen a ti.
El pasado lunes (el día 31 de julio) estábamos prácticamente cercados por
el hielo, que rodeaba al barco por todos lados, y apenas había espacio libre en
el mar para mantenerlo a flote. Nuestra situación era un tanto peligrosa,
especialmente porque una niebla muy densa nos envolvía. Así que decidimos
arriar velas y detenernos, a la espera de que tuviera lugar algún cambio en la
atmósfera y en el tiempo.
Alrededor de las dos levantó la niebla y comprobamos que había,
extendiéndose en todas direcciones, vastas e irregulares llanuras de hielo que
parecían no tener fin. Algunos de mis camaradas dejaron escapar un lamento
y yo mismo comencé a preocuparme y a inquietarme, cuando de repente una
extraña figura atrajo nuestra atención y consiguió distraernos de la
preocupación que sentíamos por nuestra propia situación. Divisamos un
carruaje bajo, amarrado sobre un trineo y tirado por perros, que se dirigía
hacia el norte, a una distancia de media milla de nosotros; un ser que tenía
toda la apariencia de un hombre, pero al parecer con una altura gigantesca,
iba sentado en el trineo y guiaba los perros. Vimos el rápido avance del
viajero con nuestros catalejos hasta que se perdió entre las lejanas quebradas
del hielo.
Aquella aparición provocó en nosotros un indecible asombro. Creíamos
que estábamos a cien millas de tierra firme, pero aquel suceso parecía sugerir
que en realidad no nos encontrábamos tan lejos como suponíamos. En
cualquier caso, atrapados como estábamos por el hielo, era imposible seguirle
las huellas a aquella figura que con tanta atención habíamos observado.
Aproximadamente dos horas después de aquel suceso supimos que había
mar de fondo y antes de que cayera la noche, el hielo se rompió y liberó
nuestro barco. De todos modos, permanecimos al pairo hasta la mañana,
porque temíamos estrellarnos en la oscuridad con aquellas gigantescas masas
de hielo a la deriva que flotan en el agua después de que se quiebra el hielo.
Aproveché ese tiempo para descansar unas horas.
Finalmente, por la mañana, tan pronto como hubo luz, subí a cubierta y
me encontré con que toda la tripulación se había arremolinado en un extremo
del barco, hablando al parecer con alguien que estaba sobre el hielo.
Efectivamente, sobre un gran témpano de hielo había un trineo, como el otro
que habíamos visto antes, que se había acercado a nosotros durante la noche.
Solo quedaba un perro vivo, pero había un ser humano allí también y los
marineros estaban intentando convencerle de que subiera al barco. Este no
era, como parecía ser el otro, un habitante salvaje de alguna isla ignota, sino
un europeo. Cuando me presenté en cubierta, mi oficial dijo: «Aquí está
nuestro capitán, y no permitirá que usted muera en mar abierto.»
Al verme, aquel extraño se dirigió a en inglés, aunque con un acento
extranjero. «Antes de que suba al barco», dijo, «¿tendría usted la amabilidad
de decirme hacia dónde se dirige?».
Puedes imaginarte mi asombro al escuchar que se me hacía una pregunta
semejante y por parte de un hombre que estaba a punto de morir, y para el
cual yo había supuesto que mi barco sería un bien tan preciado que no lo
habría cambiado por el tesoro más grande del mundo. De todos modos,
contesté que formábamos parte de una expedición hacia el Polo Norte.
Tras oír mi respuesta pareció tranquilizarse y consintió subir a bordo.
¡Dios mío, Margaret…! Si hubieras visto al hombre que aceptó salvarse de
aquel modo tan extraño, tu espanto no habría tenido límites. Tenía los
miembros casi congelados y todo su cuerpo estaba espantosamente
demacrado por el agotamiento y el dolor. Nunca había visto a un hombre en
un estado tan deplorable. Intentamos llevarlo al camarote, pero en cuanto se
le privó del aire puro, se desmayó. Decidimos entonces volverlo a subir a
cubierta y reanimarlo masajeándolo con brandy, y obligándolo a beber una
pequeña cantidad. En cuando comenzó a mostrar señales de vida, lo
envolvimos en mantas y lo colocamos cerca de los fogones de la cocina. Muy
poco a poco se fue recuperando, y tomó un poco de caldo, que le sentó
maravillosamente.
Así transcurrieron dos días, antes de que le fuera posible hablar; en
ocasiones temía que sus sufrimientos le hubieran mermado las facultades
mentales. Cuando se hubo recobrado, al menos en alguna medida, lo hice
trasladar a mi propio camarote y me ocupé de él todo lo que me permitían
mis obligaciones. Nunca había conocido a una persona tan interesante: sus
ojos muestran generalmente una expresión airada, casi enloquecida; pero hay
otros momentos en los que, si alguien se muestra amable con él o le atiende
con cualquier mínimo detalle, su gesto se ilumina, como si dijéramos, con un
rayo de bondad y dulzura como no he visto jamás. Pero generalmente se
muestra melancólico y desesperado, y a veces le rechinan los dientes, como si
no pudiera soportar el peso de las desgracias que lo afligen.
Cuando mi invitado se recuperó un tanto, me costó muchísimo
mantenerlo alejado de los hombres de la tripulación, que deseaban hacerle
mil preguntas; pero no permití que lo incomodaran con su curiosidad
desocupada, puesto que la recuperación de su cuerpo y mente dependían
evidentemente de un reposo absoluto. De todos modos, en una ocasión mi
lugarteniente le preguntó por qué se había adentrado tanto en los hielos con
aquel trineo tan extraño.
Su rostro inmediatamente mostró un gesto de profundo dolor, y contestó:
«Busco a alguien que huye de mí.»
«¿Y el hombre al que persigue viaja también del mismo modo?»
«Sí.»
«Entonces… creo que lo hemos visto, porque el día anterior a rescatarle a
usted vimos a unos perros tirando de un trineo, e iba un hombre en él, por el
hielo.»
Esto llamó la atención del viajero desconocido, e hizo muchas preguntas
respecto a la ruta que había seguido aquel demonio (así lo llamó). Poco
después, cuando ya estábamos los dos solos, me dijo: «Seguramente he
despertado su curiosidad, como la de esa buena gente, pero es usted
demasiado considerado como para hacerme preguntas.»
«Está usted en lo cierto. De todos modos, sería una impertinencia y una
desconsideración por mi parte molestarle con cualquier curiosidad.»
«Sin embargo… me ha salvado usted de una situación difícil y peligrosa;
ha sido usted muy caritativo al devolverme a la vida.»
Poco después me preguntó si yo creía que el hielo, al resquebrajarse,
podría haber acabado con el otro trineo. Le contesté que no podía responder
con certeza alguna, porque el hielo no se había quebrado hasta cerca de
medianoche y el otro viajero podría haber alcanzado un lugar seguro antes,
pero eso tampoco podría afirmarlo con certeza.
A partir de ese momento, el desconocido pareció muy deseoso de subir a
cubierta para intentar avistar el trineo que le había precedido; pero lo he
convencido de que se quede en el camarote, porque aún se encuentra
demasiado débil para soportar el aire cortante. Pero le he prometido que
alguno de mis hombres estará vigilando por él y que le dará cumplida noticia
si se observa alguna cosa rara ahí fuera.
Esto es lo que puedo decir hasta el día de hoy respecto a este extraño
incidente. El desconocido ha ido mejorando poco a poco, pero permanece
muy callado, y parece inquieto y nervioso cuando en el camarote entra
cualquiera que no sea yo. Sin embargo, sus modales son tan amables y
educados que todos los marineros se preocupan por él, aunque han hablado
muy poco con él. Por mi parte, comienzo a apreciarlo como a un hermano, y
su constante y profundo dolor provoca en un sentimiento de comprensión
y compasión. Debe de haber sido un ser maravilloso en otros tiempos, puesto
que incluso ahora, en la derrota, resulta tan atractivo y encantador.
En una de mis cartas, mi querida Margaret, te dije que no encontraría a
ningún amigo en este vasto océano; sin embargo, he encontrado a un hombre
al que, antes de que su espíritu se hubiera quebrado por el dolor, yo habría
estado encantado de considerar como a un hermano del alma.
Seguiré escribiendo mi diario respecto a este desconocido cuando me sea
posible, si es que se producen acontecimientos novedosos que merezcan
relatarse.
Día 13 de agosto de 17**
El aprecio que siento por mi invitado aumenta cada día. Este hombre
despierta a un tiempo mi admiración y mi piedad hasta extremos asombrosos.
¿Cómo puedo ver a un ser tan noble destrozado por la desdicha sin sentir una
tremenda punzada de dolor? Es tan amable y tan inteligente… y es muy
culto, y cuando habla, aunque escoge sus palabras con elegante cuidado, estas
fluyen con una facilidad y una elocuencia sin igual.
Ahora ya se encuentra muy restablecido de su enfermedad y está
continuamente en cubierta, al parecer buscando el trineo que iba delante de
él. Sin embargo, aunque parece infeliz, ya no está tan espantosamente sumido
en su propio dolor, sino que se interesa también mucho por los asuntos de los
demás. Me ha hecho muchas preguntas sobre mis propósitos y le he contado
mi pequeña historia con franqueza. Parecía alegrarse de la confianza que le
demostré y me sugirió algunas modificaciones en mi plan que me parecieron
extremadamente útiles. No hay pedantería en su conducta, sino que todo lo
que hace parece nacer exclusivamente del interés que instintivamente siente
por el bienestar de aquellos que lo rodean. A menudo parece abatido por la
pena y entonces se sienta solo e intenta vencer todo aquello que hay de hosco
y asocial en su talante. Estos paroxismos pasan sobre él como una nube
delante del sol, aunque su abatimiento nunca le abandona. He intentado
ganarme su confianza, y espero haberlo conseguido. Un día le mencioné el
deseo que siempre había sentido de contar con un buen amigo que me
comprendiera y me ayudara con sus consejos. Le dije que yo no era ese tipo
de hombres que se ofenden por los consejos ajenos. «Todo lo que lo he
aprendido solo, y quizá no confío suficientemente en mis propias fuerzas. Así
que me gustaría que ese compañero fuera más sabio y tuviera más
experiencia que yo, para que me aportara confianza y me apoyara. No creo
que sea imposible encontrar un verdadero amigo.»
«Estoy de acuerdo con usted», contestó el desconocido, «en considerar
que la amistad no es solo deseable, sino un bien posible. Yo tuve antaño un
amigo, el mejor de todos los seres humanos, así que creo que estoy
capacitado para juzgar la amistad. Usted espera conseguirla, y tiene el mundo
ante usted, así que no hay razón para desesperar. Pero yo… yo lo he perdido
todo, y ya no puedo empezar mi vida de nuevo».
Cuando dijo eso, su rostro adoptó un expresivo gesto de serenidad y dolor
que me llegó al corazón. Pero él permaneció en silencio y después se retiró a
su camarote.
Aunque tiene el alma destrozada, nadie aprecia más que él las bellezas de
la naturaleza. El cielo estrellado, el mar y todos los paisajes que nos
proporcionan estas maravillosas regiones parecen tener aún el poder de elevar
su alma. Un hombre como él tiene una doble existencia: puede sufrir todas
las desgracias y caer abatido por todos los desengaños; sin embargo, cuando
se encierre en mismo, será como un espíritu celestial, que tiene un halo en
torno a sí, cuyo cerco no puede atravesar ni la angustia ni la locura.
¿Te burlas por el entusiasmo que muestro respecto a este extraordinario
vagabundo? Si es así, debes de haber perdido esa inocencia que fue antaño tu
encanto característico. Sin embargo, si quieres, puedes sonreír ante la
emoción de mis palabras, mientras yo encuentro cada día nuevas razones para
repetirlas.
Día 19 de agosto de 17**
Ayer el desconocido me dijo: «Naturalmente, capitán Walton, se habrá
dado cuenta de que he sufrido grandes e insólitas desventuras. En cierta
ocasión pensé que el recuerdo de esas desgracias moriría conmigo, pero usted
ha conseguido que cambie de opinión. Usted busca conocimiento y sabiduría,
como lo busqué yo; y espero de todo corazón que el fruto de sus deseos no
sea una víbora que le muerda, como lo fue para mí. No si el relato de mis
desgracias le resultará útil; sin embargo, si así lo quiere, escuche mi historia.
Creo que los extraños sucesos que tienen relación con mi vida pueden
proporcionarle una visión de la naturaleza humana que tal vez pueda ampliar
sus facultades y su comprensión del mundo. Sabrá usted de poderes y
acontecimientos de tal magnitud que siempre los creyó imposibles: pero no
tengo ninguna duda de que mi historia aportará por misma las pruebas de
que son verdad los sucesos de que se compone.»
Evidentemente, podrás imaginar que me sentí muy halagado por esa
demostración de confianza; sin embargo, apenas podía soportar que tuviera
que sufrir de nuevo el dolor de contarme sus desgracias. Estaba deseoso de
oír el relato prometido, en parte por curiosidad, y en parte por el vivo deseo
de intentar cambiar su destino, si es que semejante cosa estaba en mi mano.
Expresé estos sentimientos en mi respuesta.
«Gracias por su comprensión», contestó, «pero es inútil; mi destino casi
está cumplido. No espero más que una cosa, y luego podré descansar en paz.
Comprendo sus sentimientos», añadió, viendo que yo tenía intención de
interrumpirle, «pero está usted muy equivocado, amigo mío, si me permite
que le llame así. Nada puede cambiar mi destino: escuche mi historia, y
entenderá usted por qué está irrevocablemente decidido».
Luego me dijo que comenzaría a contarme su historia al día siguiente,
cuando yo dispusiera de algún tiempo. Esta promesa me arrancó los más
calurosos agradecimientos. He decidido que todas las noches, cuando no esté
demasiado ocupado, escribiré lo que me cuente durante el día, con tanta
fidelidad como me sea posible y con sus propias palabras. Y si tuviera
muchos compromisos, al menos tomaré notas. El manuscrito sin duda te
proporcionará un gran placer: pero yo, que lo conozco, y que escucharé la
historia de sus propios labios, ¡con cuánto interés y con cuánto cariño lo leeré
algún día, en el futuro…!
CAPÍTULO 1
Soy ginebrino por nacimiento; y mi familia es una de las más distinguidas
de esa república. Durante muchos años mis antepasados han sido consejeros
y magistrados, y mi padre había ocupado varios cargos públicos con honor y
buena reputación. Todos los que lo conocían lo respetaban por su integridad y
por su infatigable dedicación a los asuntos públicos. Dedicó su juventud a los
aconteceres de su país y solo cuando su vida comenzó a declinar pensó en el
matrimonio y en ofrecer a su patria hijos que pudieran perpetuar sus virtudes
y su nombre en el futuro.
Como las circunstancias especiales de su matrimonio ilustran bien cuál
era su carácter, no puedo evitar referirme a ellas. Uno de sus amigos más
íntimos era un comerciante que, debido a numerosas desgracias, desde una
posición floreciente cayó en la pobreza. Este hombre, cuyo nombre era
Beaufort, tenía un carácter orgulloso y altivo, y no podía soportar vivir en la
pobreza y en el olvido en el mismo país en el que antiguamente se había
distinguido por su riqueza y su magnificencia. Así pues, habiendo pagado sus
deudas, del modo más honroso que pudo, se retiró con su hija a la ciudad de
Lucerna, donde vivió en el anonimato y en la miseria. Mi padre quería mucho
a Beaufort, con una verdadera amistad, y lamentó mucho su retiro en
circunstancias tan desgraciadas. También sentía mucho la pérdida de su
compañía, y decidió ir a buscarlo e intentar persuadirlo de que comenzara de
nuevo con su crédito y su ayuda.
Beaufort había tomado medidas muy eficaces para esconderse y
transcurrieron diez meses antes de que mi padre descubriera su morada.
Entusiasmado por el descubrimiento, se dirigió inmediatamente a la casa, que
estaba situada en una calle principal, cerca del Reuss. Pero cuando entró, solo
la miseria y la desesperación le dieron la bienvenida. Beaufort apenas había
conseguido salvar una suma de dinero muy pequeña del naufragio de su
fortuna, pero era suficiente para proporcionarle sustento durante algunos
meses; y, mientras tanto, esperaba encontrar algún empleo respetable en casa
de algún comerciante. Pero durante ese período de tiempo no hizo nada; y
con más tiempo para pensar, solo consiguió que su tristeza se hiciera más
profunda y más dolorosa, y al final se apoderó de tal modo de su mente que
tres meses después yacía enfermo en una cama, incapaz de moverse.
Su hija lo atendía con todo el cariño, pero veía con desesperación cómo
sus pequeños ahorros desaparecían rápidamente y no había ninguna otra
perspectiva para ganarse el sustento. Pero Caroline Beaufort poseía una
inteligencia poco común y su valentía consiguió sostenerla en la adversidad.
Se buscó un trabajo humilde: hacía objetos de mimbre, y por otros medios
pudo ganar un dinero que apenas era suficiente para poder comer.
Transcurrieron varios meses así. Su padre se puso peor; la mayor parte de
su tiempo la empleaba Caroline en atenderlo; sus medios de subsistencia
menguaban constantemente. A los diez meses, su padre murió entre sus
brazos, dejándola huérfana y desamparada. Este último golpe la abatió
completamente y cuando mi padre entró en aquella habitación, ella estaba
arrodillada ante el ataúd de Beaufort, llorando amargamente. Se presentó allí
como un ángel protector para la pobre muchacha, que se encomendó a su
cuidado, y después del entierro de su amigo, mi padre la llevó a Ginebra y la
puso bajo la protección de un conocido. Dos años después de esos
acontecimientos, la convirtió en su esposa.
Cuando mi padre se convirtió en esposo y padre, descubrió que los
deberes de su nueva situación le ocupaban tanto tiempo que tuvo que
abandonar muchos de sus trabajos públicos y dedicarse a la educación de sus
hijos. Yo era el mayor y estaba destinado a ser el sucesor en todos sus
trabajos y obligaciones. Nadie en el mundo habrá tenido padres más
cariñosos que los míos. Mi bienestar y mi salud fueron sus únicas
preocupaciones, especialmente porque durante muchos años yo fui su único
hijo. Pero antes de continuar con mi historia, debo contar un incidente que
tuvo lugar cuando tenía cuatro años de edad.
Mi padre tenía una hermana que lo adoraba y que se había casado muy
joven con un caballero italiano. Poco después de su matrimonio, ella había
acompañado a su marido a su país natal y durante algunos años mi padre no
tuvo apenas contacto con ella. Por esas fechas, ella murió, y pocos meses
después mi padre recibió una carta de su cuñado, que le comunicaba su
intención de casarse con una dama italiana y le pedía a mi padre que se
hiciera cargo de la pequeña Elizabeth, la única hija de su hermana fallecida.
«Es mi deseo que la consideres como si fuera tu propia hija», decía en la
carta, «y que la eduques en consecuencia. La fortuna de su madre quedará a
su disposición, y te remitiré los documentos para que mismo los custodies.
Te ruego que reflexiones mi propuesta y decidas si prefieres educar a tu
sobrina tú mismo o encomendar esa tarea a una madrastra».
Mi padre no lo dudó e inmediatamente viajó a Italia para acompañar a la
pequeña Elizabeth a su futuro hogar. Muy a menudo decir a mi madre que,
en aquel entonces, era la niña más bonita que había visto jamás y que incluso
entonces ya mostraba signos de poseer un carácter amable y cariñoso. Estos
detalles y su deseo de afianzar tanto como fuera posible los lazos del amor
familiar determinaron que mi madre considerara a Elizabeth como mi futura
esposa, y nunca encontró razones que le impidieran sostener semejante plan.
Desde aquel momento, Elizabeth Lavenza se convirtió en mi compañera
de juegos y, cuando crecimos, en mi amiga. Era tranquila y de buen carácter,
pero divertida y juguetona como un bichito veraniego. Aunque era despierta
y alegre, sus sentimientos eran intensos y profundos, y muy cariñosa.
Disfrutaba de la libertad más que nadie, pero tampoco nadie era capaz de
obedecer con tanto encanto a las órdenes o a los gustos de otros. Era muy
imaginativa, sin embargo su capacidad para aplicarse en el estudio era
notable. Elizabeth era la imagen de su espíritu: sus ojos de color avellana,
aunque tan vivos como los de un pajarillo, poseían una atractiva dulzura. Su
figura era ligera y airosa; y, aunque era capaz de soportar el cansancio y la
fatiga, parecía la criatura más frágil del mundo. Aunque yo admiraba su
inteligencia y su imaginación, me encantaba ocuparme de ella, como lo haría
de mi animal favorito; nunca vi tantos encantos en una persona y en una
inteligencia, unidos a tanta humildad.
Todo el mundo adoraba a Elizabeth. Si los criados tenían alguna petición
que hacer, siempre buscaban su intercesión. No había entre nosotros ninguna
clase de peleas o enfados. Porque, aunque nuestros caracteres eran muy
distintos, incluso había armonía en esa diferencia. Yo era más calmado y
filosófico que mi compañera. Sin embargo, no era tan dócil y sumiso. Era
capaz de estar concentrado en el estudio más tiempo, pero no era tan
constante como ella. Me encantaba investigar lo que ocurría en el mundo…
ella prefería ocuparse en perseguir las etéreas creaciones de los poetas. El
mundo era para mí un secreto que deseaba desvelar… para ella era un espacio
que deseaba poblar con sus propias imaginaciones.
Mis hermanos eran considerablemente más jóvenes que yo, pero yo
contaba con un amigo, entre mis compañeros de escuela, que compensaba esa
deficiencia. Henry Clerval era hijo de un comerciante de Ginebra, un amigo
íntimo de mi padre. Era un muchacho de un talento y una imaginación
singulares. Recuerdo que cuando solo tenía nueve años escribió un cuento de
hadas que fue la delicia y el asombro de todos sus compañeros. Su estudio
favorito consistía en los libros de caballería y las novelas; y cuando era muy
joven, puedo recordar que solíamos representar obras de teatro que componía
él mismo a partir de aquellos libros, siendo los principales personajes de las
mismas Orlando, Robín Hood, Amadís y San Jorge. No creo que hubiera un
joven más feliz que yo. Mis padres eran indulgentes y mis compañeros,
encantadores. Nunca se nos obligó a estudiar y, por alguna razón, siempre
teníamos algún objetivo a la vista que nos empujaba a aplicarnos con fruición
para obtener lo que pretendíamos. Era mediante este método, y no por la
emulación, por lo que estudiábamos. A Elizabeth no se le dijo que se aplicara
especialmente en el dibujo, para que sus compañeras no la dejaran atrás, pero
el deseo de agradar a su tía la empujaba a representar algunas escenas que le
gustaban. Aprendimos latín e inglés, así que podíamos leer textos en esas
lenguas. Y, lejos de que el estudio nos pudiera resultar odioso por los
castigos, nos encantaba aplicarnos a ello, y nuestros entretenimientos eran lo
que otros niños consideraban deberes. Quizá no leímos tantos libros ni
aprendimos idiomas con tanta rapidez como aquellos que siguen una
disciplina concreta con un método preciso, pero lo que aprendimos se
imprimió más profundamente en nuestra memoria. En la descripción de
nuestro círculo familiar he incluido a Henry Clerval porque siempre estaba
con nosotros. Iba a la escuela conmigo y generalmente pasaba la tarde en
nuestra casa; como era hijo único y no tenía con quién entretenerse en casa,
su padre estaba encantado de que encontrara amigos en la nuestra; y, en
realidad, nunca éramos del todo felices si Clerval no estaba con nosotros.
CAPÍTULO 2
Los acontecimientos que influyen decisivamente en nuestros destinos a
menudo tienen su origen en sucesos triviales. La filosofía natural es el genio
que ha ordenado mi destino. Así pues, en este resumen de mis primeros años,
deseo explicar aquellos hechos que me condujeron a sentir una especial
predilección por la ciencia. Cuando tenía once años, fuimos todos de
excursión a los baños que hay cerca de Thonon. Las inclemencias del tiempo
nos obligaron a quedarnos todo un día encerrados en la posada. En aquella
casa, por casualidad, encontré un volumen con las obras de Cornelio Agrippa.
Lo abrí sin mucho interés; la teoría que intentaba demostrar y los
maravillosos hechos que relataba pronto cambiaron aquella apatía en
entusiasmo. Una nueva luz se derramó sobre mi entendimiento; y, dando
saltos de alegría, comuniqué aquel descubrimiento a mi padre. No puedo
dejar de señalar aquí cuántas veces los maestros tienen ocasión de dirigir los
gustos de sus alumnos hacia conocimientos útiles y cuántas veces lo
desaprovechan inconscientemente. Mi padre observó sin mucho interés la
cubierta del libro y dijo:
—¡Ah… Cornelio Agrippa! Mi querido Víctor, no pierdas el tiempo en
estas cosas; no son más que tonterías inútiles.
Si en vez de esta advertencia, o incluso esa exclamación, mi padre se
hubiera tomado la molestia de explicarme que las teorías de Agrippa ya
habían quedado completamente refutadas y que se había instaurado un
sistema científico moderno que tenía mucha más relevancia que el antiguo,
porque el del antiguo era pretencioso y quimérico, mientras que las
intenciones del moderno eran reales y prácticas… en esas circunstancias, con
toda seguridad habría desechado el Agrippa y, teniendo la imaginación ya tan
excitada, probablemente me habría aplicado a una teoría más racional de la
química que ha dado como resultado los descubrimientos modernos. Es
posible incluso que mis ideas nunca hubieran recibido el impulso fatal que
me condujo a la ruina. Pero aquella mirada displicente que mi padre había
lanzado al libro en ningún caso me aseguraba que supiera siquiera de qué
trataba, así que continué leyendo aquel volumen con la mayor avidez.
Cuando regresé a casa, mi primera ocupación fue procurarme todas las
obras de ese autor y, después, las de Paracelso y las de Alberto Magno. Leí y
estudié con deleite las locas fantasías de esos autores; me parecían tesoros
que conocían muy pocos aparte de mí; y aunque a menudo deseé comunicar a
mi padre aquellos conocimientos secretos, sin embargo, su firme
desaprobación de Agrippa, mi autor favorito, siempre me retuvo. De todos
modos, le descubrí mi secreto a Elizabeth, bajo la estricta promesa de guardar
secreto, pero no pareció muy interesada en la materia, así que continué mis
estudios solo.
Puede resultar un poco extraño que en el siglo XVIII apareciera un
discípulo de Alberto Magno; pero yo no pertenecía a una familia de
científicos ni había asistido a ninguna clase en Ginebra. Así pues, la realidad
no enturbiaba mis sueños y me entregué con toda la pasión a la búsqueda de
la piedra filosofal y el elixir de la vida. Y esto último acaparaba toda mi
atención; la riqueza era para un asunto menor, ¡pero qué fama alcanzaría
mi descubrimiento si yo pudiera eliminar la enfermedad de la condición
humana y conseguir que el hombre fuera invulnerable a cualquier cosa
excepto a una muerte violenta!
Esas no eran mis únicas ensoñaciones; invocar la aparición de fantasmas
y demonios era una sugerencia constante de mis escritores favoritos, y yo
ansiaba poder hacerlo inmediatamente; y si mis encantamientos nunca
resultaban exitosos, yo atribuía los fracasos más a mi inexperiencia y a mis
errores que a la falta de inteligencia o a la incompetencia de mis maestros.
Los fenómenos naturales que tienen lugar todos los días delante de
nuestros ojos no me pasaban desapercibidos. La destilación, de la cual mis
autores favoritos eran absolutamente ignorantes, me causaba asombro, pero
con lo que me quedé maravillado fue con algunos experimentos con una
bomba de aire que llevaba a cabo un caballero al que solíamos visitar.
La ignorancia de mis filósofos en estas y muchas otras disciplinas
sirvieron para desacreditarlos a mis ojos… pero no podía apartarlos a un lado
definitivamente antes de que algún otro sistema ocupara su lugar en mi
mente.
Cuando tenía alrededor de catorce años, estábamos en nuestra casa cerca
de Belrive y fuimos testigos de una violenta y terrible tormenta. Había bajado
desde el Jura y los truenos estallaban unos tras otros con un aterrador
estruendo en los cuatro puntos cardinales del cielo. Mientras duró la
tormenta, yo permanecí observando su desarrollo con curiosidad y asombro.
Cuando estaba allí, en la puerta, de repente, observé un rayo de fuego que se
levantaba desde un viejo y precioso roble que se encontraba a unas veinte
yardas de nuestra casa; y en cuanto aquella luz resplandeciente se desvaneció,
pude ver que el roble había desaparecido, y no quedaba nada allí, salvo un
tocón abrasado. A la mañana siguiente, cuando fuimos a verlo, nos
encontramos el árbol increíblemente carbonizado; no se había rajado por el
impacto, sino que había quedado reducido por completo a astillas de madera.
Nunca vi una cosa tan destrozada. La catástrofe del árbol me dejó
absolutamente asombrado.
Entre otras cuestiones sugeridas por el mundo natural, profundamente
interesado, le pregunté a mi padre por la naturaleza y el origen de los truenos
y los rayos. Me dijo que era «electricidad», y me explicó también los efectos
de aquella fuerza. Construyó una pequeña máquina eléctrica, e hizo algunos
pequeños experimentos y preparó una cometa con una cuerda y un cable que
podía extraer aquel fluido desde las nubes.
Este último golpe acabó de derribar a Cornelio Agrippa, a Alberto Magno
y a Paracelso, que durante tanto tiempo habían sido reyes y señores de mi
imaginación. Pero, por alguna fatalidad, no me sentí inclinado a estudiar
ningún sistema moderno y este desinterés tenía su razón de ser en la siguiente
circunstancia.
Mi padre expresó su deseo de que yo asistiera a un curso sobre filosofía
natural, a lo cual accedí encantado. Hubo algún inconveniente que impidió
que yo asistiera a aquellas lecciones hasta que el curso casi hubo concluido.
La clase a la que acudí, aunque casi era la última del curso, me resultó
absolutamente incomprensible. El profesor hablaba con gran convicción del
potasio y el boro, los sulfatos y los óxidos, unos términos a los que yo no
podía asociar idea alguna: me desagradó profundamente una ciencia que, a mi
entender, solo consistía en palabras.
Desde aquel momento hasta que fui a la universidad, abandoné por
completo mis antaño apasionados estudios de ciencia y filosofía natural,
aunque aún leía con deleite a Plinio y a Buffon, autores que en mi opinión
eran casi iguales en interés y utilidad.
En aquella época mi principal interés eran las matemáticas y la mayoría
de las ramas de estudio que se relacionan con esa disciplina. También estaba
muy ocupado en el aprendizaje de idiomas; ya conocía un poco el latín, y
comencé a leer sin ayuda del lexicón a los autores griegos más sencillos.
También sabía inglés y alemán perfectamente. Y ese era el listado de mis
conocimientos a la edad de diecisiete años; y se podrá usted imaginar que
empleaba todo mi tiempo en adquirir y conservar los conocimientos de
aquellas diferentes materias.
Otra tarea recayó sobre cuando me convertí en maestro de mis
hermanos. Ernest era cinco años más joven que yo y era mi principal alumno.
Desde que era muy pequeño había tenido una salud delicada, razón por la
cual Elizabeth y yo habíamos sido sus enfermeros habituales. Tenía un
carácter muy dulce, pero era incapaz de concentrarse en ningún trabajo serio.
William, el más joven de la familia, era aún muy niño y la criatura más bonita
del mundo; sus alegres ojos azules, los hoyuelos de sus mejillas y sus gestos
zalameros inspiraban el cariño más tierno. Así era nuestra vida familiar, de la
cual permanecían siempre alejados las preocupaciones y el dolor. Mi padre
dirigía nuestros estudios y mi madre formaba parte de nuestros juegos.
Ninguno de nosotros gozaba de predilección alguna sobre los demás, y nunca
se escucharon en casa órdenes autoritarias, pero nuestro cariño mutuo nos
empujaba a obedecer y a satisfacer hasta el más mínimo deseo de los demás.
CAPÍTULO 3
Cuando alcancé la edad de diecisiete años, mis padres decidieron que
debería ir a estudiar a la Universidad de Ingolstadt. Hasta entonces yo había
asistido a los colegios de Ginebra, pero mi padre creyó necesario, para
completar mi educación, que debería conocer otras costumbres y no solo las
de mi país natal. Así pues, mi partida se fijó para una fecha cercana. Pero
antes de que llegara el día acordado, sucedió la primera desgracia de mi vida:
un presagio, podría decirse, de mis futuras desdichas.
Elizabeth había cogido la escarlatina, pero la dolencia no fue grave y se
recuperó rápidamente. Durante la cuarentena a mi madre le habían dado
numerosas razones para persuadirla de que no se ocupara de cuidarla. Y había
accedido a nuestros ruegos, pero cuando supo que su niña del alma se estaba
recuperando, no pudo seguir privándose de su compañía y entró en la
habitación de la enferma mucho antes de que el peligro de la infección
hubiera pasado. Las consecuencias de esta imprudencia fueron fatales: tres
días después, mi madre enfermó. Las fiebres eran malignas y el gesto de
quienes la atendían pronosticaba lo peor. En su lecho de muerte, la fortaleza y
la bondad de aquella admirable mujer no la abandonaron. Juntó las manos de
Elizabeth y las mías.
—Hijos míos —dijo—, había depositado todas mis esperanzas en vuestra
unión. Ahora esa unión será el consuelo de vuestro padre. Elizabeth, mi
amor, ocupa mi lugar y cuida de tus primos pequeños. ¡Cuánto lo siento…!
¡Cuánto siento tener que abandonaros…! He sido tan feliz y tan amada,
¿cómo no me va a ser difícil separarme de vosotros? Pero esas ideas no
deberían preocuparme ahora; tendré que intentar resignarme con una sonrisa
a la muerte y abrigaré la esperanza de encontraros en el otro mundo.
Murió tranquila, y sus rasgos expresaban cariño incluso en la muerte. No
será necesario describir los sentimientos de aquellos cuyos amados lazos
quedan rotos por ese irreparable mal, el vacío que deja en las almas y la
desesperación que se muestra en la mirada. Transcurre mucho tiempo antes
de que la mente humana pueda convencerse de que la persona a quien se ve
todos los días, y cuya simple existencia parece parte de la nuestra, se ha ido
para siempre; pasa mucho tiempo antes de que podamos convencernos de que
la mirada brillante de un ser amado se ha apagado para siempre y de que el
sonido de una voz familiar y querida se ha acallado definitivamente, y nunca
más volverá a escucharse. Estas son las reflexiones de los primeros días. Pero
cuando el paso del tiempo demuestra que la desgracia es una realidad,
entonces comienza la amargura y el dolor. Sin embargo, ¿a quién no ha
arrebatado esa cruel mano algún ser querido? ¿Y por qué debería describir yo
una pena que todos han sentido y deben sentir? Al final llega el día en el que
el dolor es más bien una complacencia que una necesidad, y la sonrisa que
juega en los labios, aunque parezca un maldito sacrilegio, ya no se oculta. Mi
madre había muerto, pero nosotros aún teníamos obligaciones que cumplir;
debíamos seguir con nuestra vida y aprender a sentirnos afortunados mientras
quedara uno de nosotros a quien la muerte no hubiera arrebatado.
Mi viaje a Ingolstadt, que había sido aplazado por esos acontecimientos,
se volvió a plantear nuevamente. Conseguí que mi padre me diera un plazo
de algunas semanas antes de partir. Ese tiempo transcurrió tristemente. La
muerte de mi madre y mi inmediata partida nos deprimían, pero Elizabeth se
esforzaba en devolver el espíritu de la alegría a nuestro pequeño círculo.
Desde la muerte de su tía, su carácter había adquirido nueva firmeza y vigor.
Decidió cumplir con sus deberes con la máxima precisión, y sintió que había
recaído sobre ella el imperioso deber de dedicarse por entero a la felicidad de
su tío y sus primos. Ella me consolaba, entretenía a su tío, educaba a mis
hermanos; y nunca la vi tan encantadora como en aquel tiempo, cuando
estaba constantemente intentando contribuir a la felicidad de los demás,
olvidándose por completo de sí misma.
El día de mi partida finalmente llegó. Yo ya me había despedido de todos
mis amigos, excepto de Clerval, que pasó con nosotros aquella última tarde.
Lamentó amargamente que le fuera imposible acompañarme. Pero no había
modo de convencer a su padre para que se separara de su hijo, porque
pretendía que se convirtiera en socio de sus negocios y aplicaba su teoría
favorita, según la cual los estudios eran un asunto superfluo a la hora de
desenvolverse en la vida diaria. Henry tenía un espíritu delicado, no tenía
ningún deseo de permanecer ocioso y en el fondo estaba encantado de
convertirse en socio de su padre, pero creía que un hombre podía ser un
perfecto comerciante y, sin embargo, poseer una apreciable cultura.
Estuvimos reunidos hasta muy tarde, escuchando sus lamentos y haciendo
muchos y pequeños planes para el futuro. A la mañana siguiente, muy
temprano, partí. Las lágrimas anegaron la mirada de Elizabeth; se derramaban
en parte por la pena ante mi despedida y en parte porque pensaba que aquel
mismo viaje debía haber tenido lugar tres meses antes, con la bendición de
una madre.
Me derrumbé en la diligencia que debía llevarme y me sumí en las
reflexiones más melancólicas. Yo, que siempre había estado rodeado por los
mejores compañeros, continuamente comprometidos en intentar hacernos
felices unos a otros… Ahora estaba solo. Debería buscarme mis propios
amigos en la universidad a la que iba a acudir, y cuidar de mismo. Hasta
ese momento, mi vida había transcurrido en un ambiente protegido y familiar,
y esto había generado en una invencible desconfianza hacia los
desconocidos. Amaba a mis hermanos, a Elizabeth y a Clerval: esos eran mis
«viejos rostros conocidos», y me creía absolutamente incapaz de soportar la
compañía de extraños. Tales eran mis pensamientos cuando comencé el viaje.
Pero a medida que avanzaba, fui animándome y mis esperanzas resurgieron.
Deseaba ardientemente adquirir más conocimientos. Cuando estaba en casa, a
menudo pensaba que sería muy duro permanecer toda mi juventud encerrado
en un solo lugar e incluso había deseado conocer mundo y buscarme un lugar
en la sociedad entre otros seres humanos. Ahora mis deseos se habían visto
satisfechos y, en realidad, habría sido absurdo lamentarlo.
Tuve tiempo suficiente para estas y muchas otras reflexiones durante el
viaje a Ingolstadt, que resultó largo y aburrido. Las agujas de la ciudad por
fin se ofrecieron a mi vista. Descendí del carruaje y me condujeron a mi
solitario apartamento para que empleara la tarde en lo que quisiera.
CAPÍTULO 4
A la mañana siguiente entregué mis cartas de presentación y me personé
ante algunos de los profesores principales y, entre otros, ante el señor
Krempe, profesor de Filosofía Natural. Me recibió con afabilidad y me hizo
algunas preguntas referidas a mis conocimientos en las diferentes ramas
científicas relacionadas con la filosofía natural. Con miedo y tembloroso, es
cierto, cité a los únicos autores que había leído sobre esas materias. El
profesor me miró asombrado.
—¿De verdad ha perdido el tiempo estudiando esas necedades? —me
dijo.
Contesté afirmativamente.
—Cada minuto, cada instante que ha desperdiciado usted en esos libros ha
sido tiempo perdido, completa y absolutamente —añadió el señor Krempe
con enojo—. Tiene usted el cerebro atestado de sistemas caducos y nombres
inútiles. ¡Dios mío…! ¿En qué desierto ha estado viviendo usted? ¿Es que no
había un alma caritativa que le dijera a usted que esas tonterías que ha
devorado con avidez tienen más de mil años y son tan rancias como
anticuadas? No esperaba encontrarme a un discípulo de Alberto Magno y de
Paracelso en el siglo de la Ilustración y la ciencia. Mi querido señor, deberá
usted comenzar sus estudios absolutamente desde el principio.
Y diciéndome esto, se apartó a un lado y escribió una lista de varios libros
de filosofía natural que debía procurarme, y me despidió después de
mencionar que a principios de la semana siguiente tenía intención de
comenzar un curso sobre las características generales de la filosofía natural, y
que el señor Waldman, un colega suyo, daría lecciones de química los días
que él no dictara sus clases.
No regresé a casa muy decepcionado, porque yo también consideraba
inútiles a los escritores que el profesor había reprobado de aquel modo tan
enérgico…, pero tampoco me sentí muy inclinado a estudiar aquellos libros
que había adquirido por recomendación suya. El señor Krempe era un
hombrecillo pequeño y gordo de voz ronca y rostro desagradable, así que el
profesor no me predisponía a estudiar su materia. Además, yo tenía mis
reparos respecto a la utilidad de la filosofía natural moderna. Era bien distinto
cuando los maestros de la ciencia perseguían la inmortalidad y el poder:
aquellas ideas, aunque eran completamente inútiles, al menos tenían
grandeza. Pero ahora todo había cambiado: la ambición del investigador
parecía limitarse a rebatir aquellos puntos de vista en los cuales se fundaba
principalmente mi interés en la ciencia. Se me estaba pidiendo que cambiara
quimeras de infinita grandeza por realidades que apenas valían nada.
Tales fueron mis pensamientos durante dos o tres días que pasé
completamente solo… pero al comenzar la semana siguiente, pensé en la
información que el señor Krempe me había dado respecto a los cursos. Y
aunque no tenía ninguna intención de ir a escuchar cómo aquel profesorcillo
vanidoso repartía sentencias desde su púlpito, recordé lo que había dicho del
señor Waldman, a quien yo no conocía, porque hasta ese momento había
permanecido fuera de la ciudad.
En parte por curiosidad y en parte por distraerme, fui al aula en la que el
señor Waldman entró poco después. Este profesor era un hombre muy
distinto a su colega. Rondaría los cincuenta años, pero con un aspecto que
inspiraba una gran bondad; algunos cabellos grises cubrían sus sienes, pero
en la parte posterior de la cabeza eran casi negros. No era muy alto, pero
caminaba notablemente erguido y su voz era la más dulce que yo había oído
en mi vida. Comenzó la lección con una recapitulación de la historia de la
química y de los avances que habían llevado a cabo muchos hombres de
ciencia, pronunciando con fervor los nombres de los grandes sabios. Después
ofreció una perspectiva general del estado actual de la ciencia y explicó
muchas de sus bondades. Después de hacer algunos experimentos sencillos,
concluyó con un panegírico dedicado a la química moderna; nunca olvidaré
sus palabras.
—Los antiguos maestros de la ciencia —dijo— prometían imposibles y
no consiguieron nada. Los maestros modernos prometen muy poco. Saben
que los metales no pueden transmutarse y que el elixir de la vida es solo una
quimera. Pero estos filósofos, cuyas manos parecen hechas solo para escarbar
en la suciedad y cuyos ojos parecen solo destinados a escudriñar en el
microscopio o en el crisol, en realidad han conseguido milagros. Penetran en
los recónditos escondrijos de la Naturaleza y muestran cómo opera en esos
lugares secretos. Han ascendido a los cielos y han descubierto cómo circula la
sangre y la naturaleza del aire que respiramos. Han adquirido nuevos y casi
ilimitados poderes: pueden dominar los truenos del cielo, simular un
terremoto, e incluso imitar el mundo invisible con sus propias sombras.
Salí de allí encantado con este profesor y su lección, y lo visité aquella
misma tarde. En privado, sus modales eran incluso más amables y afectuosos
que en público. Porque había una cierta dignidad en sus gestos durante sus
clases que se tornaba afabilidad y amabilidad en su propia casa. Escuchó con
atención mi pequeña historia referente a los estudios y sonrió cuando
pronuncié los nombres de Cornelio Agrippa y Paracelso, pero sin el desprecio
que el señor Krempe había mostrado. Dijo que «los modernos filósofos
estaban en deuda con el infatigable esfuerzo de esos hombres que sentaron
las bases del conocimiento. Ellos nos habían encomendado una tarea más
sencilla: dar nuevos nombres y ordenar en clasificaciones comprensibles los
hechos que, en buena parte, ellos habían sacado a la luz. El trabajo del
hombre de genio, aunque esté equivocado o mal dirigido, muy pocas veces
deja de convertirse en un verdadero beneficio para la humanidad». Escuché
atentamente sus palabras, pronunciadas sin presunción alguna, y luego añadí
que su lección había apartado de cualquier prejuicio contra los químicos
modernos; y también le pedí que me aconsejara respecto a los libros que
debía leer.
—Me alegra mucho tener un nuevo discípulo —dijo el señor Waldman—;
y si se aplica usted al estudio tanto como parece sugerir su inteligencia, no
tengo duda de que alcanzará el éxito. La química es esa rama de la filosofía
natural en la cual se han hecho y se harán los avances más importantes. Por
eso la escogí como disciplina principal en mi trabajo. Pero, al mismo tiempo,
no he descuidado otras ciencias. Uno sería un triste químico si solo estudiara
esa materia. Si su deseo realmente es llegar a ser un verdadero hombre de
ciencia y no simplemente un experimentador frívolo, debería aconsejarle que
se aplique a todas las ramas de la filosofía natural, incluidas las matemáticas.
Luego me llevó a su laboratorio y me explicó el uso de algunas de sus
máquinas, aconsejándome sobre lo que debía comprar y prometiéndome que
me dejaría utilizar su laboratorio cuando supiera lo suficiente para no
estropear sus aparatos. También me dio la lista de libros que le había pedido,
y luego nos despedimos.
Así terminó un día memorable para mí, porque entonces se decidió mi
destino.
CAPÍTULO 5
Desde aquel día, la filosofía natural y particularmente la química se
convirtieron prácticamente en mis únicas materias de estudio. Leí con avidez
todos aquellos libros llenos de genialidades y sabiduría que los modernos
investigadores habían escrito sobre aquellas materias. Acudí a las clases y
cultivé la amistad de los científicos en la universidad; y encontré, incluso en
el señor Krempe, una buena dosis de sentido común y verdadera sabiduría…
unida, es verdad, a una fisonomía y unos modales desagradables, pero no por
ello menos valiosa. En el señor Waldman descubrí a un verdadero amigo. El
dogmatismo nunca enturbiaba su bondad e impartía sus clases con un aire de
franqueza y buen carácter que desvanecía cualquier idea de pedantería. Fue
quizá el amistoso carácter de este hombre lo que me inclinó más al estudio de
aquella rama de la filosofía natural que él profesaba, y no tanto un amor
intrínseco por la propia ciencia. Pero aquel estado de ánimo solo se produjo
en los primeros pasos hacia el conocimiento; cuanto más me adentraba en la
ciencia, más la buscaba solo por ella misma. Aquella dedicación, que al
principio había sido una cuestión de deber y obligación, se tornó después tan
apasionada e impaciente que muy a menudo las estrellas desaparecían en la
luz de la mañana mientras yo aún permanecía trabajando en mi laboratorio.
Dado que me aplicaba al estudio con tanto celo, fácilmente puede
comprenderse que progresé con mucha rapidez. De hecho, mi fervor
científico era el asombro de los estudiantes y mi dominio de la materia, el de
mi maestro. El profesor Krempe a menudo me preguntaba, con una maliciosa
sonrisa en sus labios, cómo andaba Cornelio Agrippa, mientras el señor
Waldman expresaba de corazón los elogios más encendidos ante mis avances.
Así transcurrieron dos años, en los cuales no regresé a Ginebra, porque estaba
enfrascado en cuerpo y alma en el estudio de ciertos descubrimientos que
esperaba realizar. Nadie, salvo aquellos que lo han experimentado, pueden
comprender la fascinación que ejerce la ciencia. En otras disciplinas, uno
llega hasta donde han llegado aquellos que lo han precedido, y no puede
llegar a saber nada más; pero en la investigación científica continuamente se
alimenta la pasión por los descubrimientos y las maravillas. Una inteligencia
de capacidad mediana que se empeña con pasión en un estudio
necesariamente alcanza un gran dominio en dicha disciplina. Y yo, que
continuamente intentaba alcanzar una meta y estaba dedicado a ese único fin,
progresé tan rápidamente que al final de aquellos dos años hice algunos
descubrimientos para la mejora de ciertos aparatos químicos, lo cual me
procuró gran estima y admiración en la universidad. Cuando llegué a ese
punto y hube aprendido todo lo que los profesores de Ingolstadt podían
enseñarme, y teniendo en cuenta que mi estancia allí ya no me procuraría
aprovechamiento alguno, pensé en regresar con los míos a mi ciudad natal,
pero entonces se produjo un suceso que alargó mi estancia allí.
Uno de aquellos fenómenos que habían llamado especialmente mi
atención era la estructura del cuerpo humano y, en realidad, la de cualquier
animal dotado de vida. A menudo me preguntaba: ¿dónde residirá el
principio de la vida? Era una pregunta atrevida y siempre se había
considerado un misterio. Sin embargo, ¿cuántas cosas podríamos descubrir si
la cobardía o el desinterés no entorpecieran nuestras investigaciones? Le di
muchas vueltas a estas cuestiones y decidí que desde aquel momento en
adelante me aplicaría muy especialmente a aquellas ramas de la filosofía
natural relacionadas con la fisiología. Si no me hubiera animado una especie
de entusiasmo sobrenatural, mi dedicación a esa disciplina me habría
resultado tediosa y casi insoportable. Para estudiar las fuentes de la vida,
debemos recurrir en primer lugar a la muerte. Enseguida me familiaricé con
la ciencia de la anatomía, pero no era suficiente. Debía también observar la
descomposición natural y la corrupción del cuerpo humano. Durante mi
educación, mi padre había tomado todo tipo de precauciones para evitar que
mi mente se viera impresionada por terrores sobrenaturales. Así que yo no
recuerdo haber temblado jamás ante cuentos supersticiosos o haber temido la
aparición de un espíritu. La oscuridad no ejercía ninguna influencia en mi
imaginación; y un cementerio no era para mí más que un conjunto de cuerpos
privados de vida y que, en vez de ser los receptáculos de la belleza y la
fuerza, se habían convertido en alimento para los gusanos. Ahora estaba
decidido a estudiar la causa y el proceso de esa descomposición y me vi
forzado a pasar días y noches enteros en panteones y osarios. Mi atención se
centró en todos aquellos detalles que resultan insoportablemente repugnantes
a la delicadeza de los sentimientos humanos. Vi cómo las hermosas formas
del hombre se degradaban y se pudrían; y observé detenidamente la
corrupción de la muerte triunfando sobre las rosadas mejillas llenas de vida;
vi cómo los gusanos heredaban las maravillas de los ojos y el cerebro. Me
detuve, examinando y analizando todos los detalles y las causas a partir de
los cambios que se producían en el proceso de la vida a la muerte, y de la
muerte a la vida, hasta que en medio de aquella oscuridad una repentina luz
se derramó sobre mí. Era una luz tan brillante y maravillosa, y sin embargo
tan sencilla, que, aunque casi me encontraba aturdido ante las inmensas
perspectivas que iluminaba, me sorprendió que yo —entre los muchos
hombres de ingenio que se habían dedicado a la misma disciplina—, y solo
yo, descubriera aquel asombroso secreto.
Recuerde: no estoy hablando de las imaginaciones de un loco. Lo que
afirmo aquí es tan cierto como el sol que brilla en el cielo. Quizá algún
milagro podría haberlo conseguido. Pero las etapas de mi descubrimiento
eran claras y posibles. Después de muchos días y noches de increíble trabajo
y cansancio, conseguí descubrir la causa de la generación y de la vida. Es
más: había conseguido ser capaz de infundir vida en la materia muerta.
La sorpresa que experimenté al principio con este descubrimiento pronto
dio paso a la alegría y al entusiasmo. Después de emplear tanto tiempo en
aquella penosa labor, alcanzar finalmente la cima de mis deseos era lo más
gratificante que me podía suceder. Pero este descubrimiento era tan grande y
abrumador que todos los pasos mediante los cuales había llegado a él se
borraron de mi mente poco a poco, y me centré únicamente en el resultado.
Aquello que había sido el estudio y el deseo de los hombres más sabios desde
la creación del mundo se encontraba ahora en mis manos… aunque no se me
había revelado todo de golpe, como si fuera un juego de magia. La
información que yo había obtenido, más que mostrarme el fin ya conseguido
por completo, tenía otra naturaleza y más bien dirigía mis esfuerzos hacia el
objetivo que tenía en mente. Era como aquel árabe que había sido enterrado
con otros muertos y encontró un pasadizo para volver al mundo, con la única
ayuda de una luz trémula y aparentemente inútil.
Veo, amigo mío, por su interés y por el asombro y la expectación que
reflejan sus ojos, que espera que le cuente el secreto que descubrí… pero eso
no va a ocurrir. Escuche pacientemente mi historia hasta el final y entonces
comprenderá fácilmente por qué me guardo esa información. No voy a
conducirle a usted, ingenuo y apasionado, tal y como lo era yo, a su propia
destrucción y a un dolor irreparable. Aprenda de mí, si no por mis consejos,
al menos por mi ejemplo, y vea cuán peligrosa es la adquisición de
conocimientos y cuánto más feliz es el hombre que acepta su lugar en el
mundo en vez de aspirar a ser más de lo que la naturaleza le permitirá jamás.
CAPÍTULO 6
Cuando me encontré con un poder tan asombroso en las manos, durante
mucho tiempo dudé sobre cuál podría ser el modo de utilizarlo. Aunque yo
poseía la capacidad de infundir movimiento, preparar un ser para que pudiera
recibirlo con todo su laberinto inextricable de fibras, músculos y venas aún
continuaba siendo un trabajo de una dificultad y una complejidad
inconcebibles. Al principio dudé si debería intentar crear a un ser como yo u
otro que tuviera una organismo más sencillo; pero mi imaginación estaba
demasiado exaltada por mi gran triunfo como para permitirme dudar de mi
capacidad para dotar de vida a un animal tan complejo y maravilloso como
un hombre. En aquel momento, los materiales de que disponía difícilmente
podían considerarse adecuados para una tarea tan complicada y ardua, pero
no tuve ninguna duda de que finalmente tendría éxito en mi empeño. Me
preparé para sufrir innumerables reveses; mis trabajos podían frustrarse una y
otra vez y finalmente mi obra podía ser imperfecta; sin embargo, cuando
consideraba los avances que todos los días se producen en la ciencia y en la
mecánica, me animaba y confiaba en que al menos mis experimentos se
convertirían en la base de futuros éxitos. Ni siquiera me planteé que la
magnitud y la complejidad de mi plan pudieran ser razones para no llevarlo a
cabo. Y con esas ideas en mente, comencé la creación de un ser humano.
Como la pequeñez de los órganos constituían un gran obstáculo para avanzar
con rapidez, contrariamente a mi primera intención, decidí construir un ser de
una estatura gigantesca; es decir, aproximadamente de siete u ocho pies de
altura y con las medidas correspondientes proporcionadas. Después de haber
tomado esta decisión y tras haber empleado varios meses en la recogida y la
preparación de los materiales adecuados, comencé.
Nadie puede siquiera imaginar la cantidad de sentimientos contradictorios
que me embargaron durante ese tiempo. Cuando el éxito me empujaba al
entusiasmo, la vida y la muerte me parecían ataduras ideales que yo sería el
primero en romper y así derramaría un torrente de luz en nuestro oscuro
mundo. Una nueva especie me bendeciría como a su creador y fuente de vida;
y muchos seres felices y maravillosos me deberían sus existencias. Ningún
padre podría exigir la gratitud de su hijo tan absolutamente como yo
merecería las alabanzas de esos seres. Avanzando en estas ideas, pensé que si
podía insuflar vida en la materia muerta, quizá podría, con el correr del
tiempo (aunque en aquel momento me parecía imposible), renovar la vida
donde la muerte aparentemente había entregado a los cuerpos a la corrupción.
Aquellos pensamientos me animaban mientras proseguía con mi tarea con
un entusiasmo infatigable. Mi rostro había palidecido con el estudio y todo
mi cuerpo parecía demacrado por el constante confinamiento. Algunas veces,
cuando me encontraba al borde mismo del triunfo, fracasaba, aunque siempre
me aferraba a la esperanza que me aseguraba que al día siguiente o incluso
una hora después podría conseguirlo. Y la esperanza a la que me aferraba era
un secreto que solo yo poseía; y la luna observaba mis trabajos a medianoche
mientras, con una ansiedad incansable e implacable, yo perseguía los secretos
de la vida hasta sus más ocultos rincones. ¿Quién podrá concebir los horrores
de mi trabajo secreto, cuando me veía obligado a andar entre las mohosas
tumbas sin consagrar o torturando animales vivos para conseguir insuflar
vida al barro inerte? Me tiemblan las manos ahora y siento deseos de llorar al
recordarlo; pero en aquel entonces un impulso irrefrenable y casi frenético
me obligaba a continuar adelante; era como si hubiera perdido el alma o la
sensibilidad para todo excepto para lo que perseguía. En realidad fue como
un estado de trance pasajero que, cuando aquel antinatural estímulo dejó de
actuar sobre mí, solo me procuró una renovada y especial sensibilidad tan
pronto como regresé a mis viejas costumbres. Recogí huesos de los osarios y
profané con mis impúdicas manos los secretos del cuerpo humano. En una
sala solitaria —o más bien en un desván, en la parte alta de una casa, y
separado de los otros pisos por una galería y una escalera— preparé el taller
para mi repugnante creación; mis ojos se salían de sus órbitas y se clavaban
en los diminutos detalles de mi trabajo. Los quirófanos y el matadero me
proporcionaban la mayor parte de mis materiales, y a menudo sentía que a mi
naturaleza humana le repugnaba aquella ocupación, pero, aún apremiado por
la ansiedad que constantemente me acuciaba, proseguí con el trabajo hasta
que prácticamente le di fin.
Pasaron los meses de verano y yo seguía enfrascado, en cuerpo y alma, en
mi único objetivo. Fue un verano maravilloso: los campos pocas veces habían
ofrecido unas cosechas tan abundantes y los viñedos rara vez habían dado
una vendimia tan exuberante. Pero mis ojos permanecían insensibles a los
encantos de la naturaleza, y los mismos sentimientos que me forzaron a
despreciar lo que ocurría a mi alrededor también me obligaron a olvidar a
todos aquellos seres queridos que estaban muy lejos y a quienes no había
visto desde hacía tanto tiempo. Yo sabía que mi silencio les inquietaba y
recordaba perfectamente las palabras de mi padre: «Sé que mientras estés
contento contigo mismo, pensarás en nosotros con cariño, y sabremos de ti
regularmente. Y debes perdonarme si considero cualquier interrupción en tu
correspondencia como una prueba de que también estás descuidando el resto
de tus obligaciones.» Así que sabía perfectamente cuáles serían sus
sentimientos; pero no podía apartar mi mente del trabajo, odioso en sí mismo,
pero que se había apoderado irresistiblemente de mi imaginación. Era como
si deseara apartar de todo lo relacionado con mis sentimientos o mis
afectos, hasta que alcanzara el gran objetivo que había anulado toda mi vida
anterior.
En aquel momento pensé que mi padre sería injusto si achacara mi
silencio a una conducta viciosa o a una falta de consideración por mi parte;
pero ahora estoy convencido de que no se equivocaba en absoluto cuando
pensaba que probablemente yo no estaba libre de toda culpa. Un ser humano
que desea ser perfecto siempre debe mantener la calma y la mente serena, y
nunca debe permitir que la pasión o un deseo pasajero enturbie su
tranquilidad. No creo que la búsqueda del conocimiento sea una excepción a
esta regla. Si el estudio al cual uno se entrega tiene una tendencia a debilitar
los afectos y a destruir el gusto que se tiene por esos sencillos placeres en los
cuales nada debe interferir, entonces esa disciplina es con toda seguridad
perjudicial, es decir, impropia de la mente humana. Si esta regla se observara
siempre —si ningún hombre permitiera que nada en absoluto interfiriera en
su tranquilidad y en sus afectos familiares—, Grecia jamás se habría visto
esclavizada, César habría conservado su patria, América habría sido
descubierta más gradualmente y los imperios de México y Perú no habrían
sido destruidos.
Pero me he descuidado y estoy moralizando en la parte más interesante de
mi relato; y sus miradas me recuerdan que debo continuar.
Mi padre no me hacía ningún reproche en sus cartas, y solo hizo
referencia a mi silencio preguntándome con más insistencia que antes por mis
ocupaciones. Pasó el invierno, la primavera y el verano mientras yo
permanecía ocupado en mis trabajos, pero yo no vi cómo florecían los árboles
ni cómo se llenaban de hojas —y estos eran espectáculos que antes siempre
me habían proporcionado un enorme deleite. Tan ocupado estaba en mi
trabajo. Las hojas de aquel año se marchitaron antes de que mi trabajo se
hubiera acercado a su final. Y cada día me mostraba claramente que lo estaba
consiguiendo. Pero mi ansiedad amargaba mi entusiasmo y, más que un
artista ocupado en su entretenimiento favorito, parecía un esclavo condenado
a la esclavitud encadenada en las minas o a cumplir con cualquier otro trabajo
infame. Todas las noches tenía un poco de fiebre y me convertí en una
persona nerviosa, hasta extremos dolorosos… era un sufrimiento que
lamentaba tanto más cuanto que hasta entonces yo había gozado siempre de
una excelente salud y siempre había presumido de estabilidad emocional.
Pero yo creía que el aire libre y las diversiones eliminarían pronto aquellos
síntomas, y me prometí disfrutar de esos entretenimientos cuando finalizara
mi creación.
CAPÍTULO 7
Una lluviosa noche de noviembre conseguí por fin terminar mi hombre;
con una ansiedad casi cercana a la angustia, coloqué a mi alrededor la
maquinaria para la vida con la que iba a poder insuflar una chispa de
existencia en aquella cosa exánime que estaba tendida a mis pies. Era ya la
una de la madrugada, la lluvia tintineaba tristemente sobre los cristales de la
ventana, y la vela casi se había consumido cuando, al resplandor mortecino
de la luz, pude ver cómo se abrían los ojos amarillentos y turbios de la
criatura. Respiró pesadamente y sus miembros se agitaron en una convulsión.
¿Cómo puedo explicar mi tristeza ante aquel desastre…? ¿O cómo
describir aquel engendro al que con tantos sufrimientos y dedicación había
conseguido dar forma? Sus miembros eran proporcionados, y había
seleccionado unos rasgos hermosos… ¡Hermosos! ¡Dios mío! Aquella piel
amarilla apenas cubría el entramado de músculos y arterias que había debajo;
tenía el pelo negro, largo y grasiento; y sus dientes, de una blancura perlada;
pero esos detalles hermosos solo formaban un contraste más tétrico con sus
ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las blanquecinas órbitas
en las que se hundían, con el rostro apergaminado y aquellos labios negros y
agrietados.
Los diferentes aspectos de la vida no son tan variables como los
sentimientos de la naturaleza humana. Yo había trabajado sin descanso
durante casi dos años con el único propósito de infundir vida en un cuerpo
inerte. Y en ello había empeñado mi tranquilidad y mi salud. Lo había
deseado con un fervor que iba mucho más allá de la moderación; pero, ahora
que había triunfado, aquellos sueños se desvanecieron y el horror y el asco
me embargaron el corazón y me dejaron sin aliento. Incapaz de soportar el
aspecto del ser que había creado, salí atropelladamente de la sala y durante
largo tiempo estuve yendo de un lado a otro en mi habitación, incapaz de
tranquilizar mi mente para poder dormir. Al final, una suerte de lasitud
triunfó sobre el tormento que había sufrido, y me derrumbé vestido en la
cama, tratando de encontrar unos instantes de olvido. Pero fue en vano; en
realidad, dormí, pero me vi acosado por horrorosas pesadillas. Veía a
Elizabeth, tan hermosa y joven, caminando por las calles de Ingolstadt;
encantado y sorprendido, yo la abrazaba; pero cuando le daba el primer beso,
sus labios palidecían con el color de la muerte; sus rasgos parecían cambiar, y
pensaba que estaba sosteniendo en brazos el cadáver de mi madre muerta;
una mortaja envolvía su cuerpo, y veía cómo los gusanos de la tumba se
retorcían en los pliegues del lienzo. Me desperté sobresaltado y horrorizado:
un sudor frío cubría mi frente, los dientes me castañeaban y tenía
convulsiones en los brazos y las piernas, y entonces, a la pálida y amarillenta
luz de la luna, que se abría paso entre los postigos de la ventana, descubrí al
engendro… aquel monstruo miserable que yo había creado. Apartó las
cortinas de mi cama y sus ojos… si es que pueden llamarse ojos, se clavaron
en mí. Abrió la mandíbula y susurró algunos sonidos incomprensibles al
tiempo que una mueca arrugó sus mejillas. Puede que dijera algo, pero yo no
lo oí… alargó una mano para detenerme, pero yo conseguí escapar y corrí
escaleras abajo. Me refugié en un patio que pertenecía a la casa en la que
vivía, y allí me quedé durante el resto de la noche, paseando de un lado a
otro, sumido en la más profunda inquietud, escuchando atentamente,
captando y temiendo cada sonido como si fuera el anuncio de la llegada de
aquel demoníaco cadáver al que yo desgraciadamente le había dado vida.
¡Oh…! ¡Ningún ser humano podría soportar el horror de aquel rostro!
Una momia a la que se le devolviera el movimiento no sería seguramente tan
espantosa como… Él. Yo lo había observado cuando aún no estaba
terminado; ya era repulsivo entonces. Pero cuando aquellos músculos y
articulaciones adquirieron movilidad, se convirtió en una cosa que ni siquiera
Dante podría haber concebido.
Pasé una noche espantosa… a veces el pulso me latía tan rápido y tan
fuerte que sentía las palpitaciones en cada arteria; en otras ocasiones, estaba a
punto de derrumbarme en el suelo debido al sueño y la extrema debilidad; y
mezclada con ese horror, sentí la amargura de la decepción. Las ilusiones,
que habían sido mi sustento y mi descanso durante tanto tiempo, se habían
convertido ahora en un infierno para mí. Y ese cambio había sido tan rápido,
y la derrota tan absoluta…
Al fin llegó el alba, grisácea y lluviosa, e iluminó, ante mis doloridos y
soñolientos ojos, la iglesia de Ingolstadt, con su aguja blanca y el reloj, que
marcaba las seis de la mañana. El portero abrió las puertas del patio que
durante toda la noche había sido mi refugio, y salí a las calles, y caminé por
ellas a paso rápido, como si quisiera huir del monstruo al que temía ver
aparecer ante al doblar cualquier calle. No me atrevía a volver al
apartamento donde vivía, sino que me sentía impelido a continuar
caminando, aunque estaba empapado por la lluvia que se derramaba a
raudales desde un cielo negro y aterrador.
Continué caminando así durante algún tiempo, intentando mitigar,
mediante un ejercicio físico violento, la pesada carga que oprimía mi espíritu.
Crucé las calles sin saber claramente adónde me dirigía o qué estaba
haciendo. Mi corazón palpitaba enfermo de miedo; y me apresuré con pasos
inseguros, sin atreverme a mirar atrás,
como aquel que, en un sendero solitario,
hace su camino con temor y miedo,
y habiéndose girado una vez, continua andando
y no gira más la cabeza,
porque sabe que un terrible demonio
le sigue muy de cerca.
Así continué caminando, hasta que al final llegué frente a la posada en la
cual solían parar las diligencias y los carruajes. Allí me detuve, no sabía por
qué, pero permanecí algunos minutos con la mirada clavada en un carruaje
que venía hacia desde el otro extremo de la calle. Cuando estuvo más
cerca, observé que era una diligencia suiza; se detuvo justo donde yo me
encontraba; y, cuando se abrieron las puertas, vi a Henry Clerval, que bajó
rápidamente en cuanto me vio.
—¡Mi querido Frankenstein! —exclamó—. ¡Cuánto me alegra verte!
¡Qué suerte que estuvieras aquí en el preciso momento de mi llegada…!
Nada podía ser mejor que el placer de volver a ver a Clerval: su presencia
me recordaba a mi padre, a Elizabeth, y todas aquellas escenas hogareñas tan
gratas a mi memoria. Le di un fuerte apretón de manos y, al menos durante
un momento, olvidé mi horror y mi desgracia. De repente sentí, y por primera
vez en muchos meses, una alegría tranquila y serena. Así, le di la bienvenida
a mi amigo del modo más cordial y juntos caminamos hacia la universidad.
Durante algún tiempo Clerval estuvo hablándome de nuestros amigos
comunes y de la suerte que había tenido porque le habían permitido venir a
Ingolstadt.
—Puedes creerme —dijo—: he tenido muchos problemas para convencer
a mi padre de que no es absolutamente imprescindible que un comerciante lo
ignore todo salvo la contabilidad; y, es más, creo que no conseguí
convencerlo del todo, porque su única respuesta a mis súplicas era la misma
que aquella que daba aquel maestro holandés en El vicario de Wakefield:
«Gano diez mil florines al año sin necesidad de saber griego, y como
maravillosamente sin el dichoso griego.» Pero el cariño que siente por al
final ha vencido su aversión a los estudios, y me ha permitido emprender esta
expedición al país de la sabiduría.
—¿Y mi padre, y mis hermanos, y Elizabeth? —pregunté.
—Muy bien, y muy felices —contestó—, solo un poco inquietos porque
apenas han tenido noticias tuyas, y, por cierto, creo que tengo que regañarte
en su nombre. Pero… mi querido Frankenstein —añadió, deteniéndose un
poco y mirándome fijamente a la cara—, no me había fijado en el mal
aspecto que tienes. Estás tan delgado y tan pálido… parece como si hubieras
estado muchas noches en vela.
—Estás en lo cierto —contesté—; últimamente he estado muy ocupado en
un asunto que no me ha permitido descansar lo suficiente, como ves; pero
espero, y lo espero de verdad, que todas esas preocupaciones hayan
terminado… Ya estoy libre, espero.
Yo estaba temblando mucho; era incapaz de pensar en los sucesos
acontecidos la noche anterior, y desde luego ni siquiera podía hablar de ello.
Así que caminaba con paso rápido y pronto llegamos a la universidad.
Entonces pensé —y aquello me hizo estremecer— que la criatura que yo
había abandonado en mis aposentos aún podía estar allí, viva y deambulando
sin rumbo. Yo temía verlo, pero temía aún más que Henry pudiera descubrir
al monstruo. Así que le rogué que permaneciera unos minutos al pie de la
escalera, y subí corriendo a mi habitación. Antes de recobrarme del esfuerzo,
ya tenía la mano en el picaporte, pero me detuve, y un escalofrío me
estremeció. Abrí la puerta, de un golpe, como los niños que esperan encontrar
a un fantasma aguardándolos al otro lado. Pero no había nadie. Avancé
temerosamente… la sala estaba vacía, y mi dormitorio también estaba libre
de aquel espantoso huésped. Apenas podía creer que hubiera tenido tanta
suerte; pero cuando me aseguré de que mi enemigo realmente había huido,
aplaudí de alegría y bajé corriendo para recoger a Henry.
Subimos a mi habitación y luego el criado trajo el desayuno: pero yo no
podía contenerme. No era solo alegría lo que me embargaba; sentía que mi
piel hormigueaba con un exceso de sensibilidad, y mi pulso latía
violentamente. Era incapaz de quedarme quieto; saltaba sobre las sillas,
aplaudía, y me reía a carcajadas. Al principio, Clerval atribuyó mi inusual
estado de ánimo a la alegría por su llegada; pero cuando me observó más
atentamente, vio una locura en mis ojos en la que no había reparado; y mis
carcajadas destempladas y desenfrenadas lo asustaron y sorprendieron.
—Mi querido Frankenstein… —gritó—, por el amor de Dios, ¿qué
ocurre? No te rías así. ¡Estás muy enfermo…! ¿Cuál es la causa de todo esto?
—No me preguntes —grité, cubriéndome los ojos con las manos, pues
pensé que había visto al espectro entrando en la habitación—. ¡Él te lo dirá!
¡Oh, sálvame! ¡Sálvame…!
Imaginé que el monstruo me sujetaba; luché furiosamente y me derrumbé
preso de un ataque de nervios.
¡Pobre Clerval! ¿Qué debió de pensar? El reencuentro, que él había
esperado con tanta alegría, se tomaba de aquel modo tan extraño en
amargura. Pero yo no fui testigo de su pena, porque estaba inconsciente y no
recobré el conocimiento hasta mucho, mucho tiempo después.
CAPÍTULO 8
Aquello fue el comienzo de unas fiebres nerviosas que me tuvieron
recluido en cama durante varios meses. Durante todo ese tiempo, solo Henry
se ocupó de mí. Después averigüé que, sabiendo que mi padre era muy mayor
y que no le sentaría bien un viaje tan largo, y lo mucho que mi dolencia
afectaría a Elizabeth, Henry les había ahorrado ese sufrimiento ocultándoles
la verdadera dimensión de mi enfermedad. Él sabía que nadie me cuidaría
con más cariño y atención que él mismo; y, convencido de que me
recuperaría, estaba seguro de que su actuación no había constituido en
absoluto un perjuicio, sino lo mejor que podía hacer por ellos.
Pero yo estaba realmente muy enfermo, y seguramente nada, salvo las
constantes y continuas atenciones de mi amigo, podría haberme devuelto a la
vida. Siempre tenía ante la figura del monstruo al que yo había insuflado
vida, y aparecía en mis delirios constantemente. Sin duda, mis palabras
sorprendieron a Henry: al principio pensó que eran divagaciones de mi
imaginación desordenada; pero la insistencia con la cual constantemente
recurría al mismo tema le convenció de que mi trastorno tenía su origen en
algún suceso insólito y terrible.
Muy poco a poco, y con frecuentes recaídas que asustaban e inquietaban a
mi amigo, me fui recuperando. Recuerdo que la primera vez que fui capaz de
observar las cosas de la calle con cierto placer, me di cuenta de que las hojas
caídas habían desaparecido y que los tallos verdes comenzaban a brotar en
los árboles. Fue una primavera maravillosa y la estación sin duda contribuyó
en buena medida a mejorar mi salud durante mi convalecencia. También sentí
que se reavivaban en mi pecho sentimientos de alegría y cariño, mi
pesadumbre desaparecía, y muy pronto volví a estar tan alegre como antes de
sufrir aquella fatal obsesión.
—Queridísimo Clerval —dije—, qué bueno y qué amable has sido
conmigo. Todo el invierno, en vez de emplearlo en el estudio, tal y como
habías planeado, lo has malgastado en mi habitación de enfermo… ¿Cómo
podré recompensártelo? Lamento muchísimo haber sido la causa de este
desastre. Espero que me perdones…
—Me lo recompensarás si no vuelves a enfermar —replicó Henry—, y
ponte bueno cuanto antes. Y puesto que pareces de buen humor, quizá pueda
hablarte de una cosa, ¿te importa?
Temblé. ¡Una cosa…! ¿Qué podría ser? ¿Podría estarse refiriendo a una
cosa en la cual ni siquiera me atrevía a pensar?
—No te pongas nervioso —dijo Clerval, que se dio cuenta de que yo
palidecía—. No diré nada si te inquieta. Pero tu padre y tu prima se alegrarían
mucho si recibieran una carta tuya y de tu puño y letra. Ni siquiera sospechan
lo enfermo que has estado y están preocupados por tu largo silencio.
—¿Eso es todo? —dije sonriendo—. Mi querido Henry, ¿cómo puedes
imaginar que mis primeros pensamientos no estarían dedicados a aquellos
seres queridos a quienes tanto amo y que tanto merecen mi amor?
—Dado que te veo tan animado —dijo Henry—, te encantará ver una
carta que ha estado ahí desde hace algunos días; es de tu prima, creo.
Entonces puso la siguiente carta en mis manos:
PARA V. FRANKENSTEIN
Ginebra, 18 de marzo de 17**
Querido primo:
No puedo describirte la inquietud que tenemos todos por tu salud. No
podemos evitar imaginar que tu amigo Clerval nos está ocultando la
verdadera gravedad de tu enfermedad, porque hace ya varios meses desde
que no recibimos una carta escrita por ti mismo; y todo este tiempo te has
visto obligado a dictárselas a Henry. Seguramente, Victor, debes de haber
estado muy enfermo; y esto nos entristece mucho, tanto casi como cuando
murió tu querida madre. Mi padre está plenamente convencido de que estás
gravemente enfermo y apenas hemos podido evitar que emprenda un viaje a
Ingolstadt. Clerval siempre dice en sus cartas que te estás poniendo mejor;
deseo fervientemente que nos confirmes esa idea muy pronto escribiéndonos
de tu puño y letra, porque, Victor, de verdad, de verdad, todo esto nos tiene
muy preocupados. Disipa nuestros temores, y seremos las criaturas más
felices del mundo. La salud de mi tío es tan buena y está tan fuerte que parece
haber rejuvenecido diez años desde el invierno pasado. Ernest está también
tan cambiado que apenas lo reconocerías; tiene casi dieciséis años, ya sabes,
y ha perdido aquel aspecto enfermizo que tenía hace algunos años; está muy
bien y muy vigoroso, si puedo utilizar ese término, aunque resulta muy
expresivo.
Mi tío y yo estuvimos conversando la pasada noche durante mucho rato
sobre la profesión que debería elegir Ernest. Su mala salud habitual cuando
era pequeño le ha impedido adquirir la costumbre de estudiar, y
continuamente está en el campo, al aire libre, subiendo las montañas o
remando en el lago. Así pues, yo propuse que se hiciera granjero, lo cual,
como sabes, primo, ha sido siempre mi idea favorita. La vida del granjero es
muy saludable y feliz… y al menos la profesión menos dañina de todas, o
mejor dicho, la más beneficiosa. Mi tío tenía la idea de que estudiara para
abogado, porque con su influencia podría llegar a ser juez. Pero, aparte de
que no está hecho absolutamente para semejante ocupación, resulta
ciertamente más digno ganarse la vida cultivando la tierra que siendo
confidente y algunas veces cómplice de los vicios de otro, porque esa es la
tarea de un abogado. Yo dije que la ocupación de un granjero próspero, si no
era más honrosa, era al menos una ocupación más feliz que la de juez, cuya
desgracia es estar enfangado siempre en la cara más oscura de la naturaleza
humana. Mi tío sonrió y dijo que yo misma debería ser abogada, con lo cual
se puso fin a nuestra conversación sobre aquel asunto.
Y ahora debo contarte una pequeña historia que te encantará. ¿Te
acuerdas de Justine Moritz? Quizá no te acuerdes; así que te contaré su
historia en pocas palabras. Madame Moritz, su madre, se había quedado
viuda con cuatro niños, de los cuales Justine era la tercera. La niña había sido
siempre la favorita de su padre; pero, por una extraña obsesión, su madre no
podía soportarla y, después de la muerte del señor Moritz, la maltrataba
horriblemente. Mi tía sabía todo esto y cuando Justine cumplió los doce años,
consiguió convencer a su madre para que le permitiera vivir en nuestra casa.
Las instituciones republicanas de nuestro país han promovido costumbres
más sencillas y amables que las que prevalecen en las grandes monarquías
que nos rodean. Y por esa razón hay menos diferencias entre las clases en las
que se dividen los seres humanos; y las clases más bajas, no siendo ni tan
pobres ni tan despreciadas como en otros lugares, son más educadas y dignas.
Un criado en Ginebra no es lo mismo que un criado en Francia o Inglaterra…
Así que Justine fue acogida en nuestra familia para aprender las obligaciones
de un criado, las cuales en nuestro afortunado país no incluyen el sacrificio
de la dignidad de un ser humano. Me atrevo a decir que ahora lo recordarás
todo, porque Justine era tu gran favorita; y recuerdo haberte oído decir que si
te encontrabas de mal humor, una mirada de Justine podría disiparlo por la
misma razón que da Ariosto respecto a la belleza de Angélica: su rostro era
todo franqueza y alegría. Mi tía se encariñó mucho con ella, lo cual la indujo
a darle una educación superior a la que había previsto para ella. Este regalo se
vio recompensado plenamente: Justine era la criatura más agradecida del
mundo. No quiero decir que hiciera grandes gestos de agradecimiento
nunca la decir nada al respecto—, pero una podía ver en sus ojos que
prácticamente adoraba a su protectora. Aunque era muy divertida, y en
muchos sentidos descuidada, sin embargo prestaba la mayor atención a cada
gesto de mi tía: la consideraba un modelo de perfección y siempre intentaba
imitar sus palabras e incluso sus gestos, de modo que incluso ahora a menudo
me recuerda a mi tía.
Cuando mi querida tía murió, todos estábamos demasiado ocupados con
nuestro propio dolor para fijarnos en la pobre Justine, que la había cuidado
durante su enfermedad con el mayor de los cariños. La pobre Justine estuvo
muy enferma, pero el destino le tenía reservadas otras pruebas.
Uno tras otro, sus hermanos y su hermana habían muerto; y su madre se
había quedado entonces, a excepción de su hija repudiada, sin hijos. La mujer
comenzó a sentir remordimientos de conciencia y a pensar que las muertes de
sus queridos hijos era una maldición del Cielo para castigar su parcialidad
contra Justine. Ella era católica romana y yo creo que su confesor azuzó esas
ideas que la mujer había concebido. Así pues, pocos meses después de tu
partida a Ingolstadt, la madre arrepentida llamó a Justine y le pidió que
volviera a casa. ¡Pobre muchacha! Lloró cuando abandonó nuestra casa;
estaba muy cambiada desde la muerte de mi tía; el dolor había conferido
cierta dulzura y una encantadora afabilidad a los gestos que antes habían
llamado la atención por su viveza. Desde luego, vivir en casa de su madre no
fue la mejor manera de devolverle la alegría. La pobre mujer no estuvo muy
firme en su arrepentimiento. A veces le suplicaba a Justine que le perdonara
su crueldad, pero con mucha más frecuencia la acusaba de ser la causa de las
muertes de sus hermanos y su hermana. Aquellos constantes vaivenes
emocionales finalmente condujeron a la señora Moritz a la enfermedad, lo
cual al principio solo incrementó su irritabilidad, pero ahora ya descansa para
siempre: murió con los primeros fríos, al principio del último invierno.
Justine ha vuelto con nosotros, y te puedo asegurar que la quiero muchísimo.
Es muy inteligente y cariñosísima, y guapa; y, tal y como mencioné antes, sus
gestos y sus expresiones continuamente me recuerdan a mi querida tía.
Debo contarte alguna cosa más, Víctor, sobre nuestro pequeño William.
¡Ojalá pudieras verlo! Está muy alto para su edad, y tiene unos ojos azules
risueños y dulces, pestañas muy oscuras y el pelo rizado. Cuando sonríe,
aparecen dos pequeños hoyuelos en sus mejillas, siempre rosadas y
saludables… su barbilla le hace una carita preciosa. Después de esta
descripción solo puedo decir que nuestras visitas dicen mil veces al día:
«Demasiado guapo para ser un niño.» Ya ha tenido una o dos pequeñas
novias, pero Louisa Biron es su favorita: es una niña preciosa de cinco años.
Y ahora, querido Víctor, supongo que te encantará saber algunos
pequeños cotilleos sobre tus conocidos. La guapa señorita Mansfeld ya ha
recibido las visitas de felicitación por su próximo matrimonio con un joven
caballero inglés, John Melbourne. Su espantosa hermana Manon se casó el
otoño pasado con el señor Hofland, el banquero rico. Y vuestro buen amigo
del colegio, Louis Manoir, ha sufrido varias desgracias desde que Clerval
partió de Ginebra. Pero ya ha recobrado el ánimo y se dice que está a punto
de casarse con una francesa guapísima y muy alegre: madame Tavernier. Es
viuda, y mucho mayor que Manoir, pero todo el mundo la admira y la
aprecia.
Te he escrito con todo mi buen ánimo, querido primo, pero no puedo
terminar sin preguntarte angustiada otra vez por tu salud. Querido Víctor: si
no estás muy enfermo, escribe mismo y haz feliz a tu padre y a todos
nosotros o… ni siquiera me atrevo a pensar en la otra posibilidad; ya estoy
llorando… Escribe, mi querido Víctor.
Tu prima, que te quiere muchísimo,
ELIZABETH LAVENZA.
—¡Querida, querida Elizabeth…! —exclamé cuando hube terminado de
leer su carta—. Escribiré inmediatamente y así aliviaré la angustia que deben
de estar sintiendo.
Escribí, y la tarea me cansó muchísimo; pero mi recuperación había
comenzado y continuaba satisfactoriamente: en otros quince días podría
abandonar mi alcoba.
CAPÍTULO 9
Cuando me recuperé, uno de mis primeros cometidos fue presentar a
Clerval a los distintos profesores de la universidad. Y al hacerlo, tuve que
someterme a una suerte de tormentosos encuentros que reabrían las heridas
que mi mente había sufrido. Desde aquella noche fatal —el final de mis
trabajos y el principio de mis desgracias—, había anidado en una violenta
antipatía por todo lo relacionado con la filosofía natural. Además, estando
prácticamente recuperado, la simple visión del instrumental químico
reavivaba toda la agonía de mis ataques nerviosos. Henry lo notó y apartó
todos aquellos aparatos de mi vista; también cambió bastante mis aposentos,
porque percibió que yo sentía aversión a la sala que antiguamente había sido
mi taller. Pero aquellas precauciones de Clerval no sirvieron de mucho
cuando visité a los profesores. Incluso el bueno del señor Waldman me
torturó cuando elogió, con amabilidad y afecto, mis asombrosos avances
científicos. Inmediatamente se dio cuenta de que me disgustaba la
conversación; pero, ignorando cuál era la verdadera razón, atribuyó mis
sentimientos a la modestia y me pareció evidente que cambiaba de asunto
de mis habilidades a la ciencia en general— con el deseo de captar mi interés.
¿Qué podía hacer yo? Él simplemente quería halagarme, pero solo conseguía
atormentarme. Me sentí como si fuera colocando, uno a uno, ante mis ojos,
todos aquellos instrumentos que iban a utilizarse posteriormente para darme
una muerte lenta y cruel. Yo me retorcía con cada palabra suya, aunque no
me atrevía a mostrar el dolor que sentía. Clerval, cuyas miradas y
sentimientos siempre estaban prestos a descubrir de inmediato las emociones
de los demás, no quiso hablar del tema, argumentando que no sabía nada de
ello; y la conversación giró hacia otros asuntos de carácter general. Yo se lo
agradecí en el alma, pero no dije nada. Vi claramente que estaba sorprendido,
pero no intentó sonsacarme el secreto; y aunque yo lo quería con una mezcla
de afecto y respeto sin límites, nunca me atreví a confesarle aquello que
siempre estaba presente en mis pensamientos, porque temía que al
explicárselo a otra persona solo consiguiera que dejara en una huella aún
más profunda.
El señor Krempe no fue tan amable; y dada la condición de extrema
sensibilidad, casi insoportable, en la que me encontraba entonces, sus
encomios rudos y directos me causaron más dolor que la benevolente
aprobación del señor Waldman.
—¡Maldito muchacho! —exclamó—. Señor Clerval: le digo a usted que
nos ha sobrepasado a todos… Sí, sí: piense lo que quiera, pero de todos
modos es la pura verdad. Un mozalbete que apenas hace tres años creía en
Cornelio Agrippa tan firmemente como en el Evangelio, ahora se ha colocado
a la cabeza de la universidad; y si no lo expulsamos pronto, nuestros puestos
no estarán seguros… Sí, sí… —continuó, observando mi gesto de
contrariedad—: el señor Frankenstein es muy modesto, una excelente
cualidad en un hombre joven. Los jóvenes deberían ser más humildes, ya
sabe a qué me refiero, señor Clerval; yo no lo era cuando era joven, pero eso
se pasa cuando uno se hace mayor.
Entonces el señor Krempe comenzó un elogio de mismo y felizmente
desvió la conversación de un asunto que verdaderamente me estaba matando.
Clerval no era un científico. Su imaginación era demasiado viva para
implicarse en la minuciosidad de las ciencias. Los idiomas eran su principal
interés, así que deseaba aprender lo necesario para continuar los estudios por
su cuenta cuando regresara a casa. El persa, el árabe y el hebreo atrajeron su
atención tan pronto como consiguió adquirir un perfecto dominio del griego y
el latín. Por mi parte, la inactividad siempre me había disgustado, y ahora que
deseaba huir de toda reflexión y me repugnaban mis antiguos estudios,
encontré un gran alivio al convertirme en compañero de clase de mi amigo, y
no hallé solo instrucción sino también consuelo en las obras de los autores
orientales. Su melancolía es tranquilizadora y su alegría anima el alma hasta
un grado que yo jamás había experimentado al estudiar a los escritores de
otros países. Cuando uno lee sus textos, parece que la vida consiste en un
cálido sol y jardines de rosas… en las sonrisas y los pucheros de una
encantadora enemiga, y en la ardiente pasión que consume tu corazón. ¡Qué
diferente de la viril y heroica poesía de Grecia y Roma!
El verano transcurrió en medio de aquellas ocupaciones, y mi regreso a
Ginebra se fijó para finales de otoño; pero se retrasó por varios incidentes y
llegó el invierno y la nieve, los caminos se pusieron intransitables y mi viaje
hubo de aplazarse hasta la primavera siguiente. Lamenté muchísimo ese
retraso, porque deseaba de todo corazón volver a ver mi ciudad natal y a mis
seres queridos. Mi regreso solo se había retrasado tanto porque no deseaba
dejar a Clerval solo en una ciudad extraña antes de que hubiera conocido a
algunas personas. El invierno, de todos modos, transcurrió muy
agradablemente; y aunque la primavera vino bastante tarde, su belleza
compensó su tardanza. Ya se había cumplido el mes de mayo, y yo esperaba
diariamente la carta que fijara la fecha de mi partida, cuando Henry me
propuso una excursión a pie por los alrededores de Ingolstadt para que
pudiera despedirme del país en el que había vivido durante tanto tiempo.
Accedí con placer a su proposición: estaba deseoso de hacer un poco de
ejercicio, y Clerval siempre había sido mi compañero favorito en las
caminatas de este tipo que yo solía emprender por los paisajes de mi país
natal. Aquella excursión duró quince días. Mi salud y mi ánimo se habían
restablecido hacía tiempo y habían adquirido renovado vigor con el aire
saludable, los pequeños incidentes habituales del camino y la conversación de
mi amigo. El estudio me había hecho antisocial: había evitado cualquier
relación con mis compañeros. Pero Clerval inspiraba los mejores
sentimientos de mi corazón; de nuevo me enseñó a amar las formas de la
Naturaleza y las encantadoras caritas de los niños. ¡Qué buen amigo! ¡Cuán
sinceramente me quisiste e intentaste animar mi espíritu hasta que estuvo al
nivel del tuyo! Un objetivo egoísta me había mutilado y aniquilado, hasta que
tu amabilidad y tu afecto animaron y despertaron mis sentidos. Conseguí
volver a ser la persona alegre que había sido solo unos años antes, amando a
todos y siendo amado por todos, sin penas ni preocupaciones: cuando me
sentía feliz, la Naturaleza inanimada tenía el poder de proporcionarme las
sensaciones más deliciosas. Un cielo claro y los campos verdes me
extasiaban. Aquella estación fue verdaderamente maravillosa: las flores de la
primavera estallaban en los parterres mientras las del verano estaban ya a
punto de brotar. No me inquietaron los malos pensamientos que durante el
año anterior, aunque intenté apartarlos por todos los medios, me habían
agobiado como una carga insoportable. Henry disfrutaba con mi alegría y
comprendía sinceramente mis sentimientos: se esforzaba en distraerme, y al
tiempo me contaba qué sentimientos ocupaban su alma. Los recursos de su
ingenio, en esta ocasión, fueron ciertamente asombrosos. Su conversación era
muy imaginativa; y muy a menudo, imitando a los escritores persas y árabes,
inventaba cuentos maravillosamente fantasiosos e interesantes. En otras
ocasiones recitaba mis poemas favoritos o me enredaba en conversaciones
que sostenía con notable ingenio.
Regresamos a la universidad un domingo: los campesinos disfrutaban en
los bailes y todas las personas que nos encontramos parecían dichosas y
felices. Yo mismo estaba muy animado, y caminaba embargado por
sentimientos de alegría y júbilo.
CAPÍTULO 10
Cuando regresé a casa, me encontré la siguiente carta de mi padre.
PARA V. FRANKENSTEIN
Ginebra, 2 de junio de 17**
Querido Victor:
Probablemente has estado esperando impaciente una carta en la que fijara
el día de tu regreso, y al principio estuve tentado de escribirte unas líneas,
solo para decirte el día en el que podríamos esperarte… pero eso sería una
cruel amabilidad, y no me atreví a hacerlo. ¡Cuál sería tu sorpresa, hijo mío,
cuando esperaras una bienvenida alegre y feliz, y te encontraras, por el
contrario, lágrimas y desconsuelo! ¿Y cómo puedo, Victor, contarte nuestra
desgracia? La ausencia no puede haber endurecido tu corazón frente a
nuestras alegrías y nuestras penas. ¿Y cómo puedo infligir dolor en mi hijo
ausente? Quisiera prepararte para la dolorosa noticia, pero que es
imposible. Ya que tu mirada estará buscando ahora, en estas hojas, las
palabras que te revelarán las horribles noticias…
¡William ha muerto! El encantador muchacho cuyas sonrisas me
encantaban y me animaban, aquel que era tan cariñoso y tan alegre, Victor…
¡ha sido asesinado!
No intentaré consolarte, simplemente te relataré las circunstancias de lo
sucedido.
El pasado jueves (28 de mayo), mi sobrina, tus dos hermanos y yo fuimos
a dar un paseo a Plainpalais. La tarde era cálida y tranquila, y prolongamos
nuestro paseo más de lo normal. Ya casi había atardecido cuando decidimos
regresar, y entonces descubrimos que Ernest y William, que se habían
adelantado, habían desaparecido. Así que nos sentamos en un banco para
esperar a que volvieran. Entonces vino Ernest y preguntó por su hermano:
dijo que había estado jugando con él, y que William se había ido corriendo
para esconderse, y que lo había estado buscando en vano y que después había
estado esperando mucho rato, pero no había vuelto.
Esto nos asustó bastante y continuamos buscándolo hasta que cayó la
noche; entonces Elizabeth aventuró que tal vez podía haber regresado a casa.
Pero no estaba allí. Volvimos al lugar con antorchas, porque yo no podía
vivir pensando que mi querido niño se había perdido y se había quedado a la
intemperie, con la humedad y el rocío de la noche; Elizabeth también estaba
angustiadísima. Alrededor de las siete de la mañana descubrí a mi pequeño,
al que la tarde anterior había visto rebosante de vitalidad y salud: estaba
tendido en la hierba, lívido e inmóvil… la marca de los dedos de su asesino
estaba aún en su cuello.
Lo llevamos a casa, y la angustia visible en mi rostro le reveló el secreto a
Elizabeth. Solo quería ver el cadáver. Al principio intenté evitárselo, pero ella
insistió y, entrando en la habitación en la que yacía, apresuradamente
examinó el cuello de la víctima, y retorciéndose las manos, exclamó: «¡Oh,
Dios mío! ¡He matado a mi querido niño…!»
Se desmayó y solo con mucha dificultad conseguimos reanimarla; cuando
volvió en sí, no hizo más que llorar y suspirar. Me dijo que aquella misma
tarde William le había estado dando guerra para que le permitiera llevar una
miniatura muy valiosa que tu madre le había regalado. Este retrato ha
desaparecido y, sin duda, fue el motivo por el cual el asesino cometió el
crimen. Hasta el momento no hay ni rastro de él, aunque no hemos cesado en
nuestras indagaciones para descubrirlo; pero eso no nos devolverá a mi
querido William.
Vuelve, querido Victor: solo puedes consolar a Elizabeth. Llora
constantemente y se acusa a misma, injustamente, de ser la causa de la
muerte del niño… sus palabras me parten el corazón. Todos estamos muy
abatidos; pero ¿no será ese un motivo más, hijo mío, para que regreses y seas
nuestro consuelo? ¡Tu querida madre…! ¡Ay, Victor! ¡Te aseguro que doy
gracias a Dios porque no vive para ver la muerte cruel y miserable de su
pequeño!
Vuelve, Victor, pero no regreses albergando ideas de venganza contra el
asesino, sino con sentimientos de paz y cariño que puedan curar las heridas
de nuestro espíritu, en vez de abrirlas. Entra en esta casa de luto, hijo querido,
pero con dulzura y afecto para aquellos que te aman, y no con odio hacia tus
enemigos.
Tu desdichado padre, que te quiere,
ALPHONSE FRANKENSTEIN.
Clerval, que había estado observando mi rostro mientras leía la carta, se
sorprendió al observar la desesperación que sucedía a la alegría que mostré al
recibir noticias de mis seres queridos. Tiré la carta en la mesa y me cubrí el
rostro con las manos.
—Mi querido Frankenstein —exclamó Henry cuando me vio llorar con
amargura—, ¿es que siempre tienes que estar triste? Amigo mío, ¿qué ha
ocurrido?
Le indiqué que cogiera la carta y la leyera, mientras yo iba de un lado a
otro de la habitación, nervioso hasta la desesperación. Los ojos de Clerval
también derramaron lágrimas cuando leyó el relato de mi desgracia.
—No puedo consolarte de ningún modo, amigo mío —dijo—. Tu tragedia
es irreparable. ¿Qué piensas hacer?
—Ir inmediatamente a Ginebra; ven conmigo, Clerval, para pedir unos
caballos.
Por el camino, Henry intentó animarme. No lo hizo con los tópicos
habituales, sino mostrando una verdadera comprensión.
—Pobre William —dijo—, pobre chiquillo; ahora descansa junto a su
angelical madre. Sus seres queridos están de luto y lo lloran, pero él ya
descansa: ya no siente las garras del asesino; la hierba cubre su precioso
cuerpo, y ya no sufre. Ya no podemos tener lástima por él; los que han
quedado vivos son los que más sufren y, para ellos, el tiempo será el único
consuelo. Aquellas máximas de los estoicos, según los cuales la muerte no se
podía considerar un mal y que la mente del hombre debería estar por encima
de la desesperación que produce la ausencia eterna del ser amado, no
deberían ni siquiera tenerse en consideración… incluso Catón lloró sobre el
cadáver de su hermano.
Clerval decía estas cosas mientras caminábamos aprisa por las calles; las
palabras se grabaron en mi mente y las recordé después, cuando estuve en
soledad. Pero en aquel momento, en cuanto llegaron los caballos, salté al
cabriolé y le dije adiós a mi amigo.
El viaje fue muy triste. Al principio solo quería ir deprisa, porque deseaba
consolar y confortar a mis seres queridos, tan apenados; pero a medida que
me fui acercando a mi ciudad natal, fui también acortando el paso. Apenas
podía soportar la avalancha de sentimientos que se agolpaban en mi mente.
Pasé por paisajes que conocía bien desde mi juventud y que no había visto
desde hacía casi cinco años. ¿Cómo habría cambiado todo durante todo ese
tiempo? Un cambio enorme, repentino y desolador había tenido lugar; pero
mil pequeñas circunstancias podrían haber producido otras alteraciones poco
a poco, y aunque se hubieran producido más pausadamente, no serían menos
decisivas. El temor me invadió; me daba miedo avanzar, aterrorizado ante mil
peligros ocultos que me hacían temblar, aunque era incapaz de describirlos.
Me quedé en Lausana dos días, incapaz de seguir adelante. Contemplé el
lago: las aguas parecían tranquilas; todo en derredor estaba en calma; y las
montañas nevadas, los «Palacios de la Naturaleza», no habían cambiado.
Poco a poco aquella calma y aquel paisaje celestial me reanimó, y continué
mi viaje hacia Ginebra. El camino discurría junto a la orilla del lago, y se
hacía cada vez más estrecho a medida que me acercaba a mi ciudad natal.
Distinguí muy claramente las negras laderas del Jura y la brillante cumbre del
Mont Blanc. Y lloré como un niño. «¡Queridas montañas…! ¡Mi precioso
lago! ¿Cómo recibiréis a vuestro hijo pródigo? Vuestras cumbres son blancas,
el cielo y el lago son azules… ¿Es esto un presagio de felicidad o una burla
de mis desgracias?»
Me temo, amigo mío, que le resultaré tedioso si sigo entreteniéndome en
estos prolegómenos; pero aquellos fueron días de relativa felicidad, y los
recuerdo con placer. ¡Mi tierra, mi amada tierra! ¿Quién, sino uno de tus
hijos, puede comprender el placer que sentí al ver de nuevo tus arroyos, tus
montañas y, sobre todo, tu precioso lago?
Sin embargo, a medida que me acercaba a casa, la tristeza y el temor me
invadieron. La noche se cerró a mi alrededor, y cuando apenas podía ver las
oscuras montañas, mis sentimientos se tornaron más sombríos. Imaginé todos
los peligros posibles y me convencí de que estaba destinado a convertirme en
el más desdichado de todos los seres humanos. ¡Dios mío! ¡Cuánta razón
tenía en mis presagios! Y solo me equivoqué en una única circunstancia: que,
en todas las desgracias que imaginé y temí, no pude ni siquiera sospechar ni
la centésima parte de la angustia que el destino me obligaría a soportar.
CAPÍTULO 11
Ya era noche cerrada cuando llegué; las puertas de Ginebra ya estaban
cerradas; y decidí pernoctar en Secheron, una aldea que se halla a media
legua al este de la ciudad. El cielo estaba sereno; y como me era imposible
descansar, decidí ir a ver el lugar en el que mi pobre William había sido
asesinado; mientras caminaba, vi que una tormenta se estaba formando al
otro lado del lago. Vi cómo los rayos trazaban bellísimas figuras y subí a una
colina desde la que podía ver cómo centelleaban. La tormenta avanzó hacia
donde yo me encontraba, y pronto pude sentir cómo poco a poco iba cayendo
la lluvia, al principio con gruesas gotas, aunque enseguida se desató con
furiosa violencia.
Me levanté y caminé, aunque la oscuridad y la tormenta se hacían más
intensas a cada instante, y los truenos estallaban con un terrorífico estrépito.
Se oían los ecos en la Salêve, en el Jura y en los Alpes de Saboya; violentos
destellos de rayos me cegaban los ojos, e iluminaban el lago; entonces,
durante un instante, todo parecía quedar sumido en la oscuridad, hasta que el
ojo se recobraba del destello anterior. La tormenta, como sucede a menudo en
Suiza, apareció en varios lugares del cielo a un tiempo. La parte más violenta
se encontraba exactamente al norte de la ciudad, sobre la parte del lago que se
extiende entre el promontorio de Belrive y el pueblo de Copêt. Otra tormenta
iluminaba el Jura con débiles destellos; y otra oscurecía y a veces descubría
la Mole, una montaña escarpada situada al este del lago.
Mientras iba observando la tormenta —tan hermosa y, sin embargo, tan
aterradora—, continué caminando con paso apresurado. Aquella noble batalla
en los cielos elevaba mi espíritu; cerré los puños y exclamé a gritos:
«¡William, mi querido ángel…! ¡Este es tu funeral, esta es tu elegía!» Cuando
pronuncié esas palabras, entreví en la oscuridad una figura que se ocultó tras
un grupo de árboles que había cerca. Permanecí observando fijamente,
intentando divisar algo; seguro que no me había equivocado; el fulgor de un
rayo iluminó aquello y me descubrió su gigantesca figura; y la deformidad de
su aspecto, más espantosa que cualquier cosa humana, me confirmaron quién
era. Era el engendro, el repulsivo demonio al que yo había dado vida. ¿Qué
hacía allí? ¿Podría ser él el asesino de mi hermano? La simple idea me
estremecía. Apenas esa sospecha cruzó mi imaginación, llegué a la
conclusión de que era completamente cierta… mis dientes castañetearon, y
me vi obligado a recostarme contra un árbol para mantenerme en pie. La
figura pasó rápidamente frente a mí, y la volví a perder en la oscuridad. ¡Así
que él era el asesino…! Nada que tuviera forma humana podría haber
destruido la vida de aquel precioso niño. ¡Él era el asesino! No tenía ninguna
duda. La simple existencia de aquella idea era una prueba irrefutable de los
hechos. Pensé en perseguir a aquel demonio, pero habría sido en vano,
porque otro relámpago lo iluminó y lo pude ver encaramándose entre las
rocas de la pendiente casi perpendicular del Monte Salêve; enseguida alcanzó
la cumbre y desapareció.
Permanecí inmóvil; los truenos cesaron, pero la lluvia aún continuó
cayendo, y la escena quedó envuelta en una impenetrable oscuridad. Volví a
pensar una vez más en los acontecimientos que, hasta ese momento, solo
había intentado obviar: todos los pasos que di hasta completar mi creación, el
resultado del trabajo de mis propias manos, vivo y junto a mi cama, y su
desaparición. Casi habían transcurrido dos años desde la noche en la que se le
dio la vida, ¿y aquel había sido su primer crimen? ¡Dios mío! Había arrojado
al mundo a un engendro depravado cuyo único placer era el asesinato y el
crimen, porque… ¿acaso no había asesinado a mi hermano?
Nadie puede imaginar la angustia que viví durante el resto de la noche,
que pasé helado y empapado, a la intemperie. Pero no sentía las inclemencias
del tiempo; mi imaginación estaba demasiado ocupada en escenas de maldad
y desesperación. Pensé en el ser a quien había arrojado en medio de la
humanidad y a quien había dotado de voluntad y de poder para ejecutar sus
horrorosos proyectos, como aquel que había llevado a cabo, casi como si
fuera mi propio vampiro, mi propio espíritu liberado de la tumba y obligado a
destruir a todos aquellos que yo amaba.
Amaneció, y dirigí mis pasos hacia la ciudad; las puertas estaban abiertas
y me encaminé hacia la casa de mi padre. Mi primera idea fue comunicar a
todo el mundo lo que sabía del asesino y proponer que se organizara una
persecución inmediata. Pero me contuve cuando pensé en la historia que
tendría que contar. Me había encontrado a medianoche en los precipicios de
una montaña inaccesible con un ser… al que yo mismo había creado y al que
había dotado de vida. La historia era de todo punto inconcebible, y sabía bien
que si cualquier otro me la hubiera contado a mí, la habría considerado como
el producto enloquecido de un delirio. Además, la extraña naturaleza de la
bestia conseguiría eludir la persecución, aun cuando yo consiguiera que me
creyeran y los convenciera para que la pusieran en marcha. Además, ¿de qué
serviría una persecución? ¿Quién podría arrestar a una criatura capaz de
escalar las paredes verticales del Monte Salêve? Estas ideas me convencieron
y decidí guardar silencio.
Eran alrededor de las cinco de la mañana cuando entré en casa de mi
padre. Les pedí a los criados que no despertaran a la familia y fui a la
biblioteca para esperar a que se hiciera la hora en que solían levantarse.
Habían transcurrido cinco años —habían pasado como un sueño, salvo por
una marca indeleble— y ahora me encontraba en el mismo lugar en el que
había abrazado a mi padre por última vez antes de mi partida hacia Ingolstadt.
¡Querido y venerado padre! Aún me quedaba él. Observé un retrato de mi
madre, que colgaba sobre la chimenea. Era una pintura histórica, un retrato
realizado por encargo de mi padre, y representaba a Caroline Beaufort,
desesperada de dolor, arrodillada junto al ataúd de su querido padre. Su
atuendo era rústico, y sus mejillas aparecían pálidas; pero había un aire de
dignidad y belleza que difícilmente admitía un sentimiento de compasión.
Debajo de este cuadro había un retrato en miniatura de William, y se me
saltaron las lágrimas cuando me detuve en él. Cuando así estaba absorto,
entró Ernest… me había oído llegar, y había bajado apresuradamente a
recibirme. Mostró una inmensa alegría al verme.
—Bienvenido, mi queridísimo Victor —dijo—. Ah, ojalá hubieras venido
hace tres meses: entonces nos habrías encontrado a todos alegres y contentos.
Pero ahora somos tan desgraciados que me temo que solo te darán la
bienvenida las lágrimas, en vez de las sonrisas. Nuestro padre está tan
triste… parece que ha renacido en su espíritu la pena que sintió por la muerte
de mamá, y la pobre Elizabeth no encuentra consuelo en nada.
Ernest comenzó a llorar mientras decía aquellas palabras.
—No, no… —le dije—, no me recibas así; intenta tranquilizarte, que no
puedo sentirme absolutamente destrozado en el momento en que entro en la
casa de mi padre después de una ausencia tan larga. Pero, dime, ¿cómo
sobrelleva mi padre estas desgracias? ¿Y cómo está mi pobre Elizabeth?
—Necesita mucho consuelo —contestó Ernest—. Se culpa de haber
causado la muerte de mi hermano, y eso la hace muy, muy desgraciada; pero
desde que se ha descubierto al asesino…
—¿Se ha descubierto al asesino? —exclamé—. ¡Dios bendito! ¿Cómo
puede ser? ¿Quién se atrevió a perseguirlo? Es imposible; ¡sería tanto como
intentar atrapar los vientos o contener un torrente de la montaña con una
rama!
—No qué quieres decir… —replicó Ernest—. Pero a todos nos
entristeció cuando la descubrieron. Nadie podía creerlo al principio; y ni
siquiera ahora Elizabeth está totalmente convencida, a pesar de todas las
pruebas. En efecto, ¿quién podría imaginar que Justine Moritz, que había sido
tan amable y tan cariñosa con toda la familia, podría llegar a ser tan malvada?
—¡Justine Moritz…! —grité—. ¡Pobre, pobre muchacha! ¡Así que la han
acusado a ella…! Pero… es una equivocación; todo el mundo tiene que darse
cuenta de eso. Nadie puede creerlo, ¿verdad, Ernest?
—Nadie lo creía al principio —dijo mi hermano—, pero se descubrieron
varias circunstancias que nos obligaron a convencernos; y su propio
comportamiento ha sido tan confuso y añade tal relevancia a las pruebas
mostradas que, me temo, no deja lugar a dudas; la juzgarán hoy, así que
podrás saberlo todo.
Me contó que la mañana en que se descubrió el asesinato del pobre
William, Justine se puso enferma y se quedó en cama; y, varios días después,
una de las criadas, cuando por casualidad revisaba el vestido que había
llevado la noche del asesinato, descubrió en su bolsillo el retrato de mi
madre, que hasta entonces se consideraba el móvil del crimen. La criada
inmediatamente se lo mostró a uno de los otros criados, quien, sin decir ni
una palabra a ninguno de la familia, fue al magistrado, que ordenó apresar a
Justine. Cuando fue acusada de los hechos, su extrema confusión confirmó en
gran medida la sospecha.
Era una historia extraña, pero no me convenció; y contesté con
vehemencia:
—¡Estáis todos equivocados! ¡Yo conozco al asesino! Justine… pobre,
pobre Justine, es inocente.
En ese instante entró mi padre. Vi la tristeza profundamente grabada en
sus facciones, pero intentó darme la bienvenida cordialmente y, después de
intercambiar tristes saludos, habría hablado de cualquier otra cosa que no
fuera nuestra tragedia, si no hubiera exclamado Ernest:
—¡Dios bendito, papá! Victor dice que sabe quién asesinó al pobre
William…
—Nosotros también, desgraciadamente —contestó mi padre—; y, desde
luego, habría preferido no saberlo en vez de descubrir tanta depravación e
ingratitud en una persona a la que tenía en gran estima.
—Querido padre —exclamé—, estáis equivocados. ¡Justine es
inocente…!
—Si lo es —replicó mi padre—, que Dios impida que la condenen como
culpable. Hoy la juzgarán, y espero, espero sinceramente, que la absuelvan.
Aquellas palabras me tranquilizaron. Estaba firmemente convencido en
mi interior de que Justine, es más, de que ningún ser humano era culpable de
aquel crimen. Así pues, no temía que pudiera aportarse ninguna prueba
circunstancial con la suficiente fuerza como para inculparla; y con esta
seguridad, me tranquilicé, esperando el juicio con inquietud pero sin augurar
un mal resultado.
CAPÍTULO 12
Elizabeth pronto se reunió con nosotros. El tiempo había operado grandes
cambios en su aspecto desde la última vez que la había visto. Cinco años
antes era una muchacha bonita y alegre, a quien todos querían y mimaban.
Ahora era una mujer tanto en la estatura como en la expresión de su rostro,
que me pareció absolutamente adorable. Su frente, despejada y amplia daba
cuenta de una sobrada inteligencia unida a una gran franqueza. Sus ojos eran
avellanados y denotaban una extraordinaria dulzura, ahora mezclada con la
tristeza por las recientes penas. Sus cabellos tenían un oscuro color castaño
rojizo; su tez era blanca, y su figura, ligera y graciosa. Me saludó con todo el
cariño.
—Tu llegada, mi queridísimo primo —dijo—, me llena de esperanza.
Quizá descubras algún medio de demostrar la inocencia de mi pobre Justine.
Ay, Dios mío… Si la culpan de asesinato, ¿quién podría estar seguro? Confío
en su inocencia con tanta certeza como en la mía propia. Esta desgracia es el
doble de cruel para nosotros. No solo hemos perdido a nuestro querido niño,
sino que, además, un destino aún más cruel nos va a arrebatar a esta
muchacha, a quien sinceramente aprecio. ¡Oh, Dios! Si la condenan, no
volveré a saber qué es la alegría jamás. Pero no la condenarán, estoy segura
de que no la condenarán; y volveré a ser feliz de nuevo, a pesar de la triste
muerte de mi pequeño William.
—Es inocente, mi querida Elizabeth —dije—, y se demostrará; no temas
nada, y tranquiliza tu espíritu con el convencimiento de que va a ser absuelta.
—¡Qué bueno eres! —contestó Elizabeth—. Todos los demás creen que
es culpable, y eso me hace muy desgraciada; porque yo que eso es
imposible, y ver a todos los demás tan decididamente predispuestos contra
ella me hacía sentir perdida y desesperada.
Comenzó a llorar.
—Mi dulce sobrina —dijo mi padre—, seca tus lágrimas; si es inocente,
como crees, confía en la justicia de nuestros jueces y en mi firme decisión de
impedir que haya la más mínima sombra de parcialidad.
Pasamos unas horas muy tristes hasta las once, cuando estaba previsto que
comenzara el juicio. Puesto que el resto de la familia estaba obligada a asistir
en calidad de testigos, los acompañé al tribunal. Durante toda aquella maldita
farsa de juicio, sufrí una verdadera tortura. Se iba a decidir si el resultado de
mi curiosidad y mis experimentos ilegales eran la causa de la muerte de dos
de mis seres queridos: el primero, un niño alegre, inocente y lleno de alegría;
la otra, asesinada de un modo aún más terrible, con todos los agravantes de
una infamia que podría hacer que aquel asesinato quedara registrado para
siempre en los anales del horror. Justine también era una buena muchacha y
poseía cualidades que le auguraban una vida feliz; ahora todo iba a quedar
destruido y olvidado en una ignominiosa tumba… ¡y yo tenía la culpa! Mil
veces me habría confesado culpable del crimen que se le achacaba a Justine;
pero yo estaba ausente cuando se cometió, y una declaración semejante se
habría considerado como la locura de un necio y ni siquiera podría exculpar a
la que iba a ser castigada por mí.
Justine parecía tranquila. Iba vestida de luto; y sus facciones, siempre
atractivas, se habían tornado exquisitamente hermosas por la gravedad de sus
sentimientos. Incluso parecía confiar en su inocencia y no temblaba, aunque
había muchas personas mirándola e insultándola. Toda la piedad que su
belleza podría haber suscitado en los demás fue arrasada por el recuerdo de la
enormidad que, se suponía, había cometido. Estaba tranquila, aunque su
tranquilidad era evidentemente forzada; y como su confusión se había
aducido anteriormente como una prueba de su culpabilidad, se esforzaba en
mantener una apariencia de serenidad. Cuando entró en la sala del tribunal,
miró a su alrededor e inmediatamente descubrió dónde estábamos sentados.
Las lágrimas parecieron enturbiar su mirada, pero se recobró, y una mirada de
triste cariño pareció atestiguar su irrefutable inocencia.
El juicio comenzó; y después de que el abogado hubiera sentado los
cargos contra ella, se llamó a varios testigos. Algunos hechos casuales se
confabularon contra ella, lo cual habría asombrado a cualquiera que no
tuviera una prueba de su inocencia como la que tenía yo. Ella había estado
fuera toda la noche en la cual se cometió el asesinato, y por la mañana
temprano había sido vista por una mujer del mercado, no lejos del lugar
donde posteriormente se encontró el cuerpo del muchacho asesinado. La
mujer le preguntó qué hacía allí… pero ella la miró de un modo muy raro y
solo le devolvió una respuesta confusa e ininteligible. Regresó a casa
alrededor de las ocho, y cuando alguien le preguntó dónde había pasado la
noche, contestó que había estado buscando al niño y preguntó
vehementemente si alguien sabía algo del pequeño. Cuando trajeron el cuerpo
a la casa, sufrió un violento ataque de histeria y tuvo que guardar cama
durante varios días. Entonces se mostró públicamente el retrato que la criada
había encontrado en su bolsillo, y un murmullo de indignación y horror
recorrió la sala del tribunal cuando Elizabeth, con voz temblorosa, admitió
que era el mismo que había puesto en el cuello del niño una hora antes de que
se le echara en falta.
Se llamó entonces a Justine para que se defendiera. A medida que se
había desarrollado el juicio, su rostro se había ido alterando. La sorpresa, el
horror y el dolor se hacían ahora muy evidentes. A veces luchaba contra sus
lágrimas; pero cuando se le pidió que hablara, hizo acopio de todas sus
fuerzas y habló en un tono audible aunque con voz temblorosa.
—Dios sabe que soy absolutamente inocente —dijo—. Pero no espero
que me absuelvan por lo que vaya a decir aquí: baso mi inocencia en la
simple explicación de los hechos que se aducen contra mí; y espero que la
reputación de la que siempre he gozado incline a mis jueces a una
interpretación favorable allí donde alguna circunstancia aparezca como
dudosa o sospechosa.
Entonces explicó que, con permiso de Elizabeth, había pasado aquella
tarde, cuando se perpetró el crimen, en casa de una tía que vive en Chêne,
una aldea que se encuentra aproximadamente a una legua de Ginebra.
Cuando volvía, alrededor de las nueve, se encontró con un hombre que le
preguntó si había visto al niño que se había perdido. Aquello la asustó y pasó
varias horas buscándolo; entonces cerraron las puertas de Ginebra y se vio
obligada a permanecer varias horas de la noche en una granja; pero, incapaz
de descansar o dormir, se levantó muy pronto para volver a buscar a mi
hermano. Si había llegado cerca del lugar en el que yacía el cuerpo, fue sin
saberlo. Y no era sorprendente que se hubiera mostrado confusa cuando
aquella mujer del mercado le hizo algunas preguntas, puesto que estaba
desesperada por la pérdida del pobre William. Respecto al retrato en
miniatura, no podía dar ninguna explicación.
—Ya cuán grave y fatalmente pesa esta circunstancia concreta contra
—añadió la infeliz—, pero no puedo explicarlo; he confesado mi absoluta
ignorancia al respecto, y solo me resta hacer suposiciones respecto a las
razones por las cuales se colocó ese objeto en mi bolsillo. Pero también aquí
tengo que detenerme. Creo que no tengo ningún enemigo en el mundo… y
con seguridad, ninguno que pudiera haber sido tan malvado como para
destruirme tan gratuitamente. ¿Lo puso el asesino ahí? No tengo conciencia
de haberle dado ninguna oportunidad para que lo hiciera; y si ciertamente le
ofrecí sin querer esa oportunidad, ¿por qué habría robado la joya el asesino si
pensaba desprenderse de ella tan pronto?
»Pongo mi causa en manos de la justicia de los jueces, aunque comprendo
que no hay lugar para la esperanza. Y ruego que se permita que se pregunte a
algunos testigos respecto a mi carácter; y si sus testimonios no prevalecen
sobre mi supuesta culpabilidad, tendré que ser condenada, aunque yo
preferiría fundar mis esperanzas de salvación en mi inocencia.
Fueron citados varios testigos que la habían conocido desde hacía muchos
años, y todos hablaron bien de ella; pero el temor y la aversión por el crimen
del cual la creían culpable los tornó temerosos y poco vehementes. Elizabeth
vio que incluso este último recurso, su disposición y su conducta excelentes e
irreprochables, también iba a fallarle a la acusada, y entonces, aunque
terriblemente nerviosa, pidió permiso para hablar.
—Soy —dijo— la prima del infeliz niño que fue asesinado… o más bien,
su hermana, porque fui educada por sus padres y viví con ellos desde mucho
antes incluso de que él naciera; así que tal vez se considere improcedente que
declare aquí; pero cuando veo a una criatura como ella estar en peligro solo
por la cobardía de sus supuestos amigos, deseo que se me permita hablar para
poder decir lo que de su carácter. La conozco bien. He vivido en la misma
casa, con ella, al principio durante cinco años, y más adelante, casi otros dos.
Durante todo ese tiempo me ha parecido la criatura más amable y buena.
Cuidó a mi tía en su última enfermedad con el mayor cariño y atención, y
después se ocupó de su propia madre durante una larga y penosa enfermedad
de un modo que causó la admiración de todos los que la conocían. Después
de aquello, volvió a vivir en casa de mi tío, donde era apreciada y querida por
toda la familia. Sentía un afecto muy especial por el niño que ha sido
asesinado y siempre actuó para con él como una madre cariñosísima. Por mi
parte, no dudo en afirmar que, a pesar de todas las pruebas que se presenten
contra ella, yo creo y confío en su absoluta inocencia. No tenía ningún
motivo para hacer algo así; y respecto a esa tontería que parece ser la prueba
principal, si ella hubiera mostrado algún deseo de tenerla, yo se la habría
dado de buen grado, tanto la aprecio y la valoro.
¡Maravillosa Elizabeth! Se oyó un murmullo de aprobación; pero se debió
a su generosa intervención y no porque hubiera un sentimiento favorable
hacia la pobre Justine, sobre la cual se volvió a desatar la indignación del
público con renovada violencia, acusándola de la más perversa ingratitud.
Ella lloraba mientras Elizabeth hablaba, pero no dijo nada. Mi nerviosismo y
mi angustia fueron indescriptibles durante todo el juicio. Yo creía que era
inocente… lo sabía. ¿Acaso el monstruo que había matado a mi hermano (no
me cabía la menor duda), en su infernal juego, había entregado a aquella
muchacha inocente a la muerte y a la ignominia? No podía soportar el horror
de la situación; y cuando vi que la opinión pública y el rostro de los jueces ya
habían condenado a mi infeliz víctima, abandoné la sala angustiado. Los
sufrimientos de la acusada no eran comparables con los míos; ella se apoyaba
en la inocencia, pero a las garras del remordimiento me desgarraban el
pecho. Pasé una noche absolutamente miserable. Por la mañana volví al
tribunal; tenía los labios y la garganta ardiendo. No me atrevía a lanzar la
maldita pregunta, pero me conocían, y el oficial imaginó la razón de mi
visita: se habían emitido los votos, todos eran negros, y Justine fue
condenada.
CAPÍTULO 13
Ni siquiera puedo intentar describir lo que sentí entonces. Ya había
experimentado sensaciones de horror anteriormente; y he tratado de
expresarlo con las palabras adecuadas, pero en este caso las palabras no
pueden proporcionar en absoluto una idea ajustada de la insoportable y
nauseabunda desesperación que tuve que soportar. La persona a la que yo me
había dirigido también añadió que Justine ya había confesado su culpabilidad.
—Esa confesión —apuntó— era casi innecesaria en un caso tan evidente,
pero me alegro de que lo haya hecho; y, es más, a ninguno de nuestros jueces
le gusta condenar a un criminal basándose en pruebas circunstanciales,
aunque sean tan decisivas como en este caso.
Cuando regresé a casa, Elizabeth me pidió con ansiedad que le dijera cuál
era el resultado.
—Prima mía —contesté—, se ha decidido lo que imaginas: todos los
jueces prefieren que diez inocentes sean castigados antes que permitir que un
culpable pueda escapar; de todos modos, ha confesado.
Aquello fue un nefasto golpe para la pobre Elizabeth, que había confiado
firmemente en su inocencia.
—¡Dios mío…! —dijo—. ¿Cómo podré volver a creer jamás en la bondad
humana? Justine, a quien amaba y apreciaba como a una hermana, ¿cómo
pudo ofrecernos esas sonrisas solo para traicionarnos después? Sus dulces
ojos parecían incapaces de enfadarse o estar de mal humor y, sin embargo, ha
cometido un asesinato.
Poco después supimos que la pobre víctima había expresado su deseo de
ver a mi prima. Mi padre no quería que fuera, pero dijo que decidiera según
su propio juicio y sus sentimientos.
—Sí —dijo Elizabeth—; iré, aunque sea culpable; y tú, Victor, me
acompañarás… no puedo ir sola.
La simple idea de aquella visita me torturaba, pero no podía negarme.
Entramos en aquella sombría celda y descubrimos a Justine sentada en un
montón de paja, en una esquina; tenía las manos encadenadas y estaba con la
cabeza apoyada en las rodillas; se levantó al vernos; y cuando nos dejaron a
solas con ella, se arrojó a los pies de Elizabeth, llorando amargamente.
Mi prima también lloraba.
—¡Oh, Justine…! —dijo—. ¿Por qué me arrebataste el último consuelo
que me quedaba? Yo confiaba en tu inocencia; y aunque estaba muy triste, no
era tan desgraciada como ahora.
—¿También usted cree que soy tan malvada? —lloró Justine—.
¿También se une usted a mis enemigos para aplastarme? —Su voz se fue
apagando entre sollozos.
—Levántate, mi pobre niña —dijo Elizabeth—, ¿por qué te arrodillas si
eres inocente? Yo no soy uno de tus enemigos; creía en tu inocencia, a pesar
de todas las pruebas, hasta que supe que misma te habías declarado
culpable. Ahora dices que todo eso es falso; y puedes estar segura, mi querida
Justine, que nada, en ningún momento, puede quebrar mi confianza en ti,
salvo tu propia confesión.
—Confesé —dijo Justine—, pero confesé una mentira. Confesé porque
así podría obtener la absolución, pero ahora esas mentiras y esas falsedades
pesan en mi corazón más que todos mis pecados juntos. ¡Que el Dios del
Cielo me perdone! Desde que fui condenada, mi confesor me ha estado
apremiando; me ha amenazado y me ha gritado hasta que casi he comenzado
a pensar que yo era la malvada criminal que él dice que soy. Me ha
amenazado con la excomunión y con las llamas del infierno si persistía en mi
obstinación. Mi querida señorita, no tenía a nadie que me ayudara… Todos
me miraban como un maldito monstruo destinado a la ignominia y la
perdición. ¿Qué podía hacer? En un momento de debilidad, firmé una
mentira, y ahora solo yo me siento verdaderamente miserable. —Se detuvo,
llorando, y luego prosiguió—: Pensé horrorizada, mi querida señorita, que
usted creería que su Justine, a quien su bendita tía había honrado tanto con su
aprecio y a quien usted tanto amaba, era un monstruo capaz de un crimen que
nadie, salvo el mismísimo demonio, podría haber perpetrado. ¡Querido
William, mi querido y bendito niño, pronto te veré en el Cielo y en la
Gloria…! Eso me consuela, ahora que voy a sufrir la ignominia y la muerte.
—¡Oh, Justine…! —gritó Elizabeth llorando—. ¡Perdóname por haber
desconfiado de ti un solo momento! ¿Por qué confesaste? No te lamentes, mi
querida niña, yo proclamaré tu inocencia en todas partes y conseguiré que me
crean. Aunque tengas que morir… tú, mi amiga, mi compañera de juegos,
más que una hermana… morir… No, no podré sobrevivir a una desgracia tan
horrible…
—Querida y dulce señorita, no llore… —contestó Justine—. Debería
usted animarme con pensamientos sobre una vida mejor, y elevar mi espíritu
sobre las pequeñas preocupaciones de este mundo de injusticia y violencia.
No, mi buena Elizabeth, no me hunda usted en la desesperación.
Elizabeth abrazó a la desgraciada.
—Intentaré consolarte —dijo—, pero me temo que esta es una tragedia
tan profunda y tan desgarradora que el consuelo apenas sirve de nada, porque
no hay esperanza. Que el Cielo te bendiga, mi queridísima Justine, con una
resignación y una fe que eleve tu espíritu por encima de este mundo. ¡Oh,
cómo desprecio todas sus farsas y sus necedades! Cuando una criatura es
asesinada, inmediatamente a otra se le arrebata la vida, con una lenta tortura,
y luego los verdugos, con las manos aún teñidas de sangre inocente, creen
que han llevado a cabo una gran acción. Lo llaman castigo justo… ¡qué
espantosas palabras! Cuando se pronuncian esas palabras, ya que se van a
infligir los peores castigos y los más horribles que el tirano más siniestro
haya inventado jamás para saciar su inconcebible venganza. Ya que esto
no te va a consolar, mi Justine, a menos que en realidad estés feliz de
abandonar un agujero tan asqueroso como este. ¡Dios mío! Querría estar
descansando en paz, con mi tía y mi dulce William… lejos de esta luz que me
resulta odiosa y de los rostros de hombres que aborrezco.
Justine sonrió lánguidamente.
—Esto, querida señorita —dijo—, es desesperación y no resignación. No
debo aprender la lección que usted me está enseñando… Hablemos de otra
cosa, de algo que me procure alegría y no aumente mi amargura.
Durante esta conversación, yo me había apartado a una esquina de la
celda, donde pude disimular la horrorosa angustia que me atenazaba.
¡Desesperación! ¿Quién se atrevía a hablar de eso? La pobre víctima, que al
día siguiente iba a traspasar la terrorífica frontera entre la vida y la muerte, no
sentía… ¡una agonía tan profunda y amarga como la mía! Los dientes me
rechinaban y los apreté con fuerza, dejando escapar un gemido que nació en
lo más profundo de mi alma. Justine se sobresaltó. Cuando vio quién era, se
aproximó a mí.
—Querido señor —dijo—, es usted muy amable al visitarme; espero que
usted no crea que soy culpable.
No pude responder.
—No, Justine —dijo Elizabeth—; él está más convencido de tu inocencia
que yo; por eso, ni siquiera cuando supo que habías confesado lo creyó.
—Se lo agradezco de verdad —dijo Justine—. En estos últimos
momentos siento la gratitud más sincera por aquellos que todavía piensan en
con bondad. ¡Qué dulce es el cariño de los demás para una mujer tan
desgraciada como yo! Casi me alivia de la mitad de mis penas; y siento como
si pudiera morir en paz, ahora que usted, querida señorita, y su primo, han
reconocido mi inocencia.
Así intentaba consolarse a misma y a los demás aquella pobre
desgraciada. Es más, incluso pudo alcanzar la resignación que anhelaba; pero
yo, el verdadero asesino, sentía que estaba viva en mi pecho la carcoma
eterna que no permite ni la esperanza ni el consuelo. Elizabeth también
lloraba y era desgraciada; pero la suya era también la tristeza de la inocencia,
la cual, como una nube que pasa sobre la pálida luna, durante un instante la
oculta, pero no puede matar su brillo. La angustia y la desesperación había
penetrado hasta lo más profundo de mi corazón… Albergaba un infierno en
mi interior que nada podía apagar.
Permanecimos varias horas con Justine, y solo con gran dificultad
Elizabeth reunió valor para apartarse de ella.
—¡Ojalá muriera yo contigo! —gritó llorando—. ¡No soporto vivir en
este mundo de dolor!
Justine adoptó un aire de alegría, aunque apenas podía contener sus
amargas lágrimas.
—Adiós, querida señorita, mi queridísima Elizabeth; que el Cielo en su
infinita bondad la bendiga y la proteja. Que sea esta la última desgracia que
tenga usted que sufrir; viva y sea feliz para hacer felices a los demás.
Cuando regresábamos, Elizabeth me dijo:
—No sabes, mi querido Víctor, cuánto me ha tranquilizado saber que
puedo estar segura de la inocencia de esa desafortunada muchacha. Jamás
podría volver a vivir en paz si mi confianza en ella se hubiera visto
defraudada. En esos momentos en que lo creí, sentí una angustia que no
hubiera podido soportar durante mucho tiempo. Ahora mi corazón se siente
aliviado. La inocente sufre, pero aquella a quien yo consideraba amable y
buena no es una malvada, y eso me consuela.
¡Mi dulce prima! Tales eran tus pensamientos, puros y dulces como tus
queridos ojos y tu voz. Pero yo… yo era un monstruo, y nadie jamás podría
concebir la amargura que sufrí entonces.
CAPÍTULO 14
Cuando la mente ha estado intensamente ocupada en una rápida sucesión
de acontecimientos, nada es más doloroso que la mortal calma de apatía y
certidumbre que surge a continuación y que impide que el alma sienta ni
esperanza ni temor. Justine murió. Descansó. Y yo estaba vivo. La sangre
corría libremente por mis venas, pero un peso de desesperación y
remordimiento me aplastaba el corazón y nada podía aliviar ese dolor. El
sueño huía de mis ojos. Vagaba como un alma en pena, porque había
cometido actos malvados y horribles que ni siquiera se pueden describir, y
(estaba convencido) aún cometería más, muchos más. Sin embargo, mi
corazón rebosaba de cariño y bondad. Mi vida había comenzado con buenas
intenciones y había deseado que llegara el momento en que pudiera ponerlas
en práctica y convertirme en una persona útil para mis semejantes. Ahora
todo se había derrumbado. En vez de tener la conciencia tranquila, que me
permitiera revisar mis actos con autocomplacencia y, a partir de ese punto,
albergar promesas de nuevas esperanzas, estaba abrumado por los
remordimientos y la culpa, y me entregaba a un infierno de torturas infinitas
que ni siquiera pueden describirse.
Este estado de ánimo minó mi salud, que se había restablecido por
completo desde el primer ataque que había sufrido. No soportaba la presencia
de nadie; cualquier gesto de alegría o satisfacción era una tortura para mí. La
soledad era mi único consuelo… una soledad profunda, negra, como la
muerte. Mi padre observó con dolor el perceptible cambio que había tenido
lugar en mi conducta y mis costumbres, e intentó razonar conmigo sobre la
locura que suponía entregarse a un dolor desmesurado.
—¿Crees que yo no sufro, Victor? —dijo—. Nadie puede querer a un
muchacho más de lo que yo quería a tu hermano —y las lágrimas anegaron
sus ojos cuando dijo aquello—; pero… ¿no es nuestro deber para con los que
siguen vivos intentar refrenarnos y no aumentar su tristeza mostrando un
dolor exagerado? Y también es un deber para contigo mismo; porque la pena
excesiva impide mejorar y sentirse alegre, e incluso impide realizar las tareas
cotidianas sin las cuales ningún hombre puede vivir en sociedad.
Aquel consejo, aunque era bueno, era de todo punto inaplicable en mi
caso; yo debería haber sido el primero en ocultar mi dolor y consolar a mis
seres queridos… si los remordimientos no hubieran mezclado su amargura
con el resto de mis emociones. En aquel momento solo podía responder a mi
padre con una mirada de desesperación e intentar apartarme de su vista. Por
aquel entonces nos fuimos a vivir a nuestra casa de Belrive. Este cambio me
resultó especialmente agradable. El cierre de las puertas de la ciudad,
habitualmente a las diez en punto, y la imposibilidad de permanecer en el
lago después de esa hora convertían nuestra permanencia dentro de los muros
de Ginebra en una obligación muy desagradable para mí. Ahora era libre. A
menudo, después de que el resto de la familia se hubiera retirado a dormir, yo
cogía el bote y pasaba la noche sobre las aguas: algunas veces, con las velas
desplegadas, me dejaba arrastrar por el viento; y en otras ocasiones, después
de remar hasta el centro del lago, dejaba que el bote siguiera su propio curso
y me entregaba a mis dolorosas reflexiones. Muchas veces estuve tentado…
cuando todo era paz a mi alrededor y yo era lo único que vagaba
desasosegado y sin descanso en una escena tan maravillosa y celestial, si
exceptúo a algún murciélago solitario o las ranas, cuyo croar áspero y rítmico
se oía solo cuando me aproximaba a las orillas… Muchas veces, digo, estuve
tentado de arrojarme al lago callado y en calma, para que las aguas me
engulleran a y a mis calamidades para siempre. Pero me detenía cuando
pensaba en la heroica y abnegada Elizabeth, a quien tanto quería, y cuya
existencia estaba íntimamente ligada a la mía. Y también pensaba en mi
padre y en el hermano que me quedaba; ¿acaso mi miserable deserción no los
dejaría abandonados y desprotegidos, a merced de la maldad del monstruo
que había arrojado entre ellos? En esos momentos me entregaba al llanto
amargamente, y deseaba que la paz volviera a mi mente solo porque así
podría intentar consolarlos y procurarles felicidad… pero no pudo ser: los
remordimientos frustraban cualquier esperanza. Yo había sido el responsable
de un mal irremediable y vivía con el constante temor de que el monstruo que
yo había creado pudiera perpetrar algún nuevo crimen. Tenía el oscuro
presentimiento de que aquello no había acabado y de que aún cometería
algún crimen señalado, el cual, por su enormidad, casi borraría el recuerdo de
sus maldades pasadas. En tanto quedara vivo alguien a quien yo pudiera
amar, siempre tendría razones para tener miedo. La repugnancia que sentía
hacia aquel maldito demonio apenas se puede concebir. Cuando pensaba en
él, me rechinaban los dientes, mis ojos se inyectaban en sangre, y deseaba
ardientemente destruir aquella vida que tan inconscientemente había creado.
Cuando pensaba en sus crímenes y en su perversidad, el odio y la venganza
se desataban en mi pecho y superaban todos los límites de lo racional. Habría
ido en peregrinación al pico más alto de los Andes si hubiera sabido que
podría arrojarlo al vacío desde allí; no deseaba otra cosa sino volver a verlo:
así podría descargar todo mi inmenso odio sobre su cabeza y vengar las
muertes de William y Justine.
Nuestra casa era la casa de la tristeza. La salud de mi padre se vio
profundamente afectada por el horror de los recientes acontecimientos.
Elizabeth estaba triste y abatida; ya no encontraba ningún placer en sus
actividades cotidianas; y cualquier alegría le resultaba sacrílega para con los
muertos; pensaba que la pena eterna y las lágrimas eran el justo homenaje
que tenía que rendir por la inocencia que se había destruido y aniquilado de
aquel modo. Ya no era la criatura feliz que en su primera juventud había
vagado conmigo por las orillas del lago y hablaba con alegría de nuestras
perspectivas futuras. Ahora se había convertido en una mujer seria y a
menudo hablaba de la volubilidad de la fortuna y de la inestabilidad de la
vida humana.
—Mi querido primo —me decía—, cuando pienso en la miserable muerte
de Justine Moritz, me resulta imposible ver este mundo y todo lo que hay en
él del mismo modo que antes. Antes consideraba las historias sobre el vicio y
la injusticia que leía en los libros o que escuchaba a otros como cuentos de
viejas o de demonios imaginarios; al menos, me parecían muy lejanos y más
relacionados con la razón que con la imaginación; pero ahora la calamidad ha
llegado a nuestra casa y todos los hombres me parecen monstruos sedientos
de sangre de los demás. Pero estoy siendo ciertamente injusta. Todo el
mundo creía que esa pobre muchacha era culpable; y si ella pudiera haber
cometido el crimen por el que fue condenada, con toda seguridad habría sido
la más depravada de todas las criaturas humanas. Solo por unas joyas… haber
asesinado al hijo de su benefactor y amigo, un niño a quien ella misma había
cuidado desde que nació y al que parecía querer como si hubiera sido el suyo
propio… No puedo admitir jamás la ejecución de ningún ser humano, pero
con toda seguridad habría pensado que un ser así no era digno de pertenecer a
la sociedad. Sin embargo, era inocente. Lo sé, siento que era inocente.
eres de la misma opinión y eso me lo confirma. ¡Por Dios, Victor…! Si la
mentira se parece tanto a la verdad, ¿quién puede estar seguro de alcanzar
alguna felicidad? Siento como si estuviera caminando por el borde de un
precipicio hacia el cual avanzan miles de seres que intentan arrojarme al
abismo. William y Justine fueron asesinados, y el asesino escapa, fingiendo
ser humano; anda libre por el mundo y quizá sea respetado. Pero aunque me
condenaran a morir en el cadalso por esos mismos crímenes, no me cambiaría
jamás por semejante monstruo.
Escuché sus palabras con una angustia indescriptible. Yo era, no
físicamente, pero efectivamente, el verdadero asesino. Elizabeth leyó la
angustia en mi rostro y, cogiéndome cariñosamente la mano, dijo:
—Mi queridísimo primo, tienes que tranquilizarte; esos acontecimientos
me han afectado… ¡Dios sabe cuán profundamente! Pero no estoy tan
destrozada como tú… Hay en tu rostro una expresión de dolor, y a veces de
venganza, que me hace temblar; cálmate, mi querido Victor; daría mi vida
por que estuvieras tranquilo. Verás como volveremos a ser felices: viviendo
apaciblemente en nuestro país natal y apartados del mundo, ¿qué podría
perturbar nuestra tranquilidad?
Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras me lo decía,
desmintiendo la misma felicidad que me prometía, pero al mismo tiempo
sonreía de tal modo que podía apartar los demonios que se escondían en mi
corazón. Mi padre, que vio en la tristeza se reflejaba en mi cara solo una
exageración de la pena que debía sentir naturalmente, pensó que un
entretenimiento adecuado a mis gustos sería el mejor medio para que
recuperara la serenidad acostumbrada. Fue por este motivo por el que nos
habíamos trasladado al campo; y, animado por la misma razón, ahora propuso
que podíamos hacer un viaje al valle de Chamonix. Yo ya había estado allí,
pero Elizabeth y Ernest nunca lo habían visitado; y ambos habían expresado
muy a menudo su deseo de ver aquel sitio, que todo el mundo les había
descrito como un lugar maravilloso y sublime. Así pues, a mediados del mes
de agosto, casi dos meses después de la muerte de Justine, partimos de
Ginebra dispuestos a realizar ese viaje.
El tiempo era maravilloso; y si mi pena hubiera sido de esas que se
pueden ahuyentar mediante cualquier entretenimiento pasajero, aquel viaje
habría obtenido ciertamente el resultado que mi padre se había propuesto. En
todo caso, me interesó un tanto el paisaje: a veces me apaciguaba, pero no
podía mitigar del todo mi dolor. Durante el primer día, viajamos en un
carruaje. Por la mañana habíamos visto en la distancia las montañas hacia las
que nos dirigíamos poco a poco. Nos dimos cuenta de que el valle por el que
transitábamos, y que estaba formado por el Arve, cuyo curso seguíamos, se
cerraba sobre nosotros gradualmente; y cuando el sol se puso, vimos las
inmensas montañas y precipicios descolgándose sobre nosotros por todas
partes y oímos el sonido del río rugiendo entre las rocas y las cascadas
precipitándose alrededor.
Al día siguiente proseguimos nuestro viaje en mulas; y a medida que
ascendíamos más y más, el valle adquiría un aspecto más bello y frondoso.
Los castillos en ruinas colgando de los precipicios en montañas pobladas de
pinos, el Arve impetuoso, y las pequeñas granjas asomándose aquí y allá
entre los árboles formaban una escena de singular belleza. Pero aún lo fue
más, y se acercó a lo sublime, cuando vimos los poderosos Alpes, cuyas
blancas y brillantes pirámides y cúpulas se elevaban como torres sobre todo
lo existente en la Tierra: la morada de otra raza de seres. Cruzamos el puente
de Pelissier, donde la quebrada que forma el río se abría ante nosotros, y
comenzamos a ascender la montaña que se elevaba sobre él. Poco después,
entramos en el valle de Chamonix. Este valle es desde luego maravilloso y
sublime, pero no tan hermoso y pintoresco como el de Servox, que era el que
acabábamos de dejar atrás. Está rodeado de montañas altas y nevadas, pero
ya no vimos más castillos en ruinas ni tierras fértiles. Los inmensos glaciares
se acercaban casi al camino; oímos el atronador retumbar de avalanchas que
se desprendían y la huella de neblina que dejaban a su paso. El Mont Blanc,
el supremo y magnífico Mont Blanc, se elevaba sobre las aiguilles que lo
rodean, y su imponente cúpula dominaba el valle.
Durante aquel viaje, en ocasiones avancé junto a Elizabeth y me esforcé
en señalarle las distintas maravillas del paisaje. Y a menudo forzaba a mi
mula a quedarse atrás, para poder entregarme así a las penas de mis
pensamientos. En otras ocasiones espoleaba al animal para que adelantara a
mis compañeros de viaje, para poder olvidarme de ellos, del mundo y, sobre
todo, de mismo. Cuando me encontraba a cierta distancia, me bajaba y me
tiraba en la hierba, apesadumbrado por el horror y la desesperación. A las
ocho de la tarde llegamos a Chamonix. Mi padre y Elizabeth estaban muy
cansados. Ernest, que nos acompañaba, estaba encantado y muy animado. La
única circunstancia que le molestaba era el viento del sur y la lluvia que ese
viento prometía para el día siguiente.
Nos retiramos pronto a nuestros aposentos, pero no a dormir: al menos, yo
no. Permanecí durante muchas horas asomado a la ventana, observando los
pálidos resplandores que jugaban sobre el Mont Blanc… y escuchando el
rumor del Arve, que corría bajo mi ventana.
CAPÍTULO 15
Al día siguiente, contrariamente a los pronósticos de nuestros guías, hizo
muy bueno, aunque el cielo estaba nublado. Visitamos las fuentes del
Arveiron y paseamos a caballo por el valle hasta la tarde. Aquellos paisajes
sublimes y magníficos me proporcionaban todo el consuelo que podía recibir.
Me elevaban por encima de la mezquindad; y aunque no podían disipar mi
dolor, lo mitigaban y lo acallaban. En alguna medida, también, apartaban mi
mente de los pensamientos en los que había estado sumida durante el último
mes. Regresaba al atardecer, agotado pero menos desdichado, y conversaba
con mi familia con más simpatía de lo que había sido mi costumbre desde
hacía algún tiempo. Mi padre estaba contento, y Elizabeth, encantadísima.
—Mi querido primo —decía—, ¿ves cuánta felicidad nos traes cuando
eres feliz? ¡No recaigas de nuevo!
A la mañana siguiente llovía torrencialmente y unas nieblas densas
ocultaban las cimas de las montañas. Me levanté muy pronto, pero me sentía
inusualmente melancólico. La lluvia me deprimía, los viejos temores
volvieron a mi corazón, y me encontraba abatido. Sabía cuánto le
desagradaría a mi padre este cambio repentino, y preferí evitarlo hasta que
me recuperara lo suficiente, al menos, como para poder ocultar los
sentimientos que me apesadumbraban. Supe que ellos se quedarían toda la
tarde en la posada; y, como yo estaba muy acostumbrado a la lluvia y al frío,
decidí subir el Montanvert solo. Recordaba la impresión que había causado
en mi espíritu, cuando estuve allí por primera vez, la visión del gigantesco
glaciar siempre en movimiento. En aquella ocasión me había embargado un
éxtasis sublime que daba alas al alma y le permitía remontarse desde este
oscuro mundo hasta la luz y la alegría. La contemplación de lo terrible y lo
majestuoso en la naturaleza siempre ha tenido en realidad la capacidad de
ennoblecer mi espíritu y de hacerme olvidar las preocupaciones pasajeras de
la vida. Decidí ir solo, porque conocía bien el camino, y la presencia de otra
persona arruinaría la solitaria grandeza del paisaje.
El ascenso es muy pronunciado, pero el camino se recorta en constantes
revueltas que permiten ascender esas montañas casi verticales. Es un paisaje
aterradoramente desolado. En mil lugares se aprecian los restos de los aludes
invernales, donde los árboles yacen en tierra, quebrados y astillados: algunos,
completamente destrozados; otros, inclinados y apoyados en los salientes
rocosos de la montaña o recostados y atravesados sobre otros árboles.
Cuando uno alcanza cierta altura, el camino se cruza con barranqueras
cubiertas de nieve, desde donde suelen desprenderse continuamente piedras
que caen rodando; una de esas quebradas es particularmente peligrosa,
porque el más leve sonido, incluso el que se produce al hablar en voz alta,
genera una vibración en el aire lo suficientemente violenta como para desatar
la destrucción sobre la persona que se atrevió a hablar. Los abetos aquí no
son ni altos ni frondosos, sino sombríos, y añaden un aire de severidad al
paisaje. Miré abajo, al valle; imponentes nieblas se estaban elevando desde el
río, que lo atravesaba, y se iban alzando en densas volutas en torno a las
montañas del otro lado, cuyas cimas aparecían ocultas por nubes uniformes,
mientras que la lluvia se precipitaba desde aquellos cielos oscuros y se añadía
a la melancólica sensación que tenía de todo lo que me rodeaba. ¡Dios
mío…! ¿Por qué presume el hombre de tener más sensibilidad que las
bestias? Eso solo los convierte en seres más necesitados. Si nuestros impulsos
se redujeran al hambre, la sed y el deseo, casi podríamos ser libres; pero nos
vemos agitados por todos los vientos y por cada palabra pronunciada casi al
azar o por cada paisaje que ese viento puede sugerirnos.
Dormimos, y un sueño es capaz de envenenar nuestro descanso.
Nos levantamos, y un pensamiento pasajero nos amarga el día.
Sentimos, imaginamos o razonamos; reímos, o lloramos,
abrazamos pesares amados, o apartamos nuestras cuitas;
no importa; porque sea alegría o pena,
el camino de su partida siempre está abierto.
El ayer del hombre jamás puede ser como su mañana;
¡nada puede durar, salvo la mutabilidad!
Ya era mediodía cuando llegué a la cumbre. Durante algún tiempo estuve
sentado en la roca desde la que se dominaba el mar de hielo. La niebla
envolvía aquel lugar y las montañas circundantes. De repente, una brisa
disipó la niebla y yo descendí al glaciar. La superficie es muy quebrada, y se
eleva como las olas de un mar enfurecido, o desciende mucho, y por todas
partes se abren profundas grietas. Esa extensión de hielo tiene una lengua de
anchura, pero tardé casi dos horas en cruzarlo. La montaña que hay al otro
lado es una roca desnuda y perpendicular. Desde aquella parte en la que
ahora me encontraba, Montanvert se encontraba exactamente enfrente, a la
distancia de una legua, y sobre él se elevaba el Mont Blanc con su terrible
majestuosidad. Me quedé en una oquedad de la roca, observando aquel
maravilloso e imponente paisaje. El mar o, más bien, el inmenso río de hielo,
serpenteaba entre las montañas que lo abastecían, cuyas aéreas cumbres se
elevaban sobre los abismos. Aquellas cimas heladas y deslumbrantes
brillaban al sol, por encima de las nubes. Mi corazón, antes apenado, ahora se
henchía con un sentimiento parecido a la alegría. Y exclamé:
—¡Espíritus errantes, si es verdad que vagáis y no encontráis descanso en
vuestras angostas moradas, concededme esta leve felicidad o llevadme con
vosotros y alejadme de las alegrías de la vida!
Apenas dije aquellas palabras, de repente descubrí la figura de un hombre
a cierta distancia, avanzando hacia a una velocidad sobrehumana. Saltaba
por encima de las grietas de hielo, entre las cuales yo había avanzado con
tanta precaución; su estatura también, a medida que se aproximaba, parecía
exceder con mucho a la de un hombre común. Tuve miedo… una niebla veló
mis ojos, y sentí que la debilidad se apoderaba de mí. El viento gélido de las
montañas rápidamente me reanimó. Me di cuenta, a medida que aquella
figura se acercaba más y más (visión espantosa y aborrecida), de que era el
engendro que yo había creado. Temblé de rabia y horror. Decidí esperar que
se aproximara y, entonces, enfrentarme a él en un combate mortal. Se
aproximó; su rostro delataba una amarga angustia mezclada con desdén y
malignidad. Pero apenas pude darme cuenta de eso; la furia y el odio me
habían privado por completo de todo razonamiento, y solo me recobré para
lanzarle los insultos más furiosos de odio y de desprecio.
—¡Demonio! —exclamé—. ¿Te atreves a acercarte a mí? ¿Es que no
temes que la furiosa venganza de mi brazo caiga sobre tu despreciable
cabeza? ¡Apártate, alimaña miserable! ¡O mejor… quédate ahí para que
pueda arrastrarte por el lodo…! ¡Y… oh, ojalá pudiera, con la destrucción de
tu miserable existencia, devolverles la vida a aquellas criaturas a las que
asesinaste diabólicamente!
—Esperaba este recibimiento —dijo el demonio—. Todos odian a los
desgraciados… ¡cuánto me odiarán a mí, que soy el más desdichado de todos
los seres vivos! Pero vos, mi creador, me odiáis y me rechazáis, a vuestra
criatura, a quien estáis ligado por lazos que solo se desatarán con la muerte de
uno de los dos. Os proponéis matarme… ¿Cómo os atrevéis a jugar así con la
vida? ¡Cumplid con vuestro deber para conmigo, y yo cumpliré con vos y con
el resto de la humanidad! Si aceptáis mis condiciones, os dejaré en paz, a
ellos y a vos; pero si os negáis, alimentaré las fauces de la muerte hasta que
se sacie incluso con vuestros seres más queridos.
—¡Monstruo abominable…! —grité furiosamente—. ¡Eres solo un
demonio, y las torturas del infierno son una venganza demasiado dulce para
los crímenes que has cometido! ¡Maldito demonio! ¡Y me reprochas tu
creación! ¡Ven, para que pueda apagar la llama que encendí de un modo tan
imprudente!
Mi furia estaba desatada. Salté sobre él, impelido por todos los
sentimientos que pueden armar a un ser contra la existencia de otro. Él me
esquivó fácilmente y dijo:
—¡Calmaos! Os suplico que me escuchéis, antes de que descarguéis
vuestro odio sobre mi desventurada cabeza. ¿Acaso no he sufrido lo
suficiente, que aún deseáis aumentar mi desdicha? Amo la vida, aunque solo
sea para una sucesión de angustias, y defenderé la mía. Recordad que me
habéis hecho más poderoso que vos mismo: soy más alto que vos; mis
miembros, más ágiles. Pero no me dejaré arrastrar por la tentación de
enfrentarme a vos. Soy vuestra criatura, y siempre seré fiel y sumiso ante vos,
mi señor natural y mi rey, si vos cumplís también con vuestra parte, con las
obligaciones que tenéis para conmigo. ¡Oh, Frankenstein…! No seáis justo
con todos los demás, y me aplastéis a solo, a quien más debéis vuestra
clemencia, vuestro cariño. Recordad que soy vuestra creación… yo debería
ser vuestro Adán… pero, bien al contrario, soy un ángel caído, a quien
privasteis de la alegría sin ninguna culpa; por todas partes veo una
maravillosa felicidad de la cual solo yo estoy irremediablemente excluido. Yo
era afectuoso y bueno: la desdicha me convirtió en un malvado. ¡Hacedme
feliz, y volveré a ser bueno…!
—¡Apártate…! —contesté—. No te escucharé. No puede haber nada entre
y yo. Somos enemigos. ¡Apártate de mí… o midamos nuestras fuerzas en
una lucha en la que uno de los dos deba morir…!
—¿Cómo puedo conseguir que os apiadéis de mí? —dijo aquel engendro
—. ¿No habrá súplicas que consigan que volváis vuestra benevolente mirada
hacia la criatura que implora vuestra bondad y compasión…? Creedme,
Frankenstein: yo era bueno… mi alma rebosaba de amor y humanidad;
pero… ¿no estoy solo… miserablemente solo? Y vos, mi creador, me
aborrecéis. ¿Qué esperanza puedo albergar respecto a vuestros semejantes,
que no me deben nada? Me desprecian y me odian. La montañas desoladas y
los lúgubres glaciares son mi refugio. He vagado por estos lugares durante
muchos días. La grutas de hielo, a las que solo yo no temo, son mi hogar, y el
único lugar al que los hombres no desean venir. Bendigo estos espacios
tenebrosos, porque son más amables conmigo que vuestros semejantes. Si la
humanidad entera supiera de mi existencia, como vos, cogería las armas para
conseguir mi completa aniquilación. Así… ¿no he de odiar a aquellos que me
aborrecen? No habrá tregua con mis enemigos. Soy desgraciado, y ellos
compartirán mi desdicha. Pero en vuestra mano está recompensarme y librar
a todos los demás de un mal que solo espera a que vos lo desencadenéis, y
que no os engullirá en los torbellinos de su furia solo a vos y a vuestra
familia, sino a muchísimos otros más. Permitid que se conmueva vuestra
compasión y vuestra justicia, y no me despreciéis. ¡Escuchad mi historia!
Cuando la hayáis oído, maldecidme o apiadaos de mí, de acuerdo con lo que
consideréis que merezco. Pero escuchadme… Las leyes humanas permiten a
los reos, no importa lo sanguinarios que sean, hablar en su propia defensa
antes de ser condenados. Escuchadme, Frankenstein… Me acusáis de
asesinato, y sin embargo destruiríais gustosamente vuestra propia criatura.
¡Oh, gloria a la eterna justicia del hombre! Pero no os pido que me perdonéis;
escuchadme y luego, si podéis y así lo deseáis, destruid la obra que nació de
vuestras propias manos.
—¿Por qué me traes a la memoria hechos cuyo simple recuerdo me hace
estremecer, y de los cuales solo yo soy la triste causa y razón? —grité—.
¡Maldito sea el día en que viste la luz! ¡Y aunque me maldiga a mismo,
malditas sean las manos que te crearon! ¡Me has hecho más desgraciado de lo
que nadie puede imaginar! ¡No me has dejado la posibilidad de considerar si
soy justo contigo o no! ¡Apártate, apártate de mi vista!
—Así lo haré, Creador, apartaré de vuestra vista a aquel a quien
aborrecéis —contestó y puso delante de mis ojos sus espantosas manos, y yo
las aparté con violencia—; pero podéis seguir escuchándome y concederme
vuestra compasión. Por las virtudes que tuve una vez, os lo ruego: escuchad
mi historia. Es larga y extraña, y la temperatura de este lugar no es adecuada
para vuestra delicada sensibilidad; venid a la cabaña de las montañas. El sol
aún está alto en el cielo; antes de que caiga y se oculte tras aquellas montañas
e ilumine otro mundo, habréis escuchado mi historia y podréis decidir. De
vos depende si he de apartarme para siempre de los lugares que ocupan los
hombres y he de llevar una vida tranquila, sin hacer daño a nadie, o he de
convertirme en el azote de vuestros semejantes y en la causa de vuestra ruina
inmediata.
Y diciendo aquello, emprendió la marcha por el hielo. Lo seguí. Tenía el
corazón destrozado y no le respondí; pero mientras avanzaba, sopesé los
distintos argumentos que había utilizado, y al fin decidí escuchar su historia.
En parte me vi empujado por la curiosidad, y la compasión terminó de
inclinarme a ello. Hasta entonces solo lo consideraba el asesino de mi
hermano, y deseaba con ansiedad que me confirmara o me negara aquella
idea. Por vez primera también, sentí que un creador tenía deberes para con su
criatura, y que antes de quejarme por su maldad debía conseguir que fuera
feliz. Esos motivos me forzaron a aceptar su ruego. Cruzamos los hielos,
pues, y ascendimos por las montañas que había al otro lado. El aire era frío, y
la lluvia comenzaba a caer de nuevo. Entramos en la cabaña… el monstruo
con aire de satisfacción, yo con el corazón oprimido y con los ánimos
abatidos. Pero había decidido escucharle; y, sentándome junto al fuego que
encendió, comenzó a contarme así su historia.
****
VOLUMEN II
CAPÍTULO 1
Solo con mucha dificultad recuerdo los primeros instantes de mi
existencia. Todos los acontecimientos de aquel período se me aparecen
confusos e indistintos. Una extraña sensación me embargaba. Veía, sentía,
oía y olía al mismo tiempo, y eso ocurría incluso mucho tiempo antes de que
aprendiera a distinguir las operaciones de mis distintos sentidos. Recuerdo
que, poco a poco, una luz cada vez más fuerte se apoderó de mis nervios de
tal modo que me obligó a cerrar los ojos. Luego la oscuridad me envolvió y
me angustió. Pero apenas había sentido esto cuando, abriendo los ojos (o eso
supongo ahora), la luz se derramó sobre de nuevo. Caminé, creo, y
descendí; pero de repente descubrí un gran cambio en mis sensaciones. Antes
estaba rodeado de cuerpos oscuros y opacos, inaccesibles a mi tacto o a mi
vista; y ahora descubría que podía caminar libremente, y que no había
obstáculos que no pudiera superar o evitar. La luz se hizo cada vez más
opresiva y como el calor me agotaba cuando caminaba, busqué un lugar
donde pudiera haber sombra. Fue en el bosque que hay cerca de Ingolstadt; y
allí, junto a un arroyo, me tumbé durante unas horas y descansé, hasta que
sentí las punzadas del hambre y la sed. Esto me obligó a levantarme y
abandonar mi sueño, y comí algunos frutos del bosque que encontré colgando
de los árboles o tirados por el suelo. Sacié mi sed en el arroyo; y luego,
volviéndome a tumbar, me embargó el sueño. Ya era de noche cuando me
desperté; también sentí frío, y se puede decir que instintivamente casi me
asusté al descubrirme completamente solo. Antes de abandonar vuestros
aposentos, como tuve sensación de frío, me había cubierto con algunas ropas;
pero eran insuficientes para protegerme de los rocíos de la noche. Era un
pobre desgraciado, indefenso y miserable. Ni sabía ni podía comprender
nada; pero sintiendo que el dolor invadía todo el cuerpo, me senté y lloré.
Poco después, una hermosa luz fue cubriendo los cielos poco a poco y
tuve una sensación de placer. Me levanté y observé una brillante esfera que
se elevaba entre los árboles. La miré maravillado. Se movía lentamente; pero
iluminaba mi camino, y de nuevo fui a buscar frutos. Todavía estaba aterido
cuando, bajo uno de los árboles, encontré una enorme capa con la cual me
cubrí, y me senté en la tierra. No había ideas claras en mi mente; todo me
resultaba confuso. Sentía la luz, el hambre, la sed y la oscuridad;
innumerables sonidos tintineaban en mis oídos, y por todas partes me
llegaban distintos olores; lo único que podía distinguir era la luna brillante, y
clavé mis ojos en ella con placer. Transcurrieron varios días y noches, y la
esfera de la noche ya había menguado mucho cuando comencé a distinguir
unas sensaciones de otras. Poco a poco empecé a discernir con facilidad el
arroyo claro que me proporcionaba el agua y los árboles que me cubrían con
su follaje. Me encantó descubrir por vez primera aquel sonido tan agradable
que a menudo halagaba mis oídos, y que procedía de las gargantas de
pequeños animales alados que a menudo la luz de mis ojos descubría.
También comencé a ver con más precisión las formas que me rodeaban y a
comprender las horas de la radiante luz que se derramaba sobre mí. A veces
intentaba imitar las agradables canciones de los pájaros, pero me resultaba
imposible. A veces deseaba expresar mis sensaciones a mi modo, pero el
sonido desagradable e incomprensible que salió de mi garganta me aterró y
me devolvió de nuevo al silencio.
La luna había desaparecido de la noche y se volvió a mostrar de nuevo
con una forma más pequeña mientras yo aún vivía en el bosque. Por aquel
entonces mis sensaciones habían llegado a ser ya bastante claras y mi mente
todos los días concebía nuevas ideas. Mis ojos empezaron a acostumbrarse a
la luz y a percibir los objetos con sus formas precisas: ya distinguía a los
insectos de las plantas y, poco a poco, unas plantas de otras. Descubrí que los
gorriones apenas cantaban, salvo unas notas toscas, mientras que las de los
mirlos eran dulces y encantadoras. Un día, cuando me hallaba aterido de frío,
encontré un fuego que habían abandonado algunos mendigos vagabundos y
me embargó un gran placer cuando sentí su calor. En mi alegría, alargué mi
mano hacia las brasas vivas, pero rápidamente la aparté con un grito de dolor.
Qué extraño, pensé, que la misma causa produjera al mismo tiempo efectos
tan contrarios. Estudié con detenimiento la composición del fuego y, para mi
alegría, descubrí que salía de la madera. Rápidamente recogí algunas ramas,
pero estaban húmedas y no prendieron. Me quedé triste por esto y volví a
sentarme para ver cómo funcionaba el fuego. La madera húmeda que había
dejado cerca se fue secando y luego empezó a arder. Pensé en aquello; y
tocando las distintas ramas, descubrí la causa y me ocupé de recoger una gran
cantidad de madera que yo podría secar y así tendría mucha reserva para el
fuego. Cuando vino la noche y con ella trajo el sueño, tuve mucho miedo de
que mi fuego pudiera apagarse. Lo cubrí cuidadosamente con madera seca y
hojas, y luego puse más ramas húmedas; y luego, extendiendo en el suelo mi
capa, me tumbé y caí dormido. Por la mañana me desperté, y mi primera
preocupación fue ver cómo estaba el fuego. Lo descubrí y una leve brisa lo
avivó y lo prendió. También me fijé en eso y formé un abanico con ramas
para avivar las brasas cuando estuvieran a punto de apagarse. Cuando vino la
noche otra vez, vi con placer que el fuego daba luz además de calor; y el
descubrimiento de este detalle me fue de mucha utilidad también a la hora de
comer, porque vi que algunos restos de carne que los viajeros abandonaban
habían sido asados y resultaban mucho más sabrosos que los frutos del
bosque que yo recogía. Así pues, intenté preparar mi comida de la misma
manera, poniéndola en las brasas vivas. Descubrí que los frutos se echaban a
perder, pero las nueces mejoraban mucho. La comida, de todos modos,
comenzó a escasear y a menudo pasaba todo el día buscando en vano algunas
bellotas con las que calmar las punzadas del hambre. Cuando vi que ocurría
esto, decidí abandonar el lugar en el que había vivido hasta entonces y buscar
otro en el que pudiera satisfacer con más facilidad las pocas necesidades que
tenía. Al emprender este viaje, lamenté muchísimo la pérdida de mi hoguera.
La había conseguido por medios ajenos y no sabía cómo volverla a hacer.
Pensé seriamente en este contratiempo durante varias horas, pero me vi
obligado a renunciar a cualquier intento de hacer otra; y, envolviéndome en
mi capa, atravesé el bosque y me dirigí hacia donde se pone el sol. Pasé tres
días vagando por aquellos caminos y al final encontré el campo abierto. La
noche anterior había caído una gran nevada, y los campos estaban blancos y
sin hollar; todo parecía desolado, y de pronto comprobé que aquella sustancia
blanca que cubría los campos me estaba congelando los pies. Eran alrededor
de las siete de la mañana y yo solo suspiraba por conseguir un poco de
comida y abrigo. Al final vi una pequeña cabaña que sin duda había sido
construida para acoger a algún pastor. Aquello era nuevo para mí, y estudié la
estructura de la cabaña con gran curiosidad. Encontré la puerta abierta, y
entré. Había un anciano allí sentado, cerca de la chimenea sobre la cual
estaba preparándose el desayuno. Se volvió al oír el ruido y, al verme, dio un
fuerte alarido y, abandonando la cabaña, huyó corriendo por los campos con
una velocidad de la que nadie lo hubiera creído capaz a juzgar por su frágil
figura. Su huida me sorprendió un tanto, pero yo estaba encantado con la
forma de aquella cabaña. Allí no podían penetrar ni la nieve ni la lluvia; el
suelo estaba seco; y aquello me parecía un refugio tan excelente y
maravilloso como les pareció el Pandemónium a los señores del infierno
después de asfixiarse en el lago de fuego. Devoré con avidez los restos del
desayuno del pastor, que consistían en pan, queso, leche y vino del Rin…
pero esto último, de todos modos, no me gustó. Entonces me invadió el
cansancio, me tumbé sobre un poco de paja, y me dormí.
Ya era mediodía cuando me desperté; y, animado por el calor del sol,
decidí reemprender mi viaje; y, colocando los restos del desayuno del
campesino en un zurrón que encontré, continué avanzando por los campos
durante varias horas, hasta que llegué a una aldea al atardecer. ¡Me pareció
un verdadero milagro…! Las cabañas, las casitas y las granjas, tan ordenadas,
y las casas de los hacendados, unas tras otras, suscitaron toda mi admiración.
Las verduras en los huertos y la leche y el queso que vi colocados en las
ventanas de algunas granjas me cautivaron. Entré en una de las mejores
casas, pero apenas había puesto el pie en la puerta cuando los niños
comenzaron a gritar y una de las mujeres se desmayó. Todo el pueblo se
alarmó: algunos huyeron; otros me atacaron, hasta que gravemente
magullado por las piedras y otras muchas clases de armas arrojadizas, pude
escapar a campo abierto y, aterrorizado, me escondí en un pequeño cobertizo,
completamente vacío y de aspecto miserable, comparado con los palacios que
había visto en la aldea. Aquel cobertizo, sin embargo, estaba contiguo a una
casa de granjeros que parecía muy cuidada y agradable, pero después de mi
última experiencia, que tan cara me había costado, no me atreví a entrar en
ella. El lugar de mi refugio se había construido con madera, pero el techo era
tan bajo que solo con mucha dificultad podía permanecer sentado allí dentro.
De todos modos, no había madera en el suelo, como en la casa, pero estaba
seco; y aunque el viento se colaba por innumerables rendijas, me pareció una
buena protección contra la nieve y la lluvia. Así pues, allí me metí y me
tumbé, feliz de haber encontrado un refugio ante las inclemencias de la
estación y, sobre todo, ante la barbarie del hombre.
CAPÍTULO 2
Tan pronto como despuntó la mañana, salí arrastrándome del refugio para
ver la casa cercana y comprobar si podía permanecer en la guarida que había
encontrado. Mi cobertizo estaba situado en la parte trasera de la casa y
rodeado a ambos lados por una pocilga y una charca de agua limpia. También
había una parte abierta, por la que yo me había arrastrado para entrar; pero
entonces cubrí con piedras y leña todos los resquicios por los que pudieran
descubrirme, y lo hice de tal modo que podía moverlo para entrar y salir; la
única luz que tenía procedía de la pocilga, y era suficiente para mí.
Habiendo dispuesto de ese modo mi hogar y después de haberlo
alfombrado con paja, me oculté, porque vi la figura de un hombre a lo lejos; y
recordaba demasiado bien el tratamiento que me habían dado la noche
anterior como para fiarme de él. En todo caso, antes me había procurado el
sustento para aquel día, que consistía en un mendrugo de pan duro que había
robado y un tazón con el cual podría beber, mejor que con las manos, del
agua limpia que manaba junto a mi guarida. El suelo estaba un poco alzado,
de modo que se mantenía perfectamente seco; y como al otro lado de la pared
estaba la chimenea con el fuego de la cocina de la granja, el cobertizo estaba
bastante caliente. Pertrechado de este modo, me dispuse a quedarme en
aquella choza hasta que ocurriera algo que pudiera cambiar mi decisión. En
realidad, era un paraíso comparado con el inhóspito bosque (mi primera
morada), con las ramas de los árboles siempre goteando, y la tierra
empapada. Di cuenta de mi desayuno con placer y cuando iba a apartar el
tablazón para procurarme un poco de agua, oí unos pasos, y, mirando a través
de un pequeño resquicio, pude ver a una muchacha que llevaba un cántaro en
la cabeza y pasaba por delante de mi choza. La muchacha era muy joven y de
porte gentil, muy distinta a los granjeros y criados que me había encontrado
hasta entonces. Sin embargo, iba vestida muy sencillamente, y una tosca
falda azul y una blusa de lino era toda su indumentaria; tenía el pelo rubio, y
lo llevaba peinado en trenzas, pero sin adornos; parecía resignada, y triste. Se
marchó, pero un cuarto de hora después regresó, llevando el cántaro, ahora
casi lleno de leche. Mientras iba caminando, y parecía que apenas podía con
el peso, un joven le salió al encuentro, y su rostro mostraba un abatimiento
aún más profundo; profiriendo algunas palabras con aire melancólico, cogió
el cántaro de la cabeza de la niña y lo llevó a la casa. Ella fue detrás, y ambos
desaparecieron. Casi inmediatamente volví a ver al hombre joven otra vez,
con algunas herramientas en la mano, cruzando el campo que había frente a la
casa, y la niña también estuvo trabajando: a veces en la casa y a veces en el
corral, donde les daba de comer a las gallinas. Cuando examiné bien mi
choza, descubrí que una esquina de mi cobertizo antiguamente había sido
parte de una ventana de la casa, pero el hueco se había cubierto con tablones.
Uno de ellos tenía una pequeña y casi imperceptible grieta, a través de la cual
solo podía penetrar la mirada; a través de esa ranura se veía una pequeña sala,
encalada y limpia pero casi vacía de mobiliario. En una esquina, cerca de una
pequeña chimenea estaba sentado un anciano, apoyando la cabeza en la mano
con un gesto de desconsuelo. La muchacha joven estaba ocupada intentando
arreglar la casa; pero entonces sacó algo de una caja que tenía en las manos y
se sentó junto al anciano, quien, cogiendo un instrumento, comenzó a tocar y
a emitir sonidos más dulces que el canto del zorzal o el ruiseñor. Incluso a
mí, un pobre desgraciado que jamás había visto nada hermoso, me pareció
una escena encantadora. Los cabellos plateados y la expresión bondadosa del
anciano granjero se ganaron mi respeto, mientras que los gestos amables de la
joven despertaron mi amor. El anciano tocó una canción dulce y triste, la
cual, según descubrí, arrancaba lágrimas de los ojos de su encantadora
compañera, pero el anciano no se dio cuenta de ello hasta que ella dejó
escapar un suspiro. Entonces, él dijo algunas palabras, y la pobre niña,
dejando su labor, se arrodilló a sus pies. Él la levantó y sonrió con tal bondad
y cariño que yo tuve sensaciones de una naturaleza peculiar y abrumadora;
eran una mezcla de dolor y placer, como nunca había experimentado antes, ni
por el hambre ni por el frío, ni por el calor o la comida; incapaz de soportar
esas emociones, me aparté de la ventana.
Poco después, el hombre joven regresó, trayendo sobre los hombros un
haz de leña. La niña lo recibió en la puerta, le ayudó a desprenderse de su
carga y, metiendo un poco de leña en la casa, la puso en la chimenea; luego,
ella y el joven se apartaron a un rincón de la casa, y él le mostró una gran
rebanada de pan y un pedazo de queso. Ella pareció contenta y salió al huerto
para coger algunas raíces y plantas; luego las puso en agua y, después, al
fuego. Continuó después con su labor, mientras el joven salía al huerto,
donde se ocupó con afán en cavar y sacar raíces. Después de trabajar así
durante una hora, la joven fue a buscarlo y volvieron a la casa juntos.
Mientras tanto, el anciano había permanecido pensativo; pero, cuando se
acercaron sus compañeros, adoptó un aire más alegre, y todos se sentaron a
comer. La comida se despachó rápidamente; la joven se ocupó de nuevo en
ordenar la casa; el viejo salió a la puerta y estuvo paseando al sol durante
unos minutos, apoyado en el brazo del joven. Nada podría igualar en belleza
el contraste que había entre aquellos dos maravillosos hombres; el uno era
anciano, con el cabello plateado y un rostro que reflejaba bondad y amor; el
joven era esbelto y apuesto, y sus rasgos estaban modelados por la simetría
más delicada, aunque sus ojos y su actitud expresaban una tristeza y un
abatimiento indecibles. El anciano regresó a la casa; y el joven, con
herramientas distintas de las que había utilizado por la mañana, dirigió sus
pasos a los campos. La noche cayó repentinamente, pero, para mi absoluto
asombro, descubrí que los granjeros tenían un modo de conservar la luz por
medio de velas, y me alegró comprobar que la puesta de sol no acababa con
el placer que yo experimentaba viendo a mis vecinos. Por la noche, la
muchacha y sus compañeros se entretuvieron en distintas labores que en
aquel momento no comprendí, y el anciano de nuevo cogió el instrumento
que producía los celestiales sonidos que me habían encantado por la mañana.
Tan pronto como hubo concluido, el joven comenzó, no a tocar, sino a
proferir sonidos que resultaban monótonos y en nada recordaban la armonía
del instrumento del anciano ni las canciones de los pájaros; más adelante
comprendí que leía en voz alta, pero en aquel momento yo no sabía nada de
la ciencia de las palabras y las letras. La familia apagó las luces después y se
retiró, o eso pensé yo, a descansar.
Yo me tumbé en la paja, pero no pude dormir. Pensé en todo lo que había
ocurrido durante el día. Lo que me llamaba la atención principalmente eran
los amables modales de aquellas personas, y anhelé unirme a ellos, pero no
me atreví. Recordaba demasiado bien el trato que había sufrido la noche
anterior por parte de aquellos aldeanos bárbaros y decidí que, cualquiera que
fuera la conducta que pudiera adoptar en el futuro, por el momento me
quedaría tranquilamente en mi cobertizo, observando e intentando descubrir
las razones de sus actos.
Los granjeros se levantaron a la mañana siguiente antes de que saliera el
sol. La joven aderezó la casa y preparó la comida; y el joven, montado en un
animal grande y extraño, se alejó. Aquel día transcurrió con la misma rutina
que el día anterior. El hombre joven estuvo todo el día ocupado fuera, y la
muchacha se entretuvo en varias ocupaciones y labores en la casa. El anciano,
pronto supe que era ciego, empleaba sus largas horas de asueto tocando su
instrumento o pensando. Nada puede asemejarse al cariño y al respeto que los
jóvenes granjeros le demostraban a aquel anciano venerable. Le prodigaban
toda la amabilidad imaginable esas pequeñas atenciones del afecto y el deber,
y él las recompensaba con sus bondadosas sonrisas.
Sin embargo, no eran completamente felices. El hombre joven y su
compañera a menudo se apartaban a una esquina de su habitación común y
lloraban. Yo no conocía la causa de su tristeza, pero aquello me afectaba
profundamente. Si aquellas criaturas tan encantadoras eran desdichadas,
resultaba menos extraño que yo, un ser imperfecto y solitario, fuera
completamente desgraciado. Pero… ¿por qué aquellos seres tan buenos eran
tan infelices? Tenían una casa preciosa (o, al menos, lo era a mis ojos) y
todos los lujos; tenían una chimenea para calentarse cuando helaba y
deliciosos alimentos para cuando tenían hambre; iban vestidos con ropas
excelentes; y, aún más, podían disfrutar de la compañía mutua y de la
conversación… y todos los días intercambiaban miradas de cariño y afecto.
¿Qué significaban entonces aquellas lágrimas? ¿Expresarían realmente dolor?
Al principio fui incapaz de responder a estas preguntas, pero una constante
atención y el transcurso del tiempo consiguieron explicarme muchas cosas
que al principio me parecieron enigmáticas.
CAPÍTULO 3
Transcurrió un considerable período de tiempo antes de que descubriera
una de las causas de la inquietud de aquella encantadora familia. Era la
pobreza… y sufrían esa desgracia hasta unos límites angustiosos. Su sustento
solo constaba de pan, las verduras de su huerto y la leche de una vaca, que
daba muy poca durante el invierno, cuando sus dueños apenas podían
encontrar alimento para ella. Creo que a menudo sufrían muy
desagradablemente la punzada del hambre, sobre todo los dos jóvenes
granjeros, porque muchas veces vi cómo le ponían al anciano la comida
delante, cuando ellos no tenían nada para sí. Ese rasgo de bondad me
conmovió profundamente. Yo me había acostumbrado a robar parte de sus
viandas durante la noche, para mi propio sustento; pero cuando descubrí que
al hacerlo infligía aún más sufrimiento a los granjeros, me abstuve y me
conformé con las bayas, nueces y raíces que recolectaba en un bosque
cercano. También descubrí otros medios mediante los cuales podía colaborar
en sus trabajos. Comprobé que el joven empleaba buena parte del día en
recoger madera para el hogar familiar; así que por la noche, con frecuencia
cogía sus herramientas (enseguida aprendí cómo se utilizaban) y llevaba a la
casa leña suficiente para el consumo de varios días.
Recuerdo que la primera vez que hice eso, la muchacha, que abrió la
puerta por la mañana, pareció absolutamente sorprendida al ver un gran
montón de madera en el exterior. Dijo algunas palabras en voz alta, e
inmediatamente el joven salió, y también pareció sorprendido. Observé con
placer que aquel día no iba al bosque, sino que lo empleaba en reparar la
granja y en cultivar el huerto.
Poco a poco también hice otro descubrimiento de mayor importancia para
mí. Comprendí que aquellas personas tenían un método para comunicarse
mutuamente sus experiencias y sentimientos mediante ciertos sonidos
articulados que proferían. Me di cuenta de que las palabras que decían a
veces producían placer o dolor, sonrisas o tristeza, en el pensamiento y el
rostro de quienes las oían. En realidad, parecía una ciencia divina, y deseé
ardientemente adquirirla y conocerla. Pero todos los intentos que hice al
respecto resultaron fallidos. Su pronunciación era muy rápida; y como las
palabras que emitían no tenían ninguna relación aparente con los objetos
visibles, yo no era capaz de dar con la clave que me permitiera desentrañar el
misterio de su significado. Esforzándome mucho, de todos modos, y después
de permanecer durante muchas revoluciones de la luna en mi cobertizo,
descubrí los nombres que daban a algunos de los objetos que más aparecían
en su hablar: aprendí y comprendí las palabras «fuego», «leche», «pan» y
«leña». También aprendí los nombres de los propios granjeros. La joven y su
compañero tenían cada uno varios nombres, pero el anciano solo tenía uno,
que era Padre. A la muchacha la llamaban hermana o Agatha, y el joven era
Felix, hermano o hijo. No puedo explicar el placer que sentí cuando aprendí
las ideas que se correspondían con cada uno de aquellos sonidos y fui capaz
de pronunciarlos. Distinguí muchas otras palabras, aunque aún no era capaz
de comprenderlas o aplicarlas… como «bueno», «querido», «infeliz».
Así pasé el invierno. Las hermosas costumbres y la belleza de los
granjeros consiguieron que me encariñara mucho con ellos. Cuando ellos
estaban tristes, yo me deprimía; y disfrutaba con sus alegrías. Apenas vi a
otros seres humanos con ellos; y si ocurría que alguno entraba en la casa, sus
rudos modales y sus ademanes agresivos solo me convencían de la
superioridad de mis amigos. El anciano, así pude percibirlo, a menudo
intentaba animar a sus hijos, porque descubrí que de ese modo los llamaba a
veces, para que abandonaran su melancolía. Y entonces hablaba en un tono
cariñoso, con una expresión de bondad que transmitía alegría, incluso a mí.
Agatha escuchaba con respeto; sus ojos a veces se llenaban de lágrimas que
intentaba enjugar sin que nadie lo notara; pero yo generalmente comprobaba
que sus gestos y su hablar era más alegre después de haber escuchado las
exhortaciones de su padre. Eso no ocurría con Felix. Este siempre era el más
triste del grupo; e incluso para mis torpes sentidos, parecía que sufría más
profundamente que sus seres queridos. Pero si su expresión parecía más
apenada, su voz era más animada que la de su hermana, especialmente
cuando se dirigía al anciano.
Podría mencionar innumerables ejemplos que, aunque sean pequeños
detalles, reflejan los caracteres de aquellos encantadores granjeros. En medio
de la pobreza y la necesidad, Felix amablemente le llevó a su hermana las
primeras flores blancas que brotaron entre la nieve. Por la mañana temprano,
antes de que ella se levantara, él limpiaba la nieve que cubría el camino de la
vaquería, sacaba agua del pozo, e iba a buscar la leña al cobertizo donde, para
su constante asombro, siempre se encontraba con que una mano invisible
había repuesto la madera que iban gastando. Por el día, yo creo que a veces
trabajaba para un granjero vecino, porque a menudo se iba y no regresaba
hasta la hora de la cena, y sin embargo no traía leña. En otras ocasiones
trabajaba en el huerto; pero como había tan poco que hacer en la temporada
de los hielos, a menudo se ocupaba de leerles al anciano y a Agatha. Al
principio aquellas lecturas me dejaron absolutamente perplejo; pero, poco a
poco, descubrí que cuando leía profería los mismos sonidos que cuando
hablaba; así que pensé que él veía en el papel ciertos signos que entendía y
que podía decir, y yo deseé fervientemente comprender aquello también.
¿Pero cómo iba a hacerlo si ni siquiera comprendía los sonidos para los
cuales se habían escogido aquellos signos? De todos modos, mejoré bastante
en esta disciplina, pero no lo suficiente como para mantener ningún tipo de
conversación, aunque ponía toda el alma en el intento: porque yo comprendía
con toda claridad que, aunque deseara vivamente mostrarme a los granjeros,
no debería ni siquiera intentarlo hasta que no dominara su lenguaje; aquel
conocimiento permitiría que no se fijaran mucho en la deformidad de mi
aspecto; y de esto me había dado cuenta también por el permanente contraste
que se ofrecía a mis ojos.
Yo admiraba las formas perfectas de mis granjeros… su elegancia, su
belleza, y la tersura de su piel: ¡y cómo me horroricé cuando me vi reflejado
en el agua del estanque! Al principio me retiré asustado, incapaz de creer que
en realidad era yo el que se reflejaba en la superficie espejada; y cuando me
convencí plenamente de que realmente era el monstruo que soy, me
embargaron las sensaciones más amargas de tristeza y vergüenza. ¡Oh… aún
no conocía bien las fatales consecuencias de esta miserable deformidad…!
Cuando el sol comenzó a calentar un poco más, y la luz del día duraba
más, la nieve desapareció, y entonces vi los árboles desnudos y la tierra
negra. Desde entonces Felix estuvo más ocupado; y las conmovedoras
señales del hambre amenazante desaparecieron. Sus alimentos, como supe
más adelante, eran muy burdos, pero bastante saludables; y contaban con
cantidad suficiente. Varias clases nuevas de plantas brotaron en el huerto, y
ellos las preparaban y condimentaban para comerlas; y aquellas señales de
bienestar aumentaron día a día, a medida que avanzaba la estación.
El anciano, apoyado en su hijo, caminaba todos los días a mediodía,
cuando no llovía, pues, como descubrí, así se dice cuando los cielos derraman
sus aguas. Esto ocurría frecuentemente; pero un viento fuerte secaba
rápidamente la tierra y la estación se fue haciendo cada vez más agradable.
Mi vida en el cobertizo era siempre igual. Por la mañana espiaba los
movimientos de los granjeros; y cuando se hallaban cada cual ocupado en sus
labores, yo dormía: el resto del día lo empleaba en observar a mis amigos.
Cuando se retiraban a descansar, si había luna, o la noche estaba estrellada,
me adentraba en los bosques y recolectaba mi propia comida y leña para la
granja. Cuando regresaba, y a menudo era muy necesario, limpiaba el camino
de nieve, y llevaba a cabo aquellas tareas que había visto hacer a Felix. Más
adelante descubrí que aquellas labores, ejecutadas por una mano invisible, les
asombraban profundamente; y en aquellas ocasiones, una o dos veces les
pronunciar las palabras «espíritu bueno», «prodigio»: pero en aquel momento
no comprendía el significado de esos términos.
Entonces mis pensamientos se hicieron cada día más activos, y deseaba
fervientemente descubrir las razones y los sentimientos de aquellas criaturas
encantadoras; sentía una gran curiosidad por saber por qué Felix parecía tan
abatido, y Agatha tan triste. Pensé (¡pobre desgraciado!) que podría estar en
mi poder devolver la felicidad a aquellas personas que tanto la merecían.
Cuando dormía, o me ausentaba, se me aparecían las imágenes del venerable
padre ciego, de la adorable Agatha y del bueno de Felix. Yo los consideraba
como seres superiores, que podrían ser dueños de mi destino futuro. Tracé en
mi imaginación mil modos de presentarme ante ellos, y pensé cómo me
recibirían. Imaginé que sentirían asco, hasta que con mis amables gestos y
mis palabras conciliadoras consiguiera ganarme su favor, y más adelante, su
cariño.
Aquellos pensamientos me entusiasmaban y me obligaban a esforzarme
con renovado interés en el aprendizaje del arte del lenguaje. Mi garganta era
bastante ruda, pero flexible; y aunque mi voz era muy distinta a la suave
melodía de sus voces, conseguía sin embargo pronunciar con bastante
facilidad aquellas palabras que comprendía. Era como el burro y el perrillo
faldero: y de todos modos, el buen burro, cuyas intenciones eran buenas,
aunque sus modales fueran un tanto rudos, merecía mejor trato que los golpes
y los insultos.
Las lluvias suaves y la adorable calidez de la primavera cambió por
completo el aspecto de la tierra. Los hombres, que antes de este cambio
parecían haber estado escondidos en sus cuevas, se dispersaron por todas
partes y se ocuparon en las distintas artes de la agricultura. Los pájaros
cantaban con acentos más alegres y las ramas comenzaron a echar brotes en
los árboles. ¡Mundo alegre y feliz…! ¡Morada apropiada para los dioses, que
muy poco tiempo antes estaba yerma, húmeda y enferma! Me animé mucho
ante el encantador aspecto de la Naturaleza; el pasado se borró de mi
memoria, el presente era feliz y el futuro refulgía con brillantes rayos de
esperanza y promesas de alegría.
CAPÍTULO 4
Me apresuro ahora a narrar la parte más conmovedora de mi historia.
Relataré sucesos que grabaron sentimientos en que, de lo que era, me han
convertido en lo que soy.
La primavera adelantaba rápidamente; el tiempo ya era muy agradable, y
los cielos estaban despejados. Me sorprendió que lo que antes estaba desierto
y oscuro ahora estallara con las flores más hermosas y con tanto verdor. Mil
perfumes deliciosos y mil escenas maravillosas gratificaban y animaban mis
sentidos.
Ocurrió uno de aquellos días, cuando mis granjeros habían hecho una
pausa en su trabajo —el anciano tocaba la guitarra y sus hijos lo escuchaban
—; observé que el rostro de Felix parecía más melancólico que nunca:
suspiraba constantemente; y entonces el padre dejó de tocar, y por sus gestos
supuse que preguntaba por la razón de la tristeza de su hijo. Felix contestó
con un tono alegre, y el anciano volvió a tocar la canción, cuando alguien
llamó a la puerta.
Era una dama montada a caballo, acompañada por un campesino que
hacía de guía. La dama venía vestida con un traje oscuro, y se cubría con un
tupido velo negro. Agatha hizo una pregunta; la extranjera solo contestó
pronunciando, con un dulce acento, el nombre de Felix. Su voz era muy
musical, pero no se parecía nada a la de mis amigos. Al oír aquella palabra,
Felix se levantó y se acercó rápidamente a la dama, quien, al verlo, retiró el
velo y mostró un rostro de belleza y expresión angelicales. Tenía el pelo muy
negro y brillante, como el plumaje del cuervo, y curiosamente trenzado; sus
ojos eran oscuros, pero dulces, aunque muy vivos; sus facciones eran
regulares y proporcionadas, y su piel maravillosamente blanca, y las mejillas
encantadoramente sonrosadas.
Felix pareció sufrir un arrebato de alegría cuando la vio, y cualquier rastro
de pena se desvaneció en su rostro, que inmediatamente brilló con un éxtasis
de alegría, del cual apenas lo creía capaz; sus ojos centellearon, y sus mejillas
enrojecieron de emoción; y en aquel momento pensé que era tan hermoso
como la extranjera. Ella parecía dudar entre distintos sentimientos; secándose
algunas lágrimas en aquellos ojos encantadores, le tendió la mano a Felix,
que la besó apasionadamente, y la llamó, por lo que pude distinguir, su dulce
árabe. Ella pareció no comprenderle bien, pero sonrió. Él la ayudó a
desmontar y, despidiendo al guía, la condujo al interior de la casa. Él y su
padre intercambiaron algunas palabras; y la joven extranjera se arrodilló a los
pies del anciano, y habría besado su mano, pero él la levantó, y la abrazó
cariñosamente.
Pronto me di cuenta de que aunque la extranjera emitía sonidos
articulados, y parecía tener un lenguaje propio, ni los granjeros la entendían
ni ella los entendía a ellos. Hacían muchos gestos que yo no entendía, pero vi
que su presencia llenaba de alegría toda la casa, disipando la pena como el sol
disipa las brumas de la mañana. Felix parecía especialmente feliz, y siempre
se dirigía a su árabe con sonrisas radiantes. Agatha, la siempre dulce Agatha,
besaba las manos de la encantadora extranjera; y, señalando a su hermano,
hacía gestos que querían decir que él había estado triste hasta que ella llegó, o
eso me parecía a mí. Transcurrieron así algunas horas; por sus rostros se
entendía que estaban contentos, pero yo no comprendía por qué. De repente
me di cuenta, por la frecuencia con que la extranjera pronunciaba una palabra
ante ellos, que de estaba intentando aprender su lengua; y la idea que se me
ocurrió instantáneamente fue que yo podría utilizar los mismos métodos para
alcanzar el mismo fin. La extranjera aprendió cerca de veinte palabras en la
primera lección, la mayoría de ellas, en realidad, eran aquellas que yo ya
había aprendido, pero me aproveché de otras.
Cuando llegó la noche, Agatha y la árabe se retiraron pronto. Cuando se
separaron, Felix besó la mano de la extranjera, y dijo: «Buenas noches, dulce
Safie». Él se quedó despierto mucho más tiempo, conversando con su padre;
y, por la frecuente repetición de su nombre, supuse que su encantadora
invitada era el asunto de su conversación. Deseaba ardientemente comprender
qué decían, y puse todos mis sentidos en ello, pero me resultó completamente
imposible.
A la mañana siguiente, Felix se fue a trabajar; y, después de que Agatha
concluyera sus labores, la árabe se sentó a los pies del anciano y, cogiendo su
guitarra, tocó algunas canciones tan encantadoramente hermosas que
inmediatamente arrancaron de mis ojos lágrimas de pena y placer. Ella
cantaba, y su voz fluía con una dulce cadencia, elevándose o decayendo,
como la del ruiseñor en los bosques.
Cuando terminó, le dio la guitarra a Agatha, que al principio la rechazó.
Luego tocó una canción sencilla, y su voz entonó con dulces acentos, pero
muy distintos a la maravillosa melodía de la extranjera. El anciano parecía
embelesado, y dijo algunas palabras que Agatha intentó explicar a Safie y
mediante las cuales deseaba expresar que le había encantado escuchar su
canción.
Los días transcurrían ahora tan apaciblemente como antes, con un único
cambio: que la alegría había ocupado el lugar de la tristeza en los rostros de
mis amigos. Safie estaba siempre alegre y feliz; ella y yo mejoramos
rápidamente en el conocimiento de la lengua, de tal modo que en dos meses
comencé a comprender la mayoría de las palabras que pronunciaban mis
protectores.
Mientras tanto, también la tierra negra se cubrió de hierba, y las verdes
laderas quedaron salpicadas con innumerables flores, dulces para el olfato y
para la vista, estrellas de pálido fulgor en medio de los bosques iluminados
por la luna; el sol empezó a calentar más, las noches se hicieron claras y
suaves; y mis vagabundeos nocturnos eran un inmenso placer para mí,
aunque fueran considerablemente más cortos debido a que la puesta de sol
era muy tardía y el sol amanecía muy pronto; porque nunca me aventuré a
salir a la luz del día, temeroso de que me dieran el mismo trato que había
sufrido antaño en la primera aldea en la que entré.
Pasaba los días prestando la mayor atención, porque así podía aprender el
lenguaje con más rapidez; y puedo presumir de que avancé más rápidamente
que la árabe, que comprendía muy pocas cosas, y hablaba con palabras
entrecortadas, mientras que yo comprendía y podía imitar casi todas las
palabras que se decían.
Mientras mejoraba mi forma de hablar, también aprendí la ciencia de las
letras, mientras se las enseñaban a la extranjera; y esto me abrió todo un
mundo de maravillas y placeres.
El libro con el cual Felix enseñaba a Safie era Las ruinas de los imperios,
de Volney. Yo no habría comprendido en absoluto la intención del libro si no
hubiera sido porque, al leerlo, Felix ofrecía explicaciones muy minuciosas.
Había escogido esa obra, decía, porque el estilo declamatorio se había
elaborado imitando a los autores orientales. A través de esa obra yo obtuve
algunos conocimientos someros de historia y una visión general de los
diversos imperios que hubo en el mundo; me proporcionó una perspectiva de
las costumbres, los gobiernos y las religiones de las distintas naciones de la
Tierra. Entonces supe de la indolencia de los asiáticos, del genio insuperable
y de la actividad intelectual de los griegos, de las guerras y la maravillosa
virtud de los primeros romanos… y de su posterior degeneración, y del
declive de aquel poderoso imperio, de la caballería, de la Cristiandad, y de los
reyes. Supe del descubrimiento del hemisferio americano, y lloré con Safie
por el desventurado destino de sus habitantes indígenas.
Aquellas maravillosas narraciones me inspiraron extraños sentimientos.
¿De verdad era el hombre a un tiempo tan poderoso, tan virtuoso, tan
magnánimo y, sin embargo, tan vicioso y ruin? En ocasiones se mostraba
como un vástago del mal, y otras veces como poseedor de todo lo que puede
concebirse de noble y divino. Ser un hombre grande y virtuoso parecía el
honor más alto que pudiera recaer en un ser sensible; ser ruin y vicioso, como
ha quedado escrito que fueron tantos hombres, parecía la degradación más
ínfima, una condición más abyecta que la de los topos ciegos o los gusanos
inmundos. Durante mucho tiempo no pude comprender cómo podía atreverse
un hombre a matar a un semejante, ni siquiera por qué eran necesarias las
leyes o los gobiernos; pero cuando conocí los detalles de las maldades y los
crímenes, ya nada me maravilló, y desprecié todo aquello con asco y
repugnancia.
Las conversaciones de los granjeros me descubrían ahora nuevas
maravillas. Mientras escuchaba atentamente las lecciones con las que Felix
enseñaba a la árabe, fui aprendiendo el extraño sistema de la sociedad
humana. Entonces supe del reparto de las riquezas, de las inmensas fortunas y
de la extrema pobreza, de las familias, de los linajes y la nobleza de sangre.
Las palabras me inducían a pensar sobre mismo. Aprendí que las
posesiones más apreciadas por vuestros semejantes eran un linaje elevado e
inmaculado, unido a las riquezas. Un hombre podría ganarse el respeto solo
con una de esas dos cosas; pero si no contaba al menos con una de ellas,
excepto en casos muy raros, se le consideraba un vagabundo y un esclavo,
destinado a emplear su vida en provecho de unos pocos escogidos. ¿Y qué
era yo? De mi creación y de mi creador yo no sabía absolutamente nada; pero
sabía que no tenía ni dinero, ni amigos, ni nada en propiedad. Además, se me
había dado una figura espantosamente deforme y repulsiva; ni siquiera tenía
la misma naturaleza que el hombre. Yo era más ágil, y podía subsistir con
una dieta bastante más escasa; soportaba mejor los calores y los fríos
extremados sin que mi cuerpo sufriera tantos daños; y mi estatura era muy
superior a la suya. Cuando miraba a mi alrededor, no veía ni oía que hubiera
nadie como yo. ¿Era entonces un monstruo, un error sobre la Tierra, un ser
del que todos los hombres huían y a quien todos los hombres rechazaban?
No puedo explicaros la angustia que aquellas reflexiones me producían;
intenté olvidarlas, pero el conocimiento solo logró aumentar mi pesadumbre.
¡Oh…! ¡Ojalá me hubiera quedado para siempre en mi bosque primero, sin
saber ni sentir nada más que el hambre, la sed o el calor…!
¡Qué cosa más extraña es el conocimiento! Cuando se ha adquirido, se
aferra a la mente como el liquen a la roca. A veces deseaba sacudirme todas
las ideas y todos los sentimientos; pero aprendí que solo había un modo de
superar la sensación de dolor, y era la muerte… un estado que temía, aunque
no lo comprendía. Admiraba la virtud y los buenos sentimientos, y adoraba
las amables costumbres y las encantadoras cualidades de mis granjeros; pero
yo quedaba excluido de cualquier relación con ellos, excepto a través de
medios que yo me procuraba a hurtadillas, cuando nadie me veía ni sabía de
mi existencia, y que, más que satisfacer, aumentaban el deseo que tenía de ser
uno más entre mis amigos. Las amables palabras de Agatha y las divertidas
sonrisas de la encantadora árabe no eran para mí. Los buenos consejos del
anciano y la animada conversación del enamorado Felix no eran para mí.
¡Miserable, infeliz desgraciado…!
Otras lecciones se quedaron grabadas en mí, incluso más profundamente.
Conocí la diferencia de los sexos; y cómo nacen y crecen los niños; y cómo el
padre disfruta de las sonrisas de su hijo, y de las alegres locuras de los
muchachos mayores; y cómo toda la vida y los cuidados de la madre se
depositan en esa preciosa obligación; y cómo la mente de la juventud se
desarrolla y se adquieren conocimientos; y supe de los hermanos, y las
hermanas, y todas las infinitas relaciones que unen a unos seres humanos con
otros mediante lazos mutuos.
Pero… ¿dónde estaban mis amigos y mis parientes? Ningún padre había
visto mis días de infancia, ninguna madre me había bendecido con sonrisas y
caricias; y si existieron, toda mi vida pasada no era ya más que una mancha,
un vacío oscuro en el cual me resultaba imposible distinguir nada. Desde mi
primer recuerdo yo había sido como era en esos momentos, tanto en altura
como en proporciones. No había visto a nadie que se me pareciera, ni que
quisiera mantener ninguna relación conmigo. ¿Qué era yo? La pregunta
surgía una y otra vez, y solo podía contestarla con lamentos.
Luego explicaré adónde me condujeron esas ideas; pero permitidme ahora
regresar a los granjeros, cuya historia encendió en sentimientos
encontrados de indignación, placer y asombro, pero todos terminaron
finalmente en más cariño y respeto hacia mis protectores… porque así me
gustaba llamarlos, engañándome a mismo de un modo inocente y casi
doloroso.
CAPÍTULO 5
Transcurrió algún tiempo antes de que conociera la historia de mis
amigos. Era tal que no podía dejar de producir una profunda impresión en mi
mente, pues desvelaba innumerables circunstancias, todas especialmente
interesantes y maravillosas para alguien tan absolutamente ignorante como
yo.
El nombre del anciano era De Lacey. Provenía de una buena familia de
Francia, donde había vivido durante muchos años, en la riqueza, respetado
por sus superiores y amado por sus iguales. Su hijo fue educado para servir a
su país, y Agatha se había relacionado con las damas más distinguidas. Pocos
meses antes de mi llegada, habían vivido en una ciudad grande y
esplendorosa llamada París, rodeados de amigos y disfrutando de todos los
placeres que pueden proporcionar la virtud, el refinamiento intelectual y el
gusto, junto a una aceptable fortuna.
El padre de Safie había sido la causa de su ruina. Era un mercader turco y
había vivido en París durante mucho tiempo, cuando, por alguna razón que
no pude comprender, se granjeó el odio de los gobernantes. Lo detuvieron y
lo metieron en la cárcel el mismo día en que Safie llegaba de Constantinopla
para reunirse con él. Fue juzgado y condenado a muerte. La injusticia de
aquella sentencia era de todo punto evidente. Todo París estaba indignado, y
se consideró que habían sido su religión y su riqueza, y en absoluto el crimen
del que se le acusó, las razones de su condena. Felix estuvo presente en el
juicio; no pudo controlar su espanto e indignación cuando oyó la decisión del
tribunal. En aquel momento hizo una promesa solemne de liberarlo y luego se
ocupó de buscar los medios para conseguirlo. Después de muchos intentos
infructuosos para conseguir acceder a la prisión, descubrió una ventana
sólidamente enrejada en una parte poco vigilada del edificio, desde la cual se
veía la mazmorra del desafortunado mahometano, el cual, cargado de
cadenas, aguardaba desesperado la ejecución de aquella bárbara sentencia.
Felix acudió a la ventana enrejada por la noche y le hizo saber al prisionero
sus intenciones de liberarlo. El turco, asombrado y esperanzado, intentó
encender aún más el celo de su liberador con promesas de recompensas y
riquezas. Felix rechazó sus ofertas con desprecio. Sin embargo, cuando vio a
la encantadora Safie, a la que le habían permitido visitar a su padre y quien,
por sus gestos, le demostraba su más viva gratitud, el joven tuvo que admitir
que el cautivo poseía un tesoro que realmente podría recompensar el esfuerzo
y el peligro que iba a correr.
El turco inmediatamente percibió la impresión que su hija había causado
en el corazón de Felix, e intentó asegurar su colaboración con la promesa de
concederle su mano en matrimonio. Felix era demasiado noble como para
aceptar aquella oferta, aunque observaba aquella posibilidad como la
culminación de toda su felicidad.
A lo largo de los días siguientes, mientras proseguían los preparativos
para la fuga del mercader, el entusiasmo de Felix se encendió aún más por
varias cartas que recibió de aquella encantadora muchacha, que halló el
medio para expresar sus pensamientos en la lengua de su amante con la ayuda
de un anciano, un criado de su padre que sabía francés. Le agradecía a Felix,
en los términos más vehementes, su bondadoso gesto, y al mismo tiempo
lamentaba discretamente su propio destino. Tengo copias de aquellas cartas,
porque durante mi estancia en el cobertizo encontré medios para procurarme
recado de escribir, y a menudo esas misivas estuvieron en manos de Felix y
Agatha. Antes de separarnos, os las entregaré; así quedará probada la
veracidad de mi historia; pero por el momento, como el sol ya comienza a
declinar, solo tendré tiempo para repetiros lo sustancial de las mismas. Safie
le explicaba que su madre era una árabe cristiana que había sido apresada y
convertida en esclava por los turcos. Por su belleza, se ganó el corazón del
padre de Safie, que se casó con ella. La joven muchacha hablaba en los
términos más elogiosos y entusiastas de su madre, pues, habiendo nacido
libre, despreciaba la esclavitud a la que ahora se veía sometida. Instruyó a su
hija en los principios de su religión y le enseñó a aspirar a una altura
intelectual y a una independencia de espíritu superiores y prohibidas para las
mujeres que siguen a Mahoma. Aquella mujer murió, pero sus enseñanzas
quedaron impresas indeleblemente en la mente de Safie, que enfermaba ante
la idea de regresar de nuevo a Asia y ser enclaustrada entre los muros de un
harén, solo con permiso para ocuparse en pueriles entretenimientos que se
acomodaban mal al temperamento de su alma, ahora acostumbrada a las ideas
elevadas y a la noble emulación de la virtud. La perspectiva de casarse con un
cristiano y permanecer en un país donde a las mujeres se les permitía tener un
puesto en la sociedad le resultaba especialmente atractiva.
Se fijó el día para la ejecución del turco; pero la noche anterior pudo
escapar de la prisión y, antes de que amaneciera, ya se encontraba a muchas
leguas de París. Felix se había procurado pasaportes con el nombre de su
padre, de su hermana y de mismo. Le contó su plan al primero, que
colaboró en la añagaza abandonando temporalmente su casa con el pretexto
de un viaje y se ocultó con su hija en un lugar apartado de París. Felix
condujo a los fugitivos por toda Francia hasta Lyon y luego cruzaron Mont-
Cenis hasta llegar a Livorno, donde el mercader había decidido esperar una
oportunidad favorable para pasar a África. No pudo negarse a mismo el
placer de permanecer algunos días en compañía de la árabe, que le manifestó
el cariño más sencillo y tierno. Hablaban con la ayuda de un intérprete, y
Safie le cantaba las celestiales melodías de su país natal. El turco consintió
aquella relación y alentó las esperanzas de los jóvenes enamorados, pero en
realidad tenía otros planes bien distintos. Le repugnaba la idea de que su hija
pudiera casarse con un cristiano, pero temía las represalias de Felix si se
mostraba un tanto tibio, porque era consciente de que aún se encontraba en
manos de su libertador, ya que podría denunciarlo a las autoridades de Italia,
donde se encontraban en aquel momento. Ideó mil planes que le permitieran
prolongar el engaño hasta que ya no fuera necesario… y entonces se llevaría
a su hija a África. Las noticias que llegaron de París facilitaron enormemente
sus planes.
El gobierno de Francia estaba furioso por la fuga del reo y no reparó en
medios para descubrir y castigar al liberador. El plan de Felix se descubrió
rápidamente y De Lacey y Agatha fueron encarcelados. Tales noticias
llegaron a oídos de Felix y lo despertaron de su placentero sueño. Su padre,
anciano y ciego, y su dulce hermana se encontraban ahora en una maloliente
mazmorra, mientras él disfrutaba de la libertad y de la compañía de su
enamorada. Esta idea lo atormentaba. Acordó con el turco que, si este último
tenía la oportunidad de huir antes de que Felix pudiera regresar a Italia, Safie
podría quedarse en calidad de huésped en un convento de Livorno; y después,
despidiéndose de la encantadora árabe, se dirigió apresuradamente a París y
se puso en manos de la ley, esperando de este modo liberar a De Lacey y a
Agatha.
Pero no lo consiguió. Permanecieron presos durante cinco meses antes de
que tuviera lugar el juicio, y el fallo del mismo les arrebató su fortuna y los
condenó al exilio perpetuo de su país natal.
Encontraron un refugio miserable en una casa de campo en Alemania,
donde los encontré. Felix supo que el turco traicionero, por el cual él y su
familia soportaba aquella incomprensible opresión, al averiguar que su
liberador había sido de aquel modo reducido a la miseria y a la degradación,
había traicionado la gratitud y el honor, y había abandonado Italia con su hija,
enviándole a Felix una insultante cantidad de dinero para ayudarle, como
dijo, a conseguir algún medio para subsistir en el futuro.
Tales eran los acontecimientos que amargaban el corazón de Felix y que
lo convertían, cuando lo vi por vez primera, en el miembro más desgraciado
de su familia. Él podría haber soportado la pobreza; y si esta humillación
hubiera sido la vara de medir su virtud, habría salido muy honrado de ello.
Pero la ingratitud del turco y la pérdida de su adorada Safie eran desgracias
más amargas e irreparables. Ahora, la llegada de la árabe infundía nueva vida
en su alma.
Cuando ella tuvo noticia de que Felix había sido privado de su riqueza y
su posición, el mercader ordenó a su hija que no pensara más en su
enamorado y que se preparara para regresar a su país natal con él. El
generoso carácter de Safie se indignó ante aquella orden. Intentó protestar
ante su padre, pero él la despidió furiosamente, reiterando su tiránico
mandato.
Pocos días después, el turco entró en los aposentos de su hija y
apresuradamente le dijo que tenía razones para creer que se había difundido
que se encontraban en Livorno y que podría ser entregado rápidamente al
gobierno francés. Por tanto, había alquilado un barco que lo llevaría a
Constantinopla, y hacia esa ciudad zarparía en breves horas. Intentó dejar a
su hija al cuidado de un criado, para que partieran más adelante y con más
tranquilidad, junto a la mayor parte de sus riquezas, que aún no habían
llegado a Livorno.
Safie pensó mucho y a solas qué podría hacer en aquella terrible
situación. La idea de vivir en Turquía le resultaba odiosa; su religión y sus
sentimientos también se oponían a ello. Por algunos documentos de su padre
que cayeron en sus manos, supo del exilio de su enamorado y memorizó de
inmediato el lugar en el que vivía. Durante algún tiempo estuvo indecisa,
pero al final tomó una resolución. Llevando consigo algunas joyas que le
pertenecían y una pequeña suma de dinero, abandonó Italia con una criada
natural de Livorno que sabía árabe, y partió hacia Alemania. Llegó sin más
inconvenientes a una ciudad que se encontraba a unas veinte leguas de la
granja de los De Lacey; entonces, su criada cayó gravemente enferma. Safie
se ocupó de ella con todo el cariño, pero la pobre muchacha murió, y la árabe
se quedó sola, sin conocer la lengua del país e ignorando absolutamente de
las costumbres del mundo. En todo caso, cayó en buenas manos. La italiana
había mencionado el nombre del lugar al que se dirigían; y, tras su muerte, la
mujer de la casa en la cual habían estado se tomó la molestia de asegurarse de
que Safie llegara sana y salva a la granja de su enamorado.
CAPÍTULO 6
Tal era la historia de mis queridos granjeros. Me impresionó
profundamente. Y a partir de la descripción de la vida social que dejaba
entrever aprendí a admirar las virtudes y a despreciar los vicios de la
humanidad. Y, del mismo modo, consideraba el crimen como un mal alejado
de mí; siempre tenía delante la bondad y la generosidad, animándome a
desear convertirme en un actor en el alegre escenario donde se desarrollaban
y se mostraban tantas cualidades admirables. Pero al dar cuenta de los
avances de mi inteligencia, no debo omitir una circunstancia que aconteció a
principios del mes de agosto de ese mismo año.
Una noche, durante mi acostumbrada visita al bosque cercano donde
recolectaba mi propia comida y desde donde llevaba a casa leña para mis
protectores, encontré en el suelo una bolsa de cuero con varias prendas de
vestir y algunos libros. Inmediatamente me hice con el botín y regresé con él
a mi cobertizo. Los libros afortunadamente estaban escritos en la lengua y
con las letras que había aprendido en la granja; eran el Paraíso perdido, un
libro con las Vidas de Plutarco y las Desventuras de Werther. La posesión de
aquellos tesoros me proporcionó un extraordinario placer; podría estudiar y
ejercitar constantemente mi intelecto en aquellas historias cuando mis amigos
estuvieran ocupados en sus labores cotidianas. Apenas puedo describiros el
efecto de esos libros. Produjeron en una infinidad de imágenes e ideas,
que algunas veces me elevaban hasta el éxtasis pero más frecuentemente me
hundían en la más profunda desolación. En las Desventuras de Werther,
además del interés de su sencilla y emocionante historia, se proponían tantas
opiniones y se arrojaba luz sobre lo que hasta entonces habían sido para
asuntos completamente ignorados, que encontré en ese libro una fuente
inagotable de reflexión y asombro. Las costumbres amables y hogareñas que
describía, unidas a los delicados juicios y sentimientos que se expresan sin
ningún egoísmo, se acomodaban perfectamente a mi experiencia con mis
protectores y a las necesidades que siempre habían estado vivas en mi
corazón. Pero yo pensaba que el propio Werther era el ser más maravilloso
que yo hubiera visto o imaginado jamás. Su carácter no era pretencioso, pero
dejó una profunda huella en mí. Las disquisiciones sobre la muerte y el
suicidio parecían pensadas para asombrarme completamente. Yo no pretendía
juzgar los pormenores del caso; sin embargo, me inclinaba por la opinión del
protagonista, cuya muerte lloré sin comprenderla del todo. Mientras leía, sin
embargo, comparaba las historias con mis propios sentimientos y con mi
situación. Descubrí que era parecido y, sin embargo, muy distinto a aquellas
personas de los libros, de cuyas conversaciones yo era solo un observador.
Simpatizaba con ellos y en parte los comprendía, pero mi intelecto aún era
inmaduro; yo no dependía de nadie, ni estaba relacionado con nadie. «El
camino de mi partida estaba abierto», y no había nadie que lamentara mi
muerte. Mi aspecto era repugnante, y mi estatura, gigantesca. ¿Qué
significaba aquello? ¿Quién era yo? ¿Qué era yo? ¿De dónde venía? ¿Cuál
era mi destino? Me hacía aquellas preguntas constantemente, pero era
incapaz de darles una respuesta.
El libro de las Vidas de Plutarco que yo tenía relataba las historias de los
primeros fundadores de la antigua república. Este libro tuvo un efecto sobre
bastante diferente al de las cartas de Werther. De las imaginaciones de
Werther aprendí el abatimiento y la tristeza; pero Plutarco me enseñó los
nobles ideales: me elevó sobre la miserable esfera de mis propias reflexiones,
para admirar y amar a los héroes de las épocas pasadas. Muchas de las cosas
que leía sobrepasaban con mucho mi entendimiento y mi experiencia.
Adquirí una idea muy confusa de los reinos y de las extensiones de los países,
de los poderosos ríos y de los océanos infinitos. Pero lo desconocía
absolutamente todo de las ciudades y de las grandes aglomeraciones
humanas. La granja de mis protectores había sido la única escuela en la que
yo había estudiado la naturaleza humana. Pero aquel libro presentaba nuevas
y formidables situaciones. Leí historias de hombres que se dedicaban a
gobernar los asuntos públicos o a masacrar a sus semejantes. Sentí que crecía
en una gran pasión por la virtud y un aborrecimiento por el vicio, al
menos en la medida en que yo comprendía el significado de aquellos
términos, relativos únicamente al placer y al dolor, pues en ese sentido los
aplicaba. Movido por aquellos sentimientos, desde luego acabé admirando a
los legisladores pacíficos, como Numa, Solón y Licurgo, más que a Rómulo y
Teseo. La vida familiar de mis protectores consiguió que aquellas
impresiones quedaran firmemente arraigadas en mi mente; si mi primer
encuentro con la humanidad hubiera sido junto a un joven soldado que
ardiera en deseos de gloria y sacrificio, podría haber quedado imbuido por
diferentes sentimientos.
Pero el Paraíso perdido despertó emociones distintas y bastante más
profundas. Lo leí, como había leído los otros libros que habían caído en mis
manos, como una historia verdadera. Sacudió en mí todos los sentimientos de
asombro y veneración que era capaz de despertar la descripción de un Dios
omnipotente combatiendo contra sus criaturas. A menudo comparaba
distintas situaciones conmigo mismo, porque su similitud me sobrecogía.
Como Adán, yo fui creado aparentemente tal y como era, pero no estaba
unido por lazo alguno a ningún otro ser vivo; y su situación era diferente de
la mía en otros muchos aspectos. Él había nacido de las manos de Dios como
una criatura perfecta, feliz, próspera, y protegida por el amor incondicional de
su creador. Se le permitía hablar y adquirir conocimientos de los seres de
naturaleza superior; pero yo era un desgraciado, y me encontraba indefenso y
solo. Muchas veces pensaba que en realidad pertenecía a la estirpe de Satán;
porque a menudo, como él, cuando veía la dicha de mis protectores, la
amarga bilis de la envidia me invadía por dentro.
Otra circunstancia reforzó y confirmó aquellos sentimientos. Poco
después de que llegara al cobertizo, descubrí algunos papeles en el bolsillo de
las ropas que había cogido de vuestro estudio. Al principio no les había
prestado atención; pero ahora que ya era capaz de descifrar los signos en los
que estaban escritos, comencé a estudiarlos con interés. Era vuestro diario de
los cuatro meses que precedieron a mi creación. Vos describíais
minuciosamente en aquellos papeles cada paso que dabais en el proceso de
vuestro trabajo; esa historia estaba mezclada con algunos apuntes de
cuestiones familiares. Sin duda recordáis esos papeles. Aquí están. En ellos
se relata todo lo concerniente a mi origen maldito; todos los detalles de
aquella serie de repulsivas circunstancias que lo hicieron posible están ahí, a
la vista. La minuciosísima descripción de mi odiosa y asquerosa persona se
ofrece en un lenguaje que describe vuestros propios horrores y ha convertido
los míos en una cicatriz imborrable. Enfermaba a medida que lo leía.
«¡Odioso el día en el que se me dio la vida!», grité desesperado. «¡Maldito
Creador! ¿Por qué disteis forma a un monstruo tan espantoso que incluso vos
mismo me disteis la espalda asqueado? Dios, en su piedad, hizo al hombre
hermoso y atractivo. Yo soy más odioso a la vista que las amargas manzanas
del infierno al gusto. Satán tenía compañeros, otros demonios que lo
admiraban y lo animaban; pero yo estoy solo y todo el mundo me detesta.»
Esas eran mis reflexiones en mis horas de abatimiento y soledad; pero
cuando contemplaba las virtudes de los granjeros, su amable y bondadoso
carácter, me convencía de que cuando conocieran mi admiración por sus
virtudes, tendrían piedad de y pasarían por alto la deformidad de mi
persona. ¿Serían capaces de cerrarle la puerta a un ser que, aun siendo
monstruoso, imploraba su compasión y amistad? Decidí al menos no
desesperar, sino prepararme en todos los sentidos para afrontar un encuentro
que decidiría mi destino. Pospuse aquella tentativa algunos meses más,
porque la importancia de salir con bien de aquella situación me inspiraba un
horrible temor a fracasar. Además, descubrí que mi comprensión mejoraba
tanto con las experiencias de cada día que no deseaba afrontar aquella
empresa hasta que no transcurrieran algunos meses más y adquiriera más
conocimientos.
Mientras tanto, varios cambios tuvieron lugar en la casa. La presencia de
Safie irradiaba felicidad entre los moradores, y yo también descubrí que allí
reinaba una mayor abundancia. Felix y Agatha empleaban más tiempo
divirtiéndose y conversando y algunos criados les ayudaban en sus labores.
No parecían ricos, pero estaban contentos y felices. Estaban tranquilos y en
paz, mientras yo me sentía cada día más miserable. El hecho de aumentar mis
conocimientos solo conseguía mostrarme más claramente que era un
monstruo proscrito. Yo abrigaba una esperanza, es cierto, pero se desvanecía
cuando veía mi imagen reflejada en el agua o incluso cuando observaba mi
sombra a la luz de la luna. Intenté apartar aquellos temores y fortalecerme
para la prueba que tenía previsto llevar a cabo en el plazo de breves meses; y
algunas veces permitía que mis pensamientos, sin el freno de la razón,
vagaran por los jardines del Paraíso, y me atrevía a imaginar seres amables y
encantadores que comprendían mis sentimientos y consolaban mi tristeza.
Sus rostros angelicales me ofrecían sonrisas de compasión. Pero todo era un
sueño. No había ninguna Eva que mitigara mis penas ni compartiera mis
pensamientos. Estaba solo. Recordé las súplicas de Adán a su creador, pero…
¿dónde estaba el mío? Me había abandonado, y con toda la amargura de mi
corazón, lo maldije.
Así transcurrió el otoño. Vi, con sorpresa y temor, que las hojas
amarilleaban y caían, y la naturaleza de nuevo adquiría el aspecto mortecino
y desolado que tenía cuando por vez primera vi los bosques y la adorable
luna. No me importaban los rigores del tiempo. Por mi constitución, estoy
más preparado para sufrir el frío que el calor. Pero mis únicas alegrías
consistían en ver las flores y los pájaros, y todas las galas del verano; cuando
se me privó de todo aquello, volví la mirada a los granjeros. Su felicidad no
había disminuido por el adiós del verano. Se querían y se comprendían, y sus
alegrías, que dependían de las de los otros, no se interrumpían por los
acontecimientos que ocasionalmente ocurrían a su alrededor. Cuanto más los
observaba, mayor era mi deseo de suplicarles protección y comprensión. Mi
corazón anhelaba que aquellas encantadoras personas me conocieran y me
quisieran, y que sus dulces miradas se dirigieran a con compasión. No me
atrevía a pensar que pudieran volverme la espalda con desprecio u horror. A
los pobres que se detenían y llamaban a su puerta nunca se les despedía. Es
verdad que yo iba a pedir tesoros más preciosos que un poco de pan o un
lugar para descansar. Iba a pedir comprensión y cariño, y no creía que
pudiera ser absolutamente indigno de ello.
CAPÍTULO 7
El invierno adelantaba y, desde que desperté a la vida, ya se había
cumplido todo un ciclo de estaciones. En aquel entonces mi atención estaba
únicamente centrada en mi plan para presentarme en casa de mis protectores.
Le di mil vueltas a innumerables planes, pero lo que finalmente decidí fue
entrar en su hogar cuando el anciano ciego estuviera solo. Yo era lo
suficientemente inteligente para saber que la fealdad anormal de mi persona
había sido el principal motivo de horror para aquellos que me habían visto
antes. Mi voz, aunque desagradable, no tenía nada de terrible. Así pues, pensé
que si podía ganarme la benevolencia del anciano De Lacey, en ausencia de
sus hijos, podría tal vez de ese modo conseguir que mis jóvenes protectores
me aceptaran.
Un día, cuando el sol brillaba sobre las hojas rojas que alfombraban la
tierra y esparcía alegría aunque negaba el calor, Safie, Agatha y Felix salieron
a dar un largo paseo por el campo, y el anciano, por su propio gusto, se quedó
solo en la casa. Cuando sus hijos se marcharon, él cogió su guitarra y tocó
varias canciones tristes y dulces, más dulces y tristes que todas las que le
había oído tocar hasta entonces. Al principio su rostro parecía iluminado de
placer, pero, a medida que cantaba, fue adquiriendo un gesto meditabundo y
apesadumbrado; luego apartó el instrumento y se quedó absorto en sus
pensamientos.
Mi corazón latía muy deprisa. Era la hora y el momento definitivo, en el
que se decidirían mis esperanzas. Los criados se habían ido a una fiesta que
se celebraba en la vecindad. Todo estaba en silencio, en el interior y
alrededor de la casa. Era una ocasión excelente; sin embargo, cuando iba a
ejecutar mi plan, me fallaron las piernas y me derrumbé en tierra. Me levanté
de nuevo y, reuniendo todo el valor del que fui capaz, aparté los maderos que
había colocado delante de mi cobertizo para ocultarme. El aire fresco me
reanimó, y con renovada determinación me aproximé a la puerta de la casa.
Llamé.
—¿Quién es? —preguntó el anciano—. Adelante…
Entré.
—Perdone esta intromisión —dije—. Soy un viajero, y solo necesito
descansar un poco. Le estaría muy agradecido si me permitiera quedarme
unos momentos junto al fuego.
—Pase —dijo De Lacey—, intentaré buscar el modo de atenderle; pero,
desgraciadamente, mis hijos no están en casa y, como yo soy ciego, me temo
que me será muy difícil encontrar algo para que pueda comer.
—No se moleste, amable señor —contesté—. Traigo comida; lo único
que necesito es un poco de calor y descanso.
Me senté y se hizo el silencio. Sabía muy bien que cada minuto era
precioso para mí, sin embargo, permanecí indeciso respecto a la manera de
comenzar la conversación, cuando el anciano se dirigió a mí:
—Por su modo de hablar, extranjero, supongo que es usted compatriota
mío… ¿Es usted francés?
—No —contesté—, pero fui educado por una familia francesa y solo
conozco esa lengua. Ahora voy a solicitar la protección de unos amigos, a
quienes aprecio sinceramente y en cuyo favor he depositado todas mis
esperanzas.
—¿Son alemanes? —preguntó De Lacey.
—No… son franceses. Pero hablemos de otra cosa… Soy una persona
desafortunada y abandonada. Miro a mi alrededor y no tengo parientes ni
amigos en este mundo. Esas buenas gentes a quienes voy a visitar nunca me
han visto y saben muy poco de mí. Me embargan mil temores; porque si
fracaso, ya siempre seré un desheredado en este mundo.
—No desespere —dijo el anciano—. Verdaderamente es triste no tener
amigos: pero los corazones de los hombres, cuando no tienen prejuicios
fundados en el egoísmo, siempre están llenos de amor fraternal y caridad. Así
pues, tenga fe en sus esperanzas; y si esos amigos son buenos y amables, no
desespere.
—Son muy buenos —contesté—. Son las mejores personas del mundo,
pero, desgraciadamente, están predispuestos contra mí. Yo tengo buenas
intenciones; amo la virtud y el conocimiento; hasta ahora no he hecho daño a
nadie y en alguna medida he beneficiado a otros; pero un prejuicio fatal nubla
sus ojos; y, donde deberían ver a un amigo sensible y bueno, solo ven un
monstruo detestable.
—Es verdaderamente lamentable —contestó De Lacey—, pero si usted es
de verdad inocente, ¿no puede desengañarlos?
—Estoy a punto de intentar llevar a cabo esa tarea. Y es por esa razón por
la que me siento abrumado por tantos temores. Aprecio mucho a esos amigos;
no lo saben, pero durante muchos meses les he hecho algunos favores en sus
tareas cotidianas; pero ellos creen que yo quiero hacerles daño, y es ese
prejuicio el que deseo vencer.
—¿Dónde viven esos amigos? —preguntó De Lacey.
—Cerca de aquí… en este lugar.
El anciano se detuvo un instante y luego añadió:
—Si usted quisiera confiarme abiertamente los detalles, quizá podría
intentar desengañarlos. Soy ciego y no puedo juzgar su aspecto, pero hay
algo en sus palabras que me asegura que es usted sincero. Yo soy pobre, y
vivo en el exilio, pero será para un verdadero placer ser de alguna ayuda a
cualquier ser humano.
—¡Qué buen hombre! —exclamé—. Acepto su ofrecimiento y se lo
agradezco mucho. Me infunde usted nuevos ánimos con su amabilidad, y
espero que no me aparten de la compañía y la comprensión de mis
semejantes.
—¡Que el Cielo no lo permita…! Ni aunque usted fuera un verdadero
criminal… porque eso solo podría conducirle a usted a la desesperación, y no
incitarlo a la virtud. También yo soy desafortunado. Mi familia yo y hemos
sido condenados, aunque somos inocentes: juzgue, pues, si no he de
comprender sus infortunios.
—¿Cómo podría agradecérselo, mi mejor y único benefactor…? Por vez
primera oigo de sus labios la voz de la comprensión dirigida a mí. Siempre le
estaré agradecido, y su humanidad me asegura el éxito con los amigos con los
que estoy a punto de encontrarme.
—¿Puedo saber cuáles son los nombres de sus amigos y dónde viven?
preguntó De Lacey.
Guardé silencio. Aquel era el momento decisivo en el que se me
arrebataría o se me concedería la felicidad para siempre. Luché en vano por
encontrar el valor suficiente para contestarle; el esfuerzo acabó con todo el
ánimo que me quedaba; me hundí en la silla y sollocé. Y en aquel momento
los pasos de mis jóvenes protectores. No tenía tiempo que perder; pero,
aferrándome a la mano del anciano, grité…
—¡Ahora es el momento…! ¡Sálveme! ¡Protéjame! ¡Usted y su familia
son los amigos que busco! ¡No me abandonen en el momento decisivo…!
—¡Dios mío…! —exclamó el anciano—. ¿Quién es usted?
En aquel momento se abrió la puerta de la casa, y entraron Felix, Safie y
Agatha. ¿Quién puede describir el horror y el asombro que sintieron al
verme? Agatha se desmayó, y Safie, incapaz de ocuparse de su amiga, huyó
de la casa corriendo. Felix se adelantó rápidamente y con una fuerza
sobrenatural me apartó de su padre, a cuyas rodillas yo me había aferrado. En
un arrebato de furia, me arrojó al suelo y me golpeó violentamente con un
palo. Vi que estaba a punto de golpearme de nuevo cuando, sobreponiéndome
al dolor y a la angustia, huí de la casa y, en medio de la confusión, escapé sin
que me vieran y me oculté en el cobertizo.
¡Maldito, maldito Creador! ¿Por qué tuve que vivir? ¿Por qué en aquel
instante no apagaste la llama de la existencia que caprichosamente me diste?
No lo sé… La desesperación aún no se había apoderado de mí; solo tenía
sentimientos de rabia y venganza. Podría haber destruido con placer la casa y
haber matado a sus moradores… y haber saciado mi furia con sus gritos y su
dolor. Cuando llegó la noche, salí de mi escondrijo y vagué por el bosque. Ya
no me retenía el miedo a que me descubrieran, y pude dar rienda suelta a mi
angustia con espantosos aullidos. Era como una bestia salvaje atrapada en un
lazo, destruyendo todo lo que se le pone por delante y deambulando por el
bosque como un ciervo viejo. ¡Oh…! ¡Qué noche más horrorosa pasé! Las
gélidas estrellas brillaban burlándose de mí, los árboles desnudos me decían
adiós con sus ramas, y aquí y allá el dulce canto de un pájaro rompía aquella
absoluta quietud. Todo, salvo yo, descansaba o se alegraba. Yo, como el
Demonio, albergaba un infierno en mi interior: y puesto que no encontraba a
nadie que me comprendiera, deseé arrancar los árboles, sembrar el caos y la
destrucción, y luego sentarme y disfrutar de aquel desastre.
Pero aquella fue una cascada de sensaciones que no podía durar. Acabé
agotado por el exceso de ejercicio físico y me derrumbé en la hierba húmeda,
con la impotencia de la desesperación. Entre los miles y miles de hombres, no
había ni uno que sintiera compasión por o quisiera ayudarme… ¿acaso
debía yo tener alguna piedad para con mis enemigos? ¡No! Desde aquel
momento le declaré guerra eterna a la humanidad y, sobre todo, a aquel que
me había creado y que me había arrojado a aquella insoportable humillación.
Salió el sol. las voces de los hombres y supe que era imposible
regresar a mi escondrijo durante el día; de modo que me oculté en la espesura
del bosque, y decidí dedicar las horas siguientes a reflexionar sobre mi
situación. Los rayos de sol y el aire puro del día me devolvieron en parte la
calma; y cuando consideré lo que había ocurrido en la granja, no pude evitar
creer que me había precipitado un tanto en mis conclusiones. Desde luego,
había actuado imprudentemente. Era evidente que mi conversación había
emocionado al padre y que me había comportado como un necio al mostrar
mi figura y aterrorizar a sus hijos. Debería haber familiarizado al viejo De
Lacey conmigo y, poco a poco, haberme ido mostrando al resto de la familia
cuando hubieran estado preparados para soportar mi presencia. Pero no pensé
que mis errores fueran irreparables; y, después de pensarlo mucho, decidí
regresar a la casa, buscar al anciano y, con mis ruegos y súplicas, ganarlo
para mi causa.
Aquellos pensamientos me tranquilizaron y, por la tarde, me sumí en un
profundo sueño; pero la fiebre de mi sangre no me permitió gozar de un
descanso apacible. La horrible escena del día anterior constantemente pasaba
ante mis ojos: las mujeres huían y el furioso Felix me arrancaba de los pies de
su padre. Me desperté exhausto; y descubriendo que ya era de noche, me
arrastré fuera de mi escondrijo y fui a buscar comida.
CAPÍTULO 8
Cuando aplaqué mi hambre, dirigí mis pasos hacia el camino bien
conocido que conducía a la granja. Todo estaba en paz. Me arrastré hasta mi
cobertizo y permanecí allí, en silenciosa espera, hasta la hora en que la
familia solía levantarse. La hora pasó, y el sol ya estaba muy alto en el cielo,
pero los granjeros no aparecían. Temblé violentamente, sospechando alguna
horrible desgracia. El interior de la casa estaba oscuro y no se oía movimiento
alguno. No puedo describir la angustia que sentí en aquellos momentos.
Entonces, dos campesinos pasaron por allí; pero, deteniéndose cerca de la
casa, comenzaron a hablar, gesticulando mucho. No entendí lo que dijeron,
porque su lengua era distinta a la de mis protectores. De todos modos, poco
después, Felix apareció con otro hombre. Me sorprendió, porque yo sabía que
él no había salido de la casa aquella mañana, y esperé con inquietud para
descubrir, por sus palabras, el significado de aquellas extraños sucesos.
—¿Se da cuenta usted de que va a pagar tres meses de renta —le dijo el
hombre que iba con él— y que perderá lo que el huerto? No quiero
aprovecharme injustamente de usted, así que le ruego que se tome algunos
días para pensar bien su decisión…
—Es completamente inútil —contestó Felix—, no podremos volver jamás
a esta casa. La vida de mi padre está en gravísimo peligro debido a la
horrorosa circunstancia que le he contado. Mi mujer y mi hermana nunca
olvidarán ese espanto. Le ruego que no insista. Aquí tiene usted su propiedad,
y permita que me vaya inmediatamente de este lugar.
Felix temblaba horrorosamente mientras decía aquello. Él y su
acompañante entraron en la casa, en la cual permanecieron algunos minutos,
y luego se despidieron. Nunca volví a ver a nadie de la familia De Lacey.
Permanecí en mi cobertizo durante el resto del día, en un estado de
inconcebible y estúpida desesperación. Mis protectores se habían ido y
habían roto el único lazo que me unía al mundo. Por primera vez, los
sentimientos de venganza y odio embargaron mi pecho, y no me esforcé en
controlarlos; al contrario, dejándome arrastrar por la corriente, dejé que mi
pensamiento se inclinara hacia la violencia y la muerte. Cuando pensaba en
mis amigos… en la amable voz de De Lacey, en los encantadores ojos de
Agatha, y en la exquisita belleza de la árabe, aquellos pensamientos se
desvanecían, y las copiosas lágrimas me calmaban un tanto. Pero, de nuevo,
cuando pensaba que me habían rechazado y abandonado, regresaba la furia; y
como no podía golpear a ningún ser humano, volvía mi ira contra cualquier
objeto inanimado. Cuando se hizo de noche, coloqué mucha leña alrededor de
la casa; y, después de haber destruido todos los frutos del huerto, esperé con
obligada paciencia hasta que la luna se escondió para comenzar el trabajo.
Con la noche adelantada, se levantó un fuerte viento desde el bosque y
rápidamente dispersó las nubes que habían cubierto los cielos… Aquel
vendaval se hizo más y más violento hasta convertirse en un poderoso
huracán y produjo una especie de locura en mi ánimo que rompió todas las
ataduras con la razón y la reflexión. Encendí una rama seca de un árbol y
dancé con furia alrededor de aquella casa adorada, con los ojos aún clavados
en el horizonte de occidente, el lugar por donde la luna iba a ponerse. Parte
de su esfera finalmente se ocultó, y yo agité mi rama ardiendo; desapareció la
luna, y con un alarido, prendí la paja y el heno seco que había colocado. El
viento inflamó el fuego, y la casa inmediatamente quedó envuelta en llamas
que la abrazaban y la lamían con sus afiladas y destructivas lenguas. En
cuanto estuve seguro de que nada podría salvar ni la más mínima parte de
aquella construcción, abandoné el lugar y busqué refugio en el bosque.
Y ahora, con el mundo ante mí, ¿hacia dónde encaminaría mis pasos?
Decidí huir lejos del escenario de mis desgracias. Pero para mí, odiado y
despreciado, todos los países iban a ser igual de espantosos. Al final, un
pensamiento cruzó mi mente: vos. Por vuestros papeles supe que vos habíais
sido mi creador; ¿y a quién podría recurrir con más justicia, sino a quien me
había dado la vida? Entre las lecciones que Felix le había enseñado a Safie,
no había faltado la geografía. Por eso sabía cómo se encontraban dispuestos
los diferentes países del mundo. Vos habíais mencionado Ginebra, el nombre
de vuestra ciudad natal, y hacia ese lugar decidí encaminarme.
Pero… ¿cómo iba a orientarme? Yo sabía que debía viajar en dirección
suroeste para alcanzar mi destino, pero el sol era mi único guía. No conocía
los nombres de las ciudades por las que tendría que pasar, ni podía pedir
información a ningún ser humano. Pero no desesperé. De vos solo podía
esperar auxilio, aunque hacia vos no tuviera otro sentimiento que odio.
¡Creador insensible y despiadado…! Me otorgasteis sensaciones y pasiones,
y luego me arrojasteis al mundo para desprecio y horror de la humanidad.
Pero solo a vos podía dirigir mis súplicas, y solo en vos decidí buscar la
justicia que en vano intenté encontrar en cualquier otro ser de apariencia
humana.
Mis viajes fueron penosos, y los sufrimientos que tuve que soportar,
amargos. Ya estaba muy adelantado el otoño cuando abandoné la región en la
que durante tanto tiempo había vivido. Viajaba solo por la noche, temeroso
de encontrarme con algún rostro humano. La naturaleza se marchitó a mi
alrededor y el sol ya no calentaba; la lluvia y la nieve me atormentaban
continuamente, y no encontraba refugio alguno… ¡Oh, Tierra! ¡Cuán a
menudo maldije a quien me dio el ser! La bondad de mi naturaleza había
desaparecido, y todo en mi interior se tornó rencor y amargura. Cuanto más
me acercaba al lugar donde vos vivíais, más profundamente sentía que el
espíritu de la venganza se había convertido en dueño de mi corazón. La nieve
cayó a mi alrededor, y las aguas se endurecieron, pero yo no descansé.
Algunas señales, aquí y allá, me guiaron en la buena dirección, pero a
menudo me desviaba mucho del buen camino. La agonía de mi dolor no me
daba descanso. Y nada ocurría de lo que mi rabia y mi desgracia no pudieran
extraer su alimento. Pero una circunstancia que aconteció cuando llegué a los
confines de Suiza, cuando el sol ya había recuperado parte de su calor y la
tierra de nuevo comenzaba a mostrarse verde, confirmó de un modo
particular la amargura y el horror de mis sentimientos.
Generalmente descansaba durante el día y viajaba solo por la noche,
cuando estaba seguro de hallarme lejos del alcance de los hombres. Sin
embargo, una mañana, descubriendo que mi camino discurría por un bosque
profundo, me aventuré a continuar mi viaje después de que ya hubiera
amanecido. El día, que era uno de los primeros de la primavera, incluso
consiguió animarme con la belleza de los rayos del sol y la dulzura de la
brisa. Sentí que revivían en emociones de bondad y placer que parecían
haber muerto; casi sorprendido por aquellas nuevas emociones, me dejé
arrastrar por ellas y, olvidando mi soledad y mi deformidad, me atreví a
sentirme feliz. Lágrimas de bondad de nuevo abrasaron mis mejillas, e
incluso elevé con agradecimiento mis ojos humedecidos hacia el maravilloso
sol que derramaba aquella alegría sobre mí.
Continué serpenteando por los caminos del bosque hasta que llegué al
final, donde lo bordeaba un río profundo y rápido, en el cual muchos árboles
dejaban caer sus ramas, ahora llenas de brotes de la reciente primavera. Allí
me detuve, sin saber exactamente qué camino seguir, cuando oí voces que me
obligaron a esconderme bajo la sombra de los cipreses. Apenas estaba oculto
cuando una niña vino corriendo hasta el lugar donde estaba escondido, riendo
y jugando como si huyera para escapar de alguien. Continuó su carrera junto
al borde cortado del río, cuando de repente su pie resbaló, y cayó en los
rápidos. Salí inmediatamente de mi escondrijo y, con un inmenso esfuerzo
contra la corriente del río, la salvé y la arrastré de nuevo a la orilla. Estaba sin
sentido; e intenté por todos los medios y con todas mis fuerzas reanimarla,
cuando de repente me vi sorprendido por la llegada de un campesino, que
probablemente era la persona de quien la niña huía jugando. Al verme, se
abalanzó sobre mí, arrebatándome a la niña de los brazos, y huyendo hacia lo
más profundo del bosque. Lo seguí rápidamente, apenas por qué; pero
cuando el hombre vio que lo seguía de cerca, me apuntó con un arma que
llevaba y disparó. Me desplomé en la tierra y él, aún más deprisa, se internó
en el bosque.
Aquella fue la recompensa a mi bondad. Había salvado a un ser humano
de la muerte y, como recompensa, ahora me retorcía entre horribles dolores
por un disparo que me había destrozado la carne y el hueso. Los sentimientos
de bondad y amabilidad que había albergado solo unos instantes antes dieron
lugar a una furia infernal y al rechinar de dientes… inflamado por el dolor,
juré odio eterno y venganza a toda la humanidad. Pero el dolor que me
causaba la herida me venció, mi pulso se detuvo y me desmayé.
Durante algunas semanas llevé una vida miserable en aquellos bosques,
intentando curarme la herida que había recibido. La bala me había perforado
el hombro, y yo no sabía si aún permanecía allí o lo había traspasado; en
cualquier caso, no tenía medios para sacarla. Mis sufrimientos aumentaron
también por el opresivo sentimiento de injusticia e ingratitud que aquellos
dolores suponían. Mis juramentos diarios clamaban venganza… una
venganza absoluta y mortal, porque solo así podría compensar los ultrajes y
el dolor que había sufrido.
Después de algunas semanas, mi herida curó, y continué mi viaje. Ni el
brillo del sol ni las suaves brisas de la primavera pudieron aliviar ya los
trabajos que tuve que soportar; toda alegría no era sino una burla para mí, que
insultaba mi estado de desolación, y me hacía sentir más dolorosamente que
yo no estaba hecho para la felicidad. Pero mis sufrimientos ya se acercaban a
su conclusión, y dos meses después llegué a los alrededores de Ginebra.
Era casi de noche cuando llegué a las afueras de la ciudad, y me aparté a
un lugar escondido en los campos que la rodean, para pensar en el modo de
dirigirme a vos. Me encontraba abatido por el cansancio y el hambre, y me
sentía demasiado desgraciado para disfrutar de las dulces brisas del atardecer
o las vistas del sol poniéndose tras las imponentes montañas del Jura. En
aquel momento, me alivió un ligero sueño, el cual fue perturbado por la
aparición de un hermoso muchacho, que entró en mi escondrijo corriendo con
la juguetona alegría de la infancia. De repente, cuando lo miré, una idea se
apoderó de mí… que aquella pequeña criatura seguramente no tendría
prejuicios y que había vivido muy poco tiempo como para haberse imbuido
del horror hacia la deformidad. Así pues, si pudiera hacerme con él y
educarlo como mi compañero y amigo, no me encontraría tan solo en este
mundo lleno de gente. Apremiado por aquel impulso, agarré al muchacho
cuando pasó y lo atraje hacia mí. En cuanto vio mi figura, puso las manos
delante de los ojos y profirió un agudo chillido. Le aparté las manos de la
cara por la fuerza y le dije:
—Muchacho, ¿qué haces…? No pretendo hacerte daño; escúchame…
Él luchaba ferozmente.
—¡Déjame! —gritó—. ¡Monstruo! ¡Monstruo horrible! ¡Quieres
devorarme y destrozarme en mil pedazos…! ¡Eres un ogro! ¡Déjame, o
llamaré a mi papá…!
—Chico… —le dije—, jamás volverás a ver a tu padre… Vas a venir
conmigo.
Estalló en gritos furiosos:
—¡Monstruo espantoso…! ¡Déjame, déjame! Mi papá es magistrado… Es
el señor Frankenstein… ¡Déjame! ¡No te atrevas a tocarme…!
—¡Frankenstein! —exclamé—. Entonces perteneces a mi enemigo, a
aquel por quien he jurado venganza eterna… y tú serás mi primera víctima.
El muchacho aún porfiaba y me insultaba con gritos que solo conseguían
llevar la desesperación a mi corazón. Lo cogí por la garganta para intentar
que se callara, y un instante después yacía muerto a mis pies.
Observé a mi víctima, y una alegría y un triunfo infernal embargaron mi
corazón… y mientras aplaudía, exclamé:
—Yo también puedo sembrar la desolación. Mi enemigo no es
invulnerable; esta muerte lo hundirá en la desesperación, y miles y miles de
desgracias lo atormentarán y lo destruirán.
Cuando clavé mis ojos en el muchacho, vi algo que brillaba en su pecho.
Lo cogí. Era el retrato de una mujer hermosísima. A pesar de mi maldad,
aquel retrato me calmó y atrajo mi atención. Durante unos breves instantes
observé con deleite sus ojos oscuros y profundos, y sus adorables labios, pero
de inmediato volvió a invadirme la ira: recordé que me habían privado para
siempre de los placeres que criaturas como aquella podrían proporcionarme;
y que aquella cuyo rostro contemplaba, si me mirara, habría cambiado aquel
aire de divina bondad por un gesto de horror y repugnancia.
¿Acaso os sorprende que semejantes pensamientos me volvieran loco de
rabia? Yo solo me maravillo de que en aquel momento, en vez de dar al
viento mis emociones mediante inútiles exclamaciones y dolor, no me
precipitara contra la humanidad y pereciera en mi deseo de destruirla.
Mientras me sentía embargado por aquellos sentimientos, abandoné el lugar
en el que había cometido el asesinato y busqué un escondrijo más apartado.
En aquel momento vi a una mujer que pasaba cerca… Era joven, ciertamente
no tan hermosa como la del retrato que yo tenía, pero de agradable aspecto y
en la encantadora flor de la juventud y de la salud. Y pensé que allí iba una
de aquellas sonrisas que se entregan a todo el mundo, excepto a mí. «No
escapará a mi venganza; gracias a las lecciones de Felix y a las sanguinarias
leyes de los hombres, he aprendido cómo hacer el mal.» Me acerqué a ella sin
ser notado y coloqué el retrato a buen recaudo en uno de los bolsillos de su
vestido.
Durante algunos días estuve merodeando por el lugar en el que se habían
desarrollado aquellos acontecimientos, a veces deseando poder veros, y a
veces decidido a abandonar el mundo y sus miserias para siempre. Al final
me dirigí hacia estas montañas y he recorrido todas esas grutas inmensas,
consumido por una ardiente pasión que solo vos podéis calmar. Y no
podemos despedirnos hasta que me hayáis prometido cumplir con mis
peticiones. Estoy solo y soy muy desgraciado. Nadie querrá estar conmigo,
pero una mujer tan deforme y horrible como yo no me rechazaría. Ese es el
ser que debéis crear para mí.
CAPÍTULO 9
La criatura terminó de hablar y clavó su mirada en mí, esperando una
respuesta. Pero yo estaba desconcertado y perplejo, y era incapaz de ordenar
mis ideas lo suficiente como para comprender el significado de su propuesta.
Él añadió:
—Debéis crear una compañera para mí, una mujer con la que pueda vivir,
que me comprenda y a la que yo pueda comprender, para poder existir. Solo
vos podéis hacerlo, y lo exijo como un derecho que no debéis negarme.
Cuando dijo aquello, no pude contener la ira que ardía en mi interior.
—¡Pues claro que me niego! —contesté—, y por nada del mundo
conseguirás que acceda a ello. Puedes convertirme en el hombre más
desgraciado de la Tierra, pero no conseguirás que me rebaje y me convierta
en un ser despreciable ante mismo. ¿Es que debo crear otro ser como tú,
para que vuestra maldita alianza destruya el mundo? ¡Apártate de mí! Ya te
he contestado. Puedes matarme, pero no lo haré.
—Estáis equivocado —replicó—; y, en vez de amenazaros, estoy
dispuesto a razonar con vos. Soy malvado porque soy desgraciado. ¿O no me
desprecia y me odia toda la humanidad? Vos, mi creador, me destrozaríais en
mil pedazos y os preciaríais de semejante triunfo. Recordad eso… y decidme
por qué debería apiadarme de un hombre que no tiene piedad de mí. Si me
arrojaseis a una de esas grietas de hielo y destruyerais mi cuerpo, obra de
vuestras propias manos, ni siquiera lo llamaríais asesinato. ¿Debo respetar a
un hombre que me condena? Mejor será que convivamos y colaboremos
amablemente, y, en vez de daños, derramaría sobre vos todos los beneficios
imaginables, con lágrimas de gratitud. Pero eso no puede ser; las emociones
humanas son barreras infranqueables para nuestra alianza. Pero no me
someteré como un esclavo abyecto. Vengaré mis sufrimientos; si no puedo
inspirar amor, causaré terror; y principalmente a vos, mi enemigo supremo,
porque sois mi creador, os he jurado odio eterno. Me esforzaré en destruiros,
y no daré por terminada mi tarea hasta que arrase vuestro corazón y maldigáis
la hora de vuestro nacimiento.
Una ira diabólica animó su rostro cuando dijo aquello; su cara se contraía
en muecas demasiado horribles para que un ser humano pudiera tolerarlas;
pero inmediatamente se calmó y continuó.
—Intentaba razonar… Esta obsesión me perjudica, porque no
comprendéis que solo vos sois la única causa de su fuego. Si alguien fuera
capaz de ser bondadoso conmigo, yo devolvería entonces esa bondad doblada
cien y cien veces; solo por una criatura así, sería capaz de hacer las paces con
toda la humanidad. Pero ahora estoy fantaseando con sueños que nunca
podrán cumplirse. Lo que os pido es razonable y justo. Solo exijo una criatura
de otro sexo, pero tan espantosa como yo. Es un consuelo pequeño, pero eso
es todo lo que puedo recibir, y será suficiente para mí. Es verdad que seremos
monstruos y que estaremos apartados del mundo, pero precisamente por eso
nos sentiremos más unidos el uno con el otro. No seremos felices, pero no
haremos mal a nadie y no sufriremos la desdicha que ahora siento yo. ¡Oh…
mi creador! Hacedme feliz; permitidme que sienta gratitud hacia vos por ese
único acto de bondad para conmigo. Permitidme comprobar que soy capaz de
inspirar la comprensión de otra criatura. No me neguéis esta petición.
Me sentí conmovido. Temblaba cuando pensaba en las posibles
consecuencias de aceptar, pero creí que había una parte de justicia en su
argumentación. Su relato y los sentimientos que ahora expresaba
demostraban que era una criatura de emociones delicadas; y yo, como su
hacedor, ¿no debía proporcionarle toda la felicidad que estuviera en mi mano
concederle? Él percibió el cambio en mis sentimientos y continuó.
—Si consentís, ni vos ni ninguna criatura humana nos volverá a ver
jamás. Me iré a las vastas selvas de América. Mi alimento no es como el de
los hombres; yo no mato a un cordero ni a un cabrito para saciar mi apetito.
Las bellotas y las bayas me proporcionan suficiente alimentación. Mi
compañera será de la misma naturaleza que yo y se contentará con lo mismo.
Haremos nuestro lecho con hojas secas; el sol nos iluminará como a todos los
hombres y madurará nuestros alimentos. Estás emocionado. El cuadro que os
presento es amable y humano, y debéis sentir que solo os podríais negar
haciendo uso de una tiranía y una crueldad caprichosas. Aunque habéis sido
despiadado conmigo, veo compasión en vuestros ojos. Permitidme que
aproveche este momento favorable y os persuada para que me prometáis lo
que tan ardientemente deseo.
—Has prometido que os apartaréis de los lugares donde habitan los
hombres —contesté— e iréis a vivir a las selvas desiertas donde las bestias
del monte serán vuestra única compañía. ¿Cómo vas a poder mantener esa
promesa de exilio, tú, que ansias tanto el cariño y la comprensión del
hombre? Volverías, y buscarías su comprensión, y volverías a encontrarte
con su desprecio; tus malvadas pasiones se reavivarían, y entonces contarías
con una compañera que te ayudaría a cumplir tus deseos de destrucción.
Apártate… No puedo aceptar.
El monstruo contestó con vehemencia:
—¡Qué inconstantes son vuestros sentimientos…! Solo hace un momento
parecíais conmovido por mis súplicas: ¿por qué volvéis a endureceros ante
mis quejas? Os juro, por la tierra que piso, y por vos, que me habéis creado,
que con la compañera que me concedáis me alejaré de la presencia de los
hombres y viviré, si es necesario, en los lugares más salvajes. Mis malas
pasiones desaparecerán, porque habré encontrado la comprensión. Mi vida
transcurrirá apaciblemente, alejada de todo, y en el momento de morir no
maldeciré a mi hacedor.
Sus palabras tuvieron un extraño efecto en mí. Me compadecí de él y, por
un momento, sentí el impulso de consolarlo; pero cuando lo miraba, cuando
veía aquella masa inmunda que se movía y hablaba, mi corazón enfermaba y
mis sentimientos se transformaban en horror y odio. Intenté sofocar esas
emociones. Pensaba que, aunque no pudiera apreciarlo en absoluto, no tenía
derecho a negarle la pequeña porción de felicidad que estaba en mi mano
poder proporcionarle.
—Juras no hacer daño a nadie —dije—, pero ¿no has demostrado ya tu
implacable maldad? ¿No debería desconfiar de ti? ¿No será esto una trampa
para engrandecer tu victoria? ¿No estaré proporcionándote más ocasiones
para tu venganza?
—¿Cómo…? —exclamó—. Pensaba que os habíais compadecido de mí y,
sin embargo, aún os negáis a concederme el único bien que aplacaría mi
corazón y me convertiría en un ser inofensivo. Si no tengo relaciones ni
afectos, me entregaré al odio y a la maldad. El amor de otro ser destruirá la
razón de mis crímenes y me convertiré en algo de cuya existencia nadie
sabrá. Mis maldades son hijas de una soledad forzada que aborrezco, y mis
virtudes florecerán necesariamente cuando reciba la comprensión de un igual.
Sentiría el afecto de un ser vivo y me convertiría en un eslabón en la cadena
del ser y de los acontecimientos de los que ahora estoy excluido.
Me detuve algún tiempo a reflexionar en todo lo que había dicho y a
meditar los argumentos que había empleado. Pensé en las prometedoras
virtudes que había mostrado al principio de su existencia; y en la subsiguiente
ruina de todos aquellos amables sentimientos, por culpa del desprecio y el
espanto que sus protectores habían manifestado hacia él. En mis cálculos no
olvidé ni su fuerza ni sus amenazas: una criatura que podía vivir en las grutas
de hielo de los glaciares y podía ocultarse de sus perseguidores en las aristas
de precipicios inaccesibles era un ser que poseía facultades a las que era
imposible hacer frente. Después de una larga pausa para meditar, concluí que
la justicia debida tanto a él como a mis semejantes me obligaba a acceder a
sus peticiones. Así pues, volviéndome hacia él, le dije:
—Accedo a tu petición, con la siguiente condición: que me prometas
solemnemente que abandonarás Europa, y cualquier otro lugar donde haya
seres humanos, tan pronto como ponga en tus manos la hembra que te
acompañará en tu exilio.
—¡Lo juro —gritó—, por el sol y por los cielos azules del Paraíso, que
mientras existan jamás volveréis a verme! Marchad, entonces, a vuestra casa
y comenzad los trabajos. Observaré vuestros avances con incontenible
ansiedad, y, descuidad, que cuando todo esté preparado, yo apareceré.
Y diciendo aquello, rápidamente se alejó de mí, temeroso quizá de que
cambiara de opinión. Le vi descender la montaña más veloz que el vuelo del
águila y rápidamente lo perdí de vista entre las ondulaciones del mar de hielo.
Su relato había durado todo el día, y el sol ya estaba sobre la línea del
horizonte cuando él partió. Yo sabía que debía comenzar a descender
inmediatamente hacia el valle, pues muy pronto me vería envuelto en una
completa oscuridad. Pero mi corazón estaba apesadumbrado, y avanzaba con
pasos lentos. El esfuerzo de ir serpenteando por los pequeños senderos, y
fijando mis pies firmemente mientras avanzaba, me agotaba, absorto como
estaba en las emociones que los acontecimientos de aquel día habían
despertado en mí. Ya era muy de noche cuando llegué a un lugar de descanso
que hay a mitad de camino y me senté junto a la fuente. Las estrellas
brillaban de tanto en tanto, a medida que las nubes pasaban por delante de
ellas. Los pinos oscuros se elevaban frente a mí, y por todas partes, aquí y
allá, los árboles quebrados yacían en tierra; era un paisaje de maravillosa
solemnidad que encendió extraños pensamientos en mi interior. Lloré
amargamente y, retorciéndome las manos de dolor, exclamé:
—¡Oh, estrellas, y nubes, y viento… todos os burláis de mí! ¡Si realmente
tenéis piedad de mí, aplastadme y destruidme! ¡Y si no, alejaos; alejaos y
dejadme en la oscuridad!
Eran pensamientos enloquecidos y desesperados, pero no puedo describir
hasta qué punto el eterno centellear de las estrellas me abrumaba, y cómo
esperaba cada ráfaga de viento como si fuera un espantoso y turbio viento del
sur dispuesto a consumirme.
Ya había amanecido cuando llegué a la aldea de Chamonix; pero mi
aspecto, macilento y extraño, apenas pudo calmar los temores de mi familia,
que había estado angustiada toda la noche, esperando mi regreso.
Al día siguiente regresamos a Ginebra. La intención de mi padre con
aquel viaje había sido distraer mi mente y restaurar mi tranquilidad perdida.
Pero la medicina había resultado fatal; e, incapaz de comprender aquella
tristeza excesiva que yo parecía estar sufriendo, se apresuró a regresar a casa,
esperando que la tranquilidad y la calma de la vida familiar aliviara poco a
poco mis sufrimientos, cualquiera que fuera su causa.
Por mi parte, apenas participé en todos sus preparativos, y el amable
cariño de mi amada Elizabeth no servía para arrancarme de las profundidades
de mi desesperación. La promesa que le había hecho a aquel demonio pesaba
en mi espíritu como las capas de hierro que llevaban los infernales hipócritas
de Dante. Todos los placeres de la tierra y del cielo pasaban ante mí como en
un sueño, y solo aquel único pensamiento poseía la capacidad para mostrarse
como la verdadera realidad de la vida. ¿Es que alguien puede admirarse de
que en ocasiones sufriera una especie de locura, o de que viera en torno a
una multitud de espantosas bestias infligiéndome incesantes heridas que a
menudo me hacían proferir gritos y amargos lamentos?
Sin embargo, poco a poco, aquellos sentimientos se calmaron. Volví a
adentrarme en la vida cotidiana, si no con interés, al menos con un tanto de
tranquilidad.
CAPÍTULO 10
Día tras día, semana tras semana fueron transcurriendo tras mi regreso a
Ginebra, y no reuní el valor suficiente para comenzar el trabajo. Temía la
venganza del demonio si lo defraudaba, sin embargo, era incapaz de vencer
mi repugnancia a emprender la tarea. También descubrí que era incapaz de
componer una mujer sin volver a dedicarle muchos meses de estudio y
laboriosas pruebas. Había oído que un filósofo inglés había hecho algunos
descubrimientos, cuyo conocimiento me sería de mucha utilidad, y en
ocasiones pensaba pedirle permiso a mi padre para visitar Inglaterra con esa
intención; pero me aferraba a cualquier excusa para retrasarlo y no me decidí
a interrumpir mi tranquilidad recuperada. Mi salud, que hasta entonces se
había resentido, había mejorado mucho; y, cuando no lo impedía el recuerdo
de mi desgraciada promesa, me encontraba bastante animado. Mi padre
observó aquel cambio con placer y constantemente buscaba el mejor método
para erradicar los restos de la melancolía que de vez en cuando regresaba y
me atacaba con su feroz oscuridad, ensombreciendo el anhelado amanecer.
En aquellos momentos me refugiaba en la más absoluta soledad: pasaba días
enteros en el lago, solo, en un pequeño bote, mirando las nubes y escuchando
el murmullo de las olas, en silencio y en completa indiferencia. Pero el aire
fresco y el sol brillante con mucha frecuencia conseguían devolverme en
alguna medida la compostura; y cuando regresaba, respondía a los saludos de
mis amigos con una sonrisa más dispuesta y un espíritu más afectuoso.
Fue después de volver de una de esas excursiones cuando mi padre,
llamándome aparte, se dirigió a mí del siguiente modo:
—Mi querido hijo, me alegra mucho comprobar que has vuelto a tus
antiguos placeres y parece que vuelves a ser mismo. Y, sin embargo, aún
estás triste y rehúyes nuestra compañía. Durante un tiempo he estado
completamente perdido al respecto y no podía ni siquiera imaginar cuál
podría ser la causa de esto; pero ayer se me ocurrió una idea, y si está bien
fundada, te ruego que me la confirmes. En este punto, la discreción no solo
sería completamente inútil, sino que contribuiría a triplicar nuestras
tribulaciones.
Temblé visiblemente cuando terminó aquella introducción, y mi padre
continuó:
—Te confieso, hijo mío, que siempre he considerado el matrimonio con
tu prima como el fundamento de nuestra felicidad familiar y el báculo de mi
ancianidad. Os conocéis desde que érais muy niños; estudiabais juntos y
parecía, por vuestros caracteres y gustos, que estabais hechos el uno para el
otro. Pero los hombres a veces estamos tan ciegos… y lo que yo creía que
podía ser lo mejor para encauzar mi plan puede haberlo arruinado por
completo; tal vez solo la mires como a una hermana, sin que haya en ti
ningún deseo de convertirla en tu esposa. Es más, seguro que has encontrado
a otra de la que estás enamorado; y, considerando que has comprometido tu
honor en el futuro matrimonio con tu prima, ese sentimiento puede causar el
punzante dolor que pareces sentir.
—Querido padre, tranquilízate. Quiero a mi prima de todo corazón y
sinceramente. No he conocido a ninguna mujer que me inspirara, como
Elizabeth, la admiración y el cariño más profundo. Mis esperanzas y mis
perspectivas de futuro se basan enteramente en la expectativa de nuestra
unión.
—Mi querido Victor, la confirmación de tus sentimientos en este asunto
me produce una alegría mayor que la que me haya podido proporcionar
cualquier otra cosa desde hace mucho tiempo. Si es eso lo que sientes,
seremos felices con toda seguridad, por mucho que las circunstancias actuales
puedan arrojar alguna tristeza sobre nosotros. Pero es esa tristeza que se ha
apoderado con tanta fuerza de tu espíritu la que querría desterrar. Dime, pues,
si tienes alguna objeción a una inmediata celebración formal de vuestro
matrimonio. Hemos sido muy desdichados, y los recientes acontecimientos
nos han arrebatado esa tranquilidad familiar que mis años y mis achaques
precisan. Eres joven; sin embargo, disponiendo de una notable fortuna, no
creo que un matrimonio temprano pueda interferir en cualquier proyecto
futuro que hayas planeado, sea en la universidad o en la administración
pública. En cualquier caso, no creas que deseo imponerte la felicidad, o que
un retraso por tu parte me causaría ninguna inquietud seria. Interpreta mis
palabras con sencillez y respóndeme, te lo ruego, con confianza y sinceridad.
Escuché a mi padre en silencio y durante unos momentos permanecí sin
dar contestación alguna. Rápidamente, le di mil vueltas a una avalancha de
pensamientos e intenté llegar a una conclusión. ¡Dios mío…! La idea de una
boda inmediata con mi prima me aterrorizaba y me consternaba. Estaba
comprometido por una solemne promesa que aún no había cumplido y que no
me atrevía a romper; y si lo hacía, ¡cuántos e insospechados sufrimientos
podrían desatarse sobre y mi adorada familia! ¿Acaso podía celebrar un
banquete con aquel peso mortal colgando de mi cuello y arrastrándome por el
suelo? Debía cumplir mi compromiso: solo así conseguiría que el monstruo
se fuera con su compañera antes de que yo pudiera permitirme disfrutar de un
matrimonio en el cual tenía depositadas todas mis esperanzas de paz. Recordé
también la necesidad perentoria en que me hallaba, bien de viajar a Inglaterra,
bien de entablar una larga correspondencia con los filósofos de ese país,
cuyos conocimientos y descubrimientos me resultaban indispensables en
semejante empresa. Esta última forma de conseguir la información precisa
era lenta y enojosa; además, cualquier cambio me sentaría bien, y estaba
encantado con la idea de pasar uno o dos años en otro lugar y con otras
ocupaciones, lejos de mi familia; durante ese período de tiempo podría
ocurrir algo que me devolviera la paz y la felicidad. Podría cumplir mi
promesa y el monstruo podría partir; o tal vez podría acontecer algún
accidente que acabara con él y pusiera fin a mi esclavitud para siempre.
Aquellos sentimientos dictaron la respuesta que le di a mi padre. Expresé mi
deseo de visitar Inglaterra; pero, ocultando las verdaderas razones de aquella
petición, disfracé mis intenciones con la máscara de un supuesto deseo de
viajar y ver mundo antes de instalarme para siempre entre los muros de mi
ciudad natal.
Presenté mi ruego con toda formalidad, y mi padre muy pronto accedió a
mi petición… Creo que no ha habido un padre más indulgente o menos
tiránico en el mundo. Nuestro plan se dispuso de inmediato. Viajaría a
Estrasburgo, donde me reuniría con Clerval, y luego bajaríamos juntos por el
Rin. Pasaríamos algún tiempo, poco, en las ciudades de Holanda, y la mayor
parte de nuestro periplo lo pasaríamos en Inglaterra. Regresaríamos por
Francia. Se acordó que este viaje duraría dos años.
Mi padre se contentó con la idea de que me casaría con Elizabeth
inmediatamente después de mi regreso a Ginebra.
—Estos dos años —dijo— pasarán rápidamente, y será el único retraso
que se oponga a tu felicidad. Y, en realidad, deseo fervientemente que llegue
el tiempo en que todos estemos juntos y que ni las esperanzas ni los temores
consigan alterar nuestra tranquilidad familiar.
—Estoy de acuerdo —contesté—. Para entonces, Elizabeth y yo seremos
más maduros, y espero que más felices, de lo que somos en este momento.
Suspiré, pero mi padre amablemente evitó hacerme ninguna pregunta más
respecto a la razón de mi tristeza. Él esperaba que los paisajes nuevos y el
entretenimiento del viaje me devolvieran la tranquilidad.
Luego hice los preparativos para el viaje, pero se apoderó de un
sentimiento que me llenó de temor y angustia. Durante mi ausencia, debería
dejar a mis familiares solos, inconscientes de la existencia de un enemigo, y
desprotegidos ante sus ataques, pues tal vez se enfurecería al ver que yo me
iba. Pero había prometido seguirme allá donde quisiera que yo fuera: ¿no
vendría tras de a Inglaterra? Esa suposición era desde luego aterradora,
pero tranquilizadora en tanto en cuanto significaba que mi familia estaría
segura. Me amargaba la idea de que pudiera ocurrir lo contrario. Pero durante
todo el tiempo en el que fui esclavo de mi criatura, solo me dejé guiar por los
impulsos de cada instante; y mis sensaciones en aquel momento me
aseguraban con toda certeza que aquel demonio me seguiría y que mi familia
quedaría al margen del peligro de sus maquinaciones.
Fue muy a finales de agosto cuando partí de Ginebra, dispuesto a vivir
dos años en el extranjero. Elizabeth aceptó las razones de mi viaje, y solo
lamentaba que ella no tuviera las mismas oportunidades para ampliar sus
conocimientos y cultivar su inteligencia. De todos modos, lloró al despedirse
y me pidió que regresara feliz y tranquilo.
—Todos te necesitamos —dijo—; y si estás triste, ¿cuáles serán
nuestros sentimientos?
Me metí en el carruaje que iba a alejarme de allí, sin saber apenas adónde
me dirigía y sin importarme lo que sucedía a mi alrededor. Solo recuerdo, y
pensé en ello con la angustia más amarga, que ordené que empaquetaran mi
instrumental químico para llevármelo. Porque decidí cumplir mi promesa
mientras estuviera en el extranjero y regresar, si era posible, como un hombre
libre. Abrumado por todas aquellas visiones terribles, atravesé muchos
paisajes maravillosos y majestuosos, pero mis ojos estaban clavados en el
vacío y no veían nada; solo podía pensar en la finalidad de mi viaje y en el
trabajo que iba a ocuparme mientras durara. Después de algunos días en los
que estuve sumido en una indolente apatía, durante los cuales recorrí muchas
leguas, llegué a Estrasburgo, donde permanecí dos días esperando a Clerval.
Finalmente, vino; ¡Dios mío! ¡Qué enorme contraste había entre ambos! Él
siempre estaba atento a todo; disfrutaba cuando veía la belleza del sol al
atardecer, y aún se alegraba más cuando lo veía amanecer y comenzaba un
nuevo día. Me señalaba los cambiantes colores del paisaje y las tonalidades
del cielo.
—¡Esto que es vivir! —exclamaba—. ¡Me encanta vivir! Pero tú… mi
querido Frankenstein, ¿por qué estás triste y apenado?
En efecto, estaba muy ocupado en mis sombríos pensamientos, y ni veía
la aparición de la estrella vespertina ni los dorados amaneceres reflejados en
el Rin; y usted, amigo mío, seguramente se divertiría mucho más con el
diario de Clerval, que observaba el paisaje con mirada sentimental y gozosa,
que escuchando mis reflexiones… yo, un pobre desgraciado atrapado en una
maldición que me cerraba todos los caminos de la alegría.
Habíamos acordado bajar el Rin en barco, desde Estrasburgo a Rotterdam,
donde podríamos coger un navío hacia Londres. Durante aquel viaje pasamos
junto a pequeñas islas y visitamos algunas hermosas ciudades. Pasamos un
día en Mannheim y, cinco días después de nuestra partida de Estrasburgo,
llegamos a Maguncia. El curso del Rin, a partir de Maguncia, es mucho más
pintoresco. El río desciende rápidamente y serpentea entre colinas, no muy
altas, pero escarpadas, y con hermosísimas formas. Vimos muchos castillos
en ruinas, asomándose al borde de altos e inaccesibles precipicios, rodeados
por bosques oscuros. Esta parte del Rin, en efecto, presenta un paisaje
singularmente variopinto. En cierto punto, uno puede observar colinas
escarpadas, castillos en ruinas asomándose a tremendos precipicios, con el
oscuro Rin precipitándose en el fondo… Y de repente, a la vuelta de un
promontorio, florecen los viñedos y surgen populosas ciudades, y los
meandros de un río con suaves riberas verdes se hacen dueños del paisaje.
Viajábamos en la época de la vendimia y oímos las canciones de los
trabajadores mientras avanzábamos río abajo. Incluso yo, con el espíritu
abatido y el ánimo continuamente perturbado por sentimientos sombríos,
incluso yo pude disfrutar de aquello. Me tumbaba en la barcaza, y, mientras,
miraba el cielo azul sin nubes, y me embriagaba con una paz que durante
mucho tiempo me había sido esquiva. Y si aquellas eran mis sensaciones,
¿cómo describir las de Henry? Parecía que se hubiera trasladado al país de las
hadas y gozaba de una felicidad que rara vez disfrutan los hombres.
—He visto los paisajes más hermosos de mi país —decía—. He estado en
los lagos de Lucerna y de Uri, donde las montañas nevadas se desploman casi
verticalmente sobre el agua, proyectando sombras negras e impenetrables que
los hacen tétricos y lúgubres, si no fuera por los islotes verdes que
tranquilizan la vista con su alegre aspecto. He visto esos lagos agitados por la
tempestad, cuando el viento arranca remolinos de agua y advierte cómo debe
de ser una tromba marina en el océano abierto… y he visto romper las olas
con furia en la base de las montañas, donde el cura y su amante quedaron
sepultados por una avalancha y donde se dice que aún se escuchan sus voces
moribundas en medio de las ventiscas nocturnas. He visto las montañas de La
Valais y del Pays de Vaud, pero esta región, Victor, me gusta más que todas
aquellas maravillas. Las montañas de Suiza son majestuosas y
extraordinarias, pero en las orillas de este divino río hay encantos como no he
visto jamás. Mira aquel castillo colgado en aquel precipicio; y aquel otro
también, en la isla, casi oculto entre el follaje de aquellos encantadores
árboles; y ahora, mira aquel grupo de trabajadores que vuelven de sus
viñedos; y aquella aldea, medio escondida en la quebrada de la montaña…
¡Oh, seguramente el espíritu que habita y protege este lugar tiene un alma
más piadosa con los hombres que aquellos que se esconden en los glaciares o
viven en los inaccesibles picos de las montañas de nuestra tierra!
Sonreí ante el entusiasmo de mi amigo y recordé con un suspiro aquella
época en la que mis ojos habrían brillado con alegría al contemplar los
paisajes que entonces veíamos. Pero el recuerdo de aquellos días era
demasiado doloroso; debía acallar cualquier pensamiento para disfrutar de un
poco de paz, y aquella idea ya era suficiente para emponzoñar cualquier
placer.
Desde Colonia bajamos a las llanuras de Holanda, y decidimos continuar
en diligencia el resto de nuestro camino, porque el viento era contrario y la
corriente del río era demasiado lenta como para arrastrar el barco. Ahora
llegábamos a un territorio muy distinto. La tierra era arenosa y las ruedas se
hundían frecuentemente en ella. Las ciudades en este país constituían la parte
más agradable del paisaje. Los holandeses son extremadamente ordenados,
pero a menudo nos sorprendía lo poco práctico que resultaba su orden.
Recuerdo que en cierto lugar había un molino de viento colocado de tal modo
que el postillón se vio obligado a llevar el carruaje por un extremo del
camino para evitar el giro de las aspas. El camino a menudo discurría entre
dos canales, donde no había espacio más que para que pasara un carruaje; y
cuando nos encontrábamos otro vehículo, lo cual ocurría con frecuencia, nos
veíamos obligados a ir hacia atrás durante casi una milla, hasta que
encontrábamos uno de los puentes levadizos que conducen a los sembrados,
donde bajábamos con el carruaje y esperábamos a que pasara el otro.
También empapan el lino en el barro de sus canales y lo cuelgan de los
árboles, a lo largo de los caminos, para secarlo. Y cuando hace mucho calor,
no es fácil soportar el hedor que desprende. Sin embargo, los caminos son
magníficos y los prados, maravillosos.
Desde Rotterdam navegamos hasta Inglaterra. Fue una mañana despejada
de los últimos días de septiembre cuando vi por primera vez los blancos
acantilados de Gran Bretaña. Las riberas del Támesis ofrecían un paisaje
nuevo; eran llanas pero fértiles, y casi todas las ciudades tenían una historia
curiosa. Vimos Tilbury Fort, y recordamos la Armada Española; Gravesend,
Woolwich, Greenwich… lugares de los que ya había oído hablar en mi país.
Al final vimos las numerosísimas agujas de Londres, con San Pablo
elevándose sobre todas las demás, y la Torre, famosa en la historia de
Inglaterra.
CAPÍTULO 11
Así pues, Londres era nuestro lugar de destino; decidimos permanecer
algunos meses en aquella ciudad famosa y maravillosa. Clerval deseaba
conocer a hombres de genio y talento que estaban en auge en aquellos años;
pero para aquella era una cuestión secundaria; yo estaba principalmente
preocupado por los medios con los que conseguir la información necesaria
para cumplir mi promesa, y rápidamente despaché algunas cartas de
presentación que llevaba conmigo, dirigidas a los más distinguidos filósofos
de la naturaleza. Si aquel viaje hubiera tenido lugar durante mis días de
estudio y felicidad, me habría proporcionado un indescriptible placer. Pero
sobre mi vida había caído una maldición, y solo visité a aquellas personas
con el fin de recabar la información que me pudieran ofrecer sobre el asunto
en el que estaba tan profundamente interesado. La relación con otras personas
me resultaba odiosa; cuando estaba solo, podía dejar volar mi imaginación
hacia donde más me complaciera; y la voz de Henry me tranquilizaba, y así
podía engañarme con una paz transitoria. Pero los rostros curiosos, amables y
alegres despertaban una negra desesperación en mi corazón. Veía un muro
infranqueable situado entre mis semejantes y yo; aquel muro se había
levantado con la sangre de William y Justine, y pensar en aquellos sucesos
llenaba mi alma de angustia. Pero en Clerval veía la imagen de lo que yo
había sido antaño; era curioso y estaba deseando adquirir nuevas experiencias
y conocimientos. Las diferencias en las costumbres que observaba eran para
él una fuente infinita de observación y entretenimiento. Siempre estaba
ocupado, y lo único que enturbiaba su felicidad era mi tristeza y mi
semblante apesadumbrado. Yo intentaba ocultarlo todo lo posible, puesto que
no debía arrebatarle los placeres naturales a una persona que, alejada de
preocupaciones o de recuerdos amargos, está adentrándose en los nuevos
horizontes que le ofrece la vida. A menudo me negaba a acompañarlo,
alegando otros compromisos, y así podía quedarme solo. Entonces comencé
también a reunir los materiales necesarios para mi nueva creación, y aquello
fue para como una tortura, como gotas de agua que continuamente caen
sobre la cabeza. Cada pensamiento que dedicaba a ello me causaba una
inmensa angustia, y cada palabra que decía al respecto hacía temblar mis
labios y palpitar mi corazón.
Después de estar algunos meses en Londres, recibimos una carta de una
persona que vivía en Escocia, que nos había visitado antaño en Ginebra.
Mencionó las bellezas de su país natal y nos preguntó si aquello no tenía
encanto suficiente para inducirnos a prolongar nuestro viaje hacia el norte,
hasta Perth, donde vivía. Clerval, entusiasmado, deseaba aceptar aquella
invitación; y yo, aunque detestaba cualquier relación con otras personas,
deseaba volver a ver montañas y torrentes y todas las maravillosas obras que
la naturaleza dispone en sus rincones favoritos. Habíamos llegado a Inglaterra
a principios de octubre y ya estábamos en febrero; así que decidimos
emprender nuestro viaje hacia el norte a finales del mes siguiente. En aquel
periplo no teníamos intención de ir por el camino real de Edimburgo, sino
visitar Windsor, Oxford, Matlock, y los lagos de Cumberland, de modo que
alcanzaríamos el punto final de este viaje hacia finales de julio. Empaqueté
mi instrumental químico y los materiales que había recabado, y decidí
completar los trabajos en algún rincón apartado, en el campo.
Partimos de Londres el 27 de marzo y permanecimos algunos días en
Windsor, donde paseamos por su precioso bosque. Para nosotros, hombres de
la montaña, aquel paisaje era completamente nuevo; para nosotros todo era
una novedad: los majestuosos robles, la abundancia de la caza, y las manadas
de encantadores ciervos. Desde allí nos trasladamos a Oxford. Nos encantó la
ciudad. Los edificios universitarios eran antiguos y pintorescos, las calles,
anchas, y el paisaje se ordenaba maravillosamente en torno al encantador Isis,
que se detiene en una amplia y plácida balsa de agua y luego corre hacia el
sur de la ciudad. Teníamos cartas de presentación para varios profesores, que
nos recibieron con gran amabilidad y cordialidad. Descubrimos que las
costumbres de esa universidad habían mejorado mucho desde los tiempos de
Gibbon, pero en la moda aún hay mucha intolerancia y una devoción por las
normas establecidas que constriñe la inteligencia de los estudiantes y conduce
a la esclavitud y a una gran estrechez de miras en la concepción de la vida.
Aún se cometen muchas barbaridades, y aunque puedan ser motivo de risa
para un extranjero, se observaban en el mundo universitario como cuestiones
de la mayor importancia. Algunos caballeros se empeñaban obstinadamente
en vestir pantalones claros cuando la norma de la universidad era vestir con
ropa oscura: los maestros estaban irritados, pero sus alumnos se mantenían
firmes, de tal modo que durante nuestra estancia dos estudiantes estuvieron a
punto de ser expulsados por esta precisa cuestión. Aquella severa amenaza
obligó a un notable cambio en el vestuario de los caballeros durante algunos
días.
Así pues, para nuestro infinito asombro, nos encontramos con que aquel
era el principal asunto de conversación cuando llegamos a la ciudad.
Nuestros espíritus se colmaron con los recuerdos de los acontecimientos que
habían tenido lugar allí casi un siglo y medio antes. Fue allí donde Carlos I
había reunido sus huestes; aquella ciudad le había sido fiel cuando toda la
nación le había abandonado para unirse a la causa del parlamento y la
libertad. Cuando entramos en la ciudad, el recuerdo de aquel desafortunado
rey, el amistoso Falkland y el insolente Goring ocuparon todos nuestros
pensamientos, y nos extrañó cuando descubrimos que estaba llena de togados
y estudiantes que tenían en mente cualquier cosa salvo aquellos
acontecimientos. Sin embargo, hay algunos vestigios que recuerdan al viajero
los antiguos tiempos; entre otros, admiramos con curiosidad la editorial
fundada por el autor de la historia de los conflictos. También nos enseñaron
el edificio en el que había vivido fray Bacon, el descubridor de la pólvora, y
del cual se decía que se vendría abajo cuando entrara allí un hombre más
sabio que aquel filósofo. El profesor bajito, de cara redonda y parlanchín que
nos acompañaba se negó a pasar el umbral, aunque nosotros nos aventuramos
en el interior con toda seguridad, y él probablemente podría haber hecho lo
mismo.
Matlock, que era nuestra siguiente etapa, recordaba en gran medida el
paisaje de Suiza; pero todo está en una escala menor, y a las verdes colinas
les falta la corona de los lejanos Alpes blancos, que siempre asoman por
encima de las montañas cubiertas de pinos en nuestro país. Visitamos la
maravillosa gruta y los pequeños gabinetes de historia natural, donde las
muestras están dispuestas del mismo modo que aparecen en las colecciones
de Servox y Chamonix. Este último nombre me hizo temblar cuando lo
pronunció Henry, y me apresuré a abandonar Matlock, donde todo parecía tan
relacionado con nuestro país.
Desde Derby, aún viajando hacia el norte, pasamos dos meses en
Cumberland y Westmoreland. En aquel lugar, casi podía imaginarme a
mismo en las montañas suizas. Los pequeños neveros que aún persistían en la
cara norte de las montañas, los lagos, y el fragor de los torrentes pedregosos
me resultaban paisajes familiares y queridos. Allí también conocimos a
personas que casi consiguieron hacerme creer que era feliz. La alegría de
Clerval era considerablemente mayor que la mía; su inteligencia se crecía
cuando se encontraba en compañía de hombres de talento, y descubrió en
mismo una capacidad y unas emociones superiores a las que habría
sospechado cuando se encontraba con personas menos inteligentes.
—Podría pasarme la vida aquí —me decía—, y entre estas montañas
apenas echaría de menos Suiza y el Rin.
Pero descubrió que la vida de un viajero, entre sus encantos, esconde
también muchos pesares. Sus sentimientos siempre están en tensión; y
cuando comienza a acostumbrarse, se encuentra con que tiene que partir en
busca de algo nuevo que una vez más exige su atención y que también deberá
abandonar por otras novedades. Apenas habíamos ido a ver los muchos lagos
de Cumberland y Westmoreland, y apenas habíamos empezado a
encariñarnos con algunos de sus habitantes cuando tuvimos que despedirnos
de ellos para continuar nuestro viaje, pues ya estaba muy próxima la fecha
del encuentro con nuestro amigo escocés. Por mi parte, no lo lamenté. Había
descuidado mi promesa durante algún tiempo, y temía las consecuencias si el
monstruo se ponía furioso. Tal vez se había quedado en Suiza y había
desatado su venganza contra mis familiares; aquella idea me perseguía y me
atormentaba en todos aquellos momentos que, en otras circunstancias, podría
haber disfrutado del descanso y la paz. Esperaba las cartas con febril
impaciencia: si se retrasaban, me sentía abatido y abrumado por mil temores;
y cuando llegaban, y veía el remite de Elizabeth o de mi padre, apenas me
atrevía a leerlas, por temor a confirmar aquellas desgracias. Otras veces
pensaba que aquel ser diabólico me seguía y podía recordarme la promesa
asesinando a mi compañero. Cuando me acosaban esos pensamientos, no me
apartaba de Henry ni un momento, y lo seguía como una sombra para
protegerlo de la imaginaria furia de aquel asesino. Me sentía como si hubiera
cometido un enorme crimen, cuyos remordimientos no me dejaran vivir. Yo
era inocente, pero la realidad era que había lanzado sobre mismo una
horrible maldición, tan mortal como la de un crimen.
Visité Edimburgo con mirada y espíritu lánguidos, aunque aquella ciudad
podría haber cautivado el interés del ser más desdichado. A Clerval no le
gustó tanto como Oxford, porque la antigüedad de esta última ciudad le
encantaba. Pero la belleza y la regularidad de la nueva ciudad de Edimburgo
le maravilló; sus alrededores son también los más bonitos del mundo: el
Trono de Arturo, el Pozo de San Bernardo, y las Pentland Hills. Pero yo
estaba impaciente por llegar al destino final del viaje. Una semana después
abandonamos Edimburgo, pasamos por Cupar, St Andrews y bordeamos las
orillas del Tay hasta Perth, donde nos esperaba nuestro amigo. Pero yo no
estaba de humor para reír y conversar con extraños, ni compartir sus
sentimientos o sus ideas con el buen humor que se espera de un invitado; así
pues, le dije a Clerval que deseaba hacer un viaje por Escocia yo solo.
—Disfruta —le dije—; nos volveremos a encontrar aquí. Estaré fuera un
mes o dos, pero no te preocupes por mí, te lo ruego; déjame tranquilo y solo
durante un tiempo, y cuando regrese, espero traer el corazón aliviado, y más
acorde con tu estado de ánimo.
Henry quiso disuadirme, pero al verme tan convencido, dejó de insistir.
Me pidió que le escribiese a menudo.
—Preferiría acompañarte en tus excursiones solitarias —dijo—, en vez de
quedarme con estos escoceses, a quienes no conozco; pero vete, mi querido
amigo, y vuelve para que pueda sentirme como en casa, lo cual me resulta
imposible si no estás.
CAPÍTULO 12
Habiéndome despedido de mi amigo, decidí visitar algunos lugares
remotos de Escocia y terminar mi trabajo en soledad. No dudaba de que el
monstruo me seguía y se me presentaría delante cuando hubiera concluido,
para poder recoger a su compañera. Con esa decisión tomada, crucé las tierras
altas del norte y elegí una de las islas Orcadas para finalizar mi trabajo. Era
un lugar muy apropiado para aquella tarea, porque apenas iba más allá de ser
una roca cuyas orillas eran acantilados constantemente batidos por las olas.
La tierra era baldía, y apenas proporcionaba pasto para unas cuantas vacas
famélicas y un poco de avena para los habitantes, que no eran más de cinco
personas, cuyos cuerpos demacrados y esqueléticos daban prueba de su triste
destino. Las verduras y el pan, cuando se podían permitir semejantes lujos, e
incluso el agua dulce, procedían de tierra firme, que se encontraba a unas
cinco millas de distancia. En toda la isla no había más que tres cabañas
miserables, y una de ellas estaba vacía cuando llegué. La alquilé. No tenía
más que dos habitaciones, y ambas mostraban toda la escasez de la penuria
más miserable. La techumbre se había hundido, los muros no estaban
enyesados y la puerta bailaba fuera de los goznes. Ordené que la repararan un
poco, puse algunos muebles, y me instalé allí… un hecho que sin duda habría
provocado alguna sorpresa si no hubiera sido porque todos los sentidos de los
campesinos estaban entumecidos por la necesidad y la extrema pobreza. En
todo caso, pude vivir sin que nadie me observara ni me molestara, y apenas si
me agradecieron la comida y las ropas que les di: hasta ese punto el
sufrimiento debilita incluso las emociones más primitivas de los hombres.
En aquel retiro, dediqué las mañanas al trabajo, pero por la tarde, cuando
el tiempo me lo permitía, paseaba por la playa pedregosa junto al mar, para
contemplar las olas que rugían y rompían a mis pies. Era un paisaje
monótono y, sin embargo, siempre cambiante. Pensé en Suiza; era tan distinta
a aquel desolado y aterrador lugar. Sus colinas están cubiertas de viñedos y
sus granjas salpican aquí y allá los valles. Sus preciosos lagos reflejan un
cielo azul y delicado; y cuando los vientos azotan sus tierras, no parece más
que el juego de un niño travieso en comparación con los aterradores bramidos
del inmenso océano.
De aquel modo distribuía mi tiempo cuando llegué; pero a medida que
avanzaba en mi trabajo, este se me hizo cada día más horrible y más
detestable. A veces ni siquiera tenía valor para entrar en el laboratorio
durante varios días, y en otras ocasiones permanecía allí encerrado día y
noche con la única idea de terminarlo de una vez. Verdaderamente, estaba
inmerso en una tarea asquerosa. Durante mi primer experimento, una especie
de frenesí de entusiasmo me había cegado ante el horror del trabajo que
estaba llevando a cabo; mi mente estaba absorta en los resultados de mi labor
y mis ojos permanecían cerrados ante lo horroroso de mi proceder. Pero
ahora lo estaba haciendo a sangre fría, y mi corazón a menudo enfermaba
ante lo que estaban haciendo mis manos.
En aquella situación, entregado al trabajo más detestable, en una soledad
donde nada podía reclamar mi atención, aparte de lo que me traía entre
manos, mis nervios comenzaron a resentirse. Siempre estaba inquieto y
atemorizado. A cada paso temía encontrarme con aquel ser que me acosaba.
Algunas veces me quedaba quieto con los ojos clavados en el suelo, temiendo
levantarlos, no fuera a encontrarme con aquello que tanto me aterrorizaba
tener que ver. Temía alejarme de mis semejantes, no fuera a ser que cuando
estuviera solo, viniera a exigirme a su compañera. Mientras tanto, seguía
trabajando, y mi trabajo ya estaba considerablemente adelantado. Observaba
con placer la idea de darlo por terminado, sin embargo, la liberación de
aquella maldición que estaba sufriendo era una alegría en la que nunca me
atreví a confiar del todo.
Una tarde estaba sentado en mi taller; el sol ya se había puesto y la luna
estaba saliendo en ese momento tras el mar. No tenía luz suficiente para
trabajar, y me senté allí sin hacer nada, preguntándome si debería dejar la
tarea por aquella noche o apresurarme a terminarlo sin cejar en ello ni un
instante. Mientras permanecía allí, la concatenación de ideas me condujo a
considerar las consecuencias de lo que estaba haciendo. Tres años antes, me
había enfrascado del mismo modo y había creado un monstruo cuya violencia
inconcebible había destruido mi corazón y lo había anegado para siempre con
los remordimientos más amargos. Y ahora estaba a punto de crear otro ser
cuyo carácter también desconocía por completo. Aquella cosa podría ser diez
mil veces más perversa y malvada que su compañero y podría deleitarse en el
asesinato y en la villanía. Él me había jurado que se apartaría de los hombres
y que se ocultaría en los desiertos, pero ella no; y ella, que se convertiría
probablemente en un animal pensante y racional, podría negarse a cumplir un
pacto acordado antes de su creación. Puede que incluso se odiaran. La
criatura que ya vivía aborrecía su propia deformidad, ¿acaso no
experimentaría un aborrecimiento aún mayor cuando la viera reflejada ante
sus ojos en forma de una hembra? También puede que ella le volviera la
espalda ante la belleza superior del hombre. Puede que se apartara de él, y así
volvería a estar solo, y enloquecería ante la nueva provocación de verse
despreciado por uno de su propia especie.
Aunque ellos abandonaran realmente Europa y fueran a vivir a los
desiertos del nuevo mundo, tendrían la intención de engendrar hijos y así se
propagaría sobre la tierra una raza de demonios cuya figura y mente sumiría
al hombre en el terror. ¿Es que tenía yo algún derecho, solo por mi propio
beneficio, a infligir esta maldición a las generaciones futuras? Me había
dejado convencer por los sofismas del ser que había creado; me había dejado
convencer por sus diabólicas amenazas; y ahora, por vez primera, el horror de
mi promesa se presentó claramente ante mí. Me recorrió un escalofrío al
pensar que los siglos futuros me maldecirían como si fuera la peste, y dirían
que, por egoísmo, no había dudado en comprar mi propia tranquilidad a un
precio que tal vez ponía en peligro la pervivencia de la especie humana.
Temblé, y se me paralizó el corazón cuando levanté la mirada y vi al
demonio junto a la ventana, iluminado por la luz de la luna. Una mueca
fantasmal le retorcía los labios mientras miraba hacia donde yo me
encontraba. Sí, me había seguido en mis viajes; se había detenido en los
bosques, se había escondido en las cuevas o se había refugiado en los vastos
páramos desiertos; y ahora venía a ver mis adelantos y exigía el
cumplimiento de mi promesa. Cuando lo miré, su rostro pareció expresar la
más inconcebible maldad y traición. Pensé con una sensación de locura en mi
promesa de crear otro ser como él y, temblando de ira, hice pedazos la cosa
en la que estaba trabajando. El monstruo me vio destruir la criatura en la cual
había fundado la felicidad de su futura existencia y, con un alarido de
diabólica desesperación y venganza, se alejó.
Salí de la habitación y, cerrando la puerta, me juré de todo corazón no
volver jamás a emprender aquellos trabajos; y luego, con pasos temblorosos,
busqué mi alcoba. Estaba solo. No había nadie cerca de para disipar la
tristeza y consolarme ante aquellas terribles pesadillas. Transcurrieron varias
horas, y permanecí junto a la ventana observando el mar. Casi estaba inmóvil,
porque los vientos guardaban silencio, y toda la naturaleza descansaba bajo la
mirada de la luna callada. Solo algunos barcos de pesca moteaban el agua, y
aquí y allá una dulce brisa traía los ecos de las voces cuando los pescadores
se llamaban unos a otros. Sentía el silencio, aunque apenas era consciente de
su asombrosa profundidad, hasta que de repente llegó a mis oídos el chapoteo
de unos remos cerca de la orilla, y una persona saltó a tierra cerca de mi casa.
Pocos minutos después el chirrido de mi puerta, como si alguien estuviera
intentando abrirla muy despacio. Estaba temblando de la cabeza a los pies.
Tuve el presentimiento de quién podía ser y pensé en avisar a alguno de los
campesinos que vivían en una casa no muy lejos de la mía. Pero me
encontraba aturdido por esa sensación de impotencia que tan a menudo se
vive en las pesadillas, cuando uno trata en vano de huir de un peligro
inminente y le resulta imposible moverse. Entonces el sonido de unas
pisadas en el pasillo, la puerta se abrió y el engendro al que tanto temía
apareció. Cerrando la puerta, se aproximó a mí y dijo con una voz ahogada:
—Has destruido la obra que comenzaste… ¿qué es lo que pretendes? ¿Te
atreves a romper tu promesa? He soportado calamidades y miserias.
Abandoné Suiza detrás de ti; me arrastré a lo largo de las orillas del Rin, entre
sus pequeños islotes y por las cumbres de sus colinas. He vivido durante
muchos meses en los páramos de Inglaterra y en los solitarios bosques de
Escocia. He soportado un cansancio que no puedes imaginar, y frío y hambre.
¿Y te atreves a destruir mis esperanzas?
—¡Apártate de mí! —contesté—. ¡Rompo mi promesa! ¡Nunca crearé
otro ser como tú, igual de deforme e igual de criminal!
—Esclavo… —dijo el engendro—, ya intenté razonar contigo una vez,
pero has demostrado ser indigno de mi condescendencia. Recuerda que yo
tengo el poder; crees que eres miserable, pero yo puedo hacerte tan
desgraciado que incluso la luz del día podría resultarte odiosa. eres mi
creador, pero yo soy tu dueño: ¡obedéceme!
—Monstruo… —dije—, la hora de mi debilidad ha pasado, y el tiempo de
tu poder ha concluido. Tus amenazas no pueden obligarme a cometer un acto
de maldad, sino que me confirman en la decisión de no crear para ti una
compañera en el crimen. ¿O es que debo, a sangre fría, arrojar al mundo otro
demonio cuyo único placer consiste en sembrar muerte y destrucción? ¡Vete!
¡No cambiaré de opinión, y tus palabras solo conseguirán aumentar mi furia!
El monstruo vio la determinación en mi rostro e hizo rechinar los dientes
en la impotencia de su ira.
—Cada hombre tiene su mujer, y cada animal tiene una compañera… ¿y
yo tendré que estar solo? —gritó—. Tenía sentimientos de cariño, y todo lo
que me devolvieron fue desprecio. Hombre: puedes odiarme, ¡pero ten
cuidado! Tus horas transcurrirán entre el terror y el dolor, y muy pronto caerá
sobre ti el rayo que te arrebatará la felicidad para siempre. ¿O es que piensas
que vas a ser feliz mientras yo me arrastro en mi insoportable sufrimiento?
puedes negarme todos mis deseos, pero la venganza permanecerá… la
venganza, más amada que la luz o los alimentos. Y puedo morir, pero antes
tú, mi tirano y mi verdugo, maldecirás el sol que verá tu miseria. ¡Ten
cuidado, porque no tengo miedo y, por tanto, soy poderoso! Estaré
observando, con la astucia de una serpiente, para morderte e inocularte el
veneno. ¡Hombre: te arrepentirás del daño que infliges!
—¡Maldito demonio! —grité—. ¡Cállate, y no emponzoñes el aire con tus
malvadas amenazas! ¡Ya te he dicho cuál es mi decisión, y no soy ningún
cobarde para asustarme por unas palabras! ¡Déjame! ¡Está decidido!
—Muy bien —dijo—. Me iré. Pero recuerda: ¡estaré contigo en tu noche
de bodas!
CAPÍTULO 13
Avancé decidido hacia él y grité:
—¡Miserable! ¡Antes de que firmes mi sentencia de muerte, asegúrate de
que tú mismo estás vivo!
Lo habría atrapado, pero me esquivó, y abandonó la casa
precipitadamente… unos instantes después lo vi subir a una barca, que cruzó
las aguas con la suavidad de una saeta y pronto se perdió en medio de las
olas.
Todo volvió a quedar en silencio; pero sus palabras resonaban en mis
oídos. Ardía en deseos furiosos de perseguir al asesino de mi tranquilidad y
hundirlo en el océano. Caminé arriba y abajo en mi habitación, nervioso y
conmocionado; mi imaginación conjuraba ante miles de imágenes que
solo conseguían atormentarme y zaherirme. ¿Por qué no lo había perseguido
y había entablado con él una lucha a muerte? Bien al contrario, le había
permitido escapar, y había dirigido sus pasos hacia tierra firme. Un escalofrío
me recorrió el cuerpo cuando imaginé quién podría ser la siguiente víctima
sacrificada a su insaciable venganza. Y entonces volví a pensar en sus
palabras: «¡Estaré contigo en tu noche de bodas!» Así pues… ese era el plazo
fijado para el cumplimiento de mi destino. En aquel momento, moriría y por
fin aquel monstruo podría satisfacer y aplacar su maldad. Aquella perspectiva
no me infundió temor; sin embargo, cuando pensé en mi amada Elizabeth…
en sus lágrimas y en su infinita pena cuando comprobara que se le había
arrebatado a su amante de un modo tan cruel… las lágrimas, las primeras que
había derramado en muchos meses, anegaron mis ojos, y decidí no caer ante
mi enemigo sin entablar una batalla feroz.
La noche pasó, y el sol asomó tras el océano. Mis sentimientos se
calmaron, si puede llamarse calma a ese estado en que la furia violenta se
hunde en las profundidades de la desesperación. Abandoné la casa, el
espantoso escenario de la lucha de la noche anterior, y caminé por la playa
junto al mar, y lo miré casi como la insuperable barrera que me separaba de
mis semejantes. Más aún, cruzó mi mente el deseo de que semejante hecho se
hiciera realidad; deseé poder pasar la vida en aquella roca yerma;
desalentador, es cierto, pero al menos viviría ajeno a cualquier golpe fortuito
de la desdicha. Si regresaba, era para ser sacrificado… o para ver morir a
aquellos que más quería bajo la garra de un demonio que yo mismo había
creado. Vagué por la isla como un alma en pena, lejos de todo lo que amaba y
amargado por tal separación. A mediodía, cuando el sol ya estaba muy alto,
me tumbé en la hierba y me venció un profundo sueño. Había estado
despierto toda la noche anterior: tenía los nervios destrozados y los ojos
inflamados por la vigilia y el dolor. El sueño en que me sumí me hizo bien; y
cuando me desperté, sentí como si de nuevo perteneciera a la especie de los
seres humanos, y comencé a reflexionar con más serenidad sobre lo que había
ocurrido. Sin embargo, las palabras de aquel ser diabólico continuaban
resonando en mis oídos, como una campana que tocara a muerto; aquellas
palabras aparecían como un sueño, aunque claras y apremiantes como la
realidad.
El sol estaba ya muy bajo, y yo aún permanecía sentado en la orilla,
saciando mi apetito, que se había tornado voraz, con una galleta de avena,
cuando vi que un barco de pescadores tocaba tierra cerca de donde yo me
encontraba, y uno de los hombres me trajo un paquete; traía cartas de
Ginebra, y otra de Clerval, instándome a reunirme con él. Me decía que ya
había transcurrido casi un año desde que salimos de Suiza y aún no habíamos
visitado Francia. Así pues, me pedía que abandonara mi isla solitaria y me
reuniera con él en Perth al cabo de una semana, y entonces podríamos planear
nuestros siguientes pasos. Aquella carta me devolvió de nuevo a la vida y
decidí abandonar mi isla al cabo de dos días.
Sin embargo, antes de partir había una tarea que tenía que llevar a cabo, y
en la cual me daba escalofríos pensar: debía embalar mi instrumental
químico; y con ese propósito debía volver a entrar en la habitación que había
sido el escenario de mi odioso trabajo; y debía manipular los utensilios,
cuando la sola visión de los mismos me ponía enfermo. Al día siguiente, al
amanecer, reuní el valor suficiente y abrí la puerta del taller. Los restos de la
criatura a medio terminar, que yo había destruido, yacían dispersos por el
suelo, y casi sentí como si hubiera destrozado la carne viva de un ser
humano. Me detuve un instante para recobrarme y luego entré en la sala. Con
manos temblorosas, fui sacando los aparatos fuera de la habitación; pero
pensé que no debía dejar los restos de mi obra allí, porque aquello
horrorizaría y haría sospechar a los campesinos, así que lo puse todo en una
cesta, junto a una buena cantidad de piedras y, apartándola a un lado, decidí
arrojarla al mar aquella misma noche; y, mientras tanto, volví a la playa y
estuve limpiando y ordenando mi instrumental químico.
Nada podía ser más absoluto que el cambio que había tenido lugar en mis
sentimientos desde la noche en que apareció el demonio. Antes había
considerado mi promesa con una sombría desesperación, como algo que
debía cumplirse, cualesquiera que fueran las consecuencias; pero ahora me
sentía como si me hubieran quitado una venda de los ojos y, por vez primera,
pudiera ver con claridad. La idea de volver a mi trabajo ni siquiera se me
pasó un instante por la cabeza. La amenaza que había escuchado pesaba en
mis pensamientos, pero no creía que pudiera hacer nada para apartarla de mi
cabeza. Había decidido conscientemente que crear otro ser diabólico como
aquel que ya había hecho sería un acto del más vil y atroz egoísmo, y aparté
de mi mente cualquier pensamiento que pudiera conducirme a una conclusión
diferente.
Entre las dos y las tres de la madrugada salió la luna, y entonces,
colocando la cesta en el interior de un pequeño bote de vela, me adentré unas
cuatro millas en el mar. El lugar estaba absolutamente solitario; solo algunas
barcas regresaban a tierra, pero yo procuré alejarme de ellas. Me sentía como
si fuera a cometer algún espantoso crimen y, con temblorosa ansiedad, evité
cualquier encuentro con mis semejantes. Entonces, la luna, que hasta
entonces había estado clara, se cubrió repentinamente con una espesa nube, y
aproveché el momento de oscuridad para arrojar la cesta al mar. Escuché el
burbujeo mientras se hundía y luego me aparté de aquel lugar. El cielo se
había nublado; pero el aire era puro, aunque venía helado por la brisa del
noreste que se estaba levantando. Pero me reanimó y me imbuyó de
sensaciones tan agradables que decidí prolongar mi estancia en el agua y,
fijando el timón, me tumbé en el fondo de la barca. Las nubes ocultaron la
luna, todo estaba oscuro, y solo podía oír el sonido del barco cuando la quilla
cortaba las olas. Aquel sonido me arrullaba y poco después me quedé
profundamente dormido.
Yo no cuánto tiempo permanecí en esa situación, pero cuando me
desperté, descubrí que el sol ya estaba muy alto. Se había desatado un fuerte
viento y las olas constantemente amenazaban la seguridad de mi pequeño
bote. Comprobé que el viento era del noreste y que debía de haberme alejado
bastante de la costa en la que había embarcado. Intenté variar el rumbo, pero
de inmediato supe que si volvía a intentarlo de nuevo, el barco se llenaría de
agua al momento. En semejante situación, mi única solución era navegar a
favor del viento. Confieso que sentí un poco de miedo. No llevaba brújula y
estaba muy poco familiarizado con la geografía de aquella parte del mundo,
así que el sol era lo único que podía ayudarme. El viento podría arrastrarme
al Atlántico abierto y sucumbir a todas las penalidades de la inanición… o
podrían tragarme las aguas insondables que rugían y se levantaban
amenazantes a mi alrededor. Ya llevaba muchas horas en el bote y
comenzaba a sentir las punzadas de una sed ardiente… un preludio de
mayores sufrimientos. Miré a los cielos, que aparecían cubiertos con nubes
que volaban con el viento solo para ser reemplazadas por otras. Observé el
mar. Iba a ser mi tumba.
—¡Maldito demonio! —exclamé—. ¡Tu deseo se ha cumplido!
Pensé en Elizabeth, en mi padre, y en Clerval… y me sumí en una
ensoñación tan desesperada y aterradora que incluso ahora, cuando el mundo
está a punto de cerrarse ante mí para siempre, tiemblo al recordarla.
Así transcurrieron algunas horas. Pero poco a poco, a medida que el sol
iba descendiendo hacia el horizonte, el viento se fue transformando en una
ligera brisa, y el mar se vio libre de grandes olas; pero aquello dio paso a una
fuerte marejada; me sentí enfermo y apenas capaz de sostener el timón,
cuando de repente vi el perfil de tierra firme hacia el sur. Casi agotado por el
cansancio y el sufrimiento, aquella repentina esperanza de vivir me embargó
el corazón como una cálida alegría, y mis ojos derramaron abundantes
lágrimas. ¡Qué mudables son nuestros sentimientos, y cuán extraño es ese
apego tenaz que tenemos a la vida incluso cuando estamos sufriendo
horriblemente! Preparé otra vela con parte de mi indumentaria e intenté poner
rumbo a tierra con ansiedad. La orilla tenía un aspecto rocoso, pero a medida
que me fui aproximando más, vi claramente señales de cultivos. Vi algunos
barcos cerca de la orilla y de repente me vi transportado de nuevo junto a la
civilización humana. Recorrí con inquietud las formas del terreno y descubrí
con alegría un campanario, el cual vi elevarse a lo lejos, tras un pequeño
promontorio. Como me encontraba en un estado de extrema debilidad
después de tanto esfuerzo, decidí dirigirme directamente hacia la ciudad,
porque sería el lugar donde podría procurarme algún alimento más
fácilmente. Por fortuna, llevaba dinero.
Al rodear el promontorio, descubrí un pequeño pueblecito, y un puerto en
el que entré, con el corazón rebosante de alegría ante mi inesperada
salvación.
Mientras yo estaba ocupado amarrando el barco y arriando las velas,
varias personas se congregaron en el lugar. Parecían muy sorprendidas ante
mi aparición, pero, en vez de ofrecerme su ayuda, susurraban y hacían gestos
que en cualquier otro momento podrían haberme producido una leve
sensación de alarma. Pero en tales circunstancias, simplemente observé que
hablaban inglés y, por tanto, me dirigí a ellos:
—Amigos míos —dije—, ¿serían tan amables de decirme cómo se llama
este pueblo… y dónde estoy?
—Pronto lo sabrá —contestó un hombre bruscamente—. Puede que haya
llegado a un lugar que al final no le guste mucho. Pero no le van a preguntar
dónde le apetece alojarse, se lo aseguro.
Yo estaba extraordinariamente sorprendido al recibir una respuesta tan
desapacible por parte de un extraño, y también me quedé perplejo al ver los
rostros ceñudos y enojados de las personas que lo acompañaban.
—¿Por qué me contesta con tanta brusquedad? —repliqué—. Desde
luego, no es costumbre de los ingleses recibir a los extranjeros de un modo
tan poco amistoso.
—No sé cuáles son las costumbres de los ingleses —dijo aquel hombre—,
pero la costumbre de los irlandeses es detestar a los criminales.
Mientras se desarrollaba aquel extraño diálogo, me di cuenta de que
rápidamente aumentaba el número de personas congregadas. Sus rostros
expresaban una mezcla de curiosidad y enfado que me molestaba y en cierta
medida me asustaba. Pregunté por dónde se iba a la posada, pero nadie me
contestó. Entonces di un paso adelante, y un murmullo se elevó entre la gente
mientras me seguían y me rodeaban… y entonces un hombre de aspecto
desagradable, adelantándose, me dio unas palmadas en el hombro y me dijo:
—Vamos, señor, sígame a casa del señor Kirwin; tendrá que darle
explicaciones.
—¿Quién es el señor Kirwin? —dije—. ¿Y por qué tengo que darle
explicaciones? ¿Acaso no es este un país libre?
—Claro, señor —contestó el hombre—, lo suficientemente libre para la
gente honrada. El señor Kirwin es el magistrado, y usted debe dar cuenta de
la muerte de un caballero que apareció asesinado aquí la pasada noche.
Aquella respuesta me asombró, pero inmediatamente me recobré. Yo era
inocente, y podía probarlo fácilmente. Así pues, seguí a aquel hombre en
silencio y me condujo a una de las mejores casas del pueblo. Estaba a punto
de sucumbir al cansancio y al hambre; pero, estando rodeado por una
multitud, pensé que lo mejor sería hacer acopio de todas mis fuerzas, no fuera
que tomaran mi debilidad física como prueba de mi temor o mi culpabilidad.
Poco podía imaginar la calamidad que pocos instantes después se iba a abatir
sobre mí, ahogando en horror y desesperación todo temor a la ignominia y a
la muerte. Debo detenerme aquí, porque preciso toda mi fortaleza para traer a
mi memoria las horrorosas imágenes de los acontecimientos que voy a relatar
con todo detalle.
CAPÍTULO 14
Inmediatamente me condujeron ante el magistrado, un hombre anciano y
benévolo de gestos tranquilos y afables. De todos modos, me observó
detenidamente con cierta severidad; y luego, dirigiéndose a las personas que
me habían llevado hasta allí, preguntó quiénes habían sido testigos en aquella
ocasión. Alrededor de una docena de hombres dieron un paso al frente; y
cuando el magistrado señaló a uno, este dijo que había estado toda la noche
anterior pescando con su hijo y su cuñado, Daniel Nugent, y que entonces,
hacia las nueve de la noche, vieron que se levantaba una fuerte marejada del
norte, y que, por tanto, pusieron rumbo a puerto. Era una noche muy oscura,
porque no había luna; no atracaron en el puerto, sino, como era su costumbre,
en una cala que se encontraba unas dos millas más abajo. Él se adelantó
llevando parte de los aparejos de pesca, y sus compañeros le seguían a cierta
distancia. Mientras iba caminando por la arena, tropezó con algo y cayó en
tierra todo lo largo que era; sus compañeros fueron a ayudarle y a la luz de
los faroles descubrieron que se había caído sobre el cuerpo de un hombre
que, según todas las apariencias, estaba muerto.
Su primera suposición fue que se trataba del cadáver de alguna persona
que se había ahogado y que había sido arrojado a la orilla por las olas. Pero,
después de examinarlo, descubrieron que las ropas no estaban mojadas y que
el cuerpo ni siquiera estaba frío todavía. Enseguida lo llevaron a casa de una
anciana que vivía cerca del lugar e intentaron, en vano, devolverle la vida.
Parecía un joven apuesto, de unos veinte años de edad. Al parecer había sido
estrangulado, porque no había señales de violencia, excepto la marca negra
de unos dedos en su cuello.
La primera parte de aquella declaración no tenía el menor interés para mí;
pero cuando se mencionó la marca de los dedos, recordé el asesinato de mi
hermano y me puse muy nervioso; comencé a temblar y se me nubló la vista,
lo cual me obligó a apoyarme en una silla para sostenerme; el magistrado me
observó con mirada penetrante y, desde luego, extrajo una impresión
desfavorable de mi comportamiento.
El hijo confirmó el relato del padre. Pero cuando se le preguntó a Daniel
Nugent, este juró con toda seguridad que, justo antes de que se cayera su
compañero, vio un barco con un hombre solo en él, a corta distancia de la
orilla; y, por lo que pudo ver a la luz de las estrellas, era el mismo barco en el
que yo había llegado a tierra.
Una mujer declaró que vivía cerca de la playa y que estaba a la puerta de
su casa esperando el regreso de los pescadores; alrededor de una hora antes
de que supiera del descubrimiento del cuerpo, vio un barco, con un hombre
solo, que se alejaba de la parte de la costa donde posteriormente se había
encontrado el cadáver.
Otra mujer confirmó el relato según el cual era cierto que los pescadores
habían llevado el cuerpo a su casa. No estaba frío, y lo pusieron en una cama
y le dieron friegas, y Daniel fue al pueblo a buscar al boticario, pero el joven
ya estaba sin vida.
Se preguntó a otros hombres a propósito de mi llegada, y todos estuvieron
de acuerdo en que, con el fuerte viento del norte que se había levantado
durante la noche, era muy probable que yo hubiera estado zozobrando
durante muchas horas y, finalmente, me hubiera visto obligado a regresar al
mismo punto del que había salido. Además, señalaron que parecía como si yo
hubiera traído el cadáver de otro lugar; y era muy probable que, como al
parecer no conocía la costa, pudiera haber entrado en el puerto sin saber la
distancia que había desde el pueblo de *** hasta el lugar donde había
abandonado el cadáver.
El señor Kirwin, al oír aquella declaración, ordenó que me llevaran a la
sala donde habían depositado el cuerpo provisionalmente, para que pudiera
observarse qué efecto me causaba la visión del mismo. Probablemente el gran
nerviosismo que yo había mostrado cuando se había descrito cómo se había
cometido el asesinato fue la razón por la que se propuso semejante
procedimiento. Así pues, el magistrado y algunas personas más me
condujeron a la posada. No pude evitar sorprenderme ante las extrañas
coincidencias que habían tenido lugar durante aquella azarosa noche; pero
sabiendo que, a la hora en que se había hallado el cuerpo, yo había estado
hablando con varias personas en la isla en la que estaba viviendo, me
encontraba perfectamente tranquilo respecto a las consecuencias del caso.
Entré en la sala donde yacía el cadáver y me condujeron hasta el ataúd.
¿Cómo describir lo que sentí…? Aún me siento morir de horror, y no puedo
siquiera pensar en aquel terrible momento sin sentir escalofríos y una horrible
angustia que solo ligeramente me recuerda los espantosos tormentos que sufrí
cuando lo reconocí. El juicio, la presencia del magistrado y los testigos
pasaron como un sueño por mi mente cuando vi el cuerpo sin vida de Henry
Clerval tendido ante mí. Jadeé buscando aire; y, arrojándome sobre el cuerpo,
exclamé:
—Mi querido Henry… ¿también a ti te han arrebatado la vida mis
criminales maquinaciones? Ya he matado a dos personas; otras víctimas
esperan su turno. Pero tú… Clerval, mi amigo, mi buen amigo…
Mi cuerpo no pudo soportar durante más tiempo el agónico sufrimiento
que estaba soportando y me sacaron de la sala entre horribles convulsiones.
La fiebre vino después. Durante dos meses estuve al borde de la muerte.
Mis delirios, como supe después, eran espantosos. Me acusaba a mismo
de ser el asesino de William, de Justine y de Clerval. A veces les pedía a mis
cuidadores que me ayudaran a destruir al ser diabólico que me atormentaba;
y, en otras ocasiones, sentía cómo los dedos del monstruo se aferraban a mi
garganta y daba alaridos de angustia y terror. Afortunadamente, como yo
hablaba en mi lengua natal, solo el señor Kirwin pudo entenderme. Pero mis
gestos y mis alaridos de amargura fueron suficientes para aterrorizar a los
otros testigos.
¿Por qué no cedí a la muerte entonces? Era más desgraciado que ningún
hombre lo fue jamás; entonces, ¿por qué no me hundí en el silencio y en el
olvido? La muerte arrebata a muchos niños en la flor de la vida, las únicas
esperanzas de sus padres, que los adoran. ¡Cuántas novias y jóvenes amantes
han estado un día rebosantes de salud y esperanza y al siguiente eran ya
víctimas de los gusanos y de la putrefacción de la tumba! ¿De qué materia
estaba hecho yo para que pudiera resistir de aquel modo los golpes que, como
el constante girar de una rueda, continuamente renovaban mi tortura?
Pero yo estaba condenado a vivir y dos meses después me encontré como
si estuviera despertando de un sueño, en una prisión, tendido en un camastro
miserable y rodeado de rejas, candados, cerrojos, y todo el desdichado
aparato de una mazmorra. Fue una mañana, lo recuerdo, cuando me desperté
en aquel estado. Había olvidado los detalles de lo que había ocurrido y solo
me sentía como si una gran desgracia se hubiera abatido sobre mí. Pero
cuando miré a mi alrededor y vi las ventanas enrejadas y la estrechez de la
celda donde me encontraba, todo lo sucedido cruzó mi memoria y lloré
amargamente. Aquellos gemidos despertaron a una vieja que estaba
durmiendo en una silla, a mi lado. Era una cuidadora a sueldo, la mujer de
uno de los carceleros, y su aspecto reflejaba todas esas malas cualidades que
a menudo caracterizan a esa clase de personas. Su rostro era duro e
implacable, como el de las personas acostumbradas a contemplar el dolor sin
mostrar comprensión ninguna. Su voz expresaba una absoluta indiferencia.
Se dirigió a en inglés, y en sus palabras pude reconocer la voz que había
oído durante mi enfermedad.
—¿Ya está mejor, señor? —dijo.
Contesté en el mismo idioma, con una voz débil.
—Creo que sí; pero si todo esto es verdad, si no estoy en realidad
soñando, lamento estar aún vivo para seguir sintiendo este sufrimiento y este
horror.
—Si es por eso —replicó la vieja—, si lo dice usted por el caballero que
mató, creo que sería mejor que estuviera usted muerto, porque me parece a
que lo va a pasar muy mal. Lo van a colgar a usted cuando se celebren las
próximas sesiones judiciales en el pueblo; de todos modos, no es asunto mío.
Me han dicho que lo cuide y ya está usted bien. Cumplo con mi deber y tengo
la conciencia tranquila; mejor nos iría si todo el mundo hiciera lo mismo.
Le di la espalda con repugnancia a aquella mujer que podía hablarle de
aquel modo absolutamente insensible a una persona que se acababa de salvar,
habiendo estado al filo de la muerte; pero me sentí débil e incapaz de pensar
en todo lo que había acontecido. Todas las escenas de mi vida aparecían
como en un sueño. A veces dudaba y pensaba que tal vez todo aquello no era
verdad, porque los hechos nunca adquirían en mi mente toda la fuerza de la
realidad.
A medida que las imágenes que flotaban ante se fueron haciendo más
nítidas, me subió la fiebre; la oscuridad se ciñó en torno a mí; no tenía a nadie
cerca para consolarme con la voz amable del cariño; ninguna mano querida
me confortaba. Vino el médico y me prescribió algunas medicinas, y la vieja
me las preparó; pero se dejaba ver perfectamente una absoluta indiferencia en
el primero, y una mueca de crueldad parecía firmemente impresa en el gesto
de la segunda. ¿Quién podría estar interesado en el destino de un asesino,
sino el verdugo que se iba a ganar el sueldo?
Aquellos fueron mis primeros pensamientos, pero pronto supe que el
señor Kirwin me había dispensado una gran amabilidad. Había ordenado que
prepararan para mí la mejor celda de la prisión (en efecto, era miserable, pero
era la mejor), y había sido él quien había procurado el médico y las personas
que me atendieron. Es verdad que apenas vino a verme, porque, aunque
deseaba ardientemente aliviar los sufrimientos de cualquier ser humano, no
deseaba presenciar las agonías y los espantosos delirios de un asesino. Así
pues, vino algunas veces para comprobar que no estaba desatendido, pero sus
visitas fueron cortas y muy de vez en cuando.
Un día, cuando ya me iba restableciendo poco a poco, me sentaron en una
silla, con los ojos medio abiertos y con las mejillas lívidas como las de un
muerto. Me encontraba abrumado por la tristeza y el dolor, y a menudo
pensaba si no debía buscar la muerte en vez de esperar allí, miserablemente
encerrado, solo a que me soltaran en un mundo atestado de desgracias. En
alguna ocasión consideré si no debería declararme culpable y sufrir el castigo
de la ley, el cual, arrebatándome la vida, me proporcionaría el único consuelo
que era capaz de admitir. Tales eran mis pensamientos, cuando se abrió la
puerta de la celda y entró el señor Kirwin. Su rostro dejaba entrever
comprensión y amabilidad: acercó una silla a la mía y se dirigió a en
francés.
—Me temo que este lugar no le hace mucho bien. ¿Puedo hacer algo para
que se encuentre mejor?
—Gracias —contesté—, pero ya nada importa; no hay nada en el mundo
que pueda conseguir que me encuentre mejor.
—Ya sé que la comprensión de un extraño no es de mucha ayuda para una
persona como usted, abatido por una tragedia tan extraña… Pero espero que
pronto abandone este desgraciado lugar… porque, sin duda, se podrán
encontrar fácilmente pruebas que permitan liberarlo de los cargos criminales
que se le imputan…
—Eso es lo último que me preocupa… Debido a una sucesión de extraños
acontecimientos, me he convertido en el más desgraciado de los mortales.
Perseguido y atormentado como estoy, y como he estado… ¿puede la muerte
hacerme algún daño?
—En efecto, nada puede ser más desagradable y triste que las extrañas
circunstancias que han ocurrido últimamente. Por alguna sorprendente
casualidad, usted fue arrojado a nuestras playas, bien conocidas por su
hospitalidad. Fue apresado inmediatamente y acusado de asesinato, y lo
primero que se le presentó a sus ojos fue el cuerpo de su amigo asesinado de
ese modo atroz, y que algún malvado colocó, como si dijéramos… en su
camino.
Mientras el señor Kirwin decía esto, a pesar de la agitación que sufría con
el relato de mis sufrimientos, también me sorprendió considerablemente el
conocimiento que parecía tener respecto a mí. Imagino que mi rostro no dejó
de mostrar cierto asombro, porque el señor Kirwin se apresuró a decir:
—No fue hasta un día o dos después de su enfermedad cuando pensé que
debía examinar sus ropas, para descubrir alguna pista que me permitiera
enviar a sus familiares una nota en la que explicara su desgracia y su
enfermedad. Encontré varias cartas, entre otras, una que, por su
encabezamiento, enseguida comprendí que sería de su padre. Inmediatamente
le escribí a Ginebra. Han pasado casi dos meses desde que envié la carta.
Pero… está usted enfermo… está usted temblando… Parece usted
indispuesto para tolerar cualquier emoción…
—No saber lo que ha ocurrido es mil veces peor que el acontecimiento
más horrible. Dígame qué nueva escena de muerte ha tenido lugar y a qué
muerto debo llorar.
—Su familia se encuentra toda perfectamente bien —dijo el señor Kirwin
con amabilidad—, y alguno, alguien que le quiere, va a venir a visitarle.
No qué asociación de ideas se produjo en mi mente, pero
instantáneamente se me pasó por la cabeza que el monstruo había venido a
burlarse de mi desgracia y a reírse de por la muerte de Clerval, como una
nueva forma de instigarme a cumplir sus diabólicos deseos. Me cubrí los ojos
con las manos y grité de angustia…
—¡Oh, lléveselo…! ¡No puedo verlo! ¡Por el amor de Dios, no le deje
entrar…!
El señor Kirwin me miró con gesto contrariado. No pudo evitar pensar
que mi exclamación podía entenderse como una confirmación de mi
culpabilidad, y dijo en un tono bastante severo:
—Hubiera creído, joven, que la presencia de su padre sería bienvenida, en
vez de producirle una aversión tan violenta.
—Mi padre… —dije, mientras cada rasgo y cada músculo de mi cuerpo
pasaba de la angustia a la alegría—. ¿De verdad ha venido mi padre? ¡Mi
buen padre, mi buen padre…! Pero… ¿dónde está? ¿Por qué no se apresura a
venir…?
El cambio de mi comportamiento sorprendió y agradó al magistrado;
quizá pensó que mi anterior exclamación era una momentánea recaída en el
delirio. Y entonces, inmediatamente, volvió a su antigua benevolencia. Se
levantó y abandonó la celda con la enfermera, y un instante después, entró mi
padre.
En aquel momento, nada podría haberme alegrado tanto como la
presencia de mi padre. Le tendí y le estreché la mano y exclamé:
—Entonces… ¿estás bien…? ¿Y Elizabeth…? ¿Y Ernest?
Mi padre me tranquilizó, asegurándome que todos estaban bien y
diciéndome que no le había dicho a mi prima que yo estaba encarcelado;
simplemente le había mencionado que estaba enfermo.
—¡En qué lugar estás, hijo mío…! —añadió, observando lúgubremente
las ventanas enrejadas y el miserable aspecto de la celda—. Viajabas para
buscar la felicidad, pero la fatalidad parece perseguirte a ti… y al pobre
Clerval.
El nombre de mi desafortunado amigo asesinado me causó una agitación
demasiado grande como para que mi debilidad pudiera soportarlo. Prorrumpí
en llanto.
—Dios mío… sí, padre mío —dije—, algún espantoso destino pende
sobre mí, y al parecer debo vivir para cumplirlo; de otro modo, habría muerto
sobre el ataúd de Henry.
CAPÍTULO 15
No se nos permitió conversar durante mucho tiempo, dado que el precario
estado de mi salud exigía tomar todas las precauciones necesarias que
pudieran asegurar mi tranquilidad. El señor Kirwin entró e insistió en que mis
fuerzas no deberían agotarse en demasiadas emociones. Pero la presencia de
mi padre era para como la de un ángel bueno, y poco a poco recobré la
salud. A medida que la enfermedad me abandonaba, me iba invadiendo una
melancolía negra y lúgubre que nada podía disipar. Siempre tenía delante la
imagen fantasmal de Clerval asesinado. En más de una ocasión, el
nerviosismo al que me conducían aquellos recuerdos hizo temer a mis amigos
que podría sufrir una peligrosa recaída.
¡Dios mío! ¿Por qué se empeñaron en conservar una vida tan mísera y
detestable? Fue seguramente para que yo pudiera cumplir mi destino, del cual
estoy ya tan cerca. Pronto, oh, muy pronto, la muerte acallará estos latidos de
mi corazón y me liberará de esta pesada carga de angustia que me hunde en el
cieno; y, cuando se haya ejecutado la sentencia de la justicia, yo también
podré entregarme al descanso. En aquel entonces la presencia de la muerte
aún me resultaba distante, aunque el deseo de morir siempre estaba presente
en mis pensamientos; y a menudo permanecía durante horas enteras sin
moverme y sin hablar, deseando que alguna descomunal catástrofe pudiera
acabar conmigo y, en semejante destrucción, arrastrara también a la causa de
mis desdichas.
Las sesiones judiciales de la región se aproximaban. Ya llevaba tres
meses en prisión; y, aunque aún estaba débil y corría un permanente peligro
de recaída, me obligaron a viajar casi cien millas hasta la capital del condado,
donde tenía la sede el tribunal. El señor Kirwin se encargó de reunir con
mucho cuidado a todos los testigos y organizar mi defensa. Me evitaron la
vergüenza de aparecer públicamente como un criminal, puesto que el caso no
se presentó ante el tribunal que decide la pena de muerte. El gran jurado
rechazó la acusación pues quedó probado que yo me encontraba en las islas
Orcadas a la hora en que se descubrió el cuerpo de mi amigo. Y solo quince
días después de mi traslado, me sacaron de prisión. Mi padre se emocionó
mucho al verme absuelto de los humillantes cargos de asesinato y al
comprobar que nuevamente se me permitía respirar el aire puro y regresar a
mi país natal. Yo no compartía aquellos sentimientos, porque para los
muros de una mazmorra o los de un palacio eran igualmente odiosos. El cáliz
de la vida estaba envenenado para siempre; y aunque el sol brillaba sobre mí,
y sobre aquellos de corazón alegre y feliz, yo no veía a mi alrededor más que
una densa y aterradora oscuridad que ningún resplandor podía penetrar, salvo
la luz de dos ojos clavados sobre mí… A veces eran los alegres ojos de
Henry, languideciendo en la muerte, con las negras pupilas casi cubiertas por
los párpados y las largas pestañas que los ribeteaban. En otras ocasiones eran
los ojos turbios y acuosos del monstruo, tal y como lo vi por vez primera en
mis aposentos de Ingolstadt.
Mi padre intentó despertar en sentimientos de afecto. Hablaba de
Ginebra, a la que pronto volveríamos… de Elizabeth, de Ernest. Pero sus
palabras solo conseguían arrancarme profundos suspiros. Algunas veces, en
realidad, tenía deseos de ser feliz, de volver junto a mi adorada prima y
regresar al lago azul que me había sido tan querido desde mis primeros años;
pero el estado habitual de mis emociones era la apatía, para la cual una
prisión es lo mismo que un palacio en el paisaje más hermoso que pueda
pintar la naturaleza; y semejante estado a menudo se veía interrumpido por
ataques de angustia y desesperación. En esos momentos, a menudo intenté
poner fin a la existencia que detestaba, y ello hizo precisas una constante
atención y vigilancia, para impedir que cometiera algún horrible acto de
violencia. Recuerdo que, cuando me sacaron de la prisión, a un hombre
decir: «Puede que sea inocente de asesinato, pero lo que es seguro es que
tiene mala conciencia.»
Aquellas palabras me conmocionaron. ¡Mala conciencia! Sí, con toda
seguridad: tenía mala conciencia.
William, Justine y Clerval habían muerto debido a mis infernales
maquinaciones.
—¿Y qué muerte pondrá fin a esta tragedia? —clamaba—. ¡Ah, padre…!
¡Salgamos de este maldito país! ¡Llévame donde pueda olvidarme de
mismo, donde pueda olvidar mi existencia y a todo el mundo…!
Mi padre de inmediato accedió a mis deseos; y, después de habernos
despedido del señor Kirwin, nos encaminamos rápidamente a Dublín. Cuando
el carguero partió de Irlanda con viento favorable y abandoné para siempre
aquel país que había sido para el escenario de tanto dolor, me sentí como
si me hubieran quitado de encima una pesada carga. Era medianoche, mi
padre dormía abajo, en el camarote, y yo permanecía en cubierta mirando las
estrellas y escuchando el rumor de las olas. Agradecí la presencia de aquella
oscuridad que apartaba a Irlanda de mi vista, y mi pulso latió con febril
alegría cuando pensé que pronto volvería a ver Ginebra. El pasado me
pareció entonces una espantosa pesadilla; sin embargo, el barco en el que me
encontraba, el viento que soplaba desde las odiosas costas de Irlanda y el mar
que me rodeaba me aseguraban, ciertamente, que no había sufrido visiones
engañosas y que Clerval, mi amigo y mi más querido compañero, había
muerto, víctima de mis actos y del monstruo que yo había creado.
Hice memoria de toda mi vida: la apacible felicidad cuando vivía con mi
familia en Ginebra, la muerte de mi madre, y mi partida hacia Ingolstadt.
Recordé con un escalofrío el enloquecido entusiasmo que me había
impulsado a la creación de mi odioso enemigo, y traje a mi mente la noche en
la cual recibió la vida. Fui incapaz de seguir el hilo de mis razonamientos.
Mil emociones me embargaron, y rompí a llorar amargamente.
Desde que me recuperé de las fiebres, había adquirido la costumbre de
tomar todas las noches una pequeña cantidad de láudano, porque solo gracias
a esta droga era capaz de descansar lo suficiente para seguir viviendo.
Angustiado por el recuerdo de mis desgracias, tomé una dosis doble y pronto
caí dormido profundamente. Pero, Dios mío, el sueño no consiguió liberarme
de la memoria y del dolor; mis sueños se poblaban de mil cosas que me
aterrorizaban. Hacia el amanecer tuve una especie de pesadilla. Sentí la garra
de aquel demonio aferrada a mi garganta y no podía librarme de ella. Gritos y
lamentos resonaban en mis oídos. Mi padre, que siempre me vigilaba,
notando mi inquietud, me despertó y señaló el puerto de Holyhead, en el cual
ya estábamos entrando.
Habíamos decidido no ir a Londres, sino cruzar el país hacia
Portsmouth… y desde allí, embarcar hacia Le Havre. Yo prefería este plan,
principalmente, porque temía ver de nuevo aquellos lugares en los que había
disfrutado de unos breves días de sosiego con mi querido Clerval. Y pensaba
con horror en la posibilidad de ver a aquellas personas que habíamos
conocido juntos y que, sin duda, harían preguntas respecto a un suceso cuyo
simple recuerdo me hacía sentir de nuevo todo lo que había sufrido cuando vi
su cuerpo inerme.
Por lo que a mi padre se refiere, sus deseos y todos sus esfuerzos se
destinaban a verme de nuevo restablecido tanto en la salud como en la paz de
espíritu. Aunque su cariño y sus atenciones eran constantes, mi dolor y mi
tristeza eran pertinaces, pero él nunca desesperaba. En ocasiones pensaba que
yo me sentía profundamente avergonzado por haberme visto obligado a
responder de una acusación de asesinato, e intentaba demostrarme la
inutilidad del orgullo.
—¡Ay, padre…! —le dije—. ¡Qué poco me conoces…! Los seres
humanos, sus sentimientos y sus pasiones, se avergonzarían efectivamente si
un desgraciado como yo pudiera sentir orgullo. Justine, la pobre e infeliz
Justine, era tan inocente como yo, y fue acusada por lo mismo… murió por
ello. Y yo fui el culpable… yo la maté. William, Justine y Henry… los tres
murieron por mi culpa.
Mi padre me había oído a menudo hacer la misma afirmación durante mi
encarcelamiento. Cuando me acusaba de aquel modo, a veces parecía desear
que le diera una explicación; y en otras ocasiones probablemente consideraba
que era consecuencia de mi delirio, y que durante mi enfermedad alguna idea
de ese tipo se había grabado en mi imaginación, y que el recuerdo de la
misma aún permanecía vivo en la convalecencia. Yo evité dar una
explicación; mantuve un permanente silencio respecto al engendro que había
creado. Tenía la sensación de que me tomarían por loco, y esto encadenó para
siempre mi lengua, cuando en realidad habría dado un mundo por poder
confesar aquel secreto fatal. En una de esas ocasiones, mi padre me dijo con
una expresión de indecible sorpresa:
—¿Qué quieres decir, Victor? ¿Estás loco…? Querido hijo, te ruego que
no vuelvas a decir esas cosas tan raras…
—¡No estoy loco! —grité con furia—. ¡El sol y los cielos que me han
visto actuar pueden atestiguar que digo la verdad! Yo fui el asesino de esas
víctimas absolutamente inocentes… ¡Y murieron por mis maquinaciones!
Mil veces habría derramado mi propia sangre, gota a gota, por haber salvado
sus vidas. Pero no podía… padre, de verdad, no podía sacrificar a toda la raza
humana…
La conclusión de aquella conversación persuadió a mi padre de que estaba
trastornado; así que cambió inmediatamente de conversación para intentar
alterar el hilo de mis pensamientos. Deseaba, en la medida de lo posible,
borrar de mi memoria las escenas acaecidas en Irlanda y jamás volvió a aludir
a ellas ni me permitió hablar de mis desgracias. A medida que fue
transcurriendo el tiempo, me fui tranquilizando; el dolor moraba en mi
corazón, pero ya no volví a hablar de aquel modo incoherente respecto a mis
crímenes; era suficiente para tener conciencia de ellos. Con una
insoportable represión, dominé la voz imperiosa de la desdicha, que a veces
deseaba mostrarse al mundo entero, y mi comportamiento se tornó más
tranquilo y más contenido que antes, como lo era antes de mi excursión al
mar de hielo. Incluso mi padre, que me vigilaba como el pájaro a su polluelo,
estaba engañado y pensaba que la negra melancolía que me había angustiado
se estaba alejando para siempre, y que mi país natal y la compañía de mis
seres queridos me restablecería por completo y me devolvería la salud y mi
antigua alegría.
Llegamos a Le Havre el 8 de mayo e inmediatamente viajamos a París,
donde mi padre tenía que resolver algunos asuntos que nos detuvieron allí
algunas semanas. En esa ciudad recibí la siguiente carta de Elizabeth.
PARA VICTOR FRANKENSTEIN
Ginebra, 18 de mayo de 17**
Mi queridísimo amigo:
Me dio muchísima alegría recibir una carta de mi tío fechada en París. Ya
no te encuentras a una distancia tan enorme, y puedo confiar en verte antes de
quince días. ¡Mi pobre primo! ¡Cuánto debes de haber sufrido! Me temo que
te voy a encontrar incluso más enfermo que cuando partiste de Ginebra.
Hemos pasado un invierno terrible; pero, aunque la felicidad no brilla en
nuestra mirada desde hace muchos meses, espero ver sosiego en tu semblante
y comprobar que tu corazón no se encuentra completamente privado de paz y
tranquilidad.
Sin embargo, temo que persistan los mismos sentimientos que te hacían
tan desgraciado hace un año, y que incluso hayan aumentado con el tiempo.
No querría importunarte en estos momentos, cuando tantas desdichas te
oprimen, pero una conversación que tuve con mi tío antes de su partida me
obliga a darte una explicación necesaria antes de que nos encontremos.
«¿Una explicación?», probablemente te dirás, «¿qué puede tener que
explicar Elizabeth?». Si de verdad piensas eso, mis preguntas ya se han
respondido, y no tengo más que hacer que firmar con un «Tu prima que te
quiere». Pero estamos muy lejos, y es posible que temas y, sin embargo,
agradezcas esta explicación; y, teniendo en cuenta la posibilidad de que tal
sea el caso, no me atrevo a posponer más lo que, durante tu ausencia, he
deseado comentarte muy a menudo y para lo cual nunca he reunido el
suficiente valor.
sabes bien, Victor, que mis tíos siempre pensaron en nuestra unión,
incluso desde nuestra infancia. Así se nos dijo cuando éramos jóvenes y nos
enseñaron a considerar ese futuro como un acontecimiento que sin duda
tendría lugar. Fuimos cariñosos compañeros de juegos durante nuestra niñez
y, creo, buenos y sinceros amigos cuando crecimos. Pero del mismo modo
que un hermano y una hermana mantienen una cariñosa relación sin desear
una unión más íntima, ¿no puede ser este también nuestro caso? Dime,
querido Victor… Contéstame, y te lo pido por nuestra felicidad mutua, con
una sencilla verdad: ¿amas a otra?
Has viajado; has pasado varios años de tu vida en Ingolstadt; y te
confieso, amigo mío, que cuando te vi tan triste el otoño pasado, huyendo del
contacto con la gente y buscando solo la soledad y la tristeza, no pude evitar
suponer que tal vez te arrepentías de nuestro compromiso y que te sentías
obligado, por honor, a cumplir con la voluntad de nuestros padres, aunque se
opusiera a tus verdaderos deseos. Pero este es un razonamiento falso. Te
confieso, primo mío, que te amo y que en los castillos en el aire que he
imaginado para mi futuro has sido mi amante fiel y mi compañero. Pero
solo deseo tu felicidad, y también la mía, cuando te digo que nuestro
matrimonio haría de una persona absolutamente desgraciada a menos que
fuera el resultado de los dictados de nuestra propia decisión libre. Incluso
ahora lloro al pensar que, acosado como estás por las más crueles desgracias,
puedas echar a perder, por tu palabra de honor, todas las esperanzas de amor
y felicidad, que son las únicas que podrían conseguir que volvieras a ser lo
que fuiste. Yo, que siento hacia ti un cariño tan desinteresado, podría estar
aumentando mil veces tu desdicha si me convirtiera en un obstáculo a tus
deseos. Ah, Victor, puedes estar seguro de que tu prima y compañera siente
un amor demasiado verdadero por ti como para hacerte desgraciado. feliz,
amigo mío; y si atiendes a esta mi única petición, puedes estar seguro de que
nada en el mundo podrá jamás perturbar mi tranquilidad.
No permitas que esta carta te incomode. No la contestes mañana, ni al día
siguiente, ni siquiera hasta que vengas, si ello te causa algún dolor. Mi tío me
dará noticias sobre tu salud; y si veo siquiera una sonrisa en tus labios cuando
nos veamos, sea por esta carta o por cualquier otra cosa mía, no necesitaré
nada más para ser feliz. Tu amiga, que te quiere,
ELIZABETH LAVENZA.
CAPÍTULO 16
Esta carta reavivó en mi memoria lo que ya había olvidado, la amenaza
del engendro diabólico cuando me visitó en las islas Orcadas: «Estaré contigo
en tu noche de bodas.» Tal fue mi sentencia, y esa noche aquel demonio
emplearía todas las artimañas para destruirme y arrebatarme aquel atisbo de
felicidad que prometía, al menos en parte, consolar mis sufrimientos. Aquella
noche había decidido culminar sus crímenes con mi muerte. ¡Muy bien, que
así fuera! Entonces, con toda seguridad, tendría lugar una lucha a muerte en
la que, si él salía victorioso, yo descansaría en paz, y su poder sobre
habría terminado. Si vencía yo, sería un hombre libre. ¡Cielos…! ¡Qué
extraña libertad —la que soporta el campesino cuando su familia ha sido
masacrada ante sus ojos, su granja ha sido incendiada, sus tierras asoladas y
se convierte en un hombre perdido, sin casa, sin dinero, y solo—, pero
libertad al fin! ¡Así sería mi libertad, salvo que en mi Elizabeth al menos
tendría un tesoro, Dios mío, que compensaría los horrores del remordimiento
y la culpabilidad que me perseguirían hasta la muerte!
¡Dulce y querida Elizabeth! Leí y releí su carta, y algunos sentimientos de
ternura se apoderaron de mi corazón y se atrevieron a susurrarme
paradisíacos sueños de amor y alegría. Pero ya había mordido la manzana, y
el brazo del ángel ya me mostraba que debía olvidarme de cualquier
esperanza. Sin embargo, daría mi vida por hacerla feliz; si el monstruo
cumplía su amenaza, la muerte era inevitable. Sin embargo, volví a pensar
que tal vez mi matrimonio precipitaría mi destino una vez que el demonio
hubiera decidido matarme. En efecto, mi muerte podría adelantarse algunos
meses; pero si mi perseguidor sospechara que yo posponía mi matrimonio por
culpa de sus amenazas, seguramente encontraría otros medios, y quizá más
terribles, para ejecutar su venganza. Había jurado que estaría conmigo en mi
noche de bodas. Sin embargo, esa amenaza no le obligaba a quedarse quieto
hasta que llegara ese momento… porque, como si quisiera demostrarme que
no se había saciado de sangre, había asesinado a Clerval inmediatamente
después de haber proferido sus amenazas. Así pues, concluí que si mi
inmediata boda con mi prima iba a procurar su felicidad o la de mi padre, las
amenazas de mi adversario contra mi vida no deberían retrasarla ni una hora.
En este estado de ánimo escribí a Elizabeth. Mi carta era sosegada y
cariñosa. «Me temo, mi adorada niña», le decía, «que queda poca felicidad en
este mundo para nosotros, sin embargo, toda la que yo pueda disfrutar reside
en ti. Aleja de ti temores infundados. Solo a ti he consagrado mi vida y mis
deseos de felicidad. Tengo un secreto, Elizabeth, un secreto terrible. Te
horrorizará hasta helarte la sangre; y luego, lejos de sorprenderte por mis
desgracias, simplemente te asombrará que aún siga con vida. Te revelaré esta
historia de sufrimientos y terror al día siguiente a nuestra boda… porque, mi
querida prima, debe existir una confianza absoluta entre ambos. Pero hasta
entonces, te lo ruego, no lo menciones ni aludas a ello. Te lo pido con todo
mi corazón, y sé que me lo concederás».
Alrededor de una semana después de la llegada de la carta de Elizabeth,
regresamos a Ginebra. Elizabeth me dio la bienvenida con mucho cariño; sin
embargo, había lágrimas en sus ojos cuando vio mi cuerpo maltrecho y mi
rostro febril. Yo también descubrí un cambio en ella. Estaba más delgada y
había perdido buena parte de aquella maravillosa alegría que antaño me había
encantado. Pero su dulzura y sus amables miradas de compasión la
convertían en la mujer más apropiada para un ser condenado y miserable
como yo.
De todos modos, la tranquilidad de que gozaba yo en aquel momento no
duró mucho. Los recuerdos me volvían loco. Y cuando pensaba en lo que
había ocurrido, una verdadera locura se apoderaba de mí. Algunas veces me
enfurecía y estallaba con ataques de rabia, y otras me derrumbaba y me sentía
abatido. Ni hablaba ni veía, sino que permanecía inmóvil, abrumado por la
cantidad de desdichas que se cernían sobre mí. Solo Elizabeth tenía poder
para sacarme de esos pozos de abatimiento. Su dulce voz me tranquilizaba
cuando estaba furioso, y me infundía sentimientos humanos cuando me sumía
en la apatía. Ella lloraba conmigo y por mí. Cuando recobraba la razón, me
reconvenía dulcemente e intentaba infundirme resignación. Ah, sí… es
necesario que los desdichados se resignen. Pero para los culpables no hay
paz: las angustias de los remordimientos envenenan ese placer que se halla en
ocasiones, cuando uno se entrega a los excesos de la pena.
Poco después de mi llegada, mi padre habló de mi inmediato matrimonio
con mi prima. Yo permanecí en silencio.
—Entonces… —dijo mi padre—, ¿estás enamorado de otra mujer?
—En absoluto. Amo a Elizabeth y pienso en nuestra futura boda con
sumo placer. Fija la fecha, y ese día consagraré mi vida y mi muerte a la
felicidad de mi prima.
—Mi querido Victor… no hables así. Graves desgracias han caído sobre
nosotros, pero lo único que debemos hacer es mantenernos unidos a lo que
nos queda, y el amor que sentíamos por aquellos que perdimos debemos
entregárselo ahora a los que aún viven. Nuestra familia es pequeña, pero está
muy unida por lazos de cariño y de desdichas compartidas. Y cuando el paso
del tiempo haya mitigado tu desesperación, nuevas y amadas preocupaciones
nacerán para reemplazar a aquellos de los que tan cruelmente hemos sido
privados.
Tales eran los consejos de mi padre, pero los recuerdos de la amenaza
volvieron a obsesionarme. Y no puede sorprender a nadie que, omnipotente
como se había mostrado aquel engendro diabólico en sus crímenes
sanguinarios, casi lo considerara invencible; y que, puesto que había
pronunciado las palabras «estaré contigo en tu noche de bodas», considerara
aquel destino amenazador como algo inevitable. Pero la muerte no era una
desgracia para mí, si no fuera porque acarreaba la pérdida de Elizabeth; y, así
pues, con gesto sonriente e incluso alegre, me mostré de acuerdo con mi
padre en que la ceremonia tuviera lugar, si mi prima consentía, al cabo de
diez días… y así sellé mi destino, o eso creía.
¡Dios bendito…! Si por un instante hubiera imaginado cuáles podrían ser
las diabólicas intenciones de mi enemigo infernal, habría preferido abandonar
para siempre mi país, y haber vagado como un despreciable desheredado por
el mundo, antes que consentir aquel desdichado matrimonio. Pero, como si
tuviera poderes mágicos, el monstruo me había ocultado sus verdaderas
intenciones; y cuando yo pensaba que únicamente preparaba mi propia
muerte, solo conseguí precipitar la de una víctima que amaba mucho más.
A medida que se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, tal vez por
cobardía o por un mal presentimiento, me sentí cada vez más abatido. Pero
oculté mis sentimientos bajo la apariencia de una alegría que dibujó sonrisas
de gozo en el rostro de mi padre, aunque difícilmente pude engañar a la
mirada más atenta y perspicaz de Elizabeth. Ella observaba nuestra futura
unión con sosegada alegría, aunque no sin cierto temor, debido a las pasadas
desgracias, y tenía miedo de que lo que ahora parecía una felicidad cierta y
tangible pudiera desvanecerse de pronto en un sueño etéreo, y no dejara ni
una huella, salvo una amargura profunda y eterna.
Se hicieron los preparativos para el acontecimiento. Recibimos a las
visitas, que nos felicitaron, y todo parecía adornado con las galas más
halagüeñas. En lo que me fue posible, oculté en lo más profundo del corazón
la ansiedad que me consumía y acepté con aparente sinceridad todo lo que
proponía mi padre, aunque todo aquello no podía servir sino como decorado
de mi tragedia. Se adquirió una casa para nosotros, cerca de Cologny: así
podríamos disfrutar de los placeres del campo y, sin embargo, estaríamos lo
suficientemente cerca de Ginebra como para ir a visitar a mi padre todos los
días, pues él seguiría viviendo en el interior de la ciudad, por Ernest, para que
pudiera continuar sus estudios en la universidad.
Mientras tanto, yo adopté todas las precauciones para defenderme en caso
de que aquel engendro quisiera atacarme. Siempre llevaba pistolas y una
daga, y estaba siempre alerta para evitar emboscadas, y así conseguí gozar en
alguna medida de cierta tranquilidad. Y, en realidad, conforme se aproximaba
la fecha, la amenaza comenzó a parecer más bien una locura que no valía la
pena tener en cuenta, pues probablemente no sería capaz de perturbar mi
tranquilidad, mientras que la felicidad que esperaba de mi matrimonio iba
adquiriendo poco a poco una apariencia de verdadera realidad a medida que
se acercaba el día de la ceremonia, y oía hablar de ella como un
acontecimiento que ningún incidente podría impedir.
Elizabeth parecía contenta ante el cambio que vio en mí, y cómo había
pasado de una risa forzada a una serena alegría. Pero el día en que se iban a
cumplir mis deseos y mi destino, ella estaba melancólica; un mal
presentimiento la embargaba, y quizá también pensaba en el terrible secreto
que yo había prometido revelarle al día siguiente. Mi padre en cambio estaba
rebosante de felicidad y, con el ajetreo de los preparativos, solo vio en la
melancolía de su sobrina la pudorosa timidez de una novia.
Después de celebrar la ceremonia, tuvo lugar una gran fiesta en casa de
mi padre; pero se acordó que Elizabeth y yo deberíamos pasar aquella tarde y
aquella noche en Evian, y que a la mañana siguiente regresaríamos. Hacía un
buen día; y, como el viento era favorable, decidimos ir en barco.
Aquellos fueron los últimos momentos de mi vida durante los cuales
disfruté del sentimiento de felicidad. Navegábamos muy deprisa; el sol
calentaba, pero nosotros íbamos protegidos por una especie de dosel,
mientras disfrutábamos de la belleza del paisaje: unas veces nos girábamos
hacia a un extremo del lago, donde veíamos el Monte Salêve, las
encantadoras orillas de Montalegre y, en la distancia, elevándose sobre todo
lo demás, el magnífico Mont Blanc y todo el grupo de montañas nevadas que
intentaban alcanzarlo. En otras ocasiones, bordeando la ribera opuesta,
veíamos el majestuoso Jura, retando con sus oscuras laderas la ambición de
quien deseara abandonar su país natal y mostrándose como una barrera
infranqueable al conquistador que pretendiera invadirlo.
Cogí la mano de Elizabeth.
—Estás triste —le dije—. ¡Ay, mi amor, si supieras lo que he sufrido y lo
que tal vez aún tenga que soportar, procurarías dejarme saborear la
tranquilidad y la ausencia de desesperación que al menos me permite
disfrutar este único día!
—Sé feliz, mi querido Victor —contestó Elizabeth—; confío en que no
haya nada que te inquiete; y puedes estar seguro de que mi corazón está feliz,
aunque no veas en mi rostro una alegría excesiva. Algo me dice que no
deposite muchas esperanzas en las perspectivas que se abren ante nosotros,
pero no quiero escuchar esas voces siniestras. Mira qué deprisa navegamos y
cómo las nubes, que a veces oscurecen y a veces se elevan sobre la cúpula del
Mont Blanc, consiguen que este maravilloso paisaje sea aún más hermoso.
Mira también los innumerables peces que nadan en estas límpidas aguas,
donde se pueden ver claramente todas las piedras que yacen en el fondo.
¡Qué día más hermoso…! ¡Qué feliz y serena parece toda la naturaleza!
Así era como Elizabeth intentaba distraer sus pensamientos y los míos de
cualquier reflexión sobre asuntos melancólicos, pero su ánimo era muy
voluble. La alegría brillaba durante unos breves instantes en su mirada, pero
la felicidad constantemente dejaba paso a la tristeza y al ensimismamiento.
En el cielo, el sol se iba poniendo; pasamos frente al río Drance y
observamos su curso a través de los abismos de las montañas y las cañadas de
las colinas más bajas. Los Alpes, aquí, se acercan mucho al lago, y nosotros
nos aproximábamos al anfiteatro de montañas que forman su extremo
oriental. La aguja de Evian se recortaba brillante sobre los bosques que la
rodeaban, y sobre la cordillera de montañas y montañas en la cual estaba
suspendida.
El viento, que hasta ese preciso instante nos había llevado con asombrosa
rapidez, se convirtió al atardecer en una agradable brisa; el airecillo apenas
conseguía erizar el agua y producía un encantador movimiento en los árboles.
Cuando nos aproximamos a la orilla, flotaba en el aire un delicioso perfume
de flores y heno. El sol se puso tras el horizonte cuando saltamos a tierra; y
cuando pisé la orilla, sentí que las preocupaciones y los temores renacían en
mí, y que pronto me iban a atrapar y a marcarme para siempre.
CAPÍTULO 17
Eran las ocho en punto cuando desembarcamos; caminamos durante un
breve trecho junto a la orilla, disfrutando de las cambiantes luces del
atardecer, y luego nos retiramos a la posada, y contemplamos el encantador
paisaje de aguas, montañas y bosques que se iban ocultando en la oscuridad,
y, sin embargo, aún dejaban ver sus negros perfiles. El viento, que casi había
desaparecido por el sur, se levantó ahora con gran violencia por el oeste; la
luna había alcanzado su cénit en el cielo y estaba comenzando a descender;
las nubes barrían el cielo por delante de ella con más premura que el vuelo
del buitre y enturbiaban su luz, mientras el lago reflejaba el conmocionado
paisaje de los cielos, y lo agitaba aún más con las inquietas olas que estaban
comenzando a erizarse. De repente, se desató una violenta tormenta de lluvia.
Yo había estado tranquilo durante todo el día; pero tan pronto como la
noche comenzó a enturbiar los perfiles de las cosas, mil temores se adueñaron
de mi mente. Estaba angustiado y alerta, mientras con la mano derecha me
aferraba a una pistola que tenía escondida en el pecho. Cada ruido me
aterrorizaba, pero decidí que vendería cara mi vida y no evitaría el
enfrentamiento que tenía pendiente hasta que mi propia vida, o la de mi
adversario, se extinguiera.
Elizabeth, tímida y temerosa, observó en silencio mi inquietud durante
unos instantes. Al final, dijo:
—¿Por qué estás nervioso, mi querido Victor? ¿De qué tienes miedo?
—¡Oh, tranquila, tranquila, mi amor…! —le contesté—. Espera que pase
esta noche, y ya podremos estar seguros… Pero esta noche es horrible, esta
noche es espantosamente horrible…
Pasé una hora en aquel estado de nervios, y entonces, de repente, pensé
cuán horroroso sería para mi esposa presenciar el combate que de un
momento a otro imaginaba que tendría lugar; y por eso le rogué con
vehemencia que se retirara a dormir, decidido a no ir con ella hasta que no
supiera algo de mi enemigo.
Elizabeth me dejó solo, y durante algún tiempo estuve yendo de un lado a
otro por los pasillos de la casa, inspeccionando cada esquina que pudiera
servir de escondrijo a mi enemigo. Pero no vi ni rastro de él, y comencé a
considerar la posibilidad de que algún afortunado acontecimiento hubiera
tenido lugar y hubiera impedido la ejecución de su amenaza, cuando de
repente un grito y un espantoso alarido. Procedía de la habitación a la que
Elizabeth se había retirado. Cuando aquel grito, lo comprendí todo… Mis
brazos cayeron rendidos y el movimiento de cada músculo y cada fibra de mi
cuerpo se detuvo; podía sentir la sangre reptando por mis venas y
hormigueando en mis pies. Aquel estado no duró más que un instante, el grito
se repitió y corrí precipitadamente hacia la habitación. ¡Dios mío! ¿Porqué no
me mataste entonces? ¿Por qué estoy aquí para describir la destrucción de mi
esperanza más anhelada y la muerte de la criatura más buena del mundo? Allí
estaba, sin vida e inerte, tendida de lado a lado en la cama, con la cabeza
colgando, con su rostro pálido y deformado, medio cubierto por su cabello.
No importa dónde mire… siempre veo la misma imagen: sus brazos
exánimes y su cuerpo muerto arrojado por el asesino sobre el ataúd nupcial.
¿Cómo pude ver aquello y seguir viviendo? ¡Dios mío! La vida es
obstinada… se aferra con más fuerza allí donde más se odia. Entonces, solo
sé que perdí el conocimiento… y me desmayé.
Cuando me recobré, me encontré en medio de la gente de la posada. Sus
rostros expresaban claramente un espantoso terror, pero el horror de los
demás solo me parecía una pequeña farsa, una sombra de los sentimientos
que me atenazaban a mí. Me abrí camino entre ellos hasta la alcoba donde
yacía el cuerpo de Elizabeth… mi amor… mi esposa… Solo unos instantes
antes estaba viva… mi querida… mi preciosa… La habían cambiado de
postura y ya no se encontraba como yo la había visto; y ahora, tal y como
estaba tendida, con la cabeza sobre un brazo y un pañuelo cubriéndole el
rostro y el cuello, podría haber pensado que estaba dormida. Corrí hacia ella
y la abracé con locura, pero la mortal frialdad de su cuerpo me recordó que lo
que estaba sosteniendo en mis brazos ya había dejado de ser la Elizabeth que
yo había amado y adorado; la marca de las garras asesinas de aquel demonio
aún permanecían en el cuello, y sus labios ya no tenían aliento.
Mientras aún la tenía en mis brazos, en la agonía de la desesperación, se
me ocurrió levantar la mirada. La alcoba había quedado casi a oscuras, y sentí
una especie de terror pánico al ver cómo la pálida luz de la luna iluminaba la
habitación. Los postigos se habían abierto y, con una sensación de horror que
no se puede describir, vi por la ventana abierta aquella figura odiosa y
aborrecible. Había una sonrisa burlona en el rostro del monstruo; parecía
reírse de mientras, con su diabólico dedo, señalaba el cadáver de mi
esposa. Me abalancé hacia la ventana y, sacando la pistola de mi pecho,
disparé… pero consiguió esquivarme, huyó de un salto y, corriendo a la
velocidad de un rayo, se arrojó al lago. Al oír el estallido de la pistola,
muchas personas acudieron a la habitación. Les indiqué por dónde había
huido, y lo perseguimos con barcos y redes, pero todo fue en vano; y, tras
pasar varias horas en su busca, regresamos desesperanzados; la mayoría de
los que me acompañaban creyeron que aquella figura solo había sido fruto de
mi imaginación. De todos modos, después de regresar a tierra, comenzaron a
buscar por el campo, y se formaron distintas partidas que se dispersaron en
diferentes direcciones por los bosques y los viñedos. Yo no los acompañé.
Estaba agotado; un velo me nublaba la vista; y mi piel ardía con el calor
de la fiebre. En aquel estado me tumbé en una cama, apenas consciente de lo
que había ocurrido, y mis ojos vagaron por la habitación como si estuvieran
buscando algo que hubiera perdido. Al final pensé que mi padre esperaría con
ansiedad mi regreso y el de Elizabeth, y que regresaría yo solo. Aquella
reflexión hizo brotar las lágrimas en mis ojos, y lloré durante mucho tiempo.
Pensé en mis desgracias y en su causa, y me vi envuelto en una nube de
estupefacción y horror. La muerte de William, la ejecución de Justine, el
asesinato de Clerval y, ahora, el de mi esposa… en aquel momento ni
siquiera podía saber si la familia que aún me quedaba estaría a salvo de la
maldad de aquel engendro; mi padre podía estarse debatiendo en aquel
momento bajo la garra asesina, y Ernest podría estar muerto a sus pies.
Aquellas ideas me hicieron sentir escalofríos y me devolvieron a la realidad.
Me levanté de inmediato y decidí regresar a Ginebra tan deprisa como me
fuera posible. No había caballos de los que pudiera disponer, y tuve que
volver por el lago; pero el viento era desfavorable y la lluvia caía
torrencialmente. De todos modos, apenas había amanecido y seguramente
podría llegar a casa al anochecer. Contraté a unos cuantos hombres para
remar, y yo mismo cogí un remo, porque el ejercicio físico siempre ha
producido en cierto alivio de los sufrimientos emocionales. Pero el
insoportable dolor que sentía y la terrible agitación que sufría me
imposibilitaron cualquier esfuerzo. Dejé caer el remo y, sujetándome la
cabeza entre las manos, me abandoné a todas las siniestras ideas que
quisieron asaltarme. Si levantaba la mirada, veía paisajes que me resultaban
familiares, de mis tiempos felices y que había estado contemplando solo un
día antes, en compañía de aquella que ahora no era más que una sombra y un
recuerdo. Las lágrimas anegaron mis ojos. Miré el lago, la lluvia había cesado
un momento, y vi cómo los peces jugaban en las aguas, del mismo modo que
los había visto solo unas horas antes… Elizabeth los había estado viendo.
Nada es tan doloroso para la mente humana como un cambio violento y
repentino. El sol podía brillar, o las nubes podían cubrir el cielo… nada sería
ya como el día anterior. Un ser diabólico me había arrebatado de un zarpazo
toda esperanza de felicidad futura. Ninguna criatura había sido jamás tan
desgraciada como yo; y unos sucesos tan espantosos eran absolutamente
insólitos en este mundo.
Pero… ¿por qué tendría que recrearme en los sucesos que siguieron a esta
insoportable tragedia? La mía ha sido una historia de horror. Ya he alcanzado
el punto culminante; y lo que puedo relatar de aquí en adelante puede
resultarle tedioso, ahora que ya he narrado cómo aquellos a quienes quería
me fueron arrebatados uno tras otro, y yo quedé hundido en la desolación
más profunda. Estoy muy cansado, y solo puedo describir en pocas palabras
lo que queda de mi espantosa historia.
Llegué a Ginebra. Mi padre y Ernest aún estaban vivos, pero el primero
fue incapaz de soportar las dolorosísimas noticias que yo les llevaba. Puedo
verlo ahora… era un anciano venerable y maravilloso. Su mirada se perdió en
el vacío, porque había perdido a la persona que era su razón de vivir y su
alegría: su sobrina, que era más que una hija para él, a la cual había entregado
todo el cariño de un hombre que, en el ocaso de su vida, y teniendo pocas
personas queridas, se aferra con más fervor a aquellas que aún le quedan.
Maldito, maldito sea el demonio que derramó el dolor sobre sus canas y lo
condenó a terminar sus días sumido en la desdicha. No pudo vivir rodeado de
los espantos que se habían acumulado a su alrededor. Sufrió un ataque de
apoplejía y, pocos días después, murió en mis brazos.
¿Qué fue entonces de mí? No lo sé. Era incapaz de sentir nada, y las
únicas cosas que podía ver eran cadenas y oscuridad. En realidad, algunas
veces soñaba que paseaba con los amigos de mi juventud por prados llenos de
flores y encantadores valles; pero me despertaba y me encontraba en una
mazmorra. Después me invadió la melancolía, pero poco a poco fui
obteniendo una idea clara de mis desdichas y mi situación, y entonces me
sacaron de allí. Porque me habían dado por loco; y durante muchos meses,
como supe después, había estado ocupando una celda solitaria. Pero la
libertad hubiera sido una concesión inútil para si al mismo tiempo que
despertaba a la razón no hubiera despertado a la venganza. Al tiempo que el
recuerdo de mis pasados infortunios me angustiaba, comencé a pensar en su
causa… el monstruo que yo había creado, el miserable demonio que yo había
arrojado al mundo para mi propia destrucción. Me invadía una furia
enloquecida cuando pensaba en él… y deseaba y rogaba ardientemente poder
atraparlo para poder desatar un feroz e imborrable rencor sobre su maldita
cabeza.
Desde luego, mi odio no pudo reducirse durante mucho tiempo a un deseo
inútil; comencé a pensar en cuáles podrían ser los mejores medios para
cazarlo; y con ese propósito, aproximadamente un mes después de que me
soltaran, acudí a un juez de lo criminal de la ciudad y le dije que tenía una
acusación que hacer, que yo conocía al asesino de mi familia y que le pedía
que ejerciera toda su autoridad para aprehender al asesino.
El magistrado me escuchó con atención y amabilidad.
—Puede estar seguro, señor —dijo—: por mi parte no se ha reparado en
esfuerzos, ni se reparará en medios, para descubrir a ese malvado.
—Gracias —contesté—; escuche, pues, la declaración que tengo que
hacer. En realidad es un relato tan extraño que me temo que usted no me
creería si no fuera porque hay algo en la verdad que, aunque resulte
asombrosa, siempre convence de su realidad. La historia está demasiado bien
trenzada como para confundirla con un sueño, y yo no tengo ningún motivo
para mentir.
Mis gestos, mientras decía aquello, eran vehementes pero tranquilos;
había tomado la decisión íntima de perseguir a mi enemigo hasta la muerte; y
aquel propósito aplacaba mi angustia y, al menos provisionalmente, me
reconciliaba con la vida. En aquel momento relaté mi historia brevemente,
pero con firmeza y precisión, señalando fechas con seguridad y sin dejarme
arrastrar por invectivas o exclamaciones. Al principio el magistrado parecía
absolutamente incrédulo, pero a medida que avanzaba mi relato, se mostró
más atento e interesado. Algunas veces le vi estremecerse de horror; y otras,
una absoluta sorpresa sin mezcla de incredulidad se pintaba en su rostro.
Cuando hube concluido mi narración, dije:
—Ese es el ser al que acuso y al que le pido que detenga y castigue con
toda su fuerza. Ese es su deber como magistrado, y creo y espero que sus
sentimientos como ser humano no le permitan desertar de esas funciones en
esta ocasión.
Aquella petición produjo un notable cambio en la fisonomía de mi
interlocutor. Había escuchado mi historia con aquella especie de credulidad a
medias que se le concede a los cuentos de espíritus y fantasmas; pero cuando
se le instó a actuar oficialmente y en consecuencia, recuperó de inmediato
toda su incredulidad. En todo caso, me respondió con amabilidad.
—De buena gana le prestaría toda la ayuda posible; pero la criatura de la
que usted me habla parece tener poderes capaces de desafiar todos mis
esfuerzos. ¿Quién puede perseguir a un animal que puede cruzar el mar de
hielo y vivir en grutas y cuevas donde ningún hombre se aventuraría a entrar?
Además, han transcurrido ya algunos meses desde que se cometieron los
crímenes y nadie puede ni siquiera imaginar adónde puede haber ido o en qué
lugares vivirá ahora.
—No tengo la menor duda —contesté— de que anda rondando cerca de
donde yo vivo. Y si en efecto se hubiera refugiado en los Alpes, podrían
cazarlo como a una gamuza y abatirlo como a una bestia de presa. Pero ya
lo que está pensando: no da crédito a mi relato, y no tiene ninguna intención
de perseguir a mi enemigo y castigarlo como merece.
Mientras hablaba, la ira centelleaba en mis ojos. El magistrado se arredró:
—Está usted equivocado —dijo—; lo intentaré; y si está en mi poder
atrapar al monstruo, puede estar seguro usted de que recibirá el castigo que
merecen sus crímenes. Pero me temo que será imposible, por lo que usted
mismo ha descrito a propósito de sus características; y, mientras se toman
todas las medidas pertinentes, debería usted intentar prepararse para el
fracaso.
—¡Eso es imposible! —dije furioso—. Pero todo lo que pueda decir no
servirá de mucho. Mi venganza no le importa nada a usted; sin embargo,
aunque admito que es una obsesión, confieso que es la única pasión que me
devora el alma; mi furia es indescriptible cuando pienso que aún existe el
asesino a quien yo mismo arrojé a este mundo. Usted rechaza mi justa
petición. No tengo más que un camino, y me dedicaré, vivo o muerto, a
intentar destruirlo.
Temblé de nerviosismo al decir aquello; había un frenesí en mi conducta
y algo, no lo dudo, de aquel orgulloso valor que, según dicen, tenían los
mártires de la Antigüedad. Pero para un magistrado ginebrino, cuyo
pensamiento se ocupaba en cuestiones muy distintas a la devoción y el
heroísmo, aquella grandeza de espíritu se parecía bastante a la locura. Intentó
calmarme como una niñera intenta tranquilizar a un niño, y achacó mi relato a
los efectos del delirio.
—¡Hombres…! —grité—. ¡Qué ignorantes sois y cuánto os enorgullecéis
de vuestra sabiduría! ¡Cállese! ¡No sabe usted lo que dice…!
Salí precipitadamente de la casa y, furioso y enloquecido, me fui a
meditar algún otro modo de actuar.
CAPÍTULO 18
En aquel momento, mi situación era tal que todos los pensamientos
razonables se consumían y desaparecían. Me veía arrastrado por la ira. Solo
la venganza me proporcionaba fuerza y serenidad. Modelaba mis
sentimientos y me permitía pensar con frialdad y estar tranquilo en períodos
en los que de otro modo el delirio o la muerte se habrían apoderado de mí. Mi
primera decisión fue abandonar Ginebra para siempre. Mi país, al que amaba
cuando era feliz y querido… ahora, en la adversidad, se convirtió en un lugar
odioso. Me hice con una pequeña suma de dinero, junto con algunas joyas
que habían pertenecido a mi madre, y partí.
Y entonces comenzó mi peregrinación, que no terminará hasta que muera.
He recorrido vastas regiones de la Tierra y he sufrido todas las penurias que
suelen afrontar los aventureros en los desiertos y en otros territorios salvajes.
Apenas sé cómo he logrado sobrevivir; muchas veces me he derrumbado, con
mi cuerpo rendido, sobre la misma tierra, agotado y sin nadie que me
socorriera, y he rogado que me llevara la muerte. Pero la venganza me
mantenía vivo. No me atrevía a morir y dejar a mi enemigo vivo.
Cuando abandoné Ginebra, mi primera labor fue obtener alguna clave
mediante la cual pudiera seguir el rastro de los pasos de mi diabólico
enemigo. Pero mi plan no dio resultado; y vagué durante muchas horas por
los alrededores de la ciudad, sin saber a ciencia cierta qué camino debería
seguir. Al caer la noche, me encontré a la entrada del cementerio donde
reposaban William, Elizabeth y mi padre. Entré y me acerqué a las estelas
que marcaban sus sepulturas. Todo permanecía en silencio, excepto las hojas
de los árboles, que se agitaban suavemente con la brisa. Era casi noche
cerrada, y el escenario habría resultado conmovedor y solemne incluso para
un observador desinteresado. Me parecía que los espíritus de los que se
habían ido vagaban por el aire, a mi alrededor, y proyectaban una sombra que
se sentía, pero no se veía, en torno a la cabeza de aquel que los lloraba. El
profundo dolor que esta escena me produjo al principio inmediatamente dio
paso a la rabia y la desesperación. Ellos estaban muertos, y yo aún vivía.
También vivía su asesino y, para destruirlo, yo debía alargar mi agotadora
existencia. Me arrodillé en la tierra y con labios temblorosos exclamé:
—Por la tierra sagrada en la que estoy arrodillado, por estas sombras que
me rodean, por el profundo y eterno dolor que sufro, ¡lo juro! ¡Y por vos, oh,
Noche, y por los espíritus que te pueblan, juro perseguir a ese diabólico ser
que causó este sufrimiento, hasta que él o yo perezcamos en combate mortal!
Solo con ese propósito conservaré mi vida. Para ejecutar la ansiada venganza,
volveré a ver el sol y pisaré la hierba verde de la tierra, que de otro modo
apartaría de mi vista para siempre. ¡Y os invoco, espíritus de los muertos, y a
vosotros, heraldos etéreos de la venganza, que me ayudéis y me guieis en esta
tarea! ¡Que ese maldito monstruo infernal beba hasta las heces el cáliz de la
agonía! ¡Que sienta la desesperación que ahora me atormenta a mí!
Yo había comenzado mi juramento con una solemnidad y un temor
reverencial que casi me aseguraban que las sombras de mis seres queridos
estaban escuchando y aprobaban mi promesa. Pero las furias se apoderaron
de cuando terminé, y la rabia ahogó mis palabras. En la quietud de la
noche, una carcajada ruidosa y diabólica fue la única respuesta que obtuve.
Resonó en mis oídos larga y sombríamente; las montañas repitieron su eco, y
sentí como si el mismísimo infierno me rodeara, burlándose y riéndose de mí.
Seguramente en aquel momento me habría dejado llevar por la locura y
habría acabado con mi miserable existencia, pero ya había lanzado mi
juramento y mi vida se había consagrado definitivamente a la venganza. La
carcajada se fue desvaneciendo y entonces una voz repugnante y bien
conocida se dirigió a mí en un audible susurro:
—Me alegro… pobre desgraciado: has decidido vivir, y yo me alegro.
Corrí hacia el lugar de donde procedía la voz, pero el demonio pudo
escapar. De repente, el enorme disco lunar se iluminó y brilló sobre su
fantasmal y deforme figura, mientras huía a una velocidad sobrehumana.
Lo perseguí; y durante muchos meses esta persecución ha sido mi único
objetivo. Guiado por una pista muy leve, lo seguí por los meandros del
Ródano, pero todo fue en vano. Llegué al Mediterráneo, y por una extraña
casualidad vi cómo el engendro subía una noche a un barco que iba a zarpar
hacia el mar Negro y se ocultaba allí. Fui tras él —yo sabía cuál era el barco
en el que se había escondido—, pero se me escapó, no sé cómo. En las tierras
inexploradas de Tartaria y Rusia, aunque todavía conseguía esquivarme, ya
seguía de cerca sus pasos. Algunas veces, los campesinos, aterrorizados por
su espantosa figura, me informaban de cuál era su camino; en otras ocasiones
y a menudo, él mismo, que temía que si yo le perdía el rastro, podría
desesperar y morir, me dejaba algunas señales para guiarme. La nieve cayó
sobre mí, y vi la huella de su tremendo pie en las blancas llanuras. Pero usted,
que apenas está comenzando su vida, y las preocupaciones son nuevas para
usted y la angustia, desconocida, ¿cómo puede comprender lo que he sentido
y lo que aún siento? El frío, las necesidades y el cansancio fueron los males
menores que tuve que soportar. Me maldijo algún demonio y tengo que sufrir
en mi pecho un infierno eterno. Sin embargo, aún un espíritu bueno me
seguía y guiaba mis pasos, y cuando más lamentaba mi suerte,
repentinamente me salvaba de lo que me parecían dificultades insalvables. En
ocasiones, cuando mi cuerpo, abrumado por el hambre, se desplomaba en el
agotamiento, encontraba una comida reparadora en el desierto, que me
devolvía las fuerzas y me animaba. La comida era tosca, como la que suelen
comer los campesinos de aquellas regiones; pero yo no dudaba que aquello lo
habían dispuesto los espíritus que yo había invocado para que me ayudaran.
A menudo, cuando todo estaba seco, y no había nubes en el cielo, y me
abrasaba la sed, unas nubecillas aparecían el firmamento y dejaban caer
algunas gotas de lluvia que me reanimaban, y luego se desvanecían.
Cuando me era posible, seguía los cursos de los ríos; pero el monstruo
principalmente los evitaba, porque es en esos lugares donde generalmente se
asientan las poblaciones del campo. En otras regiones apenas se veían seres
humanos, y en esas zonas generalmente subsistía con los animales salvajes
que se cruzaban en mi camino. Tenía algún dinero y me granjeaba la amistad
de los aldeanos repartiéndoselo u ofreciéndoles la carne de algún animal que
hubiera cazado, la cual, después de coger para una pequeña porción, se la
regalaba a aquellos que me proporcionaban fuego y utensilios para cocinar.
Así transcurría mi vida, de un modo que realmente me resultaba odioso, y
solo durante el sueño me sentía un poco mejor. ¡Oh, bendito sueño! A
menudo, cuando más miserable me sentía, me sumía en el descanso y mis
sueños me calmaban casi hasta el éxtasis. El ángel que me guardaba
seguramente me proporcionaba aquellos momentos o, más bien, aquellas
horas de felicidad en las que podía reunir fuerzas para continuar mi
peregrinación. Privado de estos instantes de alivio, habría sucumbido a mis
sufrimientos. Así, durante el día me sostenían y animaban las esperanzas de
la noche: porque durante el sueño veía a mis seres queridos, a mi esposa, y mi
amado país; volvía a ver el rostro de mi bondadoso padre, oía la argentina
voz de mi Elizabeth y podía ver a Clerval, rebosante de vida y juventud. A
menudo, cuando me encontraba exhausto tras una agotadora marcha, me
convencía de que estaba soñando, y de que la noche llegaría y entonces
disfrutaría realmente en brazos de mis seres queridos. ¡Qué anhelo tan
angustioso sentía por ellos! ¡Cómo intentaba abrazar aquellas amadas figuras
cuando se me aparecían a veces, incluso en las visiones que tenía durante la
vigilia, y llegaba a convencerme de que aún estaban vivos! En aquellos
momentos, la venganza que ardía en mi interior se apagaba en mi corazón, y
seguía mi camino en pos de la destrucción del engendro demoníaco más
como una tarea que agradaba a los cielos, como si fuera un impulso mecánico
de algún poder del cual yo no tenía conciencia, que por un verdadero y
ardiente deseo de mi alma.
¿Qué sentía aquel a quien perseguía? No puedo saberlo. En efecto, en
ocasiones dejaba señales escritas en las cortezas de los árboles o grabadas en
la piedra, que me guiaban y aguzaban mi furia. «Mi reinado aún no ha
terminado», se podía leer en una de aquellas inscripciones; «Vives, y por eso
mi poder es absoluto. ¡Sígueme…! Voy en busca de los hielos eternos del
norte, donde sentirás el dolor del frío y el hielo, ante los cuales yo no me
inmuto. Muy cerca de aquí, si no te retrasas mucho, encontrarás una liebre
muerta; cómela y así te repondrás. ¡Vamos, enemigo mío…! Lucharemos a
muerte, pero antes de que llegue ese momento, te esperan largas horas de
sufrimiento y dolor».
¡Así te burlas, maldito demonio! Vuelvo a jurar venganza, vuelvo a
prometer, miserable engendro, que te haré sufrir y te mataré; nunca
abandonaré esta persecución, hasta que uno de los dos perezca. Y entonces,
con qué placer me uniré a mi Elizabeth y a aquellos que ya preparan para
la recompensa de mi penosa y horrible peregrinación.
A medida que avanzaba en mi viaje hacia el norte, las nieves se hicieron
más abundantes, y aumentó el frío hasta extremos que apenas era posible
resistirlo. Los campesinos se encerraron en sus cabañas y solo un puñado de
los más atrevidos se aventuraban a salir para cazar animales a los que solo la
inanición había obligado a salir para buscar algo que comer. Los ríos bajaban
cubiertos de hielo, y no había modo de pescar nada. El triunfo de mi enemigo
se engrandecía con la penuria de mis trabajos. Otra inscripción que dejó decía
lo siguiente: «¡Prepárate! ¡Tus sufrimientos solo están comenzando ahora!
Cúbrete con pieles y aprovisiónate con comida, porque pronto comenzaremos
un viaje en el que tus sufrimientos colmarán mi odio eterno.» Mi valor y mi
perseverancia se reforzaron ante esas dificultades; decidí no cejar en mi
propósito; e invocando al cielo para que me ayudara, avancé con irremisible
pasión y crucé inmensas regiones desiertas, hasta que el océano apareció en
la distancia y dibujó la última frontera del horizonte. ¡Oh, qué distinto era de
los mares azules del sur! Cubierto con hielos, solo se podía distinguir de la
tierra porque estaba más desolado y era más accidentado. Los griegos
lloraron cuando vieron el Mediterráneo desde las colinas de Asia, y
celebraron con febril alegría el final de sus sufrimientos. Yo no lloré; pero me
arrodillé y agradecí a mi ángel de la guarda, de todo corazón, que me hubiera
guiado sano y salvo hasta el lugar donde, a pesar de las amenazas de mi
enemigo, esperaba encontrarlo y abatirlo. Algunas semanas antes de ese
momento me había procurado un trineo y perros, y así pude surcar las nieves
a una gran velocidad. Yo no sé si el engendro contaba con el mismo vehículo;
pero descubrí que, así como antes había ido perdiendo diariamente ventaja en
mi persecución, ahora se la ganaba a él con tanta celeridad que, cuando vi por
vez primera el océano, apenas me sacaba una jornada de ventaja, y esperaba
poder alcanzarlo pronto. Así pues, con renovado valor continué sin
desfallecer y dos días después llegué a una miserable aldea junto a la orilla
del mar. Pregunté si habían visto a aquel engendro y conseguí alguna
información. Un monstruo gigantesco, dijeron, había llegado allí la noche
anterior. Armado con un rifle y muchas pistolas, y poniendo en fuga a los
habitantes de una granja solitaria, atemorizándolos con su terrorífica
apariencia, les había arrebatado todas las provisiones que tenían para el
invierno; y poniéndolas en un trineo, había enganchado al mismo un buen
número de perros adiestrados… y la misma noche, para alegría de los
conmocionados y aterrorizados aldeanos, había proseguido su viaje por el
mar helado, en dirección a ninguna parte; y pensaron que no tardaría en morir
en una grieta de hielo o congelado en aquellos glaciares eternos.
Al escuchar aquella información, sufrí un pasajero ataque de
desesperación. Se me había escapado; y ahora debía comenzar un viaje casi
interminable y peligrosísimo por las montañas de hielo que se alzan en el
océano… en medio de un frío que pocos seres humanos de aquella parte
pueden soportar durante mucho tiempo y en el cual yo, un hombre nacido en
un clima amable y soleado, seguramente no sobreviviría. Sin embargo, ante
la idea de que aquel demonio pudiera vivir y salir triunfante, mi rabia y mi
venganza retornaron, como una poderosa oleada, imponiéndose sobre
cualquier otro sentimiento. Después de un ligero descanso, durante el cual los
espíritus de los muertos me rodearon y me animaron a continuar en pos de la
destrucción y la venganza, me preparé para el viaje.
Cambié mi trineo de tierra por otro preparado para las quebradas del
océano helado; y, tras hacer un buen acopio de provisiones, abandoné tierra
firme. No cuántos días han transcurrido desde entonces, pero he soportado
sufrimientos que nada podría haberme capacitado para resistir, salvo el eterno
sentimiento de una justa venganza ardiendo en mi corazón. A menudo
inmensas y escarpadas montañas de hielo me impedían el paso, y a menudo
oía las sacudidas y los estallidos del suelo marino al quebrarse, que
amenazaba con destruirme, pero enseguida caía una nueva helada y los
caminos del mar volvían a ser seguros. A juzgar por la cantidad de
provisiones que he consumido, diría que han transcurrido tres semanas de
viaje. El desaliento y el dolor con frecuencia arrancaban amargas lágrimas de
mis ojos. En realidad, la desesperación casi había hecho presa en y pronto
me habría sumido en la más completa miseria. Pero entonces, después de que
los pobres animales que me arrastraban alcanzaran, con un increíble
sufrimiento, la cima de una montaña de hielo, y se detuvieran para descansar
—y uno, incapaz de avanzar, agotado por el esfuerzo, murió—, pude ver
angustiado la enorme extensión de hielo que se abría delante de mí; cuando,
de repente, mi mirada se detuvo en un punto oscuro en la llanura sombría,
agudicé la vista para averiguar qué podría ser y proferí un alarido salvaje de
placer cuando distinguí un trineo, perros, y las deformes proporciones de un
ser bien conocido. ¡Oh, con qué llamarada de emoción la esperanza volvió a
arder en mi corazón! Cálidas lágrimas enturbiaron mis ojos, pero las aparté
rápidamente para que no me impidieran ver a aquel engendro. Continué…
pero aún las lágrimas me impedían ver bien, hasta que, liberando las
emociones que me oprimían, prorrumpí en llanto.
Pero no era momento de entretenerse. Desembaracé a los perros de su
compañero muerto, les di una generosa porción de comida y, después de
descansar una hora —lo cual era absolutamente necesario y, sin embargo,
amargamente enojoso—, continué mi camino. El trineo aún era visible; no
volví a perderlo de vista, excepto en los momentos en que, durante unos
breves instantes, alguna quebrada de hielo me lo ocultaba con sus importunas
aristas. Era evidente que estaba ganándole terreno al objeto de mi
persecución. Y después de otra jornada de viaje aproximadamente, me vi a no
más de media milla de distancia. Mi corazón latía poderosamente en mi
interior. Pero entonces, cuando parecía tener casi a mi alcance al monstruo,
mis esperanzas se desvanecieron súbitamente, y perdí cualquier rastro de él,
absolutamente, como jamás me había ocurrido antes. Se oyó entonces el
mar… El rugido de su avance, a medida que las aguas se levantaban y crecían
las olas bajo mis pies, se hacía a cada paso más espantoso y aterrador.
Procuré continuar, pero fue en vano. Se levantó una ventisca; el mar rugía; y,
con la violentísima sacudida de un terremoto, la superficie helada se quebró y
se despedazó con un estallido terrible y abrumador. Pronto concluyó todo: en
pocos minutos, un imponente océano se abrió entre mi enemigo y yo. Y yo
me quedé flotando en un fragmento de hielo desprendido que a cada paso se
hacía más pequeño y me advertía de ese modo de una espantosa muerte. Así
transcurrieron varias horas: varios de mis perros murieron; y yo mismo estaba
a punto de sucumbir ante tantas penurias, cuando vi este barco anclado, que
me hizo mantener alguna esperanza de obtener socorro y poder salvar la vida.
No sabía que los barcos navegaran tan al norte y verdaderamente me asombró
semejante visión. Rápidamente rompí parte de mi trineo para construir remos
y con esos medios pude, con un esfuerzo infinito, mover mi navío de hielo en
dirección a su barco. Había decidido que, si ustedes se dirigían al sur, me
encomendaría a la piedad de los mares antes que abandonar mi propósito.
Esperaba ser capaz de convencerles para que me prestaran un bote y algunas
provisiones con las cuales aún podría seguir buscando a mi enemigo. Pero
iban ustedes al norte. Me subieron a bordo cuando todas mis fuerzas estaban
exhaustas, y pronto habría sucumbido ante el peso de mis múltiples
desgracias, y me habría entregado a una muerte que aún temo, porque mi
objetivo aún no se ha cumplido. ¡Oh…! ¿Cuándo mi espíritu guardián,
guiándome hacia él, me concederá el descanso que tanto ansío? ¿O debo
morir, y él vivir? Si muero, júreme, Walton, que no escapará, que usted lo
buscará y cumplirá mi venganza y lo matará. Pero… ¿cómo me atrevo a
pedirle que se haga cargo de mi peregrinación, que soporte los sufrimientos
que yo he sobrellevado? No, no soy tan egoísta; sin embargo, cuando esté
muerto, si él apareciera, si los heraldos de la venganza lo condujeran hacia
donde usted se encuentra, jure que no vivirá… jure que no saldrá victorioso
ante todas mis desdichas… y que no vivirá para hacer a otra persona tan
desgraciada como yo. ¡Oh…! Es elocuente y persuasivo, y en una ocasión sus
palabras incluso tuvieron algún poder en mi corazón… pero no confíe en él.
Su alma es tan infernal como su aspecto, podrido de traición y de una maldad
diabólica… no le escuche. Invoque a los manes de William, Justine, Clerval,
Elizabeth, de mi padre y del desgraciado Víctor; y hunda su espada en lo más
profundo de su corazón. Yo estaré a su lado y le mostraré el camino al acero.
Walton - Continuación
Día 26 de agosto
Ya has leído esta extraña y aterradora historia, Margaret, ¿y no sientes
que se te hiela la sangre de horror, como se me congela incluso a en este
preciso instante? A veces, atrapado en un repentino ataque de angustia, no
podía continuar su relato; en otras ocasiones, su voz, quebrada y emocionada,
profería las palabras que he transcrito. Sus hermosos y encantadores ojos
ahora se encendían de indignación, ahora se apagaban hasta el abatimiento
más penoso y una infinita desdicha. A veces podía dominar sus gestos y su
expresión, y relataba los incidentes más horribles con una voz tranquila,
evitando cualquier rastro de conmoción… y entonces, de pronto, estallaba
como un volcán, su rostro repentinamente se demudaba y adquiría una
expresión de furia salvaje cuando lanzaba esas maldiciones sobre el monstruo
que lo acosaba.
Su historia es coherente y la contaba de tal modo que parecía
sencillamente la verdad; sin embargo, reconozco, hermana, que las cartas de
Felix y Safie, que me mostró, y la aparición del monstruo, que vimos desde el
barco, me convencieron más de la verdad de su historia que todas sus
afirmaciones, por muy vehementes y coherentes que fueran. Ese monstruo es
real, desde luego; no puedo dudarlo; sin embargo, estoy un poco confuso, y
me debato entre el asombro y la admiración. A veces intentaba que
Frankenstein me contara los particulares de su creación, pero en este punto
era inflexible. «¿Está usted loco, amigo mío?», me decía; «¿Adónde pretende
llegar con su insensata curiosidad? ¿Acaso también desea usted engendrar un
demonio infernal para mismo y para el mundo… o qué pretende con esas
preguntas? Tranquilo, tranquilo… Aprenda de mis desdichas, y no pretenda
aumentar las suyas».
Frankenstein descubrió que yo apuntaba o cogía notas relativas a su
historia; me pidió verlas, y él mismo las corrigió y las aumentó en muchos
lugares, pero principalmente se ocupó de dar vida y fuerza a las
conversaciones que mantuvo con su enemigo. «Puesto que ha tomado usted
algunas notas», dijo, «no querría que la historia pasara mutilada a la
posteridad».
Así ha transcurrido una semana, mientras he estado escuchando el relato
más extraño que imaginación alguna ha pergeñado jamás. Mi huésped ha
conseguido que mis emociones y todos los sentimientos de mi alma hayan
quedado prendidos de su historia, un interés que él mismo ha ido animando
con su relato y la gentileza de su carácter. Quisiera ayudarlo; sin embargo,
¿cómo puedo aconsejar que siga viviendo a alguien tan miserable, tan
desprovisto de cualquier esperanza y consuelo? ¡Oh, no…! La única alegría
que podrá disfrutar será la que goce cuando prepare sus trastornados
sentimientos para el descanso y la muerte. Sin embargo, disfruta de una
pequeña alegría, fruto de la soledad y el delirio: cree que cuando mantiene
conversaciones con sus seres queridos en sueños, y obtiene de esos
encuentros algún consuelo para sus desgracias o coraje para su venganza,
esas figuras no son creaciones de su imaginación, sino los seres reales que lo
visitan desde las regiones del más allá. Semejante fe confiere cierta
solemnidad a sus delirios, que me resultan casi tan asombrosos y
apasionantes como la verdad.
Nuestras conversaciones no siempre se reducen a su propia historia y sus
desdichas. Demuestra un notabilísimo conocimiento de la literatura y una
inteligencia rápida y perspicaz. Su elocuencia es vehemente y conmovedora:
desde luego, no soy capaz de escucharlo sin lágrimas en los ojos cuando
narra un acontecimiento patético o cuando pretende excitar las pasiones de la
piedad o el amor. ¡Qué extraordinaria persona tuvo que haber sido en sus
buenos tiempos, si estando en la miseria se muestra así de noble y
bondadoso! Parece intuir lo mucho que vale y la grandeza de su caída.
«Cuando era joven», me dijo, «me sentía como si estuviera destinado a
alguna gran empresa. Mis sentimientos eran muy intensos, pero poseía un
juicio tan equilibrado que se me prometían notables triunfos. Este sentimiento
de valía respecto a mismo me animaba en aquellos momentos en los que
otros se hubieran hundido, pues consideraba un crimen desperdiciar en
inútiles lamentos aquellos talentos que podrían resultar útiles a mis
semejantes. Cuando reflexioné sobre el trabajo que había realizado, nada
menos que la creación de un animal sensible y racional, no me pude
considerar uno más entre todos los demás científicos. Pero ese sentimiento
que entonces me animó ahora solo me sirve para sumergirme aún más en el
fango. Todas mis fantasías y esperanzas han quedado en nada; y como aquel
arcángel que aspiraba a la omnipotencia, ahora me veo encadenado en un
infierno eterno. Mi imaginación era viva, pero también tenía una gran
capacidad para el estudio… y gracias a la conjunción de ambas cualidades
pude concebir la idea y ejecutar la creación de un hombre. Incluso ahora, no
puedo recordar sin emoción mis delirios cuando el trabajo aún estaba
incompleto: tocaba el cielo en mis sueños… unas veces exultante por mi
inteligencia, y otras, orgulloso ante la idea de sus consecuencias. Desde la
infancia concebí las más altas esperanzas y las más elevadas ambiciones, ¡y
ahora estoy hundido…! ¡Oh, amigo mío! Si me hubiera conocido usted como
fui un día, no me reconocería en este estado de degradación. El desánimo casi
nunca visitaba mi corazón; parecía esperarme un gran porvenir… hasta que
caí, y… ¡oh… nunca, nunca jamás volví a levantarme!».
¿Voy a perder a este ser admirable? He suspirado por un amigo; he
buscado uno que pudiera comprenderme y apreciarme. Y ya ves, en estos
océanos desiertos lo he encontrado; pero me temo que he ganado a un amigo
solo para conocer su valía y perderlo. Querría reconciliarlo con la vida, pero
rechaza esa idea. «Se lo agradezco, Walton», dijo; «le agradezco que tenga
tan buenas intenciones para con un desgraciado tan miserable; pero cuando
usted habla de nuevas relaciones y nuevos afectos, ¿piensa que hay algo que
pueda reemplazar a aquellos que se fueron? ¿Es que algún hombre puede ser
lo que fue Clerval para mí? ¿O es que alguna mujer puede ser otra Elizabeth?
Y aunque los afectos no se deban especialmente a cualidades extraordinarias,
los compañeros de nuestra infancia siempre poseen cierta influencia en
nuestro espíritu: una influencia que difícilmente otro amigo posterior puede
conseguir. Ellos conocen nuestros sentimientos de la infancia, los cuales,
aunque puedan modificarse más adelante, nunca desaparecen del todo; y
pueden juzgar nuestros actos con más ecuanimidad. Una hermana o un
hermano nunca puede sospechar que el otro lo engaña o le miente, a no ser
que efectivamente esos rasgos se hayan dado en uno de ellos previamente;
mientras que otro amigo, aunque nos tenga en gran aprecio, puede sentir, aun
a pesar suyo, la punzada de la sospecha. Pero yo tuve amigos, a los que quise
no solo por las relaciones de parentesco, sino por sí mismos… y, dondequiera
que esté, la dulce voz de mi Elizabeth o la conversación de Clerval siempre
están susurrando en mis oídos. Están muertos, y en esta horrible soledad solo
un sentimiento puede convencerme de que conserve la vida. Si estuviera
comprometido en una noble tarea o en un proyecto que fuera de gran utilidad
para mis semejantes, entonces podría vivir para llevarlo a cabo. Pero ese no
es mi destino. Debo perseguir y destruir al ser al que di vida; entonces mi
objetivo estará cumplido, y podré morir».
Día 2 de septiembre
Mi querida hermana:
Te escribo cercado por el peligro y no sé si el destino me permitirá alguna
vez volver a ver mi querida Inglaterra y a los queridos amigos que viven allí.
Estoy rodeado por montañas de hielo que no nos permiten movernos y a cada
momento amenazan con aplastar el barco. Mis valientes hombres, a los que
convencí para que fueran mis compañeros, me miran pidiéndome ayuda, pero
no tengo nada que ofrecer. Hay algo terriblemente espantoso en nuestra
situación… Sin embargo, mi valor y mi confianza no me abandonan.
Podemos sobrevivir; y si no, volveré a leer las enseñanzas de mi Séneca y
moriré con buen ánimo.
Pero, Margaret, ¿cómo te encontrarás tú? No sabrás de mi muerte, y
esperarás angustiada mi regreso. Pasarán los años, y a veces caerás en la
desesperación y, sin embargo, aún acariciarás esperanzas. ¡Oh, mi querida
hermana…! La dolorosa desilusión de tus afectuosas esperanzas me parecen
ahora más terribles que mi propia muerte. Pero tienes un marido y unos hijos
adorables; y vas a ser feliz. ¡Que el Cielo te bendiga, y permita que lo seas!
Mi desafortunado huésped me observa con comprensión, intenta darme
esperanzas y habla como si la vida fuera algo que amara verdaderamente. Me
recuerda cuán a menudo estos incidentes le han ocurrido a otros navegantes
que han surcado los mismos mares. A pesar de mismo, me anima con los
mejores augurios. Incluso los marineros notan el benéfico influjo de su
elocuencia —cuando habla, se mitiga su desesperanza—; reanima su valor, y
acaban creyendo que estas tremendas montañas de hielo son pequeñas colinas
que se desvanecerán ante la decidida voluntad del hombre. Sin embargo, todo
esto es pasajero, y cada día de esperanza frustrada no hace sino infundirles
miedo; y empiezo a temer que la desesperación desemboque en un motín.
Día 5 de septiembre
Ha ocurrido algo tan extraño que, aunque sea muy probable que estas
cartas nunca te lleguen, mi querida Margaret, no puedo evitar consignarlo
aquí. Aún estamos rodeados por montañas de hielo, aún estamos en constante
peligro de ser aplastados en medio de su fragor. El frío es espantoso, y
muchos de mis desafortunados camaradas ya han encontrado la muerte en
medio de este escenario de desolación. Frankenstein cada día está más
enfermo; un fuego febril aún centellea en sus ojos, pero está exhausto, y si
decide realizar algún esfuerzo, inmediatamente cae de nuevo en un completo
estupor.
Mencionaba en mi última carta los temores que tenía a propósito de un
amotinamiento. Esta mañana, mientras me encontraba vigilando el pálido
rostro de mi amigo, sus ojos medio cerrados y sus brazos colgando exánimes,
me interrumpieron media docena de marineros que deseaban que los recibiera
en el camarote. Entraron, y su jefe se dirigió a mí. Me dijo que él y sus
compañeros habían sido elegidos por los otros marineros para venir en
comisión con el fin de exigirme lo que en justicia no les podría negar.
Estábamos atrapados entre muros de hielo y probablemente jamás saldríamos
vivos de allí; pero ellos temían que si el hielo se descongelaba, cosa que
podía ocurrir, y se abría un canal, yo fuera lo bastante temerario como para
proseguir mi viaje y conducirlos a nuevos peligros después de haber podido
superar felizmente este. Así pues, querían que yo hiciera una promesa
solemne: que si el barco se liberaba, inmediatamente pondría rumbo a
Arkangel.
Aquella conversación me preocupó. Yo aún no había perdido la
esperanza, ni había pensado en absoluto en regresar, si el hielo nos liberaba.
Sin embargo, en justicia, ¿podía, aunque estuviera en mi mano, negarles
aquella petición? Dudé antes de responder, cuando Frankenstein, que al
principio había permanecido en silencio y, en realidad, parecía que apenas
tenía fuerzas para escuchar, se incorporó. Sus ojos centelleaban, y sus
mejillas se inflamaron con un momentáneo vigor. Volviéndose hacia los
hombres, dijo:
—¿Qué queréis decir? ¿Qué le estáis pidiendo a vuestro capitán? ¿De
modo que abandonáis con esta facilidad vuestro trabajo? ¿No decíais que esta
expedición era gloriosa? ¿Y por qué iba a ser gloriosa? Desde luego, no
porque la ruta fuera sencilla y plácida como en un mar del sur, sino porque
estaba atestada de peligros y horrores… porque a cada nueva dificultad se
exigiría más de vuestra fortaleza, y se mostraría vuestro coraje… porque
cuando la muerte y el peligro os rodearan, vosotros demostraríais vuestro
valor y todo lo superaríais. Por eso era una expedición gloriosa… por eso era
una empresa de honor. A partir de aquí, todo el mundo os saludaría como
benefactores de la humanidad… vuestros nombres serían honrados como los
de hombres valientes que se enfrentaron a la muerte con honor y por el
beneficio de la humanidad. ¡Y miraos ahora…! A la primera señal de
peligro… o, si lo preferís, ante la primera prueba importante y aterradora a la
que se somete vuestro valor… retrocedéis y preferís abandonar como
hombres que no tuvieran fortaleza para soportar el frío y el peligro. Muy
bien, pobres de espíritu: «¡Tenían frío y volvieron al calor de sus
chimeneas…!» ¡Vaya! ¡Para ese viaje no necesitábamos tantos preparativos!
No necesitabais venir hasta tan lejos, ni arrastrar a vuestro capitán a la
vergüenza de un fracaso, para demostrar que sois unos cobardes. ¡Oh…! ¡Sed
hombres… o sed más que hombres! Sed fieles a vuestros compromisos y
firmes como la roca. Este hielo no está hecho de la misma materia que
vuestros corazones; es débil, y no puede derrotaros, si vosotros decís que no
va a derrotaros. No volváis junto a vuestras familias con el estigma de la
derrota marcada en vuestras frentes; volved como héroes que han luchado y
han conquistado y no han sabido qué es volver la espalda al enemigo.
Dijo aquello con un espíritu tan adecuado a los distintos sentimientos que
expresaba en su arenga, y con una mirada cargada de elevados propósitos y
heroísmo, que no fue maravilla que aquellos hombres se conmovieran. Se
miraban los unos a los otros, y eran incapaces de contestar. Hablé. Les dije
que se retiraran y que pensaran en todo lo que se había dicho: que no los
llevaría más al norte si verdaderamente deseaban lo contrario; pero que
esperaba que lo pensaran bien y que pudieran recobrar el valor. Se fueron y
me volví hacia mi amigo, pero se había sumido en un profundo estupor y casi
le había abandonado la vida.
No en qué terminará todo esto. Pero preferiría morir antes que regresar
vergonzosamente, sin cumplir mi objetivo. Sin embargo, creo que tal será mi
destino. Los hombres que no sienten con fervor las ideas de gloria y honor
jamás tienen voluntad para seguir soportando penalidades.
Día 7 de septiembre
La suerte está echada. He aceptado regresar si no perecemos antes. Así se
malogran mis esperanzas, por la cobardía y la falta de arrojo. Regresaré a
casa sin haber descubierto nada y desilusionado. Se precisa más filosofía de
la que sé para soportar con buen ánimo esta humillación.
Día 12 de septiembre
Todo ha acabado. Regresamos a Arkangel. He perdido cualquier
esperanza de ser útil a los demás y de alcanzar la fama… y he perdido a mi
amigo. Pero intentaré describirte detalladamente estos amargos
acontecimientos, mi querida hermana. Y si los vientos me llevan a Inglaterra
y a ti, no seré del todo desgraciado.
Día 9 de septiembre: el hielo comenzó a ceder, y los bramidos del mar,
como truenos, se oían en la distancia, a medida que las islas se desprendían y
se resquebrajaban en todas direcciones. Estábamos corriendo un extremo
peligro. Pero como lo único que podíamos hacer era permanecer pasivos,
dediqué todas mis atenciones a mi desdichado huésped, cuya enfermedad se
agravó hasta tal punto que siempre permanecía en cama. El hielo se
resquebrajó por detrás de nosotros y los témpanos fueron arrastrados
rápidamente hacia el norte. Una brisa se levantó desde ese preciso
cuadrante… y el día 11 se abrió un paso hacia el sur y el barco quedó
liberado. Cuando los marineros lo vieron, y comprobaron que el regreso a sus
pueblos estaba prácticamente asegurado, estallaron en gritos de incontenible
alegría… que duró mucho tiempo. Frankenstein, que estaba adormilado, se
despertó y preguntó la razón de aquella algarabía. Era incapaz de contestarle.
Preguntó de nuevo… «Gritan», dije, «porque pronto regresarán a Inglaterra».
«Entonces… ¿de verdad regresa usted?»
«¡En fin… sí! No puedo oponerme a sus peticiones. No puedo
conducirlos al peligro si no quieren, y debo regresar»
«Hágalo si quiere, pero yo no. Puede usted abandonar su propósito, pero
el mío me lo asignó el Cielo, y no puedo hacerlo. Estoy muy débil, pero
seguramente los espíritus que me ayudan en mi venganza me concederán la
fuerza suficiente…»
Y al decir eso, intentó levantarse de la cama, pero el esfuerzo fue
demasiado para él; se derrumbó hacia atrás y perdió la consciencia.
Transcurrió mucho tiempo antes de que se recobrara; a menudo pensaba que
la vida le había abandonado por completo. Al final abrió los ojos, pero
respiraba con dificultad y era incapaz de hablar. El doctor le dio una medicina
reconstituyente y nos ordenó que no lo molestáramos. Entonces me dijo que
con toda seguridad a mi amigo no le quedaban muchas horas de vida.
Así se pronunció su sentencia, y yo solo podía lamentarlo y resignarme.
Me senté junto a su cama, velándolo… Tenía los ojos cerrados, y yo creí que
dormía. Pero entonces me llamó con un débil susurro y, rogándome que me
acercara, me dijo: «¡Dios mío…! Las fuerzas en que confiaba me han
abandonado; que voy a morir pronto, y él, mi enemigo y mi acosador, aún
puede estar con vida. No crea, Walton, que en los últimos instantes de mi
existencia siento aquel odio feroz y aquel ardiente deseo de venganza que un
día le conté; pero tengo derecho a desear la muerte del monstruo. Durante
estos últimos días he estado examinando mi conducta en el pasado… y no
creo que sea culpable. En un ataque de apasionada locura creé una criatura
racional y me vi obligado a proporcionarle, en lo que me fuera posible,
felicidad y bienestar. Ese era mi deber, pero había un deber aún mayor que
ese. Mis obligaciones respecto a mis semejantes tenían más fuerza porque de
ellas dependían a su vez la felicidad o la desgracia para muchos otros.
Apremiado por esta perspectiva, me negué, e hice bien en negarme, a crear
una compañera para la primera criatura. Él demostró una maldad insólita.
Acabó con mis seres queridos… se consagró a la destrucción de seres que
gozaban de una sensibilidad, una alegría y una sabiduría maravillosas. Y no
dónde puede acabar esa sed de venganza. Miserable como es, para que no
pueda hacer desgraciados a otros, debe morir. La tarea de su destrucción me
correspondía a mí, pero he fracasado. En cierta ocasión, cuando actuaba por
egoísmo y por ansias de venganza, le pedí que completara mi trabajo
inacabado; y ahora renuevo mi petición, cuando solo me veo inducido a ello
por la razón y la virtud.
»Sin embargo, no le puedo pedir que renuncie a su país y a sus seres
queridos para llevar a cabo esta tarea. Y ahora que usted va a regresar a
Inglaterra, tendrá pocas posibilidades de encontrarse con él. Pero le dejo a
usted la consideración de esos detalles y la tarea de evaluar lo que usted
puede estimar como sus verdaderos deberes. Mi razón y mis ideas ya no están
claros por la cercanía de la muerte. No me atrevo a pedirle que haga lo que yo
creo que es correcto, porque aún puedo estar perturbado por la pasión.
»Me enloquece pensar que él pudiera seguir viviendo para ser instrumento
del mal, y más en esta hora, cuando de un momento a otro espero mi
liberación, la única hora de felicidad que he gozado desde hace tantos años.
Ya puedo ver las imágenes de mis seres queridos muertos a mi alrededor, y
deseo apresurarme a abrazarlos. Adiós, Walton. Busque la felicidad en la
tranquilidad y evite la ambición, aunque sea la ambición aparentemente
inocente de sobresalir en las ciencias y los descubrimientos. Pero… ¿por qué
digo eso? Yo mismo he fracasado en semejantes esperanzas, pero quizá otro
pueda tener éxito…»
Su voz se debilitó aún más; y, exhausto por aquel esfuerzo, se sumió en el
más profundo silencio. Alrededor de media hora después intentó hablar de
nuevo, pero no pudo; apretó mi mano débilmente, y sus ojos se cerraron
mientras una amable sonrisa se dibujó en sus labios.
Margaret… ¿qué puedo decir? ¿Puedo hacer algún comentario acerca de
este hombre asombroso? ¡Dios mío! Todo lo que puedo decir sería
inapropiado y vulgar. Las lágrimas corren por mi rostro. Pero ya viajo hacia
Inglaterra, y quizá allí encuentre algún consuelo.
Me interrumpen. ¿Qué significan esos ruidos? Es medianoche, la brisa
sopla suavemente, y el vigía del puente apenas se mueve. Otra vez he vuelto
a oír ese ruido… y procede del camarote donde aún permanecen los restos
mortales de Frankenstein. Debo levantarme e ir a ver qué ocurre. Buenas
noches, hermana mía.
¡Dios mío! ¡No sabes lo que acaba de ocurrir! Aún estoy aturdido ante el
recuerdo de lo que he visto. Apenas si tendré fuerzas para contártelo con
precisión; sin embargo, lo intentaré, porque el relato que he transcrito hasta
aquí estaría incompleto sin este episodio final y asombroso.
Entré en el camarote donde yacían los restos de mi desdichado huésped.
Sobre él se inclinaba una figura para cuya descripción no tengo palabras… de
una estatura gigantesca, pero desproporcionado y deforme. Como estaba
inclinado hacia el ataúd, su rostro permanecía oculto por largos mechones de
pelo desgreñado; pero su mano extendida parecía como la de las momias,
porque no de otra cosa que pueda parecérsele en color y textura. Cuando
escuchó un ruido y me vio entrar, interrumpió sus exclamaciones de dolor y
se apartó hacia la ventana. Jamás vi una cosa tan espantosa como su rostro,
tan asquerosa y tan aterradora. Cerré los ojos involuntariamente mientras le
gritaba que se quedara quieto. Se detuvo. Mirándome con asombro y
volviéndose luego hacia la figura exánime de su creador, pareció olvidar mi
presencia, aunque todos sus movimientos y sus gestos parecían movidos por
la ira más violenta. «Esta es también mi víctima», exclamó. «Con su
asesinato culmino mis crímenes. ¡Oh, Frankenstein…! ¡Ser generoso y
abnegado…! ¿Me atreveré a pediros que me perdonéis? Yo, que os maté
porque maté a aquellos que vos más queríais… ¡Oh, ha muerto y no puede
responderme…!»
Su voz pareció ahogada; y mi primer impulso, que había sido obedecer la
petición de mi amigo moribundo y acabar con su enemigo, ahora parecía
atenazado por una mezcla de curiosidad y compasión. Me aproximé a él,
aunque no me atrevía a mirarlo: había algo demasiado aterrador y
sobrehumano en su horrenda fealdad. Intenté decir algo, pero las palabras
murieron en mis labios. El monstruo continuó culpándose y reprochándose
locuras e incoherencias. Al final, dije: «De nada sirve ya tu arrepentimiento.
Si hubieras sentido la punzada de los remordimientos antes de haber llevado
tu diabólica venganza hasta este extremo, Frankenstein aún estaría vivo.»
«¿Es que piensa que yo era insensible a la angustia y a los
remordimientos?», dijo aquel ser demoníaco. «Él», añadió, señalando el
cadáver, «él no ha sufrido más en la consumación de los hechos que yo en su
ejecución. Un espantoso egoísmo me animaba, al tiempo que mi corazón
sufría la más dolorosa angustia. ¿Acaso cree que los gemidos de Clerval eran
música para mis oídos? Mi corazón estaba hecho para el amor y la
comprensión; y, cuando las desgracias me empujaron hacia la maldad y el
odio, no soporté la violencia del cambio sin un sufrimiento tal que usted sería
incapaz de imaginar. Cuando murió Clerval, regresé a Suiza, con el corazón
destrozado y vencido. Sentía compasión por Frankenstein y por sus amargos
sufrimientos; mi piedad se tornó en horror; me aborrecía a mismo. Pero
cuando vi que de nuevo se atrevía a tener esperanzas de felicidad… que
mientras amontonaba desdichas y desesperación sobre mí, buscaba su propia
alegría en los amables sentimientos y las pasiones que a me estaban
absolutamente vedados, de nuevo me asaltó la indignación y la sed de
venganza. Recordé mi amenaza y decidí ejecutarla. Y cuando ella murió…
no, en aquel momento no lo lamenté… abandoné cualquier sentimiento y
cualquier angustia. Disfruté enloquecidamente en mi absoluta desesperación;
y habiendo llegado tan lejos, decidí concluir mi diabólico plan. Y ya ha
concluido. He aquí mi última víctima».
Me conmovieron los lamentos por sus desdichas, pero recordé lo que
Frankenstein me había dicho a propósito de su elocuencia y su capacidad de
persuasión; y, cuando de nuevo volví la mirada a los restos de mi amigo, mi
indignación se encendió: «¡Miserable!», grité. «¡Muy bien: así que vienes
aquí a lloriquear sobre las desgracias que has causado…! Arrojas una
antorcha en medio de una aldea, y cuando ha quedado destruida, te sientas en
mitad de las ruinas y lamentas que se hayan quemado… ¡Maldito hipócrita!
Si el hombre por quien gimoteas aún viviera, lo seguirías acosando y
persiguiendo con tu maldita sed de venganza. No es compasión lo que
sientes… ¡solo es la pena porque se ha terminado tu excusa para causar el
mal!»
«No es eso…», dijo el engendro demoníaco, «y sin embargo, tal debe de
ser la impresión que usted tenga de mí, porque tal parece haber sido el
sentido de mis actos. Pero no busco a nadie que entienda mi desgracia… lo
absoluta y perfectamente, ni busco una comprensión que nunca podré
encontrar. Cuando la busqué, al principio, solo deseaba participar del amor al
bien y de los sentimientos de felicidad y alegría. Pero ahora que la virtud no
es para más que una sombra, y la felicidad y la alegría se han tornado
desesperación, ¿dónde tendría que buscar comprensión? No… Me conformo
con sufrir solo, mientras tenga que sufrir. Y cuando muera, aceptaré que el
odio y el oprobio descansen sobre mi memoria. En cierta ocasión mi
imaginación se deleitó en sueños de virtud, de fama, y alegría. En cierta
ocasión confié en encontrar a alguien que, ignorando mi aspecto externo, me
apreciaría por las excelentes cualidades que sin duda poseía. En aquel tiempo
estaba embargado por los altos ideales del honor y de la abnegación. Pero
ahora la vileza me ha hundido hasta convertirme en una alimaña bestial… No
hay crímenes que se asemejen a los míos; y, cuando repaso la horrenda
nómina de mis actos, apenas puedo creer que yo sea aquel cuyos
pensamientos estuvieron una vez animados por las sublimes y trascendentes
visiones del amor y la belleza. Pero así es. El ángel caído se convierte en un
demonio maligno. Pero él… incluso él, el enemigo del hombre, tuvo amigos
y compañeros. Yo estoy absolutamente solo.
»Usted, que se llama amigo de Frankenstein, parece saber algo de mis
crímenes y mis desdichas. Pero, en el relato que él tal vez le ha hecho de mis
sufrimientos, no ha podido contar las horas y los meses de miseria que he
soportado mientras mi alma ardía de furia e impotencia. Porque cuando
destruí su futuro, no satisfice mis propios deseos, que eran tan ardientes y
devoradores como siempre. Aún deseaba amor y compañía, y siempre me
despreciaban. ¿Acaso esto no era una injusticia? ¿Y soy yo el único criminal,
cuando toda la humanidad ha pecado contra mí? ¿Por qué no odia usted a
Felix, que expulsó de su casa a quien lo apreciaba de verdad? ¿O por qué no
odia usted al hombre que deseaba matar a quien salvó a su hija? No, desde
luego: ellos son seres virtuosos e inmaculados… mientras que yo, el
miserable y el pisoteado, ¡solo soy un aborto que debe ser despreciado y
apaleado y odiado! Incluso ahora me hierve la sangre cuando recuerdo
semejante injusticia…
»Pero es verdad que soy un miserable. He destruido todo lo bello y lo
indefenso. He cazado a los inocentes mientras dormían y he estrangulado
hasta la muerte el cuello de quien jamás me hizo daño. He conducido a mi
creador al sufrimiento y lo he acosado hasta su muerte. Usted me odia, pero
su aborrecimiento ni siquiera puede compararse al que yo siento por
mismo. Miro las manos que han cometido esos actos, pienso en el corazón
que los planeó, y me detesto. No tema: no volveré a hacer ningún mal; mi
tarea está a punto de concluir. No necesito de usted ni de nadie para
consumarla, me basto yo solo. Y no crea que tardaré en llevar a cabo el
sacrificio. Abandonaré su barco; y, en el témpano que me trajo hasta aquí,
buscaré el extremo de tierra más septentrional que pueda tener el globo. Yo
mismo levantaré mi pila funeraria y me consumiré en cenizas, para que mis
restos no puedan sugerir a ningún desgraciado curioso e ingenuo que puede
ser capaz de crear a otro como yo. Moriré. Ya no volveré a sentir la angustia
que me consume, ni seré presa de sentimientos insatisfechos y, sin embargo,
eternos. Quien me creó ha muerto; y cuando yo muera, el recuerdo de
morirá para siempre. Ya no volveré a ver el sol, ni las estrellas, ni sentiré el
viento en el rostro. La luz, los sentimientos y la razón morirán. Y entonces
hallaré mi felicidad. Hace algunos años, cuando las imágenes del mundo se
mostraron abiertamente ante mí, cuando sentía la alegre calidez del verano y
oía el murmullo de las hojas y el gorjeo de los pájaros, y aquello era todo
para mí, habría lamentado morir; pero ahora la muerte es mi único consuelo.
Enfangado en el crimen y corroído por los remordimientos más amargos,
¿dónde podré encontrar descanso, sino en la muerte?
»Adiós. Me voy, usted será el último hombre que vean mis ojos. ¡Y adiós,
Frankenstein! Si en la muerte aún os restara algún deseo de venganza, esta se
vería más satisfecha si siguiera viviendo que con mi muerte. Pero eso no
ocurrirá. Deseabais mi absoluta destrucción para que no pudiera causar
mayores sufrimientos a otros, y ahora no desearíais sino que viviera para que
siguiera sufriendo. Aunque estabas destrozado, mi agonía es mayor que la
tuya, porque los remordimientos son la amarga punzada que atormenta mis
heridas y me tortura hasta la locura.
»Pero pronto moriré», dijo, entrelazando las manos, «y lo que siento
ahora ya no lo sentiré; pronto estos pensamientos… estas dolorosas heridas…
ya no existirán. Levantaré triunfal mi pira funeraria, y las llamas que
consuman mi cuerpo concederán la alegría y la paz a mi espíritu».
Y tras decir aquello, saltó por la ventana del camarote y cayó sobre un
témpano de hielo que permanecía junto al barco; y apartándose con fuerza de
la nave, las olas lo alejaron, y muy pronto se perdió de vista en la oscuridad y
la distancia.
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